sábado, 1 de marzo de 2008

29. ¿QUÉ ES ESO DE LA CULTURA? (3)

¿Qué es eso de la cultura? (3)

Las instituciones culturales
J. L. Rodríguez Ávalos

La catequista trata de enseñar las difíciles ideas religiosas. Dios creó todo de la nada, dice y una manita se levanta. ¿Qué es la nada, maestra? Bueno… contesta con firmeza: La burocracia, claro.
Proveniente del francés, bureau se refiere al escritorio, lugar donde se conciben proyectos de todo tipo y, además, se puede atender a personas que requieran un servicio. Por extensión, se puede aplicar también a la oficina, al despacho, a la mesa que se usa en asambleas, a una taquilla, a una agencia…
En México, burocracia es una mala palabra y tras ella se esconden negligencias, falacias, deshonestidades y corruptelas sin fin. En la burocracia caben desde el presidente de la República hasta el último empleado de los sistemas burocráticos federales, estatales y municipales, o sea, desde el que cobra más hasta el que cobra menos, suponiendo que el presidente sea el que cobra más, porque al parecer los ministros de la Suprema Corte de Justicia se despachan con la cuchara más grande de los presupuestos, al igual que algunos senadores y diputados, siempre fuera de la legalidad.
La mala noticia es que el profesorado y quienes trabajan en la educación pública nacional también están dentro de la burocracia, junto con las corporaciones policiacas, el ejército, la aviación, la marina y muchas otras calamidades del país. Dado que buena parte del crimen organizado cobra en las nóminas oficiales, la ancha sombra de la burocracia se extiende hasta ese tenebroso territorio, convirtiéndose entonces el Estado de Derecho tan sólo en un Derecho del Estado que entristece y abruma cada vez más a nuestra nación.
¿Todo el país es burocracia? Claro que no, hay un pueblo –la mayoría silenciada- que debería ser destinatario de los servicios de la burocracia, pero no le llegan los beneficios del quehacer burocrático porque el dinero se queda allí, entre las madejas que, como telarañas, se han ido formando en torno a los escritorios, las oficinas, las jefaturas, las direcciones, las secretarías, los gobiernos, entre la ley, la educación, la salud, la obra pública.
Ingenuamente, muchos presidentes han creído que su obra ha sido importante. No se han dado cuenta que la mayoría de las acciones del Estado no requieren de un presidente para realizarse. La burocracia es una maquinaria que, una vez echada a andar, funciona por sí sola. En la memoria colectiva sólo dos presidentes ha tenido México: Benito Juárez y Lázaro Cárdenas; los demás han sido pillos de siete suelas que nunca deberían haber pisado los entresijos de la presidencia y que,de todas maneras hay que soportar diariamente, porque sus despreciables nombres se les han puesto a calles, plazas, escuelas, mercados…
No es un problema de democracia, la democracia no puede ser la ruindad en que los políticos han convertido a la vida nacional; es un problema del Derecho del Estado que pisotea las esperanzas de quienes vivimos en México.
Otro ejemplo puede evidenciar la operatividad de la burocracia. El director de una dependencia es increpado por una persona, que argumenta que tal dependecnia no está funcionando. El director le muestra una oficina, donde la secretaria está trabajando, otra más donde varias personas realizan actividades y, en fin, trata de hacerle ver que sí está funcionando la institución. Pero no está funcionando como debiera, todavía dice el acusador, lo cual hace enojar al director: Ah, lo que usted quiere es que funcione como usted quiere… Entonces haga su propia dependencia, porque ésta funciona así como está funcionando.
En más de una ocasión se ha pedido que desaparezca la burocracia, lo cual es una insensatez, ¿qué haría México con millones y millones de desempleados? Es difícil definir a la burocracia. En la forma más sencilla se la concibe como la agencia de empleos más grande del país. En la más exagerada, como el mayor estorbo para el desarrollo nacional. Quienes defienden a la burocracia terminan siempre diciendo: Si no les gusta como está el país, entonces váyanse a otro país que sí les acomode. Ni modo de alegar.
Esta simplista visión de la burocracia nos acorrala para tratar el asunto de nuestro interés, que es la cultura, área de la misma burocracia que recibe los presupuestos más endebles de la vida institucional.
Ya se mencionó anteriormente que la palabra cultura viene del latín, que no es un invento griego porque a la Hélade no le hacía falta ese concepto y que, incluso en la Roma imperial no tenía más sentido que el de cultivar la tierra, o sea, la acción del ser humano sobre la naturaleza.
Será hasta el desarrollo de París como “Ciudad Luz” cuando se utilice como metáfora el cultivo del conocimiento para obtener frutos, las ideas y proyectos que harán gente a la gente. En Alemania se comenzará a utilizar en el mismo sentido en el siglo XVI y más todavía al siglo siguiente, para diferenciar a la nobleza, que pregonaba los beneficios de la civilización aunque la mayoría de nobles fuese gente más bien ignorante –pero rica y con el poder en sus manos- y una burguesía acaudalada que poco a poco se apropiaba del conocimiento y, por lo mismo, se llamaba a sí misma “culta”.
Así transita esa idea hasta España y de inmediato a América, pero será hasta el siglo XX cuando se hable de cultura como el beneficio que la sociedad (cualquier sociedad) recibe gracias a su trabajo y a la vida en común. No el beneficio económico, sino el social.
Hoy podemos hablar de cultura como un bien intangible que está presente en la vida cotidiana de las personas, que condiciona muchos de sus actos y rodea tanto al grupo como al individuo como un excedente de las obras que realiza. De allí que pusiera el ejemplo del oxígeno –que nos rodea y beneficia todo el tiempo- equiparándolo a la cultura, que tampoco se ve ni se toca ni se huele ni se saborea pero está allí.
Pero los beneficios culturales se pueden advertir de muchas maneras, aunque es más fácil hacerlo con otras culturas, porque con la propia suele ser un trabajo difícil de realizar. Es claro, porque las personas podemos más fácilmente ver los defectos de las demás personas que los propios.
Advertir la cultura es un trabajo de lectura. Ya sabemos que leer significa comprender. No basta con ver las calles, los edificios, los medios de transporte, las personas que transitan por la calle. Se trata de comprender qué hacen allí esos edificios, por qué son de esa forma y no de otra, por qué las calles son así y si su conformación, anchura, declives, banquetas, etc. causan problemas o son parte de una una traza planeada.
También sabemos que todas las personas tenemos comportamientos diversos y que estos están condicionados por muchas cuestiones, algunas de ellas personales y familiares, otras tienen que ver con la escuela, el trabajo, las relaciones sentimentales, sexuales, la amistad, los problemas para relacionarnos, etc.
Cada quien se imagina de una manera, pero en realidad somos como nos ven las demás personas. El comportamiento, la forma de ser de cada persona se va aunando al todo social hasta conformar un tejido. A la forma de ese tejido, a su comportamiento, a las fisuras que tenga y a sus cualidades es a lo que llamamos cultura. Y esa cultura puede leerse. Una gente preparada para tales lecturas podrá descubrir allí la forma de ser y la problemática de una sociedad, o bien, el comportamiento de un grupo específico.
En las ciudades no hay un comportamiento cultural, sino muchos. Cada colonia, cada barrio, cada fraccionamiento tienen su modo cultural. Y si se quiere tener más precisión en la lectura cultural se puede definir las conductas culturales de una calle, un vecindario en particular, dentro de las casas.
¿Qué utilidad puede tener el ponerse a hacer lecturas de ese tipo? Por poner un ejemplo, un problema siempre presente en las ciudades es el de la basura. ¿Por qué hay calles más sucias que otras? Al comenzar a leer las condiciones de la calle más sucia de la ciudad, se podrán localizar los factores que producen tal suciedad y entonces buscar la forma de resolver ese problema.
Hay cosas en las ciudades que molestan a las personas y no llegan a saber exactamente ni qué son esas cosas ni por qué causan un malestar. Para descubrir tal problemática tiene uno que ponerse a leer los lugares que transita y encontrar los motivos de la molestia. Esto quiere decir que uno no lee automáticamente, sino que la lectura requiere un acto de voluntad, es necesario querer leer para descubrir, y luego comprender, lo que puede ser motivo de molestia y actuar en consecuencia.
Cuando se llega a una población desconocida, se comienzan a advertir diversos elementos que van definiendo al poblado y a sus habitantes; a eso le llamamos mirar. La mirada nos permite incursionar en nuestro alrededor y advertir algunas cosas. Pero leer es un proceso muy amplio que va dando significado a cada cosa, a las acciones de las personas, a la vida cotidiana. Es entonces cuando uno está en condiciones de comprender qué sucede en esa población y de qué manera funciona.
Eso que se va encontrando en el proceso de lectura son relaciones entre las personas y los objetos, construcciones, costumbres, festejos y demás elementos que se producen en la población. Están condicionados por la cultura y ésta emana de los productos y las personas que se involucran en ese lugar. No es algo que haya inventado el gobierno, sino lo que va resultando del vivir diario de las personas.
Es aquí donde ya podemos comenzar a tratar el asunto de las instituciones culturales. Éstas no inventan las culturas, pero sí pueden influir en ellas para colaborar en la salud social. La cultura, vista desde la oficialidad, es uno más de los servicios que obligatoriamente deben prestar los gobiernos, junto con el drenaje, la procuración de justicia, la educación, la construcción de viviendas, la salud pública, etc.
De todas las actividades gubernamentales se entiende cuales son sus funciones y cómo se operan, excepto en el renglón cultural.
Ya se planteó que las culturas son frágiles, que fácilmente se fracturan y que, por lo tanto, están en constante transformación. No hay culturas estáticas. Además, unas a otras se van influenciando, intercambiando algunos de sus productos, de sus conductas, de sus hábitos y costumbres.
En materia de cultura el gobierno debe ser suministrador. Quizá en otras áreas su papel sea el de administrador, pero aquí no hay nada qué administrar. El gobierno debe proporcionar los elementos que cada cultura requiere para su desarrollo, porque suele ocurrir que la vida de las personas depende de la economía y, para que ésta sea sana, se requiere que las acciones de gobierno sean también sanas, para que la economía “rinda” para todo mundo.
Pero he aquí el verdadero problema: al vivir dentro de una cultura, por su misma constitución, no la vemos. Para poder ver nuestra propia cultura, valorarla, aprovecharla, quitarle lo que le estorba y desarrollarla, se requiere el despertar de la conciencia cultural.