viernes, 19 de febrero de 2010

541. CUENTOS CORTOS (2)

CUENTOS CORTOS DE PRIMERA ÉPOCA (2)

Manuel Ramírez Zaragoza
Medico y literato.
Desde Jacona,
Michoacán.
México.

5
Hacía meses que no visitaba mi pueblo. Esta ocasión aproveché unos días de tregua del diario quehacer citadino para ir a ver a mis padres y de paso sus fiestas populares. Cuando bajé del autobús caminé a tomar el camión de transvase que me llevaría de la ciudad cabecera a la comunidad donde nací. El camión de pasaje seguía siendo el mismo desde que era un chiquillo, supe cuando estudiante que allí en el volante murió don Cliodosio, fundador de la dinastía de transportistas non de pasajeros con un activo de servicio que no llegaba a tres unidades; por lo tanto, la vieja troka acondicionada para pasaje nunca, hasta la fecha, ha tenido competencia.

El conductor del momento que llevaba el insufrible automotor también es miembro en tercera generación de don Cliodosio. Todo un monopolio familiar. El balanceo desigual del camión y la brecha concebían ratos de sueño. Entre pestañeo y pestañeo escuchaba comentarios diversos de Tulia a quien algunos compañeros de traslado le llamaban la Mujer Perfecta. Finalmente el calor y la mezcla de humores diversos me hicieron dormir.

Entre las nubes de ese sueño tuve la alucinación de entrar en la plática con los pasajeros que habían traído al tema el nombre de Tulia. Quien conocía a Tulia decía que era la mujer perfecta: – ¿Yo? –Yo no podía opinar nada de ello toda vez que no la conocía–

Más allá de la puesta del sol poniente desperté gracias al pisotón que me acomodó una gruesa mujer en el ojo de gallo que había nacido conmigo. Fui el último pasajero en bajar de la agónica carcacha y sin sorpresa, encontré el mismo pueblo después de diez años de ausencia. Tenía sed y los botellones trasudados de coloridas y frescas aguas estaban para apagar la se del sediento allí, en las mesas de fritangas pueblerinas. –Mejor será evitarlas por aquello del cólera, pensé– Caminé por la única calle que tenía el poblado rumbo a la casa de mis progenitores; no sabían que venía al pueblo.

La diferencia entre el antes y el ahora de las fiestas del pueblo eran todas aquellas luces que enmarcaban nombres sugerentes de burdeles citadinos: El Tropicana, El Saboy, El Picadero, El Éxtasis, al lado, a modo de choteo irreverente estaba La Agonía. El último templo de la runfla pecaminosa apenas tenía un foquillo rojo y no aparecía nombre alguno. Entré.

Un angosto y largo pasillo desembocaba en la penumbra rojiza de un salón improvisado para la ocasión. La Sonora Santanera se escuchaba a través de un luminoso fonógrafo. Pedí una cerveza en lugar de aquella agua fresca. Me senté en una solitaria mesa y empecé a paladear la cerveza al tiempo que observaba el ambiente. Antes del último sorbo, una silueta femenina se paró enfrente de mí: ¿Me invitas una copa? Dijo con una voz educada y melodiosa– Levanté la mirada, vi a la mujer y contesté afirmativamente. Se sentó y pedí para ambos. La Sonora Santanera hacia que el dolor se sumiera en el tripajo de muchas y muchos que estábamos allí; Aventurera, Perfume de Gardenias, Luces de Nueva York, Amor de Cabaret...

En la madrugada llegué a la casa paterna. En la íntima soledad de mi viejo cuarto pensé que Tulia no era la mujer perfecta, aquella que tanto escuché a los pasajeros de la troka porque el horizonte de sus senos no estaban en línea con la perfección del ángulo recto en relación a su ombligo.

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