viernes, 17 de septiembre de 2010

749. UN CUENTO DEL DR...


Manuel Ramírez Zaragoza
Desde Jacona,
Michoacán.
México.

EL LADRON DE NARANJAS
# 6

Había una vez un pueblito tranquilo y siempre verde con muchos y agradables aromas durante todo el año. Las casitas estaban construidas de adobe y cubiertas con tejas de barro cocido y otras, con paja de trigo seco y zacate parado o tejamanil formando una postal que después sólo queda en el recuerdo.

En la parte trasera de cada casita o choza había una huerta grande o chica, según, y por cada una pasaba un arrollo de cristalinas aguas que bañaban los muchos árboles frutales que hacían en conjunto un bosque frutal y coloridas sábanas de flores. De todas frutas había en las huertas; había mangos guayabas, churis, chirimoyas, mandarinas, plátanos, papayas, naranjas, cafetos, incluso cacao de donde se saca el chocolate.

Las flores eran un adorno multicolor y siempre vivo. Todos los moradores del pueblito se conocían entre sí, como si fueran una gran familia. Atentos, respetuosos, dedicados al trabajo del campo, las milpas y los solares. Todos respetuosos de Dios.

De entre una de tantas familias era El Nono, un muchacho de apenas siete años. Inquieto, peleonero, vago y juguetón pero reservado y huraño con Dios y sus semejantes a su corta edad. Tenía un gran sentido natural de respeto y amor por sus padres y hermana mayor. Se diferenciaba de otros muchachos de su edad en el seno de otras familias de distintos barrios.

Conforme asomaba el sol entre el Curutarán y otros mogotes del oriente y con sólo una taza de canela y un panbirote en la panza, partía camino a las orillas de la Presa de la Luz, o si no, a la cortina del Calicanto para chapotear con otros vagos en un fingido nadar. Si no era allí, era en el Bosque siguiendo uno de tantos arroyos que bajaban las transparentes aguas pobladas de pequeños pececillos de colores.

Otras veces estaba en las cercas de piedra allá por el lado de la Haciendita con resortera en mano tratando de matar lagartijos o lo que se pusiera a tiro. Cuando bien, se iba a la pepena según fuera de cacahuate, jícamas, caña dulce, papas, jitomates, cebollas, elotes y moloncos de milpas y ecuaros. Bien calabacitas con el propósito de llevar a casa para que su mamá les cociera lo que bien sabían hacer sus manos.

Todos los días, cuando repicaba la campana del Santuario de la Virgen que tiene un niñito en su brazo y ve al cielo, anunciando las doce del día, o cuando una hora más tarde, se escuchaba el chiflido de cañón de vapor de los baños de la Saturadora del pueblo vecino, que anunciaba con aguda sirena, la una de la tarde, hora en que los trabajadores del campo dejaban sus quehaceres para comer los riquísimos bastimento que llevaban en sus morrales o árganas, –porque han de saber ustedes que no hay mejor hambre que la que provoca el trabajo del campo– y después gozar de un rato de descanso.

El Nono dejaba la ocupación que en ese momento lo entretenía –que no era precisamente de trabajo– para llegar a su casa tronchado de hambre. Su mamá lo regañaba con el cariño que las madres tienen a sus hijos. – ¡Anda vago y bribón siempre es lo mismo contigo! Siempre asoleado y llegando tarde a comer, deja que tu padre se entere y verás que tunda te pone porque te la haz ganado– le decía la madre a manera de reproche.

La cara del niño mostró una sonrisa de elote asado a medio morder al tiempo que le contestaba: –No se enoje Jefa que también yo ando trabajando– Mire, pa´ que vea que es cierto aquí le traigo una pepena de carpas tiernas y, acto seguido vació el tambache que había logrado pescar en los arroyos que bajaban de El Calicanto. Mañana, si Dios quiere le voy a traer una cubeta con papas pa´ que las cosas con salecita. Su madre le respondió suavizando la voz; –Hay hijo de mi alma lo que haz de hacer es ponerte a comer los frijolitos y el queso que te guardé, ponles un poquito de ese chilito de molcajete y esas boronas de queso pa´ que te sepan mejor. En tanto ella volteaba hacia el enorme comal de barro que estaba montado sobre el fogón, para sacar las tortillas calientitas. Una sensación agradable se le quedaba atrapada en su vientre de ver a su hijo llevar algo para comer en su casa.

Las noches de El Nono eran iguales, pero cualquier día cambiaba cuando su papá llegaba borracho y empezaba a gritar despertando a su mamá y hermana mayor, porque el miedo lo atrapaba esperando que su papá empezara a insultar a su mamá. O tener que levantarse a media noche o en la madrugada para ir a la tienda de don Pancho El Cotijeño a traerle alcohol para bautizar el café, la canela o el cedrón y así calmar la cruda. Esas noches, que por fortuna no eran muy frecuentes, bastaban para que El Nono perdiera por completo el sueño, cuando bien la pasaba se estaba quieto pero alerta.

Sentía que algunos días debían ser más largos y que esas noches nunca debían llegar.

Fuera de esos sucesos que parecen sufrir todas las familias, tenían y siguen teniendo los mismos achaques.

En la parte trasera del jacal donde vivía la familia y El Nono, pasaba una serena y apacible zanja de aguas cristalinas que formaba un pequeño remanso a la mitad de la cerca de piedra con picudas espinas, donde los pececillos se criaban sin ser molestados. A las orillas de la misma zanja crecían verdes y frescos sauces y fresnos, también manojos de alcatraces blancos y amarillos, igual que rosaledas color de rosa y amarillas, cargadas de abejas y mariposas de mil colores, así como quisquillosos colibríes.

Atrás de la fila de sauces y fresnos, brincando el arroyo y la cerca de piedras con afiladas espinas de huizache, se encontraba la hermosa huerta que cuidaba don León y los dos endemoniados perros negros amarrados con largas cadenas.

Aquellas noches tardes y madrugadas en que el Nono tenía que ir a la cantina-tienda de don Pancho El Cotijeño para traerle el alcohol a su papá, el camino mas corto para llegar a la tienda siempre disfrazada, era el oscuro y maldito callejón. Don Pancho, El Cotijeño tenía la tienda abierta día y noche y su especialidad era la canela con alcohol y los toros prietos de media y una cuadra, que según cuentan, él los inventó. Esa distancia recorrían los teporochos para caer entre las piedras. Las otras tiendas que vendían alcohol eran la de don José, El Tejón, don Pifas, El Tierno y su hermano don Alfonso El Treinta Gordas, pero cerraban temprano y abrían cuando la gente del campo empezaba a pasar al trabajo y entraban con el de su gusto para calentarse la panza con un alcohol con canela, café o el oloroso amargo.

Aquel viejo callejón era igual todas las noches de ennegrecidas, era boca de lobo decía la gente de antes. Cuando El Nono obligado más que obediente tenía que ir a la tienda, abría la puerta de golpe de la choza y antes de pisar el empedrado de la calle ya iba corriendo descalzo a toda carrera. No sentía el frio de las piedras pero si oía el golpe de cada uno de sus pasos. Creía que no respiraba en todo el recorrido por el callejón hasta ver la luz en la puerta de la tienda.

Allí el corazón se le quería salir por la boca. A medio tramo entre su choza y la piquera se encontraba el zaguán de la huerta que cuidaba don León y los dos perros negros con largas cadenas. Su miedo a veces lo hacía sentir volar sobre el empedrado. Todos los sentidos de El Nono de ponían al máximo; el olor de la noche, su propio miedo, el sudor y orines de perros herían su nariz como ajuates, los ruidos de las cadenas arrastradas por los perros entraban en sus oídos hasta hacerse ensordecedores, el frío del empedrado calaba como brazas en sus pies descalzos, los pelos de su hirsuta cabellera se levantaban como espinas de pitaya y sus ojos dilatados y desorbitados le ayudaba a correr en aquella oscuridad.

Muchas veces cumplió la orden paterna dando la vuelta por la placita principal, pero había ocasiones en que parecía que le medían el tiempo y no faltaba la ocasión para darle no pocos cintarazos. El chiquillo sabía correr pero para evitar los guamazos de su papá.

El Nono se juró esa noche nunca volver a tener miedo. –¡Esos malditos perros y sus largas cadenas!– ¡Esas malditas noches de boca de lobo!

Algunas tardes el Nono, –si no se iba al campo a jugar pelota, o a cortarle un poco se zacate al chivito que le regalaron a su papá– se quedaba en la parte trasera del corral y se sentaba a la orilla de la zanja de limpia y fresca agua a ver los pececillos que se acercaban a sus pies descalzos sintiendo el suave toque y mordisqueo que le hacían sentir cosquillas. Otras veces se trepaba a un fresno o al sauz y brincaba de uno a otro por donde juntaban sus ramas y se sentaba en alguna horqueta formada entre los dos, ese era un lugar especial para ver la huerta y sentir el olor de los arboles en flor y los frutos maduros que se caían; naranjos, guayabos, mangos, naranjalimas, limos, mandarinas y muchas más.

Una tarde parda con no mucha vista al frente por la ligera llovizna que caía, se animó a brincarse la cerca de piedra y aquel enorme remate de huizache con espinas muy grandes. Buscó y encontró una rama del fresno que ya colgado aguantó los pocos kilos que pesaba y se descolgó hasta el piso mojado, se agazapó y abrió más sus oídos y no escuchó ruidos extraños o conocidos que hicieran los perros negros con aquellas largas cadenas. Se incorporó en su corta estatura y dio unos pasos hacia aquel hermoso naranjo de fruta dorada sin semilla. Con cuidado de no hacer el menor ruido cortó desde su tallo colgante dos racimos y los dejó en el suelo; se acercó al limo más cercano y jaló cuatro olorosas limas. Las metió en ambas bolsas del pantalón y las naranjas, por sus ramas se las colocó entre los dientes para dejar las manos libres y volver por donde bajó. Su peso era un poco más que cuando bajó por la rama y ahora le costaba más esfuerzo alzarse con la pequeña carga que llevaba.

Pensó que tenía que dejar algo de lo que había robado para volver a su casa, la tarde se volvía noche. –Lo mejor, –se dijo– es que aviente las limas por encima de la cerca pa´que caigan allá en el corral– y así lo hizo. Lanzó de una en una las limas. Con las manos libres y menos peso pudo subir por donde había bajado. Al llegar a su corral buscó las limas y no las encontró por ningún lado porque habían caído en el arroyo y el agua las arrastró.

Esa nochecita su mamá y hermana, siempre de antojo, se comieron aquellas deliciosas naranjas de la huerta agregándoles salecita y chile seco molido del molcajete, no sin antes recibir El Nono El Nono una santa y señora regañada de su madre por hacer semejante pecado de robo en lo ajeno. –¿Qué no sabes que robar es un pecado, bribón? ¿Que no sabes que Dios castiga a los ladrones? ¿Eso te están enseñando en la doctrina?

–Lo regañó mientras le pelaba una naranja para que él también comiera–

Frente a la puerta de golpe de la choza donde vivían todos, había un portón que daba entrada a la sacristía de santuario de la Virgen que miraba al cielo con un niño en su brazo. La sacristía era por donde entraban los padrecitos y los sacristanes. Y frente a placita del pueblo estaba la entrada principal con un atrio grandote, un viejo arco de cantera al centro con las paredes de los lados iguales, con cositas santas y colmado de árboles y matorrales con muchas flores.

En ese apacible templo estaban el tío Abraham, hermano de su madre y Manuel el Carne de Puerco, oriundo de Chilchota como sacristanes y campaneros. Cuando el santuario guardaba una paz acogedora, El Nono silencioso entró al santuario por la sacristía, cuando llegó al piso hecho de tablones de pino rojo y bien brillante, sentía en sus pies descalzos una agradable sensación y su nariz percibía el olor a incienso y copal que lo envolvían.

A pesar de su corta edad sentía una paz interior que le hacían perder todos los miedos.

Esas veces que entraba a esa soledad apaciguadora le gustaba arrodillarse frente a la pequeña imagen de la Virgen que miraba al cielo con un niño en su bracito, igual de bonito a ella; les rogaba que no lo fueran a castigar por decir mentiras, escaparse con los chiquillos del barrio a los lugares donde su mamá no lo podía hallar; pero sobre todo, humilde y sentido le suplicaba a la Virgen y al niño que no lo fueran a castigar por robar las naranjas de la huerta que cuidaba don León y los furiosos perros negros de cadenas largas… y por pelearse, además. Que si robaba las naranjas eran para comer y… bueno de vez en cuando para ganarse unos cincos, dieces y hasta veintes que mucho servían a su mamá. Después de aquella sentida confesión a la virgencita y a su niñito se encaminaba hacia la fuente del agua bendita, metía su mano ahuecada y se llevaba un chorrito a la boca y la bebía. Pensando que si untada era buena, tomada tenía que ser mucho mejor.

Esa noche los fantasmas de El Nono no le perturbaron su infantil sueño. Siempre y cuando no fuera despertado de madrugada para traer alcohol a la tienda de don Pancho el Cotijeño.

La paz y sosiego interior le aguantaban varios días.

La vida de los vecinos del barrio y el callejón donde vivían, transcurrían como ayer y antier, como cualquier día. El seguía la rutina de siempre; jugando, peleando, trepando a los fresnos y sauces y ver desde lo alto la huerta que estaba atrás de su choza.

Cuando no, se iba a las pepenas donde estaban cosechando algunos de los muchos cultivos que había en los alrededores; papas, cebollas y hasta cacahuates, cuando no jícamas de agüita. Pero siempre traía en su mente el recuerdo de la huerta, las naranjas y también el de los perros negros con largas cadenas.

Un día escuchó a su mamá decirle a su papá que había llegado el tiempo de mandarlo a la escuela –Mi comadre María me dijo que ya había apuntado a dos de sus hijos– porque ya estaban en edad de ir. –Son de la misma edad de nuestro hijo y como todos los niños deben enseñarse a leer y escribir– Su papá soltó un pujido en señal de conformidad.

Para El Nono más que inquietud por hacer lo que su mamá le había dicho a su papá, tenía curiosidad de saber que era una escuela. No sabía. Primero pensó que era un lugar donde lo encerrarían para que ya no anduviera de vago, luego, que era donde castigaban a los mentirosos y peleoneros y también a los ladrones.

Una noche antes de pedirle la bendición a su mamá ya para dormir le pregunto entre sollozos; –¿Mamá qué es una escuela?– La madre lo abrazó tiernamente y le respondió que una escuela es el lugar donde van todos los niños a enseñarse a escribir y leer letras, eso lo enseñan lo profesores para ser mejores hijos y niños obedientes. También para ser mejores jóvenes y mejores hombres para vivir mejor. –¿Mamá, tu fuiste a la escuela?– Le preguntó a su madre, sin dejar de abrazarla– No mi´jo nunca pude ir a la escuela –le respondió con un aliento de nostalgia y dolor– Yo no se leer ni escribir y por eso quiero que tu vayas a saber todo eso. –Pero tu dices que se va a la escuela para que todos sean mejores; tu no fuiste pero eres la mejor mamá del mundo: –¿Sería yo un mal hijo si no voy a la escuela?– No, tu no eres mal hijo, nunca los haz sido, pero si vas a la escuela, estoy segura que serás mucho mas bueno y mejor de lo que eres; así sabrás más cosas que te ayuden a vivir una vida buena. Para cuando llegues a ser grande tengas una familia y con la voluntad de Dios a todos no les falte nada para comer y vestir mejor. –Ya verás. Terminó diciendo–

Lo recostó en el petate y nuevamente lo persignó, lo cobijó con una ardillita y el mantón que cubría su cabeza y hombros. Por sus mejillas resbalaban unas lágrimas.

A los dos meses El Nono ya estaba en primer año en el salón de la profesora Esperanza de malos recuerdos.

El primer día casi todos sus compañeros asistieron a la escuela con libreta y lápiz, El Nono iba sin nada hasta que la profesora Esperanza le reclamó porqué no llevaba sus útiles de trabajo, –él le contesto mirando al suelo que no tenía ni libreta ni lápiz y que no se la podían comprar sus papás. –¡Si mañana no traes esos útiles mejor ni te presentes!– Ya después hablaré con tus padres– terminó casi gritando mientras daba vuelta en un tacón.

El Nono se sentía aplastado con las miradas de sus compañeros y una que otra risita que se oía en el salón. Los Niños que llevaban libreta y lápiz se pusieron a trabajar sobre el papel.

Sonó la campana de salida y El Nono corrió a la calle, llegó a la choza y se subió al fresno y como si fuera alguien que lo oyera le contó lo que había pasado en la escuela. Frente a él, el naranjo se movía con la fresca frisa del medio día.

Se acurrucó en la horqueta y se quedó dormido por un buen rato hasta que los gritos de su hermana mayor lo trajeron de vuelta al mundo. Se esperó un instante mientras recordaba lo que creía haber soñado. Se bajó y se fue a la cocinita donde su mamá le había servido un palto de frijoles calduditos y unas tortillas recién torteadas. Comió con gusto pensando en aquello que creía un sueño.

Comió con su hermana y mamá. Esa tarde estaba alerta como en ninguna otra, trepado en el lugar donde se juntas el fresno y el sauz. Repasaba con ojos agudos cualquier movimiento que se diera dentro de la huerta, levantaba su nariz para ver si percibía el olor de los perros negros de largas cadenas y con los oídos el arrastrar de las cadenas. Todo estaba en una quietud completa, el único ruido alterado era el de su propio corazón: Taas-ta, Taas, ta, Taas-ta… moviendo todo su enjuto cuerpo con el mismo ritmo de su agitación y miedo.

Ya había ubicado el lugar por donde brincar a la huerta, sería aquella misma rama colgante de la vez pasada. Esta ocasión iba preparado para una mejor cosecha, llevaba una vieja camisa de manta que su papá ya no usaba, se puso la camisa encima de su pantalón de pechera y la amarró con todas las fuerzas que fue capaz con un cordel de dos cabos y la abotonó para formar una bolsa alrededor de la delgada cintura, pecho y espalda.

Respiró tranquilo sentado en la horqueta muy cerca de la rama que colgaba hacia la huerta. Hizo un último avistamiento por encima de los arboles en dirección donde estaban los perros negros de largas cadenas y, no viendo, ni escuchando nada que lo mortificara, se fue a la rama colgante se montó y poco a poco se descolgó librando la enorme corona de huizache espinoso que tenía encima la cerca de piedra hasta tocar sus pies descalzos la húmeda tierra. Se acuclilló y así, quieto, se mantuvo un rato. Aguzó el oído tratando de escuchar cualquier movimiento que viniera de la dirección de los perros negros de largas cadenas.

Se puso de pie y en silencio se acercó al naranjo de aquellas doradas naranjas, que ya le había cortado media docena. Cortó las primeras y las metía en el morral que había formado con la camisa amarrada detenida al nivel de su cintura. Conforme cortaba más naranjas las iba acomodando alrededor de su cuerpo hasta llegar por debajo de sus brazos.

Sintió el peso de las naranjas robadas y dejó de cortas más. Se agachó cuanto permitía hacerlo la abundante carga y respiró lentamente. Pensó que ya era suficiente. Logrado el objetivo solo le faltaba lo peor de su aventura rufiana: estar del otro lado de la grosera cerca de piedras e espinas afiladas.

Se dirigió a la rama colgante, la tomó con sus delgadas manos y la jaló hacia él, notó que la rama se colgaba más que cuando bajó; hizo otro intento y sucedió lo mismo, se esforzó por alcanzar una parte gruesa y vio que no lo lograba. –Había que poner algo para alcanzarla– Pensó.

Buscó algunos objetos que le ayudaran a crecer para llegar hasta la parte gruesa de la rama que le permitiera cruzar la cerca de piedra y aquella enorme corona de secos huizaches de filosas espinas. Alejándose del lugar por donde podía pasar, recorrió tramos de un lado a otro de la vieja cerca de piedra encontrando pedazos de adobón que con trabajo removía de su lugar y los apilaba bajo la rama; primero puso cuatro y subió, casi se cae; se bajó y arrimó otros pedazos muy húmedos, colocó unos de escalón y agregó otros dos a la pila. No pudo subir tampoco. Aumentó el escalón y subió con cuidado, parado en lo alto aún no lograba llegar a la rama más gruesa.

Bajó otra vez y buscó más trozos de adobón, los acomodó con más cuidando para que no se le fueran a derrumbar y que a la vez le permitirán subir con más confianza.

Subió lento, cuidando cada movimiento cuando repentinamente le empezó a punzar un dolor en la boca del estómago, se detuvo y suspiró hondo para ver si el dolor se amenoraba, así lo hizo varias veces y sintió que la dolorosa tenaza aflojaba un poco. Se enderezó y vio por fin que podía alcanzar al parte gruesa de la rama; la jaló varias veces calando para ver si le ayudaba a subir. Tomó mucho aire como si fuera a nadar bajo el agua; puso la mano derecha en la rama y la jaló con el máximo de sus fuerzas, subió la imano izquierda y luego la primera, siguió con una y una, de pronto sintió que ya no tocaba con sus pies descalzos el montón de adobones.

A cada cambio de mano sentía que el peso lo jalaba hasta el suelo. Descansaba dejando de moverse y luego continuaba con pequeños movimiento ganando en cada uno centímetros que lo iban arrimando un poco más al tronco.

Al otro extremo de la huerta don León emprendía el rondín de todos los días, empezaba como siempre, por la parte del callejón. Los perros negros de largas cadenas se movían con la intención de acompañarlo, pero solo llegaban hasta donde las cadenas les permitían. El Nono colgando de la rama a medio camino escuchó el ruido del portón de la huerta y de las cadenas. Más agitado buscaba sacar fuerza del deseo de estar pronto al otro lado, fue trepando sin el apoyo de sus pies y eran sus manos y brazos los que hacían todo el esfuerzo. Las naranjas le pesaban más de lo que nunca pensó, pero ya no había regreso, y si lo había él, sabía las consecuencias.

El tramo que le faltaba para llegar a la horqueta del fresno lo subió más por el instinto de conservación que con las fuerzas que le quedaban. Así llegó a la parte baja de la horqueta y pudo apoyar todo el brazo derecho, clavó el codo entre las dos ramas y se detuvo, le dolía pero aguantó. En seguida apoyó con mucho trabajo el brazo izquierdo anclando el codo en la horqueta. Los pies todavía le colgaban.

Se apaciguo un rato. Pensó en cosas diferentes y menos dolorosas como ir al Calicanto, zambullirse en sus frescas aguas, ir a cueviar en las zanjas para atrapar carpas y bagres y comerlos asados como carne seca. También pensó en la escuela.

–Se dijo– Tengo que brincarme como lo hice de allá pa´cá– se animaba de nuevo. Parecía que ya todo era más fácil, sin embargo no le resultó como creía. No cabía en el espacio de las dos ramas que daban forma a la horqueta por el bulto que formaban las naranjas alrededor de él. Hizo otro esfuerzo y logró pasar los brazos y antebrazos por encima de las ramas, notó que con su barbilla también podía apoyarse y así lo hizo.

Tocó con un pie una parte del tronco y ahí lo sostuvo, libró una mano y la metió a la camisa para buscar la manera de acomodar las apiladas naranjas. Logrado el objetivo pudo subir hasta la cintura dejando por arriba de la rama el tambache de naranjas dentro de la camisa, le molestaba la presión sobre el costillar.

Se sentó oyendo su corazón palpitar en todo su cuerpo al tiempo que empezaron a oírse las cadenas de los perros negros que acompañaban a don León. Miró el techo de teja de su choza que no le quedaba distante y se dejó resbalar por el liso tronco del fresno. Llegó al piso y se sentó al pie del árbol cuando atrás de él, por el otro lado de la cerca de piedra, los perros negros pasaron ya sin cadenas, atrás venía don León. Los perros ladraron en todas direcciones pero principalmente hacia el fresno. El viejo don León los encaminó con su voz.

Ya en el suelo del corral vació las naranjas de la camisa hecha costal. Descansó un rato y luego se puso a lavarlas en el agua del arrollo detrás de su casa.

Ya casi de noche las guardó en un lugar secreto y salió así como andaba para ir a la casa de doña Lola La Paletera, mamá de Poncho, El Compita para que le prestara una charola, de esas que anunciaban las cervezas y de las que El Nono usaba para ayudarle al Compita a vender paletas los domingos en la placita del pueblo. –Para que la quieres Nono, le preguntó– No se doña Lola, me manda mi mamá, mintió– Está bien muchacho, toma y dile que se la encargo mucho, porque es de las nuevas que me acaban de traer. Terminó diciendo la bonachona señora.

Volvió a su choza y se encaminó al escondite secreto, guardó la charola y se fue al tejaban que parecía cocina y buscó unos frasquitos que tenía su mamá en una tabla que funcionaba como alacena, luego abrió un cajón que estaba al otro lado del fogón pero no encontró lo buscaba, se acordó que él tenía algo guardado y dejó de buscar. Metió en el lugar secreto lo que había conseguido.

Esa noche la durmió inquieto como si tuviera cascadas de sueños cortos, se movía y algunas veces hablaba oyéndosele claramente dos palabras; naranjas, escuela y perros. Una de esas veces lo escuchó su mamá y se levantó para acomodarlo bien en el petate y cobijarlo mejor.

Llegó la mañana y El Nono ya estaba de pié, fue al corral y ahí en un rincón hizo sus necesidades, se lavó manos y cara en el arroyo, se regresó de nuevo al cuartito. Su mamá le había puesto un pantaloncito corto que le regaló una comadre, además le cambió una playerita y lo calzó con unas botas que les decían birotes y estaban hechos de suela de llanta y baqueta cruda que su papá le había comprado en la jarciería del señor Verduzco, mejor conocido por El Miserias, allá en el pueblo vecino.

Mientras su mamá echaba tortillas al comal grandote de barro para darle un taco de frijoles y atole de maíz; él se fue hasta su lugar secreto y sacó la charola y la llenó de naranjas, puso los dos frascos y se dirigió a un hueco del sauz y sacó un tranchete afilado envuelto en cuero que se había encontrado tirado frente a la cantina de don José El Tejón. Acomodó todo y se llevó la charola a un costado del guamúchil de la entrada que servía de puntal a la puerta de golpe que daba a la calle. Le habló su mamá varias veces para que se arrimara a almorzar, se sentó en una caja jitomatera que servía de silla y puso el plato de ricos frijoles en otra caja que era la mesa. Comió bien, sin prisa y sin causar sospecha alguna.

Terminado el almuerzo tomó una buena cantidad de agua y se levantó: –Jefa, ya me voy a la escuela, creo que me va a gustar mucho. –Dijo con cierta razón.

–Anda pues hijo, que Dios te cuide y no vayas andar de peleonero como tú sabes, tu papá no le va a gustar recibir quejas de la escuela porque te portas mal y andas peleando. El Nono salió y de paso levantó la charola con todo su contenido.

Llegó a la placita y tomó el rumbo contrario a donde estaba la escuela. Se fue directo a la parada de las triquinolas que llevaban el pasaje al pueblo vecino. Se sentó en la banqueta, sacó el tranchete, le dio una pasada con un papel de estraza y empezó a partir las naranjas en cuatro partes, las abría un poco más y les ponía sal y chile en polvo de los frasquitos que había bajado de la alacena. Guardó el tranchete y con chispa empezó a gritar –¡Órale, órale, aquí hay naranjas sin semillas con salecita y chile, ándele señor, ándele señora son a cinco centavos!– Caminó hacia una triquinola de pasaje que estaba justo a salir, le pidió permiso al chofer que le dejara vender y este aceptó. Todas las naranjas que había partido las vendió antes de llegar al puente. Se arrimó al chofer y le ofreció una entera, él no la aceptó y le dijo; –mejor otro día muchacho. Te voy dejar en el puente. Así lo hizo.

Caminó cuesta arriba y nuevamente llegó a la placita. En la banca done estaba un hermoso y viejo laurel se sentó para partir el resto de las naranjas. Las saló y las enchiló y se fue directo al villar y cantina de Treviño, subió las escaleras y vio que estaba como otros días que había subido a buscar a su papá, lleno.

Unos hombres jugando baraja con montones de pesos y monedas en la mesa y otros al villar apostando también monedas. Se fue hasta el rincón donde estaban los jugadores de baraja y llega casi gritando –¡Señores, hay naranjas con sal y chile picosito pa´ los crudos, ándele pruébelas, a cinco centavos cada una!– Un señor que él había visto con su papá lo llamó y le preguntó que cuantas naranjas traía en la charola. El Nono las contó rápidamente y le respondió que eran quince naranjas– ¿Estas seguro? –Si quiere cuéntelas usted mismo– Ta´ bueno, deja aquí la charola y te voy a dar un peso por ellas. Le dijo el señor. –La charola no la vendo señor, no es mía, solo las naranjas– Respondió. El Hombre sonrió y le dijo: –Al rato vienes por ella pa´ que te la entregue aquel señor panzón que está en el rincón. Ese ese es Treviño– El Nono puso la charola donde le dijo el jugador de baraja, recibió el pago de un peso con un bonito billete rojizo y se retiró del billar.

Se fue a sentar en la fuente de las ranitas que estaba frente a la presidencia municipal y sacó la venta del día, mejor dicho de la mañana. El reloj del santuario de la virgencita de mirada al cielo, que entonces sonaba muy bonito marcaba y sonaba las once de la mañana.

Pensó que tenía un poco más de tiempo para llegar a su casa, mientras se dirigió a la tienda de don Salvador, la más grande del pueblo, al lado del Santuario de la Virgencita de ojos al cielo. Frente al mostrador preguntó a una de las muchachas que estaban paradas, que después supo que era hija del dueño de la tienda. –Oiga señorita, ¿tiene libretas y lápices? La muchacha le contestó afirmativamente: –¿De cuales quieres?– No sé. Contestó. ¿Me enseña de todas las que tenga y también los lápices? –Le pidió a la muchacha–

Ella se fue a la parte trasera de la tienda y un rato después regresó con un apilo de todos los tipos de libretas que tenía. Las puso en el mostrador y empezó a enseñarle una por una. El Nono nunca se imaginó que había tantas y tantas libretas que servían para enseñarse a escribir. La empleada de mostrador le preguntó a un confundido chiquillo –¿Dime para que quieres la libreta y a lo mejor te puedo ayudar a escogerla?– El le contestó con cierto agrado que la quería para enseñarse a escribir y leer.

–Mira, todas sirven para lo que tú necesitas pero hay unas más caras que otras y lo que ahorita te conviene es que compres de las baratas, ya cuando sepas escribir y leer podrás comprar otras mejores, si tú quieres– Yo te recomiendo cualquiera de estas dos. Dijo finalmente.

El Nono las vio con cuidado, las ojeó de ida y vuelta y preguntó que cuanto costaban: ¿Oiga seño y que cuestan? –Valen igual, diez centavos cada una.

–¿Y los lápices, oiga?–

Igual que en las libretas, hay de varios precios, pero los que necesitas son de los de cinco centavos. –¡Ah! Bueno po´s entonces deme también dos. Cuando se los trajo y vio que estaban chatos, que no tenían punta, reclama; ¡Oiga pero estos están chatos y así no se puede escribir! ¿O si?

Con cierta sonrisa de la muchacha le contesta: No, po´s no. Tienes que sacarles punta rebanando los pedacitos de madera que tiene el lápiz y para eso necesitas de una navaja de un filo como las que usa tu papá para hacerse la barba.

–¡Ah! Que zonzo!– Yo tengo con que sacarle punta a mis lápices.

¿Oiga seño y cuanto es por todo esto?

Mira, las libretas son a 10 centavos cada una, son 20 centavos de las dos, y de los lápices con 5 centavos cada uno, son 10 centavos, lo que sumados son 30 centavos.

El también hizo sus cuentas, si las naranjas las vendí a 5 centavos, juntando 6 naranjas tengo 6 monedas de 5 centavos que juntos todos son los 30 centavos que me dice la seño.

Insistió: –¿Oiga seño, entonces 6 monedas de cinco centavos son los treinta que cuesta todo verdá? Sacó de la bolsa de su pantalón contó y puso seis monedas de 5 centavos sobre el mostrador y preguntó: ¿Está bien así seño?

Si niño, así está bien le respondió con una sonrisa amable.

¡Gracias! ¡Adiós!

El Nono salió de la tienda de don Salvador y se fue directo al villar de Treviño a recoger la charola que le había dejado al señor jugador de baraja. Cuando acabó de subir las escaleras vio allá en el rincón que nadie se había movido, eran los mismos hombres con las mismas caras y los mismos ojos, las mismas manos sobre sus barajas y el dinero que tenían enfrente se movía pa´ uno u otro. El único cambio que notó fue los olores eran más fuertes y pegajosos. Vio que ya no estaba la charola en el lugar y sin decir nada se fue con el señor Treviño. Antes que le dijera nada, el señor Treviño estira la mano, toma la charola de una mesa y se la entrega.

Gracias señor don Treviño. El señor Treviño no le contestó

Antes de salir del villar del señor Treviño se escondió las libretas debajo de la camisa y la morralla de la venta, con todo y peso, los juntó y amarró con un pedacito de trapo y los ocultó en la bolsita secreta que antes se usaba en casi todos los pantalones.

El reloj del santuario de la Virgencita con la mirada al cielo sonaba las doce y tres cuartos de la tarde, faltaba poco para que la chimenea de los baños de la Saturadora del pueblo vecino anunciara que ya era hora de comer en el campo y también en muchas casas del pueblo.

Pensó que su mamá iba a estar preocupada. También se preguntó cómo iba a esconder los trastos que usó para vender naranjas y, por supuesto, también las libretas y lápices que había comprado un rato antes. Aparte del tambachito de dinero.

Abrió la puerta de golpe de su choza sin querer hacer ruido, sin embargo, esas puertas se distinguían por sus chirridos avisando que alguien había abierto o llegado, caminó por el empedradito de la orilla y se aproximó al tejaban de la cocina, siguió hasta el corral y en un rincón ocultó las cosas, menos las libretas, los lápices y el tambachito. Todo eso estaba guardado abajo de su camisa.

De regreso a la cocina se paró atrás de mamá y le dijo: ¡Ya vine Jefa! ¡Ya llegó su consentido! Y soltó una risita de alegría. –¡Anda muchacho del demonio por poco y me haces tirar la manteca de la cazuela!– le dijo su mamá siguiéndole la broma para después preguntarle; ¿Cómo te fue en la escuela? ¿Te haz portado bien, no haz pelado con nadie? –No Jefa cómo cree, si no se me olvida lo que me dijo el otro día y luego ya ve como es mi papá, por eso tengo que portarme bien. Le respondió con cierto dolor por mentir.

¿Qué bueno hijo, ve anda y lávate las manos para que te vengas a comer, tu hermana fue a la tienda de don José a traer un poco de requesón.

Antes de lavarse entró hasta el rincón del cuartito donde estaba su petate de dormir, lo levantó y ahí puso las libretas y los lápices. Salió de cuartito y se fue a la llave del agua para lavarse las manos y de paso embarrarse una poca de agua en la cara. Cuando entró a la cocinita su hermana ya estaba de regreso, comieron los tres con una sabrosura que con el correr de los años extrañaría tanto.

Su hermana mayor y él ayudaron a su mamá a llevar los trastes al lavadero del corral y los llenaron de agua. El se fue al cuartito donde dormían y sacó el tambachito donde guardaba las monedadas y el peso producto toda de la venta de naranjas; hizo una choyita en el piso y los tapó con la misma tierra. Se dejó cinco centavos y le pidió permiso a su mamá si lo dejaba salir un rato. –¡No!– Primero descansa la comida para que te haga buena digestión, luego te limpias esa cara chamagosa que espanta y después te vas otra vez a la escuela, no tardan en dar las tres de la tarde. Ya cuando regreses de la escuela, veremos si te dejo salir o no. Al oír a su madre hablar de la escuela y la clase de la tarde, El Nono sintió una pena impensada por el engaño que hacía, sobre todo a su madre.

A las dos y media de la tarde se fue al arroyo y en ese momento de sosiego y remanso el agua formaba un espejo que reflejó la parte alta de su cuerpo. Se hincó en la orilla y puso atención a la forma y gestos de su cara durante un rato. Se vio o se pensó diferente, notando que algunos gestos de su cara cambiaban frente a las tranquilas aguas, sus gestos los sintió como trazas de congoja que le oprimían el estómago por un posible encuentro con su papá.

Metió ambas manos al espejo de agua y despareció su imagen, se mojó los pelos y volvió a embarrarse chorros de agua sobre la cara y se incorporó.

Se retiró a su petate y se acostó. Un rato después oyó a su mamá decirle que ya era hora de encaminarse a la escuela, ocultó una libreta debajo de su camisa junto con un lápiz.

¡Jefa, ya me voy! Dijo en voz alta a su mamá y salió. Ya en la calle sacó la libreta y el lápiz y se los llevó en la mano. Entró al salón de clases y se sentó en el mesabanco con el compañero que le había tocado. Cuando llegó la maestra Esperanza, todos se pusieron de pie. –¡Bunas tardes niños!– ¡Buueennaass taarrddeess señorita Esperanza…! Dijeron al mismo tiempo. Pueden sentarse. Todos se sentaron.

Bien niñas y niños, –las niñas que eran ocho en le grupo se sentaban en los primeros cuatro mesabancos de adelante. El Nono se sentó el primer día que asistió en la última fila, allá al fondo donde parecía desparecer– Saquen sus cuadernos y lápices, van a copiar en sus libretas lo que yo escriba en el pizarrón, ordenó la profesora Esperanza. –Quien se fijara un poco en el pizarrón notaría que este era una lámina de triplay pintado de negro que parecía tener más años que la misma escuela. Los trazos que la profesora pintaba en la lámina gris-negra no se distinguían desde atrás–

Hechos los garabatos que la profesora Esperanza había anunciado, se paró frente al grupo; juntó los tacones de sus zapatos provocando un bravucón ruido y separó las puntas. Así, como lo hacen los soldados y pregunta: ¿Cuales son estas letras que están en el pizarrón niños? ¿Quién sabe que son, y me lo puede decir? –Silencio de panteón– Ella insistió; ¿A ver las niñas? Silencio de hora santa. Benévola por esta vez, dijo, está bien, está bien, todos van empezando pero en poco tempo estas letras las van a conocer muy bien. Estas letras apuntándolas con una regla, dijo, son las cinco vocales: a, e, i, o, u, repitan conmigo: a, e, i, o, u. Todos en una voz las repitieron.

También, –Siguió con una rutina cansada dada por una imposición y una disciplina hechas por los años– por su forma de escribirlas se les llama vocales minúsculas, y se pronuncian igual como se escriben. Hay otras vocales iguales que se llaman mayúsculas y vuelve a señalar con la regla las letras; A, E, I, O, U., repitan conmigo otra vez; todos repitieron. Ahora pónganse a copiarlas en sus libretas y para mañana me van a traer dos planas completas y bien aprendidas. Dijo finalmente.

Enseguida se puso a pasar lista de presentes, cuando llegó al primer nombre de El Nono, este no contestó. Se incorporó la profesora y lo vio allá al fondo, en la última fila de mesabancos; le repitió su nombre y entonces dijo ¡presente señorita profesora!

A propósito jovencito, ¿Por qué razón no vino usted a clase en la mañana? Perturbado más que asustado le dijo la razón, –Porque no tenía libreta y lápiz señorita y usted dijo que si no veníamos con libreta y lápiz no nos iban a recibir y po´s en la mañana mi mamá me mandó a compra una libreta y un lápiz– Todos los niños del salón voltearon a verlo.

No se le olvide traer su tarea. Le señaló autoritariamente.

Al rato dieron la campanada de salida, eran las cinco de la tarde y El Nono corrió hasta llegar a su choza. Su mamá estaba remendando la ropita de sus dos hijos y de su marido.

¡Jefa, Jefa! ¡Ya vine, ya vine! Se acercó a ella y la abrazó por la parte trasera de cuello. ´tate quieto muchacho, me vas a quitar el resuello. Una risita le brotó al tiempo que la soltaba. Jefa, ¿me deja ir a jugar un rato? Si, ve pero no te tardes tu papá llega hoy más temprano.

¡Ay que chula Jefa tengo!

Da vuelta hacia el corral, saca la charola y pone 10 naranjas que le sobraban, mete los frascos con sal y chile molido. Va por el tranchete y se lo esconde entre la ropa.

–´orita vengo Jefa. Dijo saliendo hasta la puerta de golpe. No te tardes, respondió su mamá.

Cuando El Nono daba el primer paso hacia la calle, escuchó a su mamá casi gritando: ¡Oye demonio ven pa´cá! –El Nono sintió que lo había descubierto– dejó todo en la banquetita empedrada y se acercó a su mamá –¿De pura casualidad no haz visto los frascos donde guardo la sal y el de chile molido?– Tragó saliva y reflejamente dijo; –No Jefa, p´a nada. –Cuando vengas me ayudas a buscarlos, anda y vete, te repito que no te tardes– Terminó diciendo su mamá.

El Nono salió hasta el umbral de la entrada, levantó la charola y se fue directo al billar de Benja, la Burra, el coime que tomaba la leche más gorda del pueblito con los pollos verdosos y amarillosos que gargajeaba el Chito Barriga dentro de la olla de leche. El coime, La Burra, don Benja, se limpiaba los bigotes con la punta de la lengua a cada trago dado a la olla y decía; ¡Ah esta nata de leche está bien gruesa y sabrosa! El Chito Barriga y demás palomilla con ojos entornados, le chiflaban a los angelitos.

Caminó hacia el fondo del local y puso atención que los hombres grandes que estaba allí, eran los mismos que encontraba en cualquier otra cantina o piquera alrededor de la placita del pueblo. Ese billar como los otros dos que había en vecindad eran iguales; los mismos olores penetrantes, los botes alcoholeros derramándose de orines, los humores y sudores ya resultaban sin olor a los asistentes por la costumbre, además, nunca faltaba que en cualquier rincón hubiera más de una guacareada de algunos borrachitos a los que su estómago y tripajo no les aguantaba una gota más de cerveza, toro prieto, tequila o alcohol con refresco.

El Nono pasó hasta las mesas que estaban al fondo del largo local allí jugaban por dinero los señores al billar. Cruzó a los jóvenes porque éstos no gastaban en naranjas, solo en el juego.

–¡Naranjas, naranjas con sal y chile; la botanita señor pa´que se sientan mejor!– ¡Cinco centavitos cada una!– ¿Cuántas les doy? No faltaba quien le pidiera una o dos con mucho chile para acompañar la cerveza que ponía en la baranda de la meza o uno que otro que sacaba de entre sus ropas un cuartito de tequila.

De allí se fue al portal de enfrente donde estaba el billar de El Compita, hijo de doña Lola la paletera y vecina, quien le prestó la charola para vender las naranjas.

Se fue derecho hasta donde estaba y lo saludo, –¿Que tal Compita como está? –¡Qui´hubo Nono! ¿Cómo te va con las naranjas de don León? ¿Ya mero acabas?– ¡Ha compita como será usté!– ¿Quién le dijo que eran de la huerta del don León? Son de la huertita que tiene mi tío Heliodoro allá pa´ l´otra Banda. –Dijo por decir algo –N´ombre compita no se enoje es pura guasa. ¡A ver, cuántas le quedan! –El Nono miró la charola y dijo que le quedaban siete. –Déjemelas todas, allá en aquella meza, señaló cerca de una ventana, aquellos que están jugando dominó me pidieron un pico de gallo y no tenía naranjas.

¿Cuánto es pa´ pagarle? Le dijo El Compita.

El Nono sacó la cuenta con los dedos de sus manos y le dijo; son 35 centavos. El Compita le dio una peseta de plata de la balanza y completó con un diez blanco, este no era de plata y que tenía un 10 grandote en el centro y de otro lado un águila. El Nono desconfiado le daba vueltas a la peseta y no estaba conforme.

–El compita de dijo: Mire compita, esta es una moneda de 25 centavos y esta es de 10 centavos si las junta suman 35 centavos. ¿Está de acuerdo? El Nono sin convencerse por completo mueve la cabeza en señal afirmativa.

El Compita le dio la charola al Nono, también los frascos con chile molido y sal. No necesito que me deje la sal y el chile, yo aquí tengo. Gracias. El Nono le contesto ta´ bueno Compita, se puso de pie y salió del billar.

Al salir, el aire limpio que respiró lo sintió como un alivio. Pero por otro lado: el olor a birria de chivo, tacos, enchiladas y otras vendimias de buen olor le despertaron las ganas de comerse un taco. Se acercó al puesto de don Chinto el chivero y le preguntó que cuanto costaba un taco, el señor lo vio y no le contestó, pero si el dijo a un niño mayor que El Nono, –haber Jacinto, dale un taco a este niño pa´que se lo coma– El jovencito preparó un buen taco de chivito con doble tortilla y lo surte de salsas, limón y sal y lo pasó a El Nono en un pedazo de papel de estraza. Se come el taco con toda calma, queriendo nunca acabárselo. Señor, ¿Le puedo pedir otra tortilla? Le dice a don Chinto.

–Jacinto, el jovencito le dio dos tortillas más.

Finalmente el Nono terminó de comerse aquel increíble taco. Con la charola pegada al sobaco, saca de su bolsa aquel diez blanco que le acababa de dar El Compita y estirando su brazo que tiene libre se la da a don Chinto. El señor ve al niño con la moneda entre sus dedos y le dice que no. –Esta vez no te voy a cobrar, pero ya vete pa´ tu casa. El Nono ve al joven Jacinto y este le devuelve la mirada con cierta similitud.

Con el tiempo llevarían una leal y duradera amistad.

Agradece a don Chinto el favor y atraviesa la calle real para caminar una cuadra más y dar vuelta hacia el callejón donde esta su choza.

En la banqueta y a un costado de la puerta de golpe estaba su mamá sentada con la vecina de al lado, doña Chonita, La Tamalera en plena plática. Cuando el Nono las vio, ya no puedo echar pasos para atrás, siguió caminando esperando que su progenitora no viera la charola y los frascos con la sal y chile molido. Se acercó y saludo a doña Chonita; ¿Cómo está doña Chonita? –Bien Nono y tú, ¿Estas bien? Le contestó. Si Chonita, gracias. –Jefa ya vine– ¿No ha llegado mi papá? –Ya veo que llegaste, hijo, tu papá no tarda– Pasa y deja esas cosas donde estaban. –Dijo la mamá con voz autoritaria–

El Nono había sido atrapado en algo que pensó duraría más tiempo. Dejó los frascos en la tabla que su Jefa usaba como alacena y la charola fue a lavarla al arroyo.

Se metió hasta el rincón donde estaba su petate y escarbó debajo para sacar el trapito donde guardaba las monedas, metió la mano a la bolsa y agregó las que traía de la venta de la tarde. Se la puso en la bolsa del pantaloncito y poco después, también sacó las libretas y los lápices.

Se fue al tejaban donde estaba el fogón y se sentó en una caja jitomatera y así esperó a su mamá para cuando entrara. No sabía que iba a decirle, de lo que estaba seguro era que él no le mentiría.

Sintió que el rato se hacía cada vez más largo y su mamá no entraba. El Nono escuchaba las voces de las dos mujeres sin saber que decían. Pensó en la escuela y la tarea que tenía que llevar al día siguiente; pensó que esos garabatos que puso la profesora Esperanza querían decir muchas cosas, pensó que era la escuela la que tenía que enseñarle muchas cosas buenas, pero entre todas: Le enseñaría a leer, y eso, lo hacía imaginar que el mundo era como abrir una naranja y saber que había dentro.

Estaba en ese pensamiento cuando finalmente entró su mamá. Se paró y esperó que su Jefa de siempre como le decía de cariño le empezara a preguntar, y así fue.

–A ver condenado muchacho, primero me vas a decir donde andabas y luego que maldades estas haciendo– ¿De quien es la charola que traías escondida? ¿Y para qué la querías? Dijo su mamá levantando la voz.

Si Jefecita, le voy a decir la verdad, pero no le cuente nada mi papá, dijo sincero. Mire Jefita, el primer día que me mandó a clases me pidieron una libreta y un lápiz para la escuela, y como no podía llevarla, pos se me ocurrió ir a vender naranjas para comprarla.

¿Y como demonios consiguió usté esas naranjas que le dieron pa´ comprar esa libreta? Preguntó disgustada.

¡Ay Jefa, pos de aquí de la huerta! – ¿Acaso es huerta es suya? No Jefita, no es de nosotros, pero ya sabe usté que todas las frutas se echan a perder, no viene nadie a cortarlas ni siquiera un mango o un plátano. Contestó con su razón.

¿Y eso le da a usté derecho de meterse a robarlas? ¿Que no sabe que robar es un pecado? –Si, dijo reprimido. Pero oiga Jefa, ¿Apoco Diosito va a castigarme porque yo quiero ir a la escuela con libretas y lápices para saber leer y escribir? –!Mire Jefecita, le dijo con un razonamiento que daría un cambio total a su vida: ¡Usté sabe que ´orita es cuando se empieza y, estoy seguro mamá, que hay otras muchas cosas que tengo que estudiar!

Su mamá lo tomó con fuerza, lo puso de pie y lo juntó a su cuerpo con un fuerte abrazo que El Nono nunca había sentido.

Dos gruesas lágrimas escurrían por las mejillas de la Jefa.

jueves, 16 de septiembre de 2010

748. SOLEDAD GONZÁLEZ, TEATRISTA

Desde Argentina, a través de Prósopon (revista virtual de teatro), que me envió Leonel Giacometto, director de la revista, transcribo este texto integro, por parecerme importante para toda vocación teatrera.
GL. Conrado

Soledad González*

Oralidad y Vocalidad en las Escrituras Dramáticas Contemporáneas

La armonía invisible es mayor que la armonía visible.
Heráclito.

La dramaturgia es el arte de la composición de las obras teatrales a lo largo de la historia. Después de haber pasado por el clasicismo, romanticismo, realismo, teatro del absurdo, las dramaturgias contemporáneas parecen requerir un modelo de análisis basado en la recepción y cooperación del receptor, un modelo que trabaje y se fundamente entre la oposición superficie-profundidad, siendo la superficie lo visible y legible (marcas textuales y teatrales) y lo profundo, el campo de lo ideológico e inconsciente que de manera implícita y latente queda cifrado en la obra. Entre la malla que se teje entre estos niveles están la intriga, la fábula y la acción.

Una aproximación sensible a la oralidad partiría del análisis de la textualidad o superficie, es decir, la materialidad y la musicalidad de las palabras.

Analizar un texto no consiste tan sólo en establecer la fábula, reconstruir las acciones y seguir los intercambios verbales, sino que, y en primer lugar, es abrirse a la experiencia concreta, sensible y sensual de entrar en contacto con la materialidad y la musicalidad de las palabras, es poder escuchar los sonidos, ritmos, juegos de ecos y resonancias de los significantes. (cf. Pavis, 2001: L5-7)

Los modelos de análisis que se centran en el sentido o significado no bastan. En muchas de las nuevas dramaturgias es muy difícil determinar la intriga y la fábula, y su potencia o especificidad está en el juego que hacen con el lenguaje: en el tipo de palabras, en el uso de los silencios, en el ritmo y en las marcas de teatralidad y oralidad. En razón de esta realidad, los modelos de análisis necesitan apartarse de las esquematizaciones que oponen un teatro del cuerpo a un teatro de la palabra para abrirse a la cuestión de la voz en la escena contemporánea y en particular a las nociones de oralidad, vocalidad y de poesía como entidad donde cuerpo y voz serían indisociables.

Los abordajes sensibles a la cuestión planteada trabajan sobre una práctica compleja y en constante movimiento y conciben a la voz como corporalidad profunda, sustituto y/o complemento del gesto visible, vehículo de emociones, matriz de teatralidad y significante de impulso y forma. En esta vía, el texto teatral es aprehendido como una materialidad, con su musicalidad, su respiración, su apropiación de los silencios y su ritmo específico. Y la cooperación del receptor, lector o espectador, se vuelve un elemento fundamental.

Desde nuestra perspectiva, siguiendo la propuesta que De Marinis plantea en su seminario "Teatralidades de la voz en la escena contemporánea", donde señala lo mucho que queda por explorar en el terreno de la vocalidad y la oralidad, creemos que ciertas nociones de las artes visuales y de la filosofía del lenguaje, tales como forma, figura y fondo; y como el uso de las metáforas en la lingüística pragmática, podrían ayudarnos a pensar la vocalidad y la composición sonora en dramaturgias y espectáculos contemporáneos.

El uso de la voz en el teatro, al igual que todos los medios de expresión del cuerpo son síntomas en la representación. Los efectos que produce, la emoción que puede crear, afectan la recepción del público; de manera tal que necesitan la atención de todos los que trabajan en la representación.

La acción vocal denuncia la dicotomía falaz e improductiva de un teatro del cuerpo versus un teatro del texto. La poesía encuentra su casa en la voz del cuerpo, donde forma y resonancias conviven y son una.

Cuerpo, voz, canto, habla: elementos estrechamente ligados o mezclados en la práctica, y donde la voz juega un rol central, de 'interface', se podría decir, entre cuerpo y palabra. (Cf. Voltz,2001: K 1)

La armonía invisible es mayor que la armonía visible.
Heráclito.

La dramaturgia es el arte de la composición de las obras teatrales a lo largo de la historia. Después de haber pasado por el clasicismo, romanticismo, realismo, teatro del absurdo, las dramaturgias contemporáneas parecen requerir un modelo de análisis basado en la recepción y cooperación del receptor, un modelo que trabaje y se fundamente entre la oposición superficie-profundidad, siendo la superficie lo visible y legible (marcas textuales y teatrales) y lo profundo, el campo de lo ideológico e inconsciente que de manera implícita y latente queda cifrado en la obra. Entre la malla que se teje entre estos niveles están la intriga, la fábula y la acción.

Una aproximación sensible a la oralidad partiría del análisis de la textualidad o superficie, es decir, la materialidad y la musicalidad de las palabras.

Analizar un texto no consiste tan sólo en establecer la fábula, reconstruir las acciones y seguir los intercambios verbales, sino que, y en primer lugar, es abrirse a la experiencia concreta, sensible y sensual de entrar en contacto con la materialidad y la musicalidad de las palabras, es poder escuchar los sonidos, ritmos, juegos de ecos y resonancias de los significantes. (cf. Pavis, 2001: L5-7)

Los modelos de análisis que se centran en el sentido o significado no bastan. En muchas de las nuevas dramaturgias es muy difícil determinar la intriga y la fábula, y su potencia o especificidad está en el juego que hacen con el lenguaje: en el tipo de palabras, en el uso de los silencios, en el ritmo y en las marcas de teatralidad y oralidad. En razón de esta realidad, los modelos de análisis necesitan apartarse de las esquematizaciones que oponen un teatro del cuerpo a un teatro de la palabra para abrirse a la cuestión de la voz en la escena contemporánea y en particular a las nociones de oralidad, vocalidad y de poesía como entidad donde cuerpo y voz serían indisociables.

Los abordajes sensibles a la cuestión planteada trabajan sobre una práctica compleja y en constante movimiento y conciben a la voz como corporalidad profunda, sustituto y/o complemento del gesto visible, vehículo de emociones, matriz de teatralidad y significante de impulso y forma. En esta vía, el texto teatral es aprehendido como una materialidad, con su musicalidad, su respiración, su apropiación de los silencios y su ritmo específico. Y la cooperación del receptor, lector o espectador, se vuelve un elemento fundamental.

Desde nuestra perspectiva, siguiendo la propuesta que De Marinis plantea en su seminario "Teatralidades de la voz en la escena contemporánea", donde señala lo mucho que queda por explorar en el terreno de la vocalidad y la oralidad, creemos que ciertas nociones de las artes visuales y de la filosofía del lenguaje, tales como forma, figura y fondo; y como el uso de las metáforas en la lingüística pragmática, podrían ayudarnos a pensar la vocalidad y la composición sonora en dramaturgias y espectáculos contemporáneos.

El uso de la voz en el teatro, al igual que todos los medios de expresión del cuerpo son síntomas en la representación. Los efectos que produce, la emoción que puede crear, afectan la recepción del público; de manera tal que necesitan la atención de todos los que trabajan en la representación.

La acción vocal denuncia la dicotomía falaz e improductiva de un teatro del cuerpo versus un teatro del texto. La poesía encuentra su casa en la voz del cuerpo, donde forma y resonancias conviven y son una.

Cuerpo, voz, canto, habla: elementos estrechamente ligados o mezclados en la práctica, y donde la voz juega un rol central, de 'interface', se podría decir, entre cuerpo y palabra. (Cf. Voltz, 2001: K 1)

Visibilidad y Escucha/ Contemplación y Resonancia
La búsqueda de la juntura poética/ como basura esparcida al azar.

Visibilidad y escucha, son nociones opuestas complementarias. En el ámbito de la filosofía y del arte no fueron pocas las miradas que simplificaron las correspondencias acentuando las oposiciones. Al parecer, el siglo XX, trae consigo el triunfo (titanismo o violencia) de la visualidad.1 Si nos remontamos a la filosofía griega, quizás esto puede entreverse como un triunfo más de Platón, en este caso, sobre Heráclito.

Pero si intentamos reforzar la complementariedad, contemplación y creatividad en Platón, al igual que el sentido de armonía en Heráclito, nos introducen en un ámbito del pensamiento en donde la intuición guía y procura una visión de la realidad que trasciende el orden de lo lingüístico y da sentido a todo lo demás. En Platón, a la gran juntura se llega por la vía dialéctica. Porque la realidad es dialéctica y no hay "dos" por yuxtaposición sino por participación y comunicación. La suprema epoptía sería la posibilidad positiva de asistir por entero a algo; un "estar fuera de sí". Como lo pide Artaud cuando llama a revivir el peligro, la risa y la poesía del teatro: "El teatro contemporáneo (...) ha roto con el espíritu de anarquía profunda que es raíz de toda poesía." (Artaud, 1996: 47)

En términos de Heráclito, esa idea la recubren los conceptos de participación y de apertura en una actitud de esperar lo inesperado; como basura esparcida al azar, esta armonía gusta ocultarse tras una realidad irónica. Una percepción que podríamos llamar intuición ideal, visión espiritual inmediata y también armonía invisible; en términos de Artaud, sería quizás la experiencia material y metafísica de inmersión que golpea al sistema nervioso.

En su estudio sobre la voz en el teatro, Voltz advierte que un verdadero diálogo, no es sólo el intercambio de réplicas, de los sentidos explícitos o implícitos, de las entonaciones extra-lingüísticas que agregan un complemento de significado a partir de la situación de enunciación y de las supuestas intensiones de los personajes; también se trata del diálogo de las voces, la armonía o la violenta desarmonía voluntaria de los timbres, alturas, volúmenes, inflexiones melódicas, silencios, con una exigencia propiamente musical. Allí reside el trabajo artístico del actor y del dramaturgo. De lo contrario se confunde teatro con reproducción de lo cotidiano.

En Occidente, en la primera mitad del siglo XX, sensibilidad e intuición se apartan de la inteligencia, abriéndose una ficticia oposición entre inteligencia racional e intuición no racional. Atrás queda el Heráclito poeta, su lenguaje de tensiones y de referencias multívocas y virtuales. Se apuntala, en apariencia, un único camino de acceso a la realidad a través del logos: palabra que discrimina, recorta y marca espacios; o bien, por la vía negativa, crecen las oposiciones que encasillan la realidad multiforme. Quizás lo que se conoce como giro lingüístico, tras mayo del 68, es la reacción por saturación a la mirada semiótica posestructuralista que se impone como discurso académico.

Es por eso que el trabajo de la voz, esa voz que escuchan los dramaturgos en su trabajo poético, y que escuchan y traducen o recrean quienes trabajan en la puesta en escena, necesita ser revalorizado y comprendido como el puente o interfase entre cuerpo y habla. Sabiendo que el habla no es el texto ni la lengua, sino un acto concreto y material de producción de sonidos, encadenados según reglas, apoyados en la lógica del texto, transpuestos en el soplo de la oralidad. Una forma rítmica y musical como el canto, pero con otras leyes; y que comporta un discurso pero no se reduce a un único sentido, sino más bien que envuelve a ese sentido con miles de matices y de inflexiones personales y subjetivas.

El cuerpo hablante del actor produce sonidos portadores de una materialidad vibratoria y una cualidad sensorial, las cuales al alejarse del uso automatizado del habla cotidiana, hacen que la voz hablada ingrese en una dimensión artística. Entonces, la voz se vuelve instrumento consciente de sus posibilidades y limitaciones.

En la realización personal de un texto, el mensaje lingüístico y la comunicación vocal se imbrican de tal modo que sería imposible separarlos para quien lo recepta. Tomando la idea de niveles, que propone U. Eco y retoma P. Pavis, podríamos hablar de un nivel de las variaciones interpretativas y de otro correspondiente a los elementos fundamentales de una voz. En este último, podríamos poner a dialogar la idea de Heráclito sobre la armonía invisible como basura esparcida al azar y que es, sin embargo, la mejor armonía y la idea planteada por Voltz donde señala que el vocabulario carece de términos precisos para describir ese "residuo" imposible de aprehender: al que generalmente se llama "timbre" de una voz, y al cual sólo podemos nombrar a través de metáforas: sorda, sonora, clara, sombría, metálica, prístina...

Recordaba esa voz: alguna vez había formado parte del fondo grisáceo de algo visto u oído. Hasta llegó a asociarla con un abrigo de piel, un perfume de tierra o musgo y un tacto áspero de líquenes sobre la tierra.(Fogwill, 2009: 425)

Lenguaje y poesía/ nombrar la vocalidad
Desde un enfoque pragmático, la metáfora es el sueño del lenguaje y como todo sueño requiere interpretación, siendo la interpretación un acto tan creativo como la creación de la metáfora.

También se la puede entender, haciendo una analogía con el mito, como figura que se construye sobre las virtualidades del lenguaje, o como el oráculo de Heráclito, en su fragmento 93: "El señor de quien es el oráculo de Delfos ni expresa ni oculta su significado, sino que lo manifiesta mediante señales". Señales que requieren o suscitan la creativa interpretación del otro. Es este efecto en el otro lo que distingue a la metáfora: el poder de provocar esas virtualidades que al igual que los sueños necesitan de una interpretación casi desprovista de reglas y en dónde la resonancia y la capacidad hermenéutica del intérprete juegan un papel fundamental.

Hemos dicho que como el oráculo, la metáfora muestra o manifiesta mediante señales, pero éstas en nada se diferencian del lenguaje común. El lenguaje aparece como un continuo en donde hay cosas más metafóricas que otras, hay expresiones con un mayor éxito artístico como lo son las metáforas, pero la diferencia es sólo de grado. Esto nos lleva a afirmar, siguiendo al filósofo y lingüista D. Davidson, (1990) que si se eclipsa la diferencia entre sentido literal y sentido metafórico, entramos en el mero terreno del uso, en los distintos usos: uso habitual e inhabitual de las palabras. Y por analogía podríamos pensar en uso habitual o inhabitual de la voz, cotidiano o extra cotidiano, y en relaciones habituales o extrañadas.

Con las metáforas decimos a través de lo que hacemos con las palabras: provocamos un efecto llamando la atención sobre algo. Y cuando realizamos una paráfrasis tratamos de explicar lo que la metáfora habría querido decir. Pero la metáfora no dice nada fuera de su significado literal. Italo Calvino, en sus "Seis conferencias para el próximo milenio" expresa de varias maneras la idea que toda interpretación empobrece al mito. Esto sucede si concebimos a la interpretación como un intento por encerrar o fijar al mito en una explicación de lo que su lenguaje de imágenes habría querido decir; y es lo mismo que ocurriría con la vocalidad. Necesitamos de metáforas cuando intentamos decir algo acerca de lo que ese grano de voz, ese timbre, esa sonoridad, esa vibración, ese aliento o ritmo particular nos provoca.

De tal modo la perífrasis se aleja de los efectos que la metáfora y la vocalidad provocan, que nos es permitido decir que no existe una interpretación acabada, como no hay perífrasis absoluta ni verdadera.

Ninguna teoría del conocimiento puede explicar como funcionan las metáforas. Siguiendo la analogía, podemos afirmar que lo mismo ocurre con la vocalidad; y sin embargo su uso no es problemático en modo alguno. Lo suscitativo en la voz se extiende al infinito. Podríamos decir, siguiendo a Borges en su relato La busca de Averroes (1952), que una figura que supo tener dos términos se enriquece con el correr del tiempo multiplicando sus términos. Este tal vez es ese significado oculto, ese "plus" o ese "algo enigmático" de la voz: su capacidad de multiplicarse, convirtiéndose, como para Averroes, "en versos que a la par de la música, son todo para todos los hombres".

Son efectos, pensaba, de nuestro modo de escuchar, cosas que nunca les habrán ocurrido a los contemporáneos de Bach, ni a los de Borodin, que sólo percibían el sonido en presencia del instrumentista: el arco, el diapasón, los dedos prodigiosos, los movimientos de cintura y las expresiones intraducibles de sus caras ante cada conjunción o silencio. Horas escuchando tanta música sin caras, cuerpos, ni instrumentos: tal vez así estuviera contemplando la pintura la humanidad contemporánea. (Fogwill, 2009: 433)

Sería, entonces, fabricando una especie de inventario abierto, que funcionaría la interpretación de la voz. Resulta productivo mantenerse en la relación enunciador-enunciatario en tanto que proceso comunicativo lleno de invenciones y apartarse del problema del significado en tanto comprensión de una proposición. La naturaleza de la voz no es proposicional ya que lo que cuenta es lo que se quiere mostrar. Esto nos conduce al argumento pragmático: la voz pertenece exclusivamente al dominio del uso, y como el oráculo de Delfos ni expresa ni oculta su significado, sino que lo manifiesta mediante señales. No obstante, volviendo a la práctica teatral, el dramaturgo escribe escuchando y recreando voces, el actor necesita poder integrar su voz en un proyecto, necesita desarrollar su visión de conjunto y su escucha, al igual que el director. El trabajo de la voz es como el del canto o el de un instrumento pero con otros medios: un trabajo musical.

Bibliografía de consulta

Teoría teatral/libros y ensayos
* ARTAUD Antonin, 1996 El Teatro y su doble, Barcelona, Edhasa.
* DE MARINIS Marcos, 1999 "En quête de l'action physique au théâtre et au-delà du théâtre : De Stanislavsky à Barba " in Degrés, revue de synthèse à orientation sémiologique.
* PAVIS Patrice, 2001 "Thèses pour l'analyse du texte dramatique" in Degrés, revue de synthèse à orientation sémiologique.
* VOLTZ Pierre, 2001 " La voix au théâtre" in Degrés, revue de synthèse à orientation sémiologique.


Filosofía/ Estética/ Lingüística/Narrativa
* BORGES, Jorge Luis, 1952 "La busca de Averroes", en El Aleph, Buenos Aires, Losada.
* CALVINO Italo, 1996 Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Siruela/Bolsillo.
* DAVIDSON Donald, 1990 De la verdad y de la interpretación, Barcelona, Gedisa.
* DEL ESTAL Eduardo, 2008 "La Pintura como acto de violencia", en Ciento Cincuenta Monos. Buenos Aires, Argentina, Año Dos/Número Cuatro. www.150monos.blogspot.com
* DUCROT Oswald, SCHAEFFER Jean-Marie, 1995 Nouveau Dictionnaire Encyclopédique des Sciences du Langage, Paris, Seuil.
* ECO Humberto, 1985 Lector in fabula. Le rôle du lecteur ou la coopération interprétative dans les textes narratifs, Paris, Grasset.
* ESCANDELL VIDAL M. Victoria, 1993 Introducción a la Pragmática, Barcelona, Anthropos.
* FERRER Christian, 2009 "Titanismo. Técnica y espectáculo en la vida moderna", en revista digital alfilo.
Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. Número 28.
* FOGWILL, 2009 "Lo cristalino", en Cuentos completos, Buenos Aires, Alfaguara.
* HIERRO S. PESCADOR José, 1986 Principios de Filosofía del Lenguaje, Madrid, Alianza.
* MAINGUENEAU Dominique, 1990 Pragmatique pour le discours littéraire, Paris, Bordas.
* MONDOLFO Rodolfo, 2000 Heráclito. Textos y problemas de su interpretación. Madrid, Siglo Veintiuno.
* PLATÓN, 1983 Diálogos. Madrid, Sarpe.
* RUSSELL Bertrand, 1995 Historia de la Filosofía Occidental, Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral.


1- Para ampliar, se recomienda la lectura de "Titanismo. Técnica y espectáculo en la vida moderna" de Christian Ferrer, 2008; y "La pintura como acto de violencia" de Eduardo del Estal, 2009.


*SOLEDAD GONZÁLEZ Nació en la provincia de Córdoba, Argentina, en 1970. Es Traductora Pública de Francés y Licenciada y Profesora en Lengua y Literatura Francesa por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC); dedicada a la escritura, la docencia y la realización teatral. Una de las fundadoras de El Cíclope, espacio de producción en el campo de las artes visuales y narrativas; y editora de la revista de artes escénicas el Apuntador, entre 2000 y 2002. Entre sus obras para teatro, se cuentan: Aire Líquido, Cuerpos de hielo, Elsa y Anita, Sarco, Las noches del ciervo rojo, Humus, La balsa de la medusa, Silencio, una historia con tres hombres solos. Ha recibido diversos galardones como el premio del Concurso Versiones del Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) por La luna (2005); el del Concurso de monólogos "Solos y solas" del Centro Cultural España-Córdoba por Ana María, estuve pensando a pesar mío (2004); la selección y publicación de Gilde por la editorial Tablado Iberoamericano (México, 2001). Como así también, ha sido distinguida con becas de perfeccionamiento otorgadas por la Sociedad de Autores de México, el Ministerio de Cultura de Francia, la Secretaría de Cultura Argentina, el Instituto Nacional del Teatro, la Fundación Antorchas y el Fondo Nacional de las Artes. Participó con textos poéticos del evento "Textos no dramatúrgicos de Dramaturgos", Festival de Teatro del Centro Cultural Ricardo Rojas, UBA, 2002. En 2009, publica su primer libro de poesía Cavilaciones puercas en Ediciones Recovecos. Docente de Dramaturgia en Jujuy y Córdoba, como capacitadora del Instituto Nacional del Teatro. Actualmente es docente de nivel medio; coordina el Programa de Posgrado de Formación en Dramaturgia de la Facultad de Filosofía y Humanidades; participa del proyecto de investigación "Pensamiento, experiencia y apropiación: caminos para abordar algunas cuestiones en arte", en la UNC. Y participa de dos grupos de dramaturgos que ejercitan la escritura y producción colectiva, con Eduardo Rivetto y Diego López, en Córdoba; y con Gabriel Fernández Chapo (Capital Fed.) y Leonel Giacometto (Rosario).

miércoles, 15 de septiembre de 2010

747. LA ECONOMÍA Y USTED

Por Eliseo Castillo A.

Economista analítico.
Desde Morelia,
Michoacán.
México.

PRESUPUESTO POBRE...ECONOMÍA SIN CRECIMIENTO

COSAS DEL QUERER ...,Y A VECES AMAR

la extensión de tus manos vuela,
se coloca, se posa, se acomoda en las mías,
como si nada, como si fuera de siempre,
cínicamente hermosas, jovialmente en juego
detrás de una gran sonrisa
inundan, atropellan el espacio
con las palabras...¡te quiero!
Amor..., nunca ha hecho falta escucharlo
¡pero qué bella luces al decirlo !

eliseo.

ANTES DE INICIAR, SOLO UNA ACLARACIÓN PARA QUIENES ME PREGUNTARON EN RELACIÓN A LOS VERSOS DE LAS DOS ENTREGAS ANTERIORES; ESTOS ERAN PARA JUAN CASTILLO QUE NO PUDO ESTAR CON SU PADRE EN SU MUERTE Y ENTIERRO, QUE ERA ALGO IMPORTANTE PARA ÉL, LO SE POR QUE SE CUANTO AMÓ... AMA A SU PADRE HOY MUERTO. GRACIAS. LA VIDA TIENE QUE SEGUIR.

Penosamente la semana pasada advertíamos el peligro de que el debate respecto al presupuesto federal se diera en el marco de los intereses de los partidos políticos, ya sabemos lo desacreditados que se encuentran ante la sociedad, y la verdad no hay manera de defenderlos del descrédito que se han ganado a pulso.

La iniciativa de gasto presentada por la presidencia de la república, por medio de su secretario de hacienda, es una cuenta que va a ser evaluada por el congreso (solamente por los diputados), donde la mayoría la tiene el PRI, el que aunado con los diputados incondicionales del Verde Ecologista, que de ecologista solamente tiene el nombre, podrá manipular a placer el resultado final y las cuentas planteadas por el ejecutivo.

Si bien es cierto que no se están proponiendo nuevos impuestos, igual lo es que con la propuesta de gasto se está condenando al país a otro año sin posibilidades de crecer. En números generales se propone un programa de gasto de unos 3.3 billones de pesos; de inicio parece mucho dinero, quizá lo es, pero en relación a las necesidades nacionales termina por ser menor a estas.

La iniciativa que propone el ejecutivo señala que la mayor parte de lo solicitado estaría comprometido para pagar las cuentas amarradas o comprometidas, estas cuentas se relacionan con la enorme carga de sueldos que hay que pagar a la gigantesca burocracia que se sostiene con los impuestos que paga cada persona que es fiscalizada por hacienda; por cierto esta carga es de las más grandes del mundo, a decir de Carlos Fernández-Vega en el diario La Jornada, del lunes 13 de diciembre del presente año. En su análisis afirma que de cada peso que se está presupuestando, únicamente se asignan 8 centavos para fomentar el crecimiento, mientras que los restantes 92 centavos ya están comprometidos, concluye señalando que lo que realmente se espera para el 2011 es otro año sin posibilidades de salir adelante.

En su propuesta inicial, Felipe Calderón señala tres temas centrales de su iniciativa de gasto:

1.- Fortalecer la seguridad pública
2.- Promover el desarrollo social
3.- Consolidar el crecimiento económico

Como se puede ver, se trata de tres grandes temas que requieren atención en el país; tres grandes prioridades dentro de una gama que se hace muy extensa, pero que desgraciadamente no se ve como, ni por donde se clarifique. Veamos por qué.

Si se afirma que se va a fortalecer la seguridad, se parte de afirmar que se cuenta con seguridad pública; sin embargo, los índices de inseguridad se han incrementado a tal nivel que resulta casi penosa esa afirmación; en este momento, por desgracia lo que predomina es la inseguridad; pero lo peor es que se va incrementando de manera escandalosa; más que dinero, se requiere uso adecuado del que se aplica, y parece que no se está haciendo. El ciudadano común...usted y yo, estamos cada vez más solos con nuestra inseguridad, y sobre todo la desconfianza frente a las instituciones que pagamos para que nos protejan, y que hoy se confunden con la delincuencia organizada.

El desarrollo social no se promueve con canastas de comida para una semana, es un buen apoyo para las familias a que se les otorga; qué bueno que así sea, pero el desarrollo no se consigue con canastas de comida para unos días, sin educación y fortalecimiento de valores sociales de poco va a servir este esfuerzo; tampoco debemos conformarnos con la frase de "mejor poco que nada".

Lo que si de plano es una burla es el sostener que con esta cuenta de gastos se busca consolidar el crecimiento económico de un país que no ha crecido en los últimos 27 años; esto si de plano no tiene forma de defenderle, de hecho el último sexenio en que se creció en la economía mexicana fue en el sexenio de López Portillo (1976-82), y de entonces a la fecha México es el país que menos ha crecido en todo Latinoamérica y el Caribe y, por desgracia no hay manera de que esta tendencia cambie solamente por que se hace un discurso que se repite hasta la saciedad y vuelve loca a la gente de tanto repetirle, no, la economía crece cuando se canaliza capital a la inversión productiva, y si de cada peso usted se gasta 92 centavos y solamente designa 8 centavos para tratar de ordenar y hacer crecer la economía, entonces está claro que la sociedad está muy engañada en relación a lo que en realidad le está pasando, y de lo que se pretende hacer en su nombre.

Dicho con otras palabras, el PRI aprobará un presupuesto insuficiente, que en su mayoría ya está comprometido en sueldos, pago de deuda e intereses de la misma, y de lo que apenas quedará algo para algunos pequeños programas de desarrollo, los que sin duda, se publicitarán tanto que parecerá que el país...todo el país se estará movilizando en un crecimiento económico sin igual.

Penosamente podemos adelantar que el presupuesto de egresos presentado por el gobierno en turno será aprobado con las correcciones que considere el PRI y nos condenará a otro año sin crecimiento...para variar.

Qué se puede esperar de un país donde un profesor universitario gana un sueldo a veces menor a un soldado raso, y donde el mejor destino de los que estudian, cada vez se enfoca más al mercado de los Estados Unidos, a hacer lo que sea, así, lo que sea, que termina , regularmente siendo mejor que lo que obtiene aquí.

Un abrazo y hasta siempre.

martes, 14 de septiembre de 2010

746. DESDE JIQUILPAN, TIERRA DEL INSIGNE POETA RAMÓN MARTÍNEZ OCARANZA

Ramiro Amezcua C.
Envia estos 5 cuartetos,
hechos un  poema.

EL GRITO DE 2008

José María…
Cura y caudillo
ya en su decreto
de Aguacatillo
“esclavitudes”
había abolido.

A quienes sufren las secuelas de inadmisible agresión,
ahora que entramos de lleno a la conmemoración del
“Bicentenario del Inicio de la Independencia de México”
Y “100 años del Inicio de la Revolución Mexicana”.

¡Oh! A dos veranos ya de impío drama en Morelia
la cuna de Morelos, crisol de independencia,
los mártires y héroes de histórica insurgencia,
conmovidos repudian la injusta y cruel tragedia.

Maquiavélicos entes de negro corazón
festiva noche azul de un quince de septiembre
¡Ay! ¡Llenaron de dolor, de pesadilla y muerte…!
Celebración patriota sin causa ni razón.

Perturbador silencio a diario va conmigo,
después del caos surgido que sigue a la explosión
me persigue y aturde, me oprime el corazón.
¡Banales intereses, codicia…! ¿Son motivo?

Más temprano que tarde, tan fresca y honda herida
¡Ojalá y compulsiva, se reponga del daño!
Cual blanda superficie de sosegado lago
que una barca fugaz al surcar le propina.

Diferentes y juntos como una sola fuerza
por la vía de las leyes, la razón y prudencia
¡Al país ya dotemos de humanística esencia!
Ser felices busquemos desde el alfa al omega.
 
 

lunes, 13 de septiembre de 2010

745. TEXTO DE VÍCTOR...




Víctor Hugo Cervantes Fernández
Desde Tangancícuaro,
Michoacán.
México.


Tiranía

Tiranía. Tiranía la de los corazones
que no atañen en otros corazones…
¡Por que es de cobardes y tiranos:
no existir o hacer sentir y ser tangibles,
visibles, como al alba es visible
no ven que las gaviotas viajan hacia el día…!

Tiranía de aquellos que viviendo mueren
con su arcón repleto de ilusiones,
de aquellos que un día
postrados al dolor arguyen
la esperanza de un después…
y luego de su dilación,
deciden ahogar en sangre amarga su pasión,
segando así la santa mies
por la cual otrora un día redoblo su corazón.

Por ello: ¡tiranía! ¡tiranía
de aquellos que teniendo manos
para el bien, no lo forjan!
de aquellos que teniendo labios
para la verdad ¡no la invocan!
¡ni la gritan…! ni la comulgan,
como una moneda es esa ostia santa
que es la carne y la sangre del Cristo
y que a diario, en los templos, se agota…

¡Son preguntas vanas, dónde declino o me resisto!
¿Por qué todos cercenamos nuestra lengua
Para la justicia…?
¿Por qué para la maldad nuestra lengua
Se arrastra como áspid en la hiel de la inmundicia?
¿Por que nuestros ojos, ante la luz del día
Reducen su pupila?
¿Por que en las noches se ensancha, fría,
Clandestina, como una ventana de par en par
Dejando entrar a su cuenca los mas viles despojos?
por ello: ¡tiranía! ¡tiranía
de los que por su mano de cicuta
y su verbo desmentido rondan los oscuros ministerios:
templos de injusticia y agonía,
de grilletes, celdas y flagelos…
ja ja ja…eh ahí la verdad vendida,
eh ahí la verdad oculta,
eh ahí la verdad amordazada:
he la sangre derramada
de inocentes que te gritan y preguntan, justicia:
¡eres una prostituta!
¿Por que te vendes y me robas la libertad?
¿Por qué vendes mi carne como mercancía barata,
El grano fértil de mi ecuaro,
La ropa limpia de mis niños…
El paso seguro de mis tatas,
El día tranquilo de su despertar…?
¿Por que con ojos de caciquismo
Nos miras de repente,
O de repente, como si no pasara nada,
Nos saludas con la fementida
De la gloria de la patria?
¡Sangre de paria
Por tus venas corre!
¡Lodo y escarnio
Tu corazón engendra!
¡Injusticia es el pan
Del cual nuestras bocas a diario
se alimentan!
Y se alimentan nuestros corazones
Con las polizontes balas
Que engendran muerte en los cuerpos inocentes.
¡Muerte! ¡Muerte!

Perdona la ofensa patria,
Así como perdonas
la verborrea con que te ensalzan
los burócratas que viven bajo tu mando,
mientras que en ropa de corte ingles, te alzan,
saludándote y cantando
honrosos tu himno:

Patria, patria, tus hijos te juran: mentir en tu nombre
Y forjar así el futuro ineludible del paso del más fuerte;
Que el pobre are los campos y siga mas pobre.
Que el rico mancille a su gente y la siga mancillando.
Que allá dos pueblos bajo el mando de un solo hombre:
Que haya gula y alcurnia en uno, cuando
el otro muere de injusticia y hambre.

Patria, patria, tus hijos te juran: envolverse
Con tu bandera en las noches festivas,
Tragarse sus hambres y entre ¡Vivas!
Callarse sus penas y los labios morderse.


domingo, 12 de septiembre de 2010

744. UN TEXTO DE...,

la narradora regiomontana





Lupita Pérez
Escritora y poeta.
Envía su colaboración,
desde Monterrey,
Nuevo León.
México.


Titulares

Decapitados
Desconocidos
Reorganizados

Uniformados
Involucrados
Amenazados

Comisionados
Despreocupados
Acobardados

Abandonados
Desesperados
Ingobernados


743. DESDE MÉXICO D.F.

Ramiro Amezcua C.
Oriundo de Jiquilpan,
Michoacán.
México.

CAMPANA DEL SEMINARIO
(rac)

Si una empresa te llena
no escatimarás esfuerzos,
aunque sea muy alto el precio
pagarás lo que proceda
¡De lo contrario… qué pena!

A José Vidales.

Fracturando el silencio cenobial
y con él mi reposo y flacos nervios,
el pesado badajo, cual adverbio,
hacía añicos mi sueño matinal.
¡Cotidie, todo el año, siempre igual!

Mucho antes de que el alba despuntara
su ¡Tan...! ¡Tan…! Nos lograba levantar,
todo el día podíamos escuchar
apremiante tañer de la campana.
¡Que a la acción y al descanso puntual llama!

Fastidioso clamor ella tenía,
pues instaba a lo menos divertido
¡Rogar con humildad a Dios y a su Hijo!
Estudiar latín, inglés, filosofía.
¡Obligarnos a formarnos, tal querían!

Agradables repiques solían ser
cual música de coros celestiales
la llamada al recreo, ya por la tarde,
que seguíale a la hora de comer.
¡Solaz y comedor, de gran placer!

Con esfuerzo llegamos a aprender,
las artes y las ciencias cultivamos,
¡En veneros de luz, fue que abrevamos!
Pero nunca pudimos disponer
¡De una fuente de vocación y fe!.

742. DESDE LA TIERRA DEL POETA RUBÉN C. NAVARRO







Un texto de:
K. Teresa
Desde Tangas,
Michoacán.
México.


¿Pensaste esconderte por toda la vida?

Aquí está el diablo haciéndome muecas
Se ríe de mi miedo, me mueve, me avienta,
Restriega en mi cara mis negros deseos
Aquellos impuros, los más escondidos…
¡No te hagas taruga! Que ahí tienes eso,
Amantes y muertes están en tu mente
No digas que eres la linda muchacha
Te gusta el dinero, el sexo, la fama
¿Por qué te has tragado un mar de mentiras?
¿Pensaste esconderte por toda la vida?
Apoco señora, la madre abnegada
Esposa bonita que limpia y cocina
¿En serio pensaste que te escaparías?

Y yo sólo lloro, por tantos deseos
Que estrujan mi cuerpo cual fuerte diarrea.