miércoles, 21 de enero de 2009

198. Reporte Z









Por Rafael Gomar Chávez.
DESDE ZAMORA, MICH.


¿Dónde estás Dioniso?

Todavía recuerdo los días felices de la juventud, cuando sin tener sobre mis hombros el peso de la responsabilidad, me iba a donde mis pasos me llevaran, sin más equipaje que una mochila o un morral con algunas frutas de la temporada. Algunos pesos en el bolsillo y ¡a andar por el camino mirando el horizonte y respirando profundamente el prana divino!

Las vacaciones eran para caminar por el campo sin más objetivo que disfrutar el maravilloso regalo de la naturaleza, a veces solo, a veces con los amigos, pero salir a caminar sin más, respirando el aire fresco, sintiendo el calor del sol en tu piel, la acogedora frescura de la sombra de un pino o de un fresno, y a veces, la lluvia y siempre la visión maravillosa de las montañas, de los valles con tintes esmeralda y oro reverberando al mediodía.

Caminar por un sendero desconocido y misterioso en la montaña es una experiencia especial, sobre todo en los momentos mágicos en que todo se detiene, en que los árboles dejan de cantar con el viento y los murmullos del agua, y el canto de los pájaros, y todo, todo hace silencio.

Entonces detienes tu andar, te dejas caer en la tierra, boca arriba, suspendes tus pensamientos, abres tus ojos lo más posible, respiras hondo, relajas tus piernas y tus brazos y te entregas a la experiencia única de ser parte de la naturaleza. Tus ojos se pierden en el azul del cielo mientras que percibes la suave respiración de la tierra, nada perturba ese momento de reconciliación con el mundo de lo sagrado y de alguna manera sientes que Dios te ama.

Nada que ver con la embriaguez dionisiaca, nada que ver con el éxtasis que provocan la degustación del vino sagrado, ninguna relación con la locura y la pérdida de la conciencia en los efluvios de poderosos alucinógenos, no. Este momento de comunión con el mundo, con la naturaleza, con el cosmos, es la contemplación mística, tal vez lo que para los antiguos griegos lo era la experiencia apolínea, la clara intuición de la verdad, la contemplación del Uno.

De alguna forma misteriosa esta especie de embriaguez apolínea es un remanso de paz que te alivia y te llena de energía; a diferencia de la embriaguez dionisiaca, que es el momento de la plenitud en el que estallan las pasiones y las emociones brotan a flor de piel; es el momento también de la convivencia, de la entrega de los cuerpos, de la ruptura de las barreras que nos limitan y encarcelan la expresión de nuestros afectos.
Dioniso y Apolo son expresión de nuestras experiencias más intensas, a veces por el camino de la locura, de la sensualidad, de la elocuencia que despierta el vino, a veces por el camino de la contemplación serena, de la visión sagrada que te sorprende y te deja sin habla.

Dioniso se manifiesta con toda su fuerza en la juventud y no podía ser de otra forma, son los jóvenes los elegidos de los dioses no sólo por su belleza, sino por la inocencia de sus almas, porque en ellos se recrea en su forma más pura, el amor, pero también la sensualidad y las formas más diversas de la pasión; pero al paso de los años, el peso de las experiencia vitales se equilibra y la conciencia dirige su atención hacia sí misma. Y si se ejercita la meditación, el silencio, la oración, entonces el camino hacia estas experiencias apolíneas o contemplativas es más intenso.

En estos días en que la mayoría de las personas, sobre todo las personas que se encuentran en el momento más alto de su vida productiva, en la plenitud de su juventud y madurez, gastan su vida en consumir compulsivamente, en trabajar para tener dinero, en competir y mantenerse actualizados, la contemplación y la meditación no son usuales, pero también ellos tendrán su momento, sólo hay que esperar un poco.


rafael_gomar@hotmail.com