sábado, 12 de abril de 2008

66. Panchito Bautista, teatrista michoacano

Otra foto que me mandó Gerardo Ascencio, recordando al buen amigo del teatro Francisco Bautista. Vaya a su memoria el MOTOCA que ya está funcionando.

65. ¿DONDE QUEDÓ LA DIGNIDAD?

(Soflamas al boleo entre Agapito y Herculano)


Por. Manuel Ramírez Zaragoza

El añoso guamúchil del corralón formado entre las casas de Agapito y Herculano ya está cargado de flor con algunos brotes de vainas aventureras esperando las primeras lloviznas para madurar y complacer el gusto de los compadres. Bajo la fresca y bienoliente sombra está la Piedra Laja que servía de resguardo a una de las Tumbas milenarias de El Opeño, que desde hace años y nadie sabe porque razón y de que manera hoy sirve de banca a los compadres. Testigo mudo de largas y sesudas disertaciones de la problemática que interesa a todos los mexicanos bien nacidos, –según ellos– así como de sus profundos silencios.
El gallo Josefino, producto del amor y el inusual acoplamiento hormonal entre Rubelinda, la guajolota consentida de la mujer de Agapito, y Canuto el macho aliquín de Herculano recibido en pago de una deuda de honor en el juego de la Brisca; como únicos plumíferos en esos rumbos y lugares colindantes, después de un prudente tiempo de espera y varios encuentros, éstos no se anduvieron con prejuicios de tamaño, peso y estatura, menos de incompatibilidad emocional y así, un día asumieron con todo derecho e intención natural el llamado de sus fluidos y efluvios corporales: se conjugaron en aquello que los hiciera mantener el instinto de perseverancia y trascendencia en el milagro de vida. Un único huevo y 40 días después el unigénito Josefino rompía el cascarón. Rubelinda la guajolota y Canuto el gallo aliquín estaban felices.
Así, ejerciendo la ley del gene y las enseñanzas de su padre Canuto; Josefino, oscura la mañana, muestra su condición de gallo y amo del corral cuando "suelta el canto". Se alza sobre la cerca doble de piedra en una bien calculada cercanía entre las casas; bate las alas, estira el pescuezo y orondo avienta una cosa que resultaba un insufrible gorgoteo quejumbroso empalmado entre un gordo-gordo-gordo guajolotero y un quiii-qui-ri-quí rasposo como piedra de granzón para descamar a los que solamente se bañan en año bisiesto. Sobraban razones y no faltaban alboradas cuando el guarache de uno u otro de los compadres pasaba por encima de la cabeza del despertador matutino que soltaba numerosas plumas marrones. Así empezaba un día más.
Apenas cantaba Josefino, el corralón se cargaba, bien, del aromático café de olla o del te de cedrón silvestre. ¡Buenos días compadre! ¡Buenos días comadre! Eran las primeras voces repetidas de la mañana de transparentes penumbras.
Ya fuera café o cedrón, Agapito y Herculano tenían por costumbre salir al corralón y acompañarse para celebrar el “bautizo” con jugo de caña de San Sebastián, ese alcohol excelente con grado de general del 96, que por desgracia para nosotros y también de los compadres, es otro producto en peligro se extinción. Por mientras las comadres preparan el almuerzo; entre trago y trago a la taza; chupada y chupada al Farito, los compadres se ponen cómodos sentándose en la Piedra Laja.
-¿Cómo pasaste la noche? –Dice Herculano a modo de saludo para el entrañable compadre Agapito.
–Pos la mera verdá mal. Bastante mal compadre. Ya por cualquier cosita no pego los ojos, o cualquier pinche coraje, por decir lo menos, me cambia de vía, si nó, de plano un descarrilamiento. –Respondió Agapito.
–¿Qué? ¿Apoco seguiste orinando a gotas y a cada ratito? –Cuestionó Herculano.
–N´ombre compadre, deso ando muy bien. Con esas yerbitas cocidas de cola de caballo, prodigiosa y la sábila que le llevó mi comadre a mi vieja pa´ cocérmelas y tomar el agüita como de uso, vieras que provecho me hicieron; con decirte que el chorro desde que empieza hasta que termina es parejito, parejito. No se detiene pa´ nada, así como era en aquellos años del mocerío. –Terminó diciendo Agapito–Herculano con cierto tono socarrón, pero contento y sin mala intención le dice al querido compadre:
–Pos que bueno, ya salvada la partecilla esa…
–¡Partecilla…! ¿Compadre? ¡Partecilla…! ¡Acábame compadre que apenas comienza el día! –Interrumpió Agapito casi gritando. –Herculano conociendo bien al compadre no se inmutó por la brusca molestia. Tranquilo continúo diciendo;
–Ta´ bueno, no quise decir nada que te pusiera afligido. Pero esa enfermedá de la próstata no es pa´ enterrarse vivo compadrito, tampoco es cierto que quite lo poquito que te queda, si te compones de allí, lo demás funciona mejor que antes; tú sabes de qué te´stoy hablando. Acuérdate que yo la sufrí hace dos años y mírame– Finalizó diciendo.
–Pos a veces me pongo muy nervioso cuando oigo decir tantas cosas que me confunden, y tú sabes que la mente es muy ligera, más cuando se trata de esas partes del cuerpo. – Le respondió Agapito.

Con los ánimos apaciguados ambos compadres se envolvían en una pequeña nube de vapor que se elevaba de las tazas de cedrón y café, además el humo de los Faritos que consumían con cada trago. La infusión de cedrón silvestre y alcohol del 96 perfumaban el ambiente mañanero que se mezclaba con el suave aroma se las flores de guamúchil, pequeñas motas blanco-verdosas que al caer rompían los dorados rayos del sol mañanero. Por los postigos de la cocina de las casas entraba esa rara gracia de aromas. Las comadres se asomaban por las pequeñas ventanas y percibían los aromas que partían desde donde se encontraban sus hombres.

Mientras eso sucedía Herculano permanecía en silencio. Prendía otro Farito e invitó al compadre Agapito. Este le responde con alegría:
–¡Viene di´ay compadre! Decía el tío Chema que ¡éstos no acedan! –y soltó una carcajada que espantó al gallo Josefino que estaba cerca.
- Oye compadre y a todo eso…–dijo Herculano en tanto se ponía más cómodo en la pretérita Laja de El Opeño. –¿…que´stá pasando en este México nuestro de cada día? Yo la mera verdá no se donde poner ya mis ojos… -Agapito hablando al tiempo que sacaba por boca y nariz el humo del Farito le responde:
–Ay compadrito, ya no voy a estar más jodido de la prostata o como se llame esa cosa, ´ora voy a estar más que jodido por una de esas úlceras sangradas que recetan los juanes pelones y de ganancia un racimo de almorranas. -Dijo con una dura sonrisa en la cara.
-Pero yo creo que esa pregunta, compadre, ni el licenciado Honorato de Torquemada y Flores, que es una chucha cuerera, la va a saber contestar porque yo creo que éste México de nuestro sufrimiento es un México más desigual cada día. Y cada día le dan remedios diferentes. Si yo supiera que cabrones está pasando en nuestra patria terrenal o como quieras llamarla; créemelo –siguió halando cada vez más duro– que ayudaría hasta en lo que no pudiera pa´ salir del hoyo, pensando más que nada en nuestros hijos y nietos compadre, que ya son algunos; y sumando de algunos en algunos se hace un chingo de chavales, esos que vendrán a ser el México de mañana. Nomás fíjate tantito: Ni tú ni yo, ni muchos mexicanos estamos apendejados como dijo aquel panucho bronco y peludo, sencillamente porque no nos tragamos esas ruedas de carreta que sueltan en la televisión dende el gobierno como si fueran purititas verdades de confesionario. Todos esos monos, compadre, esos que salen como muñequitos de sololoy junto con una que otra muñeca pechugona, desgrasada y repintada –asegún– soltándonos las noticias, esas si, pa´ tratar de apendejarnos con lo que le conviene al gobierno, a los curas y también a los ricachones. Esos, compadre, todos esos, están bien vendidos con los bandidos y jediondos que pagan con el dinero del pueblo para decirnos puras pinches mentiras. –Calló y sorbió un trago de café. Encendía el undécimo Farito. El cetrino y duro rostro estaba húmedo. Sacó un paliacate y se enjugó la cara.
Herculano había permanecido totalmente en silencio metido en el fondo de las palabras expresadas por su compadre. Sabía que la vida, que por más de cuarenta años los había unido en un parentesco de compadrazgo, para muchos seres humanos, como ellos, tenía el peso del honor y el cariño. Una hermandad implícita y explícita que se llevaba en todo sentido conforme las familias fueron creciendo en número y edad.
Don Agapito y don Herculano eran almas gemelas que la miseria y la vida común los había formado hombres de jóvenes a viejos; con los mismos sufrimientos, mismas carencias, mismos desconsuelos y hasta las mismas escasas alegrías. Todas recibidas y soportadas por la voluntad de Dios, desde que una comadre asistía por primera vez el parto de la otra y luego en reciprocidad cambiaban la atención hasta completar cada una la docena de todos vivos. Un solo padrino, un solo compadre. Las comadres por igual.
–Ya no pienses tanto compadre, esto tiene remedio cuando nos lleve la chiflada. Allí todos los males se acaban. Dijo Agapito al ensimismado Herculano.
–Si. Me quedé remoliendo como los chivos con café y cigarro. –Cuando estabas hablando me vino a la cabeza todo ese desmadre que train con el petróleo y; la verdá es que no le encuentro al cuadro lo cuadrado con esa prisa que trai el gobierno en la personita del paisano Felipe, si antes nadien movía un dedo pa´ meterse a sacar el tesoro, que dicen hay en lo más hondo del mar; ¿porqué ´ora sí? –Dijo Herculano hablando encima de la taza de café que tenía entre ambas manos.
–¿Tú que cres compadre? ¿Qué Felipe ganó porque son ciertos los votos que le contaron? ¿Porque el pueblo lo vio mejor que al Peje? Yo más bien creo que fue porque el dinero también vota y es un voto bien chingón. ¿No cres eso? -Interrogó Agapito al compadre, para luego seguir diciendo: –Solo una de cualquiera doy como cierta y, esa, compadre, es la de los billetes. Los ricos se gastaron la pura lana pa´que Felipe se quedara como el presidente “de todos los mexicanos” ¿y tú sabes quien son todos los mexicanos, compadre? –Volvió a preguntar y luego a contestarse él mismo: –Son los ricos, ricachones, políticos corrompidos y pos con todo el dolor de mi corazón; uno qui´otro monseñor, curita y padrecito.
–¡Ave María Purísima! Compadre te vas a condenar diciendo esas cosas. –Acató a contestarle Herculano haciendo la señal de la Cruz con su mano. -Acuérdate que las piedras también oyen dijo a media voz.
–Pa´ los años que tengo compadre que males te pueden venir, cuando ya los toriaste todos. Respondió Agapito.
-Yo nomás hago comparaciones. –Respondió Herculano.
–Allí es donde la puerca tuerce el rabo, compadre, -atajó de inmediato Agapito– No hay comparaciones; no hay diferencias: Todo es igual dende antes hasta ´orita. Cuenta el señor licenciado don Honorato; tú le haz dado oído cuando en la Banca de la Plaza Principal, nos platica que la Historia de México está llena de pillos y sinvergüenzas: Que fueron pocos los hombre legítimos que se dieron al pueblo jodido en completa entrega, compadre, y eso les costaba la vida. ´Ora, a los vende patria, vende matria y a los traidores se les dispensa ir a la cárcel y se les contenta y agradece los desmadres como gobernantes dándoles una jubilación de por vida, que por mes, ¡Oyme bien! no la juntamos tu y yo en toda nuestra pinchurrienta vida de jornaleros. -Dijo al momento que daba el último sorbo a la taza de te de cedrón. Otra vez, a la cara de Agapito volvía el conocido tono cetrinozo de la bilis.
–Compadre, –dijo Herculano– yo creo que mejor platicamos di´otra cosa, mira que los corajes se te suben a la cara y a luego estas en ayunas.
El olor de almuerzo a frijolitos fritos en manteca y blanquillos en salsita de jitomate salivaba la boca de los compadres. Más todavía cuando de la otra cocina se levanta el aroma tan conocido de los tasajos en el comal de leña y la salsa molcajeteada de tomate milpero.
- Compadre, pa´esto y pa´l otro no hay burro guevon. –dijo Agapito sonriendo–La pura verdá compadre. Si gustas dile a la comadre que se vengan pa´ la casa, acá comemos todos. –Le respondió Herculano.
–No compadrito ya me la sentenció tu comadre con los tasajos de diezmillo y chilito de tomate. Pero pérate antes que te vayas quiero preguntarte algo. –Herculano se quedó estático y responde: –Si compadre, ¿De que se trata? Agapito le interroga:
–¿Sabes tú cual es la diferencia que hay entre mi burro El Turicato y Vicente Fox? -Herculano se toca su lampiña cara y un momento después le responde:
–No tengo la menor idea pero dime cual es.
–Compadre pos que mi burro Turicato es entero y Fox no. Ja, ja, ja… Herculano únicamente sonrió. Dio la vuelta y le dice; buen provecho compadre…

martes, 8 de abril de 2008

64. Viajes para recordar...

Por Gerardo Ascencio Campos

Al recordar al estupendo actor y director teatral Mtro. Francisco Bautista Mercado, hijo predilecto de Jungapeo, a quien conocí allá por la década de los setentas, del siglo pasado, en las clases del Taller de Teatro de la entonces joven Casa de la Cultura de Morelia, en el grupo se contaba con personas verdaderamente experimentadas y otras con un gran compromiso por aprender, investigar y difundir las artes escénicas, de entre los que recuerdo a Jesús y Marco Antonio del Río, los hermanos Herrera, Jesús Magaña, Imelda Galindo, Guadalupe Ortega y muchos otros que verdaderamente escapan a mi memoria.

Recuerdo las participaciones del Maestro José Manuel Álvarez y de la Maestra Marisela Lara, en la Dirección de la obra Don Juan Tenorio y de la Pastorela, así como de la integración del reparto de actores tan connotados como Don Luis Jimeno y Blanca Sánchez.

El Maestro Bautista fue haciendo una gran trayectoria actoral y un nutrido grupo de amigos. He de decir que dejé de ver al Maestro Panchito a principio de los años ochentas, cuando ingresé a trabajar a la Casa de las Artesanías; fue en el año de 1996 cuando me incorporé al trabajo en el entonces Instituto Michoacano de Cultura, institución a la que me agradó pertenecer porque yo había visto que su organización de trabajo era muy buena. Entonces ahí volví a ver al Maestro Panchito, con quien nuevamente convivimos de forma estupenda, junto con Patricia Vázquez Calderón, la tía Marina Rico Cano, Carlos Padilla García, Gabriel Rico Mora “El Guache”, Benjamín Mendoza Lizarde, y decenas de compañeros de otros departamentos de la institución.

Del Maestro Panchito trataré de narrar dos experiencias: la primera fue en el año de 1997, cuando el Maestro Jaime Hernández Díaz, director del Instituto Michoacano de Cultura, me envió a llevar al grupo de la Danza Kuautli o “del Águila”, de Ostula, a su participación en el Festival Costeño de la Danza, que anualmente se realiza en Puerto Escondido, Oax. El viaje fue kilométrico: salir por el grupo al anochecer de un día, para recogerlos a las 8 de la mañana, en La Placita, del Municipio de Aquila; regresar a Morelia al anochecer para cambiar de autobús y salir comisionados junto con el Maestro Panchito, rumbo al Distrito Federal, Puebla, y entrar al estado de Oaxaca por una carretera y brecha que nos conduciría a nuestro destino.

¿Por qué ese camino? Porque el huracán Gilberto acababa de azotar las costas del Pacífico; el viaje por tierras oaxaqueñas fue de tensión y nerviosismo, ya que el camino, en gran parte, estaba lodoso, y por zona montañosa que ya entrada la noche hacía más riesgoso el tránsito, en el camino apenas cabía un vehículo; nos dábamos cuenta que con un resbalón de llanta el autobús caería o rodaría decenas o cientos de metros, entre pinos de todos tamaños y diversas especies de árboles que lucían resquebrajados, unos y otros arrancados de la tierra como consecuencia de la naturaleza que había sido implacable.

Múltiples veces tuvimos que bajarnos del vehículo para aminorar el peso y así poder cruzar caídas de agua o con el objetivo de que la tracción no fuera tan directa a alguna roca suelta que se encontraba a la orilla del camino. Llegó al momento de cenar en Sola de Vega y buscar qué persona nos podía vender algo para cenar; fue Eréndira, una joven oaxaqueña con nombre purépecha, quien nos deleitó con frijoles negros, chile de molcajete, tortillas del comal, agua fresca y café bien calientito; Eréndira y su familia escucharon con atención nuestra aventura, y nosotros apreciamos su comentario acerca de lo bonito e interesante que para ella es Michoacán.

Al continuar el viaje, el camino no mejoraba, todos los pasajeros continuábamos a la expectativa, bajo un intenso frío que provocaba que casi todos fuéramos tiritando, principalmente los danzantes y los músicos que, por ser de clima cálido, no llevaban suéteres.

Panchito había decidido desde hacía tiempo no tomar vino, porque para él era muy importante cuidar a su familia; en un momento determinado, él fue hacia mi lugar, y como él sabía que cuando yo salía a montar a caballo llevaba charanda, tequila o mezcal, entonces me dijo:

–Oye, maestro, ¿no traes por ahí algo?
– ¿Algo, cómo qué?
–Un charandita, porque ya traigo la boca hasta seca”.
–No, maestro, ahora sí no traigo nada; nos vamos a ir así todo el camino.
–¡Ah, maestro, no la amueles, ahora sí que de verdad lo necesitaba!

El arribo a Puerto Escondido fue casi al amanecer del día siguiente, la participación de Michoacán fue muy destacada; al estarse acomodando los danzantes en el escenario, el locutor transmitió la ficha técnica del grupo de Ostula, y puso especial énfasis en informar al numeroso público un mensaje que recuerdo más o menos así: “El estado hermano de Michoacán ha enviado ayuda de víveres para los damnificados; muchas gracias a los empleados del Instituto Michoacano de Cultura”, dejándose escuchar a la vez los gritos de reconocimiento hacia nuestro estado por la emocionada multitud.

El otro viaje se presentó el día 23 de diciembre de 1998, cuando el Maestro Panchito invitó a Patricia Vázquez, Carmen Pallares, Juan García Chávez, y a mí, a la presentación de la pastorela en Tingüindin “Alegre esta noche que huele a Navidad”.

El viaje fue bastante agradable, los integrantes de su compañía se portaron estupendamente con nosotros; de ida pasamos a comprar las carnitas en Quiroga, para de ahí dirigirnos a Chupícuaro y realizar un convivió en un cenador, las bromas del Maestro Panchito, como de costumbre, fueron durante gran parte del trayecto. En Tarecuato bajamos para que el grupo conociera la iglesia de San Francisco, el anexo y el atrio, además de tomarnos algunas fotogra­fías.

Llegamos a Tingüindín al atardecer; en tanto iniciaba la función, fuimos a visitar la iglesia, de interesante diseño arquitectónico, que en su interior guardaba –quién sabe ahora– unos artísticos frescos que sufrían de la inclemente humedad. La presentación se realizó con éxito, y después de cenar regresamos a Morelia, efectuándose el brindis navideño en el microbús, con un mensaje del Maestro Panchito.

Estas dos experiencias que vivimos con Panchito son una pequeñísima parte de lo mucho que convivimos, ya que una persona tan agradable y apreciada dejó marcada en nosotros su espíritu incansable de amistad, que deseo que conozcan Lula, Panchín y Gabriel, su familia.

Publicado en COMUNIDAD CRISTIANA, 6 agosto del 2006, pagina 17, Morelia, Michoacán.

NOTA:
LULA DE BAUTISTA, AVISA QUE EL 30 DE ABRIL, A LAS 8 DE LA NOCHE, EN EL TEMPLO DE SAN AGUSTIN, DE MORELIA, HABRA MISA PARA RECORDAR A PANCHITO EN SU SEGUNDO ANIVERSARIO.