lunes, 12 de julio de 2010

690. LA ECONOMÍA Y USTED

Por Eliseo Castillo A.
Economista analítico.
Desde Morelia,
Michoacán.
México

EL FUTBOL Y EL BORREGUISMO S.A

ESO ES EL AMOR...

Vuelan manos por el aire
quizá en busca de otras manos
las tuyas, las mías, las de ellas,
vuelan por que están amando,
vuelan por que sin ser alas
saben...se sabe... desde siempre
que el amor, ese hechizo fantástico
les ha transformado.
Vuelan tus manos... hijas de otras manos,
se apremian, se increpan,
de manera incesante están buscando.
Te inquieren, te nombran,
del amor son las manos
que de manera suave,
te anuncian que aquí están...
que el amor ha llegado.
Manos...las tuyas amor
aferradas al calor de otras manos.

eliseo.

Marx lo dijo en el siglo XIX la religión es el opio de los pueblos; luego los ingleses lo pusieron en práctica para dominar y colonizar parte del este asiático, envenenando la vida de los habitantes de China y su región, no mediatizaron y colonizaron con la religión...pero si con el opio.

Hoy el opio moderno, además de la basura que les meten y se meten los jóvenes en los antros , escuelas y barrios, es el manejo perverso que hacen los medios masivos de comunicación, donde uno de sus placebos más afectivos es el futbol.

Resulta patético y lamentable la forma en que las televisoras se apropian del inconsciente colectivo para venderle la idea del consumo que necesita acomodar en el mercado; para ello es un buen negocio generar ciudadanos con una alta incapacidad de reacción, de alguna manera idiotizados e imbecilizados; luego se les dice lo que deben creer, donde y como; ese es el secreto del producto SELECCIÓN NACIONAL DE FUTBOL MEXICANA, por cierto de los productos mejor vendidos en su género, solamente comparado y superado por los grandes monstruos de a de veras como Brasil, Alemania y Argentina, normalmente , después de esas selecciones está la de México en cuestión de generación de utilidades para los directivos, los empresarios y para la FIFA.

El problema es que como no se cuenta con grandes figuras en el equipo, el trabajo se hace más complicado... ¡hay que inventar lo que no existe...! ¡hay que inventar grandes jugadores de corte internacional, porque no se tienen! así es como el señor Felipe Calderón que trabaja de presidente de la república de los que se tragaron el cuento del invento del triunfo milagroso en 2006 "haiga sido como haiga sido", según él mismo, se prestó al juego de embaucar al inocente seudoaficionado mexicano al deporte fin semanero de las patadas, usando sus palancas para traer al que se llamó "el salvador de la patria..." claro, trajeron bajo su recomendación a Javier Aguirre a enderezar la nave que se iba a pique; igual que su gobierno que nunca pudo moverse un poco.

Ahora lo importante era fabricar cracks o ídolos mediáticos, por tanto las televisoras se aliaron a los empresarios y se les ocurrió que tenemos grandes jugadores y que la selección nacional está para cosas muy grandes....unos días después en España Aguirre declaró que la selección no estaba mas de que para un papel de mero invitado, es decir que no pasaría del lugar histórico que anda por el número diez... eso le costó un regaño de los patrocinadores; por eso rápidamente lo envolvieron en la bandera nacional y lo lanzaron como la imagen de la nueva figura del mexicano exitoso. El siguiente paso era recordarle a la mayoría de los mexicanos, que normalmente no son aficionados regularmente al futbol, pero como el mexicano es muy exhibicionista, le encanta fingir que sabe de futbol, lo toman las televisoras, lo manipulan y al final tenemos lo que se ha repetido cada cuatro años : un pueblo aborregado, sin rostro, sin identidad, más allá del sombrero charro y los penachos que se retratan como una identidad que en ocasiones ni entienden, se la pasan cantando la canción del Cielito Lindo, de evidente origen española y adoptada por el mexicano, y eso sí la señal más estúpida que solamente puede generar una pandilla de estúpidos...el grito sonoro con que reciben al portero del equipo contrario... ¡puto...!

Aguirre tuvo razón...el país está jodido..., el equipo no da para tanto como se quiere y espera, y a lo que los semi analfabetas del futbol les endilgaron un crack inventado apodado C H I C H A R I T O, un simple muchacho, que quizá algún día, luego de algunos años pueda llegar a serlo, hoy solamente es un joven con cualidades, sólo eso; pero como el fracaso no tiene autores, pues habría que inventarlos. Hoy muchos de esos aborregados ingenuos dicen que México era una gran selección...¡lástima del entrenador que se obstinó en poner a Guillermo Franco, un villano a modo, después de todo le podemos gritar que antes de nacionalizarse era argentino...un pinche extranjero pues! y por aquello de las cochinas dudas, se les ha indicado que deben repetir como lo que son: dóciles sujetos (ya no les llamaré borregos...por pena a los animalitos simpáticos) que la culpa fue de Aguirre por haber alineado "al guille", al Bofo... ¡y al Cuau...! ¿Pues no quedamos que este último fue el salvador de la patria junto con el entrenador...?

¿Ven dónde está la borregada...? hoy se inventaron un ídolo que no es crack, el chicharito Hernández; en 1986 ante la emergencia del terremoto y la crisis económica se les ocurrió inventarse otro ídolo y crack imaginario, apodado "el abuelo cruz", que al final fue unos de tantos... pero que funcionó como gancho adormecedor ante una mente semi analfabeta mediatizada por las televisoras y su lamentable trabajo.

México, es una gran empresa explotadora del futbol, con un equipo medianamente competitivo; por fortuna no tan malo, en realidad tiene sus virtudes y fortalezas; pero eso no lo entiende el público al que adormecen con una quimera, con un sueño fantástico.

Buen distractor ante la violencia de cada día, ante un estado fallido, una televisora de pésima calidad con analistas que habría que preguntarles si conocen la palabra análisis, además de la sarta de tonterías gritadas. Con una pandilla de cómicos de pésimo gusto con chistes malos y de doble sentido siempre enfocados al sexo, con viejarronas mostrando sus traseros como condición para idiotizar más el intelecto colectivo... donde un día, un sólo día que se presentó el único analista cómico decente que asiste, llamado "Ponchito", causó tal revuelo, que al final nos demostró la triste basura en que estamos siendo mediatizados.

Pero usted no se preocupe, la culpa la tiene el entrenador, por preferir a un extranjero disfrazado de mexicano...ese tal "guille", que desplazó al que pudo ser el nuevo salvador de la patria apodado "chicharito"...pinche Franco.

Esa es la vida en el limbo del borreguísimo, donde se quitan el disfraz los doctores, los ingenieros, contadores, y toda la pandilla vestida de decentes que le gritan al portero rival cada que le pega al balón...¡puto!

Y nos quejamos de la mediocridad de nuestra estructura educativa.

Un abrazo.

689, ANÁLISIS A FONDO

La invención del Estado


Francisco Gómez Maza

• Estudio sobre su utilidad para controlar a los pueblos
• Una crítica fuerte de Clemente Valdés, muy oportuna

Toda la clase política, los partidos políticos, el llamado “gobierno”, el llamado “poder legislativo”, los llamados “órganos jurisdiccionales” que organizan y juzgan las elecciones caminan sobre arenas movedizas. Ahora el pretexto son las elecciones de 2012 para cambiar al inquilino de “Los Pinos”, la casa presidencial de la llamada República Mexicana. Todo el mundo se engaña. Todo el mundo se hace de la vista gorda, luchando por algo que no tiene futuro, más que para los expropiadores del poder del pueblo. La democracia representativa es inútil, no resuelve nada. Y sí, es una carga para el erario, que no es del gobierno, sino de los contribuyentes.

Sobrevivimos bajo el yugo de un modelo seudodemocrático, que fantasiosamente se presenta como democrático únicamente en tiempos de procesos electorales, pero una vez trascurridos estos, los “elegidos” se olvidan que fueron elegidos y se constituyen en señores, en barones, en dueños, en caciques del “poder” y se olvidan de que no son eso, sino servidores, empleados, de quienes los eligieron. Para ellos, la democracia participativa es un arte del demonio. Y hacen y deshacen con la suerte y el destino de sus “gobernados”, de quienes los eligieron y de quienes les pagan con creces sus salarios y, es más, por sus pistolas se apropian de los dineros del pueblo para repartírselo como botín de guerra.

Y esto no ocurre sólo en México. El gran maestro de la democracia representativa son los Estados Unidos de Norteamérica. Al presidente Barack Obama, por ejemplo, se le olvidó ya que se debe al pueblo que lo eligió, y toma decisiones en contra de ese mismo pueblo, como las inmisericordes redadas disfrazadas de auditorías en contra de los indocumentados.

En estos momentos, conviene la reflexión, sólo el ejercicio, porque con esta reflexión no cambiará el estado de cosas. La mayoría está convencida y la clase política, por conveniencia - de que el modelo de democracia representativa que nos rige es el bueno. Sin embargo, únicamente para que quede constancia, para el registro académico, histórico, y para los verdaderos demócratas, humanistas, el doctor Clemente Valdés, un estudioso del Estado, tanto en la Universidad Nacional Autónoma de México como en la Escuela Libre de Derecho; en la Universidad de Cambridge y en la de Liverpool, en Inglaterra; o en la de Glasgow y Stirling, en Escocia; o en la de Poitiers, en Francia, nos regala un estudio profundo sobre la utilidad del concepto del Estado (una invención fantasiosa, mítica) para controlar a los pueblos.

En los llamados sistemas democráticos representativos, el Estado es el medio más efectivo para impedir el poder original de la población. A partir de la invención del Estado invisible, los hombres del gobierno no tienen qué preocuparse ya por la ilusoria soberanía del pueblo, pues la soberanía ya no reside en el pueblo; el nuevo Estado irresponsable, todopoderoso y aparentemente impersonal es, por obra y gracia de la Teoría del Estado, el único soberano, nos recuerda el maestro Valdés, en una tesis aparentemente novedosa, pero que ha existido en la mente de los pensadores honestos desde que la razón apareció en el cerebro de los seres humanos.

Los supuestos representantes de la población y los demás empleados que dirigen los otros departamentos del gobierno se distribuyen entre ellos el poder que originalmente se decía que era del pueblo y se presentan diciendo que, de acuerdo con la Constitución hecha por ellos y sus antecesores, ellos son los verdaderos “poderes”. El resto de los habitantes se han convertido en “los gobernados”. Es decir, los súbditos, que tienen como principal obligación obedecer a aquéllos. Es cierto, dice el doctor Clemente Valdés, que el poder que les prestamos a los empleados gobernantes se convierte fácilmente en un instrumento de opresión.

Pero el poder del nuevo Estado, al interior de los países, puede ser mucho más opresivo, porque el Estado, en ningún caso, debe responder por sus actos, precisamente porque no existe. El Estado, como una entidad imaginaria soberana con poder absoluto, es obviamente incompatible con un sistema democrático, donde la población participa en las decisiones importantes y no sólo en las elecciones de algunos de los empleados públicos principales, sin participación alguna en la aprobación de las medidas trascendentales para la vida en común. En algunos países, como sucede en México, la población no tiene ninguna participación en las reformas a la Constitución, las cuales se hacen por los mismos legisladores ordinarios, a través de un procedimiento que consiste principalmente en cambiarse de nombre y llamarse “poder constituyente permanente”.

La obra de Clemente –La invención del Estado. Un estudio sobre su utilidad para controlar a los pueblos- es una de las críticas más demoledoras que se han hecho al Estado, inventado precisamente para impedir la supremacía del pueblo al interior de los países y mantener sometidos a los habitantes a un ente invisible, aparentemente impersonal, al cual no se le puede exigir responsabilidad alguna, porque nadie sabe quién es.

Karl Marx no previó este desenlace ni podía haberlo previsto, porque no era adivino. Pero, además, no se dio cuenta de esto porque estaba obsesionado con lo que para él era algo más importante dentro de su concepción teórica total: su teoría de las clases y la lucha de éstas dentro de la sociedad. Así, no podía darse cuenta de que el problema no puede reducirse a las clases, sino que tiene que ver con algo distinto en la vida y las motivaciones de los hombres; esto es, el afán de dominio y de poder sobre los demás.

Los grupos dominantes sobre la mayoría de la población pueden ser, como lo eran en la época de Marx, la nueva burguesía empresarial, pero también pueden serlo, como lo fueron durante la dictadura franquista en España, los jefes militares asociados a la nobleza patética española y a los dirigentes de la iglesia católica; o bien los jefes militares asociados a grandes corporaciones trasnacionales en algunos países africanos o, como ha sucedido en muchos países latinoamericanos, los altos empleados del gobierno: jueces, ministros, diputados y senadores, aliados a los grandes empresarios y a los líderes sindicales, todos ellos dedicados a asegurar o a obtener privilegios a costa de la mayoría de la población.

analisisafondo@gmail.com

688. SARAMAGO Y MONSIVÁIS

Fuente:
LaJornada
Michoacán

Raúl Morón Orozco

Saramago y Monsiváis: las huellas de la izquierda

No sería arriesgado afirmar que en un par de días perdimos a dos de los pensadores más comprometidos con el pensamiento y la acción de izquierda. José Saramago, escritor portugués que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1998, falleció el pasado 18 de junio del presente año, en España, a los 87 años. Al día siguiente, el 19 de junio, en la ciudad de México, moría Carlos Monsiváis a los 72 años.

José Saramago: novelista, poeta, militante del Partido Comunista portugués, implacable crítico del proceso de derechización de las izquierdas occidentales y de los delirios de las derechas europeas, depredadoras e históricamente colonialistas. Carlos Monsiváis: cronista y ensayista, crítico mordaz del sistema político mexicano, de su clase política, un “militante” de las causas populares y de sujetos emergentes, de viejas causas y de causas actuales no registradas por las viejas izquierdas.

Saramago fue un escritor tardío, cuya trayectoria literaria guardó siempre una peculiar manera de aludir a lo político. Su famosa novela Ensayo sobre la ceguera puede ser entendida no sólo como la indagación de los límites sociales de uno de los cinco sentidos del ser humano: la vista; también puede ser entendida como una fina metáfora política sobre la adversidad ante acontecimientos súbitos. Una epidemia de ceguera blanca obliga a los ciegos súbitos a sobrevivir en los márgenes de la ética y la solidaridad humana. Saramago ha sintetizado de esta manera el problema ético y político que se presenta en dicha novela: “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron”.

La obra de Saramago también se vio cultivada en el ensayo político. Es un gran provocador y un autor que pensaba el mundo desde dos nociones que fueron fundamentales para las izquierdas occidentales: la crítica y la utopía. Saramago no sólo era un crítico del poder, más bien, nunca fue un crítico convencional del poder; sus métodos de provocación fueron sencillos pero eficaces: la ironía y el absurdo. Saramago se preguntaba al final de sus días: “¿dónde está la izquierda?”, y al mismo tiempo vociferaba en contra de los “silencios” de esa izquierda europea acomodada en el balcón de las derechas, un mirador profundamente autoritario, depredador y ultraconservador, lo que Saramago llamaba el “putrefacto charco de la indiferencia” de las izquierdas partidistas. Saramago fue uno de los grandes críticos de la derechización de la izquierda y de sus pactos infames con las derechas “progresistas”, en lo que llamó la sobrevivencia pragmática de gobiernos de izquierda sin izquierda. La utopía posible para revertir esto último era, para Saramago, la recuperación y la puesta al día del pensamiento libertario más radical.

Carlos Monsiváis, nuestra otra gran ausencia de los últimos días, creció entre el apogeo, caída y decadencia del sistema político emanado de la Revolución Mexicana. Vivió los años de fuego posteriores al cardenismo y fue el más grande crítico de la crisis y decadencia de ese régimen político que asesinó estudiantes el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y el 10 de junio de 1971, que dilapidó la riqueza nacional del petróleo, que remató las empresas estatales a consorcios privados, que maquinó el fraude electoral de 1988 y que, finalmente, es hoy el origen de la corrupción y la pobreza a escalas devastadoras, de la debilidad estructural del Estado mexicano y de la gran alianza entre poder político y crimen organizado.

Monsiváis no sólo documentó, en sus crónicas y ensayos, el fin de este régimen y el surgimiento de otro, igual de voraz en su corrupción, pero cuya estrategia estaba montada sobre la puesta al día de un giro conservador que minó las esperanzas democráticas de una sociedad que soñó con un país sin el PRI. La llegada al poder de los nuevos conservadores, las huestes del PAN, igual de neoliberales que el último PRI, fue el objeto de muchas de las crónicas de la última etapa de la obra de Monsiváis.

La defensa de los derechos de las llamadas “minorías”, de todas y todos los ciudadanos que tienen una elección sexual diferente a la dominante, la defensa irrestricta de un Estado y una educación laicos, los derechos de las mujeres y la denuncia de los crímenes más atroces llevados a cabo en su contra, fueron algunos de los temas que Monsiváis abordó en su obra y que ayudaron a comprender de manera más amplia la transformación democrática de los últimos años, pese a los atavismos del poder.

Monsiváis desarrolló, como una tarea de altísimo valor, la crítica a la misma izquierda, una crítica que era también un llamado a no dilapidar lo mejor de su pasado.

Quizás un deber básico de nuestra memoria será, ahora más que nunca, hacer un uso creativo de la obra y reflexiones de ambos escritores: José Saramago y Carlos Monsiváis. Ya que, como escribió el mismo Monsiváis al final de su libro Los rituales del caos, “la pesadilla más atroz es la que nos excluye definitivamente”.