domingo, 23 de enero de 2011

906. LA PALABRA REBUSCADA


¿CÓMO INFLUYE LA POSTMODERNIDAD EN LA ACRITICIDAD DE LOS ADOLESCENTES?

Profr. Pascual Garibay González
Docente, escritor y poeta.
Desde Tangancícuaro,
Michoacán.
México.

Vivimos en un cosmos que cada vez se ve más abocado al abismo axiológico, existencial, ontológico y trascendental, esta aseveración la hago porque el hombre de hoy como profería el prominente filósofo existencialista francés Gabriel Marcel en su libro “Ser y tener”, arengando de esta suerte: “el hombre moderno tiene sed de ser”, se siente vacuo y fútil, y por ende, recurre a tantas fruslerías que sólo le ofuscan su corazón y opacan su mente, es tétrico encontrarse en la calle con personas que destilan lobregura y tienen cara de velorio perenne, y esto a qué va, simplemente quiero que sea un nimio pero significativo preámbulo para incoar el presente.

Me preocupa sobremanera la acriticidad y arguyo que ésta va en intrínseca relación con los valores, y tengamos presente que la educación tiende a fomentarlos, pero hay que ver que una cosa es arriscarse en el mar de la aventura humana y bregar por perfeccionarnos día con día para tener un mundo cada vez más humano y fraterno, donde se respire confianza y no pavor que sólo corroe y mina el talante de las personas.

Esto que menciono es para tratar de contextualizar un poco la situación que voy a abordar, como ya acoté al principio moramos en una época muy singular denominada postmodernidad y esta aura nos impregna a todos los mortales, sólo que sobre unos tiene más influjos que sobre otros, y aquí irrumpe precisamente la acriticidad, pues el ser acrítico hace que te anquiloses y no vayas in crescendo.

Haciendo una extrapolación a la escuela secundaria vemos que muchos estudiantes son deplorablemente acríticos, y no porque nazcan así sino porque la sociedad paulatinamente te va moldeando a su mórbido arbitrio. ¿Por qué los adolescentes no se explayan externando lo que piensan, y más bien relegan todo al silencio y viven reprimidos por no manifestarse tal cual son?

José Luis Martín Descalzo en su libro “Mil razones” afirma que “el gran monstruo que hoy pesa y gravita sobre muchas conciencias es el qué dirán”, obviamente éste es un elemento que nos condiciona y nos mantiene enclaustrados en nuestra misma mismidad, éste es precisamente el tópico que deseo desarrollar a lo largo del presente, por qué callar cuando nuestro pensar es una riqueza en sí, diferente al del otro compañero y en las diferencias están las riquezas de la humanidad, por ejemplo, si todos hablaran en una clase cómo avanzaríamos y nos enriqueceríamos.

En el libro “La búsqueda de Dios” del presbítero Héctor Liévanos, él dice magistralmente en sus páginas: “El frenesí vertiginoso de la llamada vida moderna, nos arrastra y no tenemos tiempo ni gana para detenernos unos momentos a mirar dentro de nosotros mismos. Ruido, mucho ruido por doquier. Sonidos aturdidores que nos han empobrecido llenándonos de vaciedades. Y sin embargo, hay que decirlo con toda claridad: el silencio es indispensable para una vida auténtica, profunda y creativa.

Con frecuencia nuestra vida resulta falsa, porque el ruido que nos invade nos impide mirarnos tal cual somos, descubrir nuestro verdadero rostro. Aparentamos lo que no somos. Preferimos vivir en la ilusión de lo que quisiéramos ser, no de lo que en verdad somos, y sigue explayándose y aquí saca a la luz unas palabras muy hieráticas pero veraces: Donde no hay amor al silencio florece la más rampante superficialidad, la ligereza de quien se deja llevar por las modas comunes; después nos vuelve a decir: El hombre que ama el silencio, que lo busca expresamente, está preparado para hacer el más grande y maravilloso descubrimiento: el encuentro consigo mismo en la singularidad irrepetible de la propia mismidad personal.

Este descubrimiento del propio yo, del ser único que somos cada uno, es fuente de seguridad que nos prepara a algo que es de capital importancia para una vida significativa: la aceptación de nosotros mismos”.


Estos comentarios acerca de la vorágine de la vida moderna que nos impide encontrarnos en el silencio de nuestra intimidad con nosotros mismos, es lo que nos hace superficiales y acríticos; he aquí un barrunto de lo que es la postmodernidad, una vida sin horizontes en el imperio de lo efímero y fugaz, donde lo único que cuenta es gozar, divertirse, sentirse bien mas no ser bueno, que sería la antípoda, es decir, optar por el bien moral, y aquí se cae en un relativismo moral, cada cual es la medida de lo bueno y de lo malo, y cito al filósofo griego Protágoras que aseveraba: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Este esclarecido varón ponía al ser humano en el centro donde él tendría que decidir, algo parecido sucede ahora donde también el hombre es el que con su libre albedrío tiene la última palabra.

El presbítero Roberto García González en su libro “Historia de la filosofía contemporánea” dice: “La postmodernidad es una condición situacional en el modo de vivir actual, no es un sistema fundamentado ideológicamente, pero sirve de atmósfera difusa para la ideología postcapitalista en un mundo vacío. Teniendo en cuenta este presupuesto epistemológica ahora sí podemos entrar en materia. El tópico es cómo influye la postmodernidad en la acriticidad de los adolescentes.

Las características descriptivas más típicas de la postmodernidad son: la crisis de la fe en el progreso; incertidumbre desencantada de la razón y pérdida del fundamento; rechazo de las grandes cosmovisiones sistemáticas, de las ideologías y de las utopías, es decir, abandono de las grandes cosmovisiones o macrorrelatos; disolución del sentido de la historia; negación del mismo sujeto racional moderno; agudización de la crisis de la ética moderna y presagio del crepúsculo del deber en la actual era del vacío y del imperio de lo efímero; hiperindividualismo, sibarita e inmediatista; proliferación del voluntariado y rechazo de los compromisos definitivos; promoción del pensamiento débil contra la violencia omnívora de la razón sistemática del sujeto moderno y contra las ideologías de pertenencia”.

El adolescente se halla inmerso en un ambiente que lo bombardea a los cuatro vientos con mensajes que tratan de moldearlo y labrarlo a su medida, y el ser acrítico se refiere más que nada a no colocar ninguna resistencia, y dejar que toda esta maraña inexorable de tentáculos viperinos te atrapen en sus garras y no te permiten discurrir, sentir, querer y actuar con plena libertad.

La verdad es que fuimos creados por Dios para ser felices y libres pero siendo a la par responsables de lo que hacemos, y teniendo en cuenta toda esta situación envolvente ya podemos vaticinar cómo será el perfil del adolescente postmoderno que se va gestando como un joven light, un personaje frívolo, superficial, descafeinado, ultrapausterizado, sin calorías, sin grasa ni glucosa. Indoloro ante las opciones fundamentales y ante los compromisos sólidos. Su ideal es la adolescencia narcisista, la madurez en esta época es una cabal estupidez.

Si no hay valores en los preceptores en cierne y en los que ya están jugándose el todo por el todo, puede haber magnos óbices en cuanto a una educación integral que siempre ha venido pregonándose en el artículo tercero de nuestra egregia constitución, y hablo de valores porque estamos asistiendo a lo que el filósofo alemán Federico Nietzsche profetizó acerca de la transmutación de valores en su obra “El anticristo”; y el mundo está cada vez más hueco porque son muy pocos los que se preocupan por conservarlos, y es aquí donde incide la egregia faena del docente.

La postmodernidad sería así como un mercado donde te regalan bagatelas pero sin esfuerzo, y tú vas y tomas lo que más te convenga, obviamente teniendo en cuenta que vas por aquello que no te complique la existencia, porque se trata de vivir sin pensar solamente sintiendo y gozando, pero sin pensar en las consecuencias que puede traer para ti la ejecución de tal o cual acto que realices.

Ante este abanico e posibilidades que se abre ante nuestros ojos nosotros tenemos que tomar una postura crítica discerniendo qué nos va a ayudar a crecer y qué nos va a sumergir en el anonimato existencial y en la intrascendencia del ser, si no sabemos ver los pros y los contras de una situación es muy difícil que podamos realizarnos como personas que somos, por la simple y llana razón de que siempre actuaremos como los animalitos por instinto, pues no contamos con criterios bien definidos, y somos esponjas que todo lo absorbemos, y de los que se trata aquí es de prodigarles a los adolescentes estrategias bien concretas para que disciernan y no los embelequen.

La postmodernidad se mueve a gusto en lo que llama asociación de egoístas, individualismo responsable y ética de los negocios. La libertad consiste en no renunciar a nada, en evadir todo sacrificio. Narciso es el símbolo de nuestro tiempo. El Yo pasa a ser el ombligo del mundo. Se vive intensamente los instantes efímeros, sin tragedias apocalípticas futuras.

Por esta razón el hombre se siente tan vacío de sí mismo, y aquí cabe traer a colación al filósofo francés Jean Paul Sartre, que bien atina a decir en su libro “La náusea” que “el hombre proyecta ser Dios y sólo es una pasión inútil”.

La antropología se ha reducido a tropología, la Metafísica a metafísica supersticiosa, la teología a teosofía, la cosmología y las cosmovisiones han sido sustituidas por la cosmética, y la ética por la dietética.

Los adolescentes más que alguien que los informe sobre lo que acaece en el devenir de la historia, lo que necesitan es a alguien que les dé información, que con su actitud testimoniante los conduzca a ver la vida no desde el lente de la rampante superficialidad, sino a superar los espejismos de manera que el adolescente pueda ver qué hay detrás de la superficie de las cosas.

Antaño en la Antigua Grecia se hablaba del filósofo y se decía que era aquél que quedaba pasmado y embelesado contemplando lo que le circundaba, ahora bien, transpolando esta a nuestra realidad podemos aseverar que el vértigo de la vida y la prisa el mundo contemporáneo han hecho estragos en las personas, por hoy ya no hay tiempo para pensar, mucho menos para paladear un atardecer, y esto naturalmente que tiene incidencias en el alumno para que sea crítico, pues si no sabe observar y menos admirar las cosas, cómo quiere emitir juicios para discernir lo que le conviene para su crecimiento personal y familiar.

José Luis Martín Descalzo en su libro “Razones para la alegría” tiene una frase hermosísima al respecto, y dice: “Habría que vivir siempre como si acabásemos de nacer. Vivir en el asombro, como seres recién estrenados. Sólo entonces gozaríamos ante el milagro del sabor de la naranja, de la belleza de este paisaje que, ante nuestra casa, ya ni contemplamos”. El día que nos admiremos de las cosas y las contemplemos como si fuera la primera vez, ese día seremos capaces de descubrir muchos rostros que escapan a nuestra superficialidad, pues en la admiración está una mirada profunda y por ende crítica, pues verá todas las cosas en su globalidad sin parcializar nada. ÁNIMO, SIEMPRE AVANTE.

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