sábado, 12 de noviembre de 2011

1627. NUESTRO HIMNO NACIONAL DEBERÍA DECIR: “… EL CIELO UN CURANDERO EN CADA HIJO TE DIO”. PARA GL. CONRADO, DE…

Carlos Acevedo Martínez.
Analista y crítico político.
Desde Tuxtla Gutiérrez,
Chiapas. México.

Estimado Conrado:

Creo que ya te comenté, que hace algunos años de repente me vinieron unos dolores de cabeza de poca madre y no había medicamento que lograra calmarlos. Gracias a Dios cuento con muchas amistades que al enterarse de mi mal, todos los días de todas las semanas me llevaban y recomendaban remedios y terapias de la más variada índole (creo que nuestro Himno Nacional debería decir: “… el cielo un curandero en cada hijo te dio”). Hubo quien me recomendó la acupuntura. Es cierto que en China tiene miles de años rindiendo un relativo alivio a algunos padecimientos y dicen que en anestesiología suple y aventaja todos los otros procesos, pero a mí sólo me quitó unos pesos de encima.

Una amabilísima señora me llevó un chorrito de los orines de Juan Pablo II, recogidos en una bacinica cuando pasó por Tuxtla Gutiérrez. Tal vez estaban benditos, pero yo no le entré y preferí tirarlos en la taza del baño. Cien pócimas me fueron recomendadas; una maestra me recomendó el cuachalalate, una vecina chiquiadores de ruda con alcanfor, una compañera de trabajo me recomendó 10 gotas de leche materna en ayunas y hasta se ofreció a obsequiármelas ella misma, pero no me dejó tomarlas directamente del envase, alguien más me recetó aceite de ricino hervido en una capa de cebolla morada, en fin. Hasta un buen amigo insistía en llevarme a sesiones espiritistas.

Una amable ñora me proporcionó ceniza de Sai Baba, que según el libro que consulté se trata de una fulguración que se aparece en la India, junto al lecho de un moribundo y que al extinguirse deja en su lugar a un joven moreno, con un lunar en la frente, tocado con un turbante de brillantes colores y vestido lujosamente. Toma al enfermo de la muñeca y lo sana. Después le pide que no cambie de religión, que siga con la que tiene pero que incremente su fe. Nuevamente aparece una llamarada que lo consume y deja un montoncito de ceniza, que es recogida, colocada en sobrecitos, y éstos una sociedad orientalista que tiene muchos adeptos en el país, la hace llegar a determinados enfermos. La ñora que me dio la ceniza me prestó un disco en el que se narra cómo, en Patri, pequeño pueblo perdido en las montañas de Nizam, en el centro de la India, nació a mediados del siglo XIX Sai Baba en el seno de una familia de Brahamanes, y cómo también, años después, reencarnó en Sathya, que es el joven que se aparece y desaparece después de realizar curas milagrosas… A mí me sirvió para pura chingada.

No hace falta decir, estimado Conrado, que en todos los actos de terapia tiene que haber un alto porcentaje de fe. Tú sabes que el organismo humano está estructurado de manera que hay una simultaneidad de impulsos físicos y síquicos. Quien diseñó esta portentosa máquina quiso que hubiera una correlación mental y física; la mente da la orden a la materia, pero ésta al actuar retroalimenta la función mental. O sea, que el pensamiento es posible gracias a la materia.

Huelga también decir que el creador de esta máquina le puso interiormente toda clase de defensas, no sólo las muy conocidas plaquetas y glóbulos blancos-gendarmes en el torrente sanguíneo, sino otros actos del sistema muscular y el endocrinológico, hay elementos ajenos y nocivos que se disuelven con ácidos, hay otras incomodidades que se eliminan con movimientos musculares, en fin, hay todo un sistema defensivo que se conoce como “el rechazo”. Si tú crees en tu médico, haces inconscientemente que tu pensamiento ordene a la materia que actúe en su propia defensa.

Como bien sabes, en la medicina tradicional hay los llamados “placebos”, que no son sino chochitos de azúcar o agüitas pintadas que sólo sirven para que el enfermo crea que está sometido a una terapia, y en el 85% de los casos se curan. Los brujos, los amuletos, la magia, también curan porque actúan como “placebos”, pero no estaba en mí someterme a ellos si de antemano sabía que no me ayudarían.

Sirva este rollo para que los enfermos de todas las clases se determinen primero por acudir a la medicina tradicional, pero ¡aguas! con el abundantísimo deporte de la curandería popular del mexicano que para todo cree conocer el remedio: “Embárrate el culito de un mosca”… “Ponte emplastos de caca de vaca para la calvicie”… “Toma té de boldo serenado en ayunas para la gordura”… “Dos vasitos de pulque diarios para la colitis”… “La tronada del empacho a los niños”, etc. Ojo al parche estimado Conrado, porque puede salir más caro el remedio que la enfermedad.

Te cuento que siendo niño (ya llovió, tronó y relampagueó) vivíamos por la calle Corregidora y había en la cuadra un vecino al que conocíamos como don Toñito “El Brujo” que se dedicaba a soldar tinas, ollas y sartenes. Pues resulta que los sábados cuando con mi hermano Francisco nos dirigíamos al catecismo, nos preguntaba al pasar:

- ¿Y a dónde van ustedes?

- Al catecismo don Toñito, respondíamos invariablemente e invariablemente nos reviraba:

- Mejor váyanse al Río Duero a bañarse y cortar jaras, eso les hace más bien que estar oliendo pedos de monja.

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