viernes, 1 de agosto de 2008

133. VÍCTOR HUGO RASCÓN BANDA


Uno de los impulsores de la “Ley del libro”, abogado y prolífico dramaturgo mexicano.



Muere de los estragos colaterales de la leucemia, enfermedad que padeció durante 15 años Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008) uno de los mejores dramaturgos de las últimas décadas del siglo XX. Fallece siete días antes de cumplir sus 60 años de edad el prolífico escritor norteño oriundo de Chihuahua.

El dramaturgo y guionista cinematográfico nos ha dejado excelentes obras como ¡Cierren las puertas! entre las veintitantas obras de teatro que escribió.

Fue un luchador incansable en el medio gremial de escritores de México, desde la Sogem; Sociedad general de escritores de México., llegando a ser reconocido en el ámbito autoral mundial.

En lo personal lo traté en dos ocasiones, una, en ciudad de México en el 2000 ya como presidente de Sogem y otra ocasión en Monterrey N.L. en una de las muestras nacionales de teatro, atendiendo y sosteniendo en las dos ocasiones atención plena a nuestra conversación que versó en torno al teatro desarrollado en la provincia.

¡DESCANSE EN PAZ EL INTERNACIONAL MEXICANO ORIUNDO DE URUÁCHIC, CHIHUAHUA!

Nota de GL.Conrado.

132. EL ARTE TRADICIONAL CONTRA LAS ADICCIONES

J. L. Rodríguez Ávalos

Una línea de trabajo del Colectivo Artístico Morelia ha sido la permanente instalación de talleres para niñas y niños. Aún cuando se diseñan talleres para jóvenes, adultos y ancianos, acudir a la infancia es por demás importante, ya que nuestro país cuenta con una inmensa población infantil, mucha de ella en la extrema pobreza o, de plano, en la miseria.

Es precisamente en esos ámbitos poblacionales donde se desarrollan con mayor énfasis las adicciones. Muchos niños y adolescentes son remitidos a los antiguos albergues tutelares, hoy auténticos centros penales, por dedicarse a la distribución y venta de drogas. El Estado culpa a la familia por este descuido, sin embargo es el mismo Estado el culpable de que la niñez se inicie en el consumo de enervantes y narcotráfico. Ningún centro penal del país está capacitado para rehabilitar presos, los programas y dependencias oficiales dedicadas a la rehabilitación de delincuentes son una burla que los gobiernos hacen a la población.

El Colectivo diseñó un proyecto de rehabilitación para la niñez y la juventud que se encuentra en situación de riesgo o que ya ha entrado en conflicto con la ley. Dicho proyecto valida a la educación artística como promotora de habilidades especiales en el ser humano en general. Aún cuando la obra de arte, el producto artístico en sí puede influir en el ánimo de las personas y contribuir a una mejor calidad de vida, lo verdaderamente importante del arte es la práctica artística.

Llamamos arte al desarrollo de alguna habilidad humana. Los seres humanos tenemos una gran capacidad para desarrollar habilidades, es por eso que existen muy diversas actividades que entran en el rango del arte.

La carpintería se convierte en arte de la ebanistería por el desarrollo que muestra al obtener acabados perfectos, lo que ocasiona que todas las personas deseen tener en casa un mueble de tal naturaleza.

La preparación de un platillo de comida es, en realidad, el arte de ocultar un crimen. El trozo de pollo, de res, de cerdo corresponde a una parte de animal asesinado; se le cubre cuidadosamente con vegetales y frutos que también están agonizando frente a nosotros, porque frutos y verduras son también seres orgánicos. Se le llama arte culinario y tiene varios propósitos, el fundamental es despertar nuestro apetito y el práctico es proporcionar los elementos nutricionales que una persona requiere para mantenerse sana.

Maltratar animales es una actividad supletoria en el ser humano. Suple su natural tendencia a maltratar a otros seres humanos, de allí que sea una actividad que suele verse con complacencia socialmente. Hay por lo menos dos actividades en esta área que son comunes: el arte de la charrería y el arte de la tauromaquia.

Son tantas las artes que fue necesario llamar de una manera especial a unas que presentan un valor agregado, la persecución de ideales de belleza y perfección en los que caben elementos esenciales de la creatividad y de los valores humanos. Se les llamó bellas artes y están presentes en la vida toda de las personas, muchas veces sin que éstas se den cuenta.

Solemos apreciar el mundo como un conjunto de binomios: día y noche, bueno y malo, luz y oscuridad, bonito y feo, alegría y tristeza, salud y enfermedad. Son conceptos opuestos que rigen, de muchas maneras, nuestro paso por la vida hacia su extremo opuesto, la muerte. Normalmente no apreciamos los matices que existen entre esos binomios.

Por esa misma simplicidad apreciamos una tajante división entre lo que es el campo y lo que son las ciudades, territorios contrarios que, aún cuando son parte de un mismo México son, a la vez, una muestra fehaciente de las contradiciones en que vive nuestro país.

En este inicio del súper desarrollado siglo XXI persiste un injusto pleito entre la ciudad y el campo. La ciudad se sueña como paradigma del conocimiento, espacio ideal para el desarrollo humano, sitio para las oportunidades. Por el contrario, considera al campo como territorio de la ignorancia, el atraso y la barbarie.

Es un pleito que inició y mantiene la ciudad y va solamente de ésta contra aquél. Al campo no le interesa pelear contra la ciudad. La situación se torna injusta porque la ciudad vive del campo y en lugar de estar agradecida y pagar, de alguna forma, esa dependencia, arteramente suele acusar al campo de todos los males que aquejan al país.

La ciudad es, más bien, campo de cultivo de las peores ignorancias. Pero de que existe una barrera entre el mundo urbano y el campesino es indudable, ha sido levantada y sostenida por la ignorancia y los prejuicios, causando daños difícilmente subsanables.

La capacidad destructiva de la urbe es grande. Lo que ha atacado permanentemente es a la tradición, que se ha visto mermada y sobrevive a pesar de una sistemática labor en su contra. Aquí es donde se puede advertir la ignorancia citadina, que llama tradición a lo viejo, a lo obsoleto y retrógrado.

La palabra tradición, aplicada a una forma específica de vida, se comenzó a aplicar en el contexto antropológico e histórico desde el siglo XIX. Proviene del latín traditio, que significa “entrega” y se refiere a las normas y formas de convivencia con que cuenta una comunidad, que serán entregadas a sus jóvenes para que las protejan, enriquezcan y transformen. Esto quiere decir que la tradición es uno de los mecanismos con que cuenta la cultura para proteger a las comunidades.

En las comunidades tradicionales lo importante no es el individuo, sino la comunidad, mientras ésta esté bien, disfrutarán de esa bonanza todas las personas que integran dicha comunidad.

De aquí surge una de las principales críticas contra la tradición, a la que se considera impermeable y vulneradora de los derechos fundamentales, ya que éstos velan por el individuo y su razonamiento es contrario a la tradición: si cada uno de los individuos de una comunidad goza del respeto a sus derechos individuales, la comunidad se fortalecerá. Es fácil contradecir esta posición que surge de una falsa democracia; basta ver las sociedades cosmopolitas de nuestro mundo globalizado, donde ninguna ciudad se ve fortalecida gracias al respeto de las garantías individuales. Las ciudades de la globalización responden a las necesidades del mercado: unos cuantos ricos (que son los que gozan de todas las garantías individuales) y millones de pobres con la única garantía de ser explotados en beneficio de unos cuantos.

Mirando atentamente a la ciudad contemporánea, se advierte el énfasis que se pone en el individuo como célula madre de la sociedad. Desde la niñez se inculca en el individuo la idea del triunfo. Las advertencias de la madre, las enseñanzas de la maestra, los repetitivos eslogan de la televisión comercial, las campañas de superación personal, las ofertas de trabajo hacen creer a la masa informe de individuos de la sociedad que la única vía del éxito es convertirse en un triunfador.

Ser un triunfador significa obtener riqueza económica y todo lo que ésta puede comprar; se debe obtener pasando por encima de quien se pueda, aún por sobre las cosas, las personas y las ideas más nobles, comprendidas entre ellas la familia, la cultura, la tradición, la religiosidad, la bondad, etc. El ejemplo más alto de este tipo de egoísmo, que destruye todo en función del beneficio personal, se da en los políticos y en los narcotraficantes, que son equivalente y representan al crimen organizado: la obtención del poder a costa de lo que sea.

A la tradición se le acusa de crímenes inconcebibles, como el alcoholismo, los golpes a la mujer y a los hijos, el chantaje… pero todo esto se encuentra tanto en el campo como en la ciudad, en los pobres como entre los ricos. Falta en este panorama revisar otro hecho social que se llama costumbre. Ésta es un hecho repetitivo que se va agregando a las actividades cotidianas; algunas costumbres son buenas y otras no. Lo malo es que mucha gente usa la palabra costumbre como sinónimo de tradición. La costumbre se puede inventar, pero la tradición no. La costumbre es un hecho de cierta constancia, la tradición es una forma de vida.

Hay quienes aseguran haber establecido la tradición de reunirse la familia –o los amigos- frente al televisor para ver el fútbol, comer fritangas y beber cerveza. Esa es una costumbre y, de ninguna manera, una tradición. Son costumbres reunirse a jugar dominó, cartas, ajedrez; ir a misa los domingos; leer el periódico mientras se toma el café; dormirse a la diez. La costumbre es algo que se repite con cierta regularidad. La tradición es un todo.

La televisión comercial –fuente de muchos males de la nación- alienta activamente esa confusión. En muchos comerciales se invita a la gente a asistir a la “tradicional” venta navideña… a sintonizar el “tradicional” programa dominical… a embriagarse con la “tradicional” bebida de los mexicanos… Usa torpemente la idea de lo tradicional en lugar de lo acostumbrado.

La tradición es del lugar donde nace y no se puede trasplantar, no es posible que una familia que emigró a los EU reinicie allí la tradición de donde surgió, porque la tradición tiene que ver con la tierra y, al irse de ella, dejaron atrás su tradición. Y si algo tiene la tradición son fiestas. En la fiesta tradicional se reúnen la música, la poesía, el baile, la vestimenta, la comida, la bebida, la religiosidad y, claro, muchas costumbres. En la ciudad, en cambio, basta con una grabadora y una botella de alcohol para hacer una fiesta.

Lo que primero aniquiló la urbe fue la educación tradicional, cuyo objetivo era enseñar a aprender y su aplicación era individual, al ritmo del alumnado; fue suplida por la educación formal, que aplica programas masivos, iguales para todas las criaturas ya sean de los valles, las montañas, los lagos, las tierras calientes, las costas; quien no avanza al ritmo del programa, reprueba.

Queda claro, supongo, que muchos males de la vida cotidiana del país nacen de la ciudad y se instalan en todo el territorio. Es injusto que el gobierno de la República castigue a niñas y niños que han cometido algún delito, sobre todo porque es el mismo gobierno quien alienta la criminalidad en toda la nación. Separar a niñas y niños en sitios de castigo es una alevosía singular de un gobierno que no tiene capacidad para rehabilitar. Ningún presidio nacional ha podido rehabilitar a ningún preso, por el contrario, esos lugares son considerados sitios donde la criminalidad alcanza grados de maestría y doctorado. Es tan obvia la incapacidad gubernamental para rehabilitar, que cuando una persona solicita un trabajo debe presentar una “carta de no antecedentes penales”, que no debería existir si el gobierno rehabilitara, pero como no lo hace, el mismo gobierno exige, arbitrariamente, ese “documento” en muchos trámites oficiales.

El Colectivo ha investigado en torno a las fórmulas sociales que se establecen en torno a determinada composición cultural. La cultura, que es el comportamiento cotidiano de un entorno social, evidencia complejas relaciones entre las personas que la integran así como el contacto e influencia de otras formas culturales cercanas o lejanas. Esto quiere decir que las culturas están en constante transformación.

Será en las comunidades tradicionales donde se presenten con mayor facilidad las evidencias de su cultura, pero se irá enrareciendo en cuanto se tiene que estudiar una metrópoli. En la ciudad se hacinan diversas formas culturales. No se puede olvidar que las ciudades nacen, en primera instancia, del campo; se van transformando en urbes y se nutren de grupos campesinos que abandonan sus tierras por la imposibilidad de trabajarlas y migran hacia la ciudad con la esperanza de obtener mejores oportunidades de trabajo.

De esta manera, la ciudad será una especie de tianguis de culturas, todas ellas ajenas e indiferentes, donde es muy fácil que encuentren cobijo costumbres nada edificables, como el hurto, el consumo de drogas lícitas (cigarrillos y alcohol) como ilícitas.

La población más inerme y solicitada para delinquir es la infantil. Muchas veces son los padres, padrastros y familiares cercanos quienes inician a niñas y niños en actividades menesterosas y prostibularias, pero es también fácil advertir que son agentes policiacos quienes se aprovechan de infantes para el robo, la prostitución, consumo y distribución de drogas. Miles de policías de todas las corporaciones federales, estatales y municipales están metidos en este negocio infame.

El Colectivo ha realizado talleres con niñas y niños que se encuentran en situación cercana al delito, así como con quienes ya están en conflicto con la ley. Cada taller comprende actividades artísticas tradicionales que tienen un solo propósito: mostrar a cada estudiante que dentro de sí hay habilidades desconocidas que sólo podrán evidenciarse mediante la práctica artística.

El arte tradicional está más cerca de la naturaleza y de la comprensión del universo que el arte urbano, éste suele ser quejumbroso, imitativo y limitativo. No olvidemos que la ciencia nació de la tradición, ésta produjo también las artes como camino conductor de las habilidades humanas. También el arte tradicional se presenta como un todo. Cada persona deberá estudiar un instrumento musical incluyendo el solfeo, dibujo y pintura, actuación, baile, poesía y lectura.

Quien ya cayó en un centro juvenil de rehabilitación o está a punto de caer, se ve como un personaje importante del narcotráfico, ese es su sueño más grande. Entonces es fácil hacerle ver que todo personaje importante del narco tiene un corrido, pero esperar a que alguien escriba el corrido de cada persona que sueña con el éxito criminal es muy cansado. Lo mejor es que cada quien escriba su propio corrido.

Se les comienzan a enseñar las reglas esenciales; medir los versos no les resulta difícil, puesto que si aprendieron en la escuela a separar las palabras en sílabas sólo tienen que contarlas para completar la medida específica de un verso. Por regla general se trabaja en octosílabos, pues ésta es la medida natural del español.

Rimar tampoco es un problema, pues desde la niñez aprendemos a hacer rimas para burlarnos de niñas y niños: María la de la pata fría, Rita la guitarrita, Juan el tonto del zaguán, etc.

Una vez que aprenden a elaborar estrofas y hacen su corrido, entonces se le pone música. Aprenderán a contar el valor de las notas y aplicarlo al instrumento que están estudiando. Los instrumentos que se emplean son los cotidianos de la tradición: guitarra, violín, vihuela, jarana, guitarrón o contrabajo.

Cuando el poema ya se convirtió en canción entonces se bailará, contarán los pasos que requiere el baile elegido. Hasta aquí el alumnado ya se dio cuenta de que para todo hay que contar, pero comienzan a comprender que las matemáticas no es ese enfadoso sistema de números que tienen que aprenderse de memoria, sino que es un lenguaje con el que se pueden expresar muchas cosas.

El dibujo y la pintura les servirán para comprender el valor de líneas y colores, la forma de operar de tres dimensiones en las que existimos y cómo simularlas en superficies de dos dimensiones; la aplicación inmediata será en el diseño de vestuarios, de escenografías, de atmósferas.

La actuación les llevará directamente al escenario, a dominar el miedo, a buscar el lucimiento de las propias creaciones, a trabajar con las tres dimensiones ya comprendidas más la cuarta, que es el tiempo. A reducir la vida y el universo al espacio escénico y a la duración efímera de un espectáculo. Pero el trabajo de actuación no se reduce al escenario, sino que aprenden a actuar para la radio, la televisión y el cine. De paso aprenden que para realizar trabajos en estos medios se hacen a partir de un guión, o sea, el trabajo de quien escribe está presente en los medios y en muchas actividades humanas.

Finalmente, la lectura se enseña en su correcta interpretación. Generalmente se remite la lectura a los libros, así como a las diversas formas escritas, ya sea impresa o manuscrita. Pero aquí se valida la significación primordial de leer, que es comprender. Para leer un libro, un periódico, una revista, se requiere comprender lo que allí está escrito, así que tiene que estar en nuestro idioma y ser comprensible para el desarrollo de nuestro cerebro.

Pero también se leen los nombres de las tiendas, las placas de los carros, los anuncios en carteles y espectaculares, las señales en las calles y carreteras, los símbolos en aeropuertos y centrales de camiones.

Si hay algo que deba ser comprendido es el lenguaje de las personas, tanto el de la oralidad como el de los gestos cotidianos; pero más aún la forma de comportarse de las personas. ¿Por qué todos somos diferentes? ¿Por qué actuamos de una forma y no de otra? ¿A qué se debe que tengamos diferentes formas de pensar y de ser?

La lectura, por tanto, tiene que ver con las demás personas, pero igualmente con uno mismo, la misma persona puede leerse y comprender por qué actúa, piensa, desea, sueña de una forma determinada.


Se puede leer el comportamiento de la naturaleza, leer la casa, la calle, la escuela, el trabajo, el vecindario, la población entera. Comprender qué es eso que está allí y cómo se comporta y por qué. Se puede leer la televisión y descubrir que no es magia lo que encierra, sino el producto de afanes puramente humanos, normalmente de puro comercialismo y avaricia.

Cuando el alumnado concluye el taller habrá aprendido lo esencial de la práctica artística, pero también habrá despertado habilidades que no sabía que tenía y las podrá seguir cultivando o no, pero lo verdaderamente importante será que el proceso de estudio y de trabajo ha operado todo el tiempo en ambos hemisferios cerebrales. La racionalidad, el trabajo con números, los significados lingüísticos habrán operado junto a la verbalidad, la intuición, el juego de los sentimientos y las sensaciones, la experiencia creativa y el dominio del movimiento de ambas manos y pies, la verticalidad, la introducción en el espacio y dominio de los valores de la espacialidad, la motricidad, el movimiento grueso y fino llevan al alumnado a la apropiación de lo que significan en cuanto a corporalidad y desplazamiento, en tanto que descubren su capacidad de verbalización, pensamiento y escritura exactos.

La primera instancia de la escritura es acercar al alumnado a su idioma. Una sorpresa que siempre aparece en el alumnado es cuando se comienza a rimar en forma consonante, o sea, a buscar palabras de la misma sonoridad pero también de cierta medida para completar el verso. De pronto va saliendo una gran cantidad de palabras que no sabía el alumnado que tenían dentro de sí, de muchas de ellas ni siquiera saben el significado. ¿Cómo fueron a parar esas palabras dentro de un vocabulario escondido, un vocabulario que jamás iban a utilizar? ¿Será que el idioma, como un virus, penetra en nosotros a cada paso y no sabemos que anda retozando en nuestro sistema circulatorio o en ignorado lugar del cerebro?

Al finalizar el taller hemos encontrado siempre la misma valoración: el alumnado ha comprendido qué significa ser humano. Se comprende que la sociedad está mal hecha, que la injusticia es el paradigma social, pero ya el individuo no siente un malestar por eso, al contrario, entra en una etapa de comprensión, o sea, de lectura de esa realidad y a la práctica del pensamiento científico, o sea, formular preguntas y buscar la o las respuestas, practicar el ensayo y el error, ejercitarse en la duda.

El rencor que el individuo sentía contra su familia, contra la sociedad y contra sí mismo se torna en un estado de alerta que le permitirá superar las trampas de las adicciones, entendiendo que éstas no solamente están en las drogas y en ciertos comportamientos, sino en muchas de las actividades sociales e individuales. La adicción se presenta en cuanto se da libertad a la compulsión. Somos seres compulsivos que lo mismo podemos acabar con medio kilo de cacahuates que con un puñado de bombones, chocolates o bebidas en una sola sentada. La compulsión nos lleva a meter el acelerador a fondo, a hablar más de la cuenta, a mordernos las uñas o agotarnos en la sexualidad, a mentir, a engañarnos.

Sólo se logra detener a la compulsión cuando se presenta la voluntad como un freno. El acto de volición es difícil de generar, es parte de una disciplina que el taller logra instalar y poner a disposición del alumnado, gracias al estado de alerta que se condiciona.

De cualquier manera, el Colectivo ha logrado conquistar una forma relativamente fácil y económica para devolver a niñas y niños en riesgo la confianza en sí mismos y el dominio de su propia personalidad, pero despertándoles la conciencia cultural que les llevará quizá no al camino del arte, pero sí al de constituirse en una ciudadanía crítica y con mejores posibilidades de transformar el entorno a su favor.

lunes, 28 de julio de 2008

131. LABERINTOS Y PUENTES

Por Alejandro Delgado

¿2008 Deja Vu de 1968? /Ilustración 1.- Fotomontaje del autor sobre grabado de Adolfo Mexiac

“Find the cost of freedom, Buried in the ground; mother earth will swallow you, lay your body down”.
“Encuentra el precio de la libertad, sepultado en el suelo; madre naturaleza te absorberá, deja tu cuerpo caer”.
Crosby, Stills, Nash and Young, Journey Through the Past.

Corrían toda clase de rumores: que por la noche llegarían fuerzas del ejercito, que algunos de nuestros dirigentes realmente estaban colaborando con el gobierno, que venían campesinos armados a defender el movimiento, que ya estaban operando agentes de Seguridad nacional dentro y fuera de las protestas, e incluso, que ya había renunciado el gobernador Arriaga Rivera, a quien el presidente no había aceptado la dimisión. Nosotros, los chamacos –muchos secundarianos -, solo sabíamos lo que estábamos viviendo por cuenta de nuestros propios ojos.

Era miércoles, o Jueves, la cita era para las 18:00 hrs., frente al periódico La Voz de Michoacán, para protestar por la infinidad de mentiras y distorsiones sobre los acontecimientos, entre otros, que las fuerzas del orden público se mantenían al margen de las manifestaciones y que solo hacían presencia para resguardar el orden en caso de infracción. Alguien con un altoparlante portátil se ajetreaba diciendo que alguien más iba a tomar la palabra, de la azotea del edificio de La Voz de Michoacán, empezaron una serie de disparos que nos sonaron a petardos con sordina. Caían objetos humeantes parecidos a latas de cerveza. El altoparlante decía que guardáramos la calma, las bombas lacrimógenas seguían cayendo encima de la gente que empezó a correr hacia los extremos de la calle. Llegaban algunos estudiantes con trapos humedecidos con vinagre y cubrían nariz y boca de algunos que tosían casi a punto de vomito.


Ilustración 2.- Foto Héctor García (recabado por Fabiola Ospina Huipe).

El del altoparlante convitaba a la calma y a replegarse en las esquinas de la calle. Nadie nos dio indicaciones y corríamos a levantar señoras y gente que estaba cayendo y gritando de ardor en los rostros. Casi a rastras, como podíamos acarreamos un buen número de personas y sucedió algo sospechoso. Había en el atrio del Templo de La Merced varios montones de piedras sobrantes de escombros de una supuesta reparación. Se acercaban varios con las piedras en las manos para responder la agresión, pero los compañeros de la comisión de orden pudieron persuadirlos y persuadirnos a los demás de no responder con violencia. Ahí vi. a algunos estudiantes que vinieron del Politécnico Nacional y quienes nos habían ido a alebrestar a la secundaria Federal 1 (ahora se que eran miembros de la FENT, Federación Nacional de Estudiantes Técnicos). Vestían diferente a los dirigentes locales del movimiento, con camisolas verdes del Army, cabello largo y lenguaje ágil, eran nuestros cuates e ídolos, parecían los mismísimos Rolling Stones en las calles provincianas de Morelia, o esos personajes que algunos ya habíamos visto en las películas de Godard.

El alto parlante informaba que una comisión de compañeras y compañeros de la Facultad de Medicina habían establecido un puesto de Primeros Auxilios en el Portal Hidalgo, que los intoxicados fueran llevados allá. Se corrió la voz de que nos reagrupáramos en la Plaza de Armas, los manifestantes se dispersaron caminando a dicha plaza. Pasábamos frente al Hotel Virrey y un señor, con facha de sibarita, entre irónico y sarcástico nos dijo: ya ven chamacos, con el estado no se juega. Esa tarde fue un adelanto de lo que vendría días después, y un par de años más tarde.

¿Quiénes éramos, qué hacíamos? Éramos la generación siguiente que habíamos visto a nuestros hermanos mayores encarcelados por la policía judicial y el ejercito, que escuchábamos a nuestros padres y tíos rabiar porque el gobierno los amenazaba de quitarles el trabajo si no votaban por el PRI, que mirábamos a nuestras hermanas vistiéndose a la moda a escondidas de nuestros padres, que empezábamos a leer a Marx, Marcuse, Camus, Sastre, Huxley, Beckett y al terrible Ionesco.

Por si fuera poco, algunos ya nos habíamos largado de nuestras casas y empezamos a aprender a sobrevivir como se podía, pero con el cabello largo. Otros formaban círculos críticos de estudio y discusión filosófico políticos. Los menos ya hablábamos de lo alternativo y cuestionábamos tanto el sistema capitalista como lo que ya estaba mostrando el régimen “socialista”; otros, de número menor también, le apostaban al “camino armado”, porque solo a sangre y fuego sería posible acabar con la explotación de los trabajadores.

Unos y otros parecíamos habernos convertido en el ombligo del mundo mientras el resto de cuerpo se contorsionaba en los estadios de fútbol, frente a los nuevos televisores y emborrachándose los fines de semana. No eran esos nuestros enemigos inmediatos –al fin, decíamos eran víctimas contentas del sistema -, sino toda una pléyade de profesores, autoridades y organizaciones estudiantiles corrompidas por los gobernantes que sucedieron al movimiento del 66. Pero ya no nos sentíamos tan solos; había más ombligos del mundo en Praga, en Paris, en Londonberry, el La habana y en San francisco, California, solo por mencionar algunos. Por todos lados los ombligos del mundo tomaban las calles protestando por todo lo que había que protestar (la lista crecía día a día). Recibíamos correspondencia lo mismo desde La Sorbona que desde La Habana. Viet Nam era la última batalla que libraría el imperialismo yankee y con la píldora anticonceptiva se ganaría la guerra contra la represión sexual. Algunos veíamos en Bob Dylan la encarnación de la poesía con las enseñanzas de Lenin, y hasta parafraseábamos ser marxistas-Lennonistas.


Ilustración 3.- Foto anónima (recabado por Fabiola Ospina Huipe).

En Julio de 1987, la revista Opción (una de las publicaciones estatales de la Corriente democrática), publicó un texto que viene al caso revisitar:

Crónica de los últimos 30 Años.
“Dos líneas paralelas no se encuentran por el camino de la democracia”.
Ramón Martínez Ocaranza.
Patología del Ser.

Crecimos a la sombra de las guerras y aquí no había explosiones. Las pantallas y los diarios refulguraban que la historia acontecía al otro lado del mundo, como si aquí no pasara nada, como si el calor de nuestras cunas y nuestros hogares estuviera lejano y a salvo de la guerra fría. Aquí las explosiones abrían carreteras y el mundo parecía poblarse de escuelas. Nos educaron a la sombra de Cristo y de los héroes blancos con un botín de sangre india. Las lecciones eran de memoria; corrían en nuestra imaginación los veneros de la posibilidad. Éramos hermanos que se alcanzaban para reconocerse en sus barrios y poblaciones. Podíamos establecer claramente las extensiones y los límites de nuestras vidas y teníamos sueños propios, cercanos, que creímos alcanzables. Porque veíamos a nuestros padres y a nuestros mentores construir las banquetas que conducían a las aulas, las avenidas sin codicia llegando a nuestras plazas.

Teníamos el sueño y la esperanza de los niños siendo niños, sabiéndonos cercanos unos a los otros, formando la unión sin nombre que se vive en las mesas y en las esquinas, esa ligazón que pensamos inquebrantable que vincula a una generación con otra, ese saberse de la misma gente, gente de la misma clase, de la misma raza, de la misma patria. Ese vínculo de los chiquillos jugando rayuelas, fleteando burros en las calles, tal como las jóvenes generaciones de politécnicos y universitarios coreaban cándidamente sus esperanzas antes de los exámenes, cuando los cines se abarrotaban de novedad y la vista parecía adelantarse al futuro.

Más tarde nuestros presidentes decían discursos de autonomía, defendiendo la libertad y el respeto de otros pueblos que no podían ver, pero que se decía eran tan similares a nosotros. Inventaron significados nuevos para las estaciones. Las palabras: programa, planeación y desarrollo, reemplazaron a las bendiciones de nuestras madres aterradas por las insospechadas despedidas, mientras se encadenaban al futuro que nos llegaba en las cuentas de los créditos y los abonos.

Nuestros padres, como fuga de agua que goteando va formando inundaciones, empezaron a ausentarse de nuestros hogares y nuestros sueños. El progreso se hacía presente en sus ausencias y los presidentes decían que creceríamos en libertad, la misma libertad que pisoteaban en las casas que compraban para sus amantes, cuando les dieron plaza en la burocracia creciente.

Entonces nuestros héroes cambiaron su rostro extraño por una mirada de ironía. Eran la encarnación de la duda y de la rebeldía: un no saber por qué no estábamos de acuerdo en mirar a nuestros padres vestir de igual forma que los presidentes y sus amantes; un no saber dónde se originaba ese malestar, ese querer romper cristales, repartir riquezas y hacer nuestras las calles. Cambiaron las correrías a través de campos y bosques por rugientes máquinas, los primeros charcos de grasa y sangre de nuestros hermanos en las calles de las ciudades. El tiempo se apresuró contra toda nuestra anterior experiencia que se opacaba en las primeras arrugas de los mayores. Las noches eran conjuras de confusión y pesadilla. Vivimos en vigilia de guías el choque de las tres culturas, y supimos en carne propia que el odio es un valor acumulado en la revisión policial contra la pared.

Desde entonces nuestros héroes desaparecían tras los empujones hacia las cámaras de tortura, o dormían esperando procesos en los campos militares. A partir de entonces todo fue estereofonía. Escuchamos dos valores extremos para nuestra ternura, y la muerte sin fin se grabó por siempre en uno de nuestros casetes. Entre tanto, se jubilaba la esperanza. Las canas de nuestros padres aparecieron haciendo gestiones sindicales, a fin de que se pensionaran sus decepciones. La voz de los presidentes se quedó encerrada tras las portezuelas de los taxis, y sus discursos, cada día más elegantes, cada día con más pausas midiendo las palabras, se apretujaron en la complicidad de los estadios enardecidos por un multitudinario envilecimiento crónico, voluble, programado. El campeonato irrumpió con sombras y rumores, todo vestigio de confidencias, y ya no eran nuestros padres quienes hipotecaban el futuro, sino nuestra propia incertidumbre, nuestra perdida comunión de clamores por todo aquello que creímos nuestro.
Supimos que crecimos sin crecer, sin creer que la muerte espera afuera del amor, que las naves incendiaron sus velas, que los puentes son cenizas abandonadas. Y teníamos fiebre la noche del gran grito acompañado, el día en que el silencio se hizo clamor en el mitin del zócalo. Éramos los niños que veían a sus hermanos en los funerales acallados y en la cárcel. Los más pequeños que no sabían otra cosa sino rabiar.

Éramos el sol apagado por la mansedumbre de los días que se cuentan para el gran consumo. Éramos nuestros padres iracundos en templos y cantinas del recuerdo y la añoranza, el motivo de sus créditos y borracheras, el temor aprisionado en la escuela y en la copa de cristal de los anuncios. El color se hizo humo al amanecer. Más tarde que nunca seguimos creciendo, con nuestro espanto haciendo fila en las gasolineras, o en la línea divisoria de las economías. Ocultándonos de la patrulla fronteriza de las clases y las edades, pensando temerosos que cesarán las hostilidades internas cuando paren de llamar los teléfonos que no contestan, cuando la delicada y sutil supresión se haga evidente.

Ilustración 4.- Cartel en serigrafía, Francisco Becerril, ENAP-MUCA (recabado por Fabiola Ospina Huipe).

Hasta aquí hemos llegado, a este sitio donde se erigen monumentos pomposos a la intolerancia; en este día marcado en el calendario del desempleo y la impotencia; en este rondar la rabia por fuera y por dentro; en este no querer creer en el futuro, en ese tiempo que tanto creímos. Con todas estas ganas juntas de recuperarlo, tal como queremos conciliar y recuperar nuestros ancestrales sueños.

Aquí estamos nuevamente, juntando los puñados desperdigados de la historia, porque es la historia la que derrotará a la economía; porque es el alma y la mano del hombre la sabia del futuro. Por eso, uno a uno, nos vamos encontrando, reuniendo las voluntades que creímos deshechas, y sin saber dónde ni cómo la manifestación del silencio nos va diciendo de nuevos caminos, donde nuevos esténtores, guardan en sus voces la semilla del respeto y la razón.

Febrero-Mayo de 1987.
(continuará)
alejandrox99@hotmail.com