sábado, 19 de abril de 2014

4250. DEMAGOGIA.

Por Ernesto Reyes Flores.
Sábado 19 de abril de 2014.
Desde Morelia, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Demagogia.

El otro lado de la moneda es la demagogia, por lo que tomamos a la democracia como el mejor sistema de organización política; sin embargo, también existe otra concepción de la democracia.

En la Antigüedad, la inmensa mayoría de los intelectuales desaprobaba la democracia y ofrecía toda una gama de justificaciones. Hoy, sus homólogos admiten, con una misma aplastante mayoría, que la democracia es la mejor forma de gobierno conocida e imaginable. La palabra tuvo un uso peyorativo a lo largo de unos 23 siglos, e implico una fuerte desaprobación. Luego, luego desapareció del vocabulario popular hasta el siglo XVIII, cuando volvió a surgir como un término poco amable. En 1794, cinco años después de la Revolución Francesa, Wordsworth escribía: “es raro encontrar a alguien que utilice la palabra democracia en un sentido favorable”. Y agregaba, con una ironía provocadora: “pertenezco a esta clase odiosa de hombres llamados demócratas”. La idea era que, si bien un hombre ignorante y poco pulido era un desastre en sí, muchos hombres ignorantes y poco pulidos puestos juntos a hablar y a actuar serian una verdadera catástrofe. [1]

Como se observa, la democracia no era bien vista por los intelectuales antiguos, ya que permitía que los hombres vulgares e ignorantes, llegaran a tomar el poder político, recordemos que la mayoría siempre ha sido ignorante, vulgar, poco pulida y violenta. En nuestro país sigue siendo lo mismo que en la antigua Grecia, a pesar de los avances democráticos y educativos. Estamos hablando de democracias imperfectas.

En Política, libro VI, Aristóteles afirmaba que la mejor democracia existiría en un Estado dueño de vastas superficies rurales y con una población relativamente numerosa de cultivadores y de pastores “que, por su pensión en la campiña, no se junten a menudo,  y tampoco sientan la necesidad de este tipo de reunión”. Su maestro, Platón, era –ya los sabemos- radicalmente hostil al gobierno popular y, aun mucho más cerca de nosotros, Seymour Martin Lipset admite que tipo de gobierno, a condición expresa de que entrara en esa mezcla mucho más “gobierno” y mucho menos “popular”. En este caso, la virtud principal de la segunda parte de la ecuación seria la apatía. “la apatía política”, escribe W.H. Morris, “es un signo de comprensión y de tolerancia de la diversidad humana porque es un contrapeso más o menos eficaz contra los fanáticos que constituyen el verdadero peligro que amenaza la democracia liberal”. Cuando la democracia rechaza esta apatía salvadora y se vuelve ultravitaminada, su elemento más precioso es, según Miches, “la formación de una elite política que lucha competitivamente para obtener los votos”. Por  ironía del destino, la teoría política elitista se ha desarrollado con un vigor particular justamente en las dos democracias que, en la práctica, han tenido mayor éxito: Gran Bretaña y Estados Unidos, a pesar de que, en los orígenes de estos últimos, sus padres fundadores no tenían previsto una democracia, sino una república. [2]

Tengamos en cuenta que el modelo democrático es tomado por los países capitalistas, se adecua el modelo político con el  modelo económico.

Hoy, tanto “democracia” como “demócrata” se han transformado en palabras que implican la aprobación del conjunto de la sociedad. Tanto los adversarios como los partidarios de la teoría elitista, los manifestantes de tiempo completo como los pilares de las asambleas generales y los “plantones” populares, pretenden unos y otros defender la democracia. Todos quieren participar –en su diversidad y a pesar de su incompatibilidad- de la convicción de que la democracia es la mejor forma de organización política. Esta unanimidad en lo que concierne a las virtudes democráticas es un fenómeno absolutamente nuevo en la historia humana, ya que durante la mayor parte de esta la situación fue contraria. Sabemos, por experiencia, que los consensos equivalen a la desvalorización de los conceptos; pero no solo esto. Los consensos y las unanimidades son signos preocupantes de perversidad social, política e intelectual, porque ocultan la verdad de los desacuerdos. Huey Long lo había entendido perfectamente, cuando dijo que si el fascismo llegaba a Estados Unidos, seria con el nombre de antifascismo. El apoyo popular a McCarthy “representaba menos un rechazo consiente del ideal democrático americano, que un esfuerzo desviado y sincero para defenderlo”. [3]

Se mal entiende la democracia, se ha abusado del concepto democracia, lo que deriva en una mala práctica democrática. Nada es democracia y también, todo es democracia, de acuerdo a lo que me convenga en ese momento.

La democracia resolverá todos nuestros problemas y el Ángel de la Independencia tendrá una aureola. Hablamos de democracia para la solución de las cosas de la política y de la vida, incluyendo los problemas que tenemos en nuestras casas. Pero, desde hace 25 siglos, primero en Atenas, luego en el mundo, los hombres han reflexionado sobre esto que es, para nosotros, un juguete nuevo. La democracia se basa en un supuesto generoso: todos los hombres son iguales. Honra nuestra humanidad y nuestro proyecto de sociedad pensar que lo son. Esto significa que la voz del santo o la del sabio valdrán exactamente lo mismo que la voz del desgraciado. Pero si sabemos que, por cada santo, hay en promedio tres mil desgraciados, ¿acaso esto significa que siempre ganaran los peores?[4]

Atento a lo anterior, si comparamos este último párrafo, con la realidad, pues tiene razón, tal vez no siempre, pero si en nuestro país, siempre ganan los peores, incluyo la Guerra de Independencia, el Porfiriato, la Revolución y la posterior era de la Democracia, posrevolucionario, la era del PRI, la alternancia Panista y el regreso del PRI, con excepción de la Guerra de Reforma.

Como cada poder, el del pueblo (la demo-cracia) necesita contrapoderes. El primero será la representación. Pero el contrapoder más efectivo es la ley, aquella que contempla el largo plazo y que se llama Constitución, y aquella que funge en la cotidianidad y que suma tanto derecho civil como el penal. Otros contrapoderes, más o menos eficientes, pero absolutamente necesarios, serán las instituciones, que servirán para enmarcar la sociedad: este es el papel de los partidos, sindicatos, asociaciones, etcétera; cuya tarea, entre otras, era actuar como intermediarios entre los intereses de sus miembros y el interés común. Así es como funciona la democracia, con todos sus componentes: sufragio universal y contrapoderes.

Pero la democracia es un largo trecho. Como todo invento humano, tiene sus etapas. Estas han sido la representativa, la social y, en su decadencia, la de opinión. Esta última es la que se está viviendo ahora en la inmensa mayoría de los países. La democracia de opinión no nació de una evolución política, sino tecnológica: el desarrollo de los medios masivos hizo que estos ocuparan el papel antes encargado a las instituciones y que causaran su caída. Hoy, los grandes debates de la república no ocurren en la escuela, la iglesia, los partidos o los sindicatos, sino en los medios. Por ello van decayendo los intermediarios en perjuicio del equilibrio poder-contrapoderes del edificio democrático.

Y nosotros llegamos a la democracia de opinión sin haber pasado antes por sus dos etapas anteriores; llegamos a la democracia que maduraron en la práctica representativa y en la práctica social. [5]

Como nos muestra Ikram Antaki, primero es la Ley, plasmada en la constitución, después son las instituciones que de ella emana. Sin embargo,  explica como la democracia de los medios, se ha apoderado del poder, por lo cual tenesmos una crisis política, económica y social, es una crisis sistémica.

En el pasado, los enfrentamientos políticos se redimían con bellas frases acuñadas como sextetos de oro –de ser posible, en latín-, y el “Tu también, hijo mío”, se transformaba en drama isabelino ganando brillo por la magia de la pluma de un genio escritor. Difícilmente se podría hacer lo mismo con el discurso contemporáneo, pero nuestro folclor político nacional no es privativo de la mexicanidad, otras geografías lo conocen, y la vulgaridad se explaya en el vocabulario y en los gestos de los integrantes de prácticamente todas las instituciones de los países democráticos.

En el antiguo régimen de la revolución (1856), Alexis de Tocqueville escribe: “Tengo por las instituciones democráticas una simpatía cerebral, pero desprecio y temo a la masa”. Para Toqueville, las consecuencias de la democracia eran “el materialismo, la mediocridad, la domesticidad y el aislamiento”. No veía como un régimen así podía favorecer la expansión de las grandes individualidades.

Antaño, el maestro de maestros, Aristóteles, tenía que ocuparse de su único alumno, Alejandro, y el resultado de su trabajo era ejemplar; pero centenas de miles de hombres vivían en la animalidad. Vino la república moderna e instruyo la escuela pública gratuidad y obligatoriedad; millones de alumnos necesitaron centenas de miles de maestros: ninguno era Aristóteles, difícilmente habría un Alejandro. Los libros eran escasos y se dirigían a unos pocos lectores; para merecer el nombre de escritor había que escribir Hamlet, y el pensador se llamaba Platón o Descartes. Pero los cientos de millones no piden tanto; pensador puede ser un chistoso de feria, y aun los best-sellers puede llamarse libros. La medida del juicio es la cantidad vendida en el mercado de los jabones o de los impresos. La escuela, los libros, la información, ya no son el privilegio de unos pocos y esos está bien; pero, como todo, estos logros tienen un precio y el precio de la masificación es la baja del nivel educativo, del reflexivo, del literario…entre pocos abogados, el mejor se llamaba Cicerón; entre miles, pierde su nombre. [6]

Siempre ha existido una clase privilegiada económicamente, políticamente, educada y con “buenas costumbres”. Al contrario sensu, la mayoría de la población es grosera, vulgar, ignorante, violenta; en la democracia el peligro es que alguien de estos vulgares llegue al poder, por voto ciudadano. Este estilo de vida, la democracia, puede generar según Alexis de Tocqueville, una individualidad, un materialismo, un consumismo. La escritora-historiadora Ikram Antaki, da una explicación de porqué la educación ha bajado de calidad, es por la masificación, no solamente el nivel educativo, sino también el reflexivo y el literario. A esto podemos llamar los peligros de la democracia, que llegue alguien de la masa ignorante a gobernar.

Repetimos como loros la frase de Winston Churchill: “la democracia es el peor de los regímenes… con excepción de todos los demás”. Olvidamos su profunda amargura: en la política, las opciones jamás logran lo mejor, y la mejor de las políticas, las opciones jamás logran lo mejor, y la mejor de las políticas es la menos mala. La democracia republicana resuelve el asunto de la injusticia formal, la que hacía que los pocos pudieran imponer su voluntad a los muchos. En su lugar, los muchos, la mayoría, se pondrán a imponer su voluntad, su forma de ser, sus prejuicios, a los pocos, cambiando el despotismo monárquico u oligárquico por el despotismo de la masa. Cicerón llamaba a aquello el reino de mediocritas, es decir, de la medianía; de ahí nuestra palabra de la mediocridad.

Olvidamos que casi la totalidad de los filósofos clásicos se opuso a este tipo de régimen. Sócrates fue asesinado por él, y Seneca decía: “Tal es la opinión de la mayoría… por eso mismo es la peor de todas. La aprobación de la multitud es el indicio de que la cosa es mala. El vulgo (es) el peor interprete de la verdad”. Pero la disyuntiva no era entre lo mejor y lo peor, sino que habría de dar voz y voto, escuela, información, oportunidad, a los millones que esperaban a las puertas de la republica. El resultado no fue la creación de millones de sabios pero, con ello, tratamos de impedir que Mozart fuera asesinado…

Existe entre la democracia y el mercado una hermandad fatal; no es un azar que esta florezca bajo los regímenes de economía abierta y desfallezca cuando la economía se cierra. El mercado “vota” por el jabón que la masa prefiere, no necesariamente el más refinado. En la democracia, difícilmente representara a sus contemporáneos el más sabio, sino aquel que más se les parece, que habla y actúa como ellos. [7]

El reino de la mediocridad, es sin lugar a dudas el México de nuestros días, cuando la mayoría ignorante, la masa se pretende imponer, por “mayoriteo”, se convierte en populismo, pero cuando la minoría se impone con base en los medios masivos de comunicación, se vuelve una oligarquía, una plutocracia o Cleptocracía. Como lo decía con anterioridad, la democracia es el prototipo político, el capitalismo es el modelo económico. Y como lo anuencia la escritora-historiadora Ikram Antaki; quizá, algún día pueda gobernarnos un actor, que imite a un sabio (EPN).

¿Puede una minoría activa desvirtuar el voto de una mayoría y llegar a acallar su voluntad? Si. Treinta agresivos pueden imponer su voluntad en una asamblea, un Ágora, el espacio democrático por excelencia. Que cada uno participe con una voz igual puede parecer justo; pero no todos se presentan en el Ágora, no todos utilizan su voz, algunas voces están ahogadas bajo el volumen de otras más altas, y no basta con tener voz para tener la razón. Si bien, en un grupo de cinco, el argumento tiene la oportunidad de presentarse y medirse, en una asamblea de varios cientos, es el encanto de la retorica el que gana. ¿Qué vale la competencia, la complejidad claramente explicada, la responsabilidad evidente, frente a la agresividad, la labia o incluso el carisma?

Pronto se descubrió el mal en el ejercicio democrático; tenía por nombre la ignorancia y la violencia. En su Vida de Solón, Plutarco se declaraba sorprendido de ver que “entre los griegos, los ignorantes decidían”. De ahí surgía la importancia de la educación. Aristófanes lograba hacer reír a un público popular, dibujando la caricatura del sistema democrático: Cleón había sucedido a Pericles, y se buscaba, tras el, a alguien aun peor. Se escogió a un salchichero: -No me creo digno de un gran poder.” “-¿Acaso eres hijo de gente honesta?” “No, por todos los dioses, solo bribones.” “¡Qué  bueno!” “Pero, si no tengo la menor instrucción. Conozco mis letras, un poco mal”. “Tu única culpa es conocerlas. Dirigir a un pueblo no es asunto de un hombre instruido y de buena costumbres, sino de  un ignorante y un pillo”. [8]

En efecto una minoría puede imponer su voluntad sobre la mayoría, con base en la fuerza o en los medios masivos de información, alegando que es en nombre de la democracia. Por lo que en este sistema político, se pondera a la violencia y a la ignorancia, podemos observar los índices de violencia y la ignorancia en nuestro país, México 2014. Y la cita de la escritora-historiadora Ikram Antaki, es fabulosa, “Dirigir a un pueblo no es asunto de un instruido y de buenas costumbres, sino de un ignorante y un pillo”. En nuestro país, hemos seguido el ejemplo por doscientos años, con muy raras excepciones, llegando al máximo ejemplo en 2012.

En el debate sobre las cualidades respectivas de los diversos regímenes se decía que la democracia es mejor que el poder de uno solo, porque ofrece garantías contra la arbitrariedad y la violencia. Luego se describió que oponía, a la arbitrariedad de un tirano, la violencia de una multitud incapaz. “Escapar a la insolencia de un tirano, para caer en la de una masa desenfrenada, es intolerable”, escribe Herodoto. “El tirano hace las cosas a sabiendas de lo que hace; la masa ni siquiera se da cuenta".

La crítica no está inspirada por la mala fe, sino por la experiencia. La experiencia fallo. Atenas llego a la decadencia y fue vencida por Roma. La republica romana fue presa del desorden de los demagogos. A la conjura de Catalina siguió la restauración del imperio. Para César, para Octavio Augusto y para todos los que siguieron,  la democracia había fracasado y nadie más volvió a hablar de esas cosas durante siglos… Hasta fines del siglo XVIII y la Revolución Francesa. Entonces, se hablo de república. La piedra angular del sistema era la educación gratuita, universal y obligatoria. Para poder hablar había que saber, es decir: pasar por la escuela. Salvo que la escuela no es, no puede ser un espacio democrático, porque no es un espacio igualitario. Si lo fuera, los treinta alumnos de un salón le ganarían sistemáticamente al maestro que quisiera imponerles un examen. Aquí, hay uno que sabe y treinta que no saben. La escuela es un espacio neutro, que no obedece al voto, y que esta fuera de la vida real y de sus conflictos. Ahí se recibe la herencia, que es la suma de de los conocimientos que han acumulado los hombres. Pero es también un espacio conservador: se conserva la herencia, y se hereda; no se liquida para inventar otra cosa. [9]

En este orden de ideas, se retoma la idea de la democracia en la revolución francesa 1789, la base de este sistema era la educación gratuita, universal y obligatoria. También comenta que la escuela es un espacio neutro, no democrático y conservador. Me temo que tiene razón, la escuela es una institución desde entonces para formar al individuo, conforme al sistema, no lo prepara para revolucionar, sino para permanecer, por lo tanto no es ni remotamente democrática.

“En la democracia”, dice Tocqueville, “una observación superficial de la vida puede dar la impresión de una existencia realmente gris. Sin embargo, se producen emociones –en gran medida artificiales- que dan a lo cotidiano una vivacidad desconocida.” Al abrir la puerta a la libertad de expresión de la prensa, la democracia vuelve posible la crítica más virulenta y la invención diaria  de asuntos aparentemente dramáticas. Las pasiones cotidianas se escriben (o escuchan, o se ven) y “contrastan con la dignidad de las aristocracias. Los diarios, ávidos de cautivar la atención de sus lectores, usan todos los procedimientos de la provocación y dan a la vida pública una vulgaridad desconocida”. La vocación destructora de la prensa crea un clima de agitación emocional permanente. Esta agitación no concierne necesariamente a los problemas verdaderos, y subleva más pasiones ficticias que grandes causas políticas.

La vida política tiene su pauta en las elecciones, que sucinta verdaderas crisis nacionales. El interés de la mayoría de los ciudadanos, de hecho, poco cabe en estas elecciones, pero todo concurre para dar la impresión de que el interés general está en juego. Mucho antes de la fecha fatídica, la elección se vuelve el gran asunto que ocupa todos los espíritus: “Las facciones multiplican su ardor, todas las paciones artificiales que la imaginación puede crear, en un país feliz y tranquilo, se agitan entonces a la luz del día”. Crece la demagogia. Para ser elegido, el candidato “se prosterna” ante la mayoría de los electores y “se adelanta a sus caprichos”. Mientras más se acerca la fecha de la elección, más se dividen los ciudadanos, más se activan las intrigas: “la nación entera cae en un estado febril”.

Sin embargo, en el momento en que se revelan los resultados, toda la emoción se apacigua, vuelve a la calma y desaparecer el ardor colectivo. La democracia es propicia para las pasiones artificiales y, periódicamente, las crisis emocionales nacionales. Tocqueville se pregunta cuál es, en la democracia, la naturaleza de los peligros internos. Y contesta: al instruir el principio de igualdad, la democracia libera la avidez. Se trata de deseos, mucho más que de teorías o de creencias. Se multiplican las ambiciones y se comunica a toda la vida social un clima alejado de cualquier serenidad y atormentado por la insatisfacción. La pasión de la igualdad se inscribe en los fundamentos mismos de la democracia, y los pueblos la llevan hasta el delirio: “No digan a los hombres que están comprometiendo sus intereses más caros; están sordos”. A todos los niveles, la pasión de la igualdad lleva a la envidia, los celos y las ganas de dañar. Esta “envidia democrática” puede ser destructora y poner en peligro la libertad. La pasión de la igualdad encuentra satisfacciones vulgares y se nutre de las bajezas de los celos. Del resultado de este conflicto de pasiones dependen el mantenimiento de la democracia o su regresión hacia un nuevo despotismo.

La supremacía de la pasión igualitaria sobre el deseo de libertad tiene causas históricas profundas. Las naciones han visto la nivelación de los sujetos mucho antes de que se expresara el deseo de libertad. Esta pasión igualitaria ardiente, insaciable, los pueblos “la quieren en la libertad y, si no pueden obtenerla, la siguen queriendo en la esclavitud”. La historia nos lo ha mostrado que hay una oposición entre los deseos de igualdad y los deseos de libertad. Este conflicto forma un nudo invisible que hay que desenmarañar para permitir la secuencia democrática; como hay que resolver la paradoja que nace de la razón de ser de la libertad de prensa –la cacería del escándalo- y el sosiego necesario para la vida democrática: una vida nacional no sosegada (fuera, claro está, de las excepcionalidades épocas electorales) no permite el trabajo. Una vida nacional sosegada vuelve la prensa ilegible, inescuchable, invisible. Una vida económica activa significa la supremacía de la libertad sobre la pasión de la igualdad. Lo contrario llevaría a la muerte económica. La agitación y la envidia apasionada son hijas de la democracia. El sano aburrimiento y una cierta tolerancia  a la desigualdad y a la injusticia, son un alimento de madurez.[10]

El peligro de la democracia es las elecciones, que dividen a la sociedad, donde prospera la demagogia, paradójicamente las elecciones democráticas generan el abuso de la demagogia. Que vale más, la igualdad o la libertad, por supuesto la libertad, sin embargo la igualdad tiene este espejismo que hipnotiza al ciudadano común, que hace que entregue su libertad, por la igualdad. Dice la escritora-historiadora, que la vida económica activa es la supremacía de la libertad, sobre la pasión a la igualdad. Me pregunto si tienes razón Ikram Antaki, entonces las elites políticas tienen razón de ser; luego entonces, la mayoría ignorante y la minoría educada e informada, son resultado de un devenir histórico, no está bien, ni está mal, simplemente es. La función de idealistas revolucionarios, es tratar de cambiar este sistema, tal y como esta, a otro totalmente diferente.

Tocqueville no es un pensador “políticamente correcto”; con un singular avance, cuestiona el sentido de la idea democrática. La democracia no era, para él, otro sinónimo de la palabra libertad; esta última no se decreta, solo es una de las posibilidades del fruto democrático. La exigencia, el deber moral, constituirá entonces el aprendizaje de la libertad.

Este aristócrata de buena familia molestaba a los monarquitas, porque desaprobaba la herencia absolutista; como molestaba a los republicanos, por que no creía en la bondad absoluta de la voluntad general. Advierte que ser libre, no es estar feliz refundido en su casa, sin participar en los asuntos públicos; es invertirse de manera ilustrada en la vida local. La democracia es todo, salvo un régimen de total libertad. Hoy, su pensamiento suena como el eco de nuestros desencantos. No encontraremos en el pensamiento que consuelan ni nuevas utopías. Tocqueville desnuda la ambivalencia del hecho democrático.

Todo el mundo habla de democracia, pero no se sabe cual contenido darle, solo se piensa en ella en términos de forma de gobierno. La democracia es una forma de sociedad fundada sobre el prejuicio de igualdad, por lo que hay que hacer la limpieza en el reino de las ideas. Los saberes tradicionales son importantes, pero no nos dan los instrumentos adecuados para pensarla o, como dice René Char, “nuestra herencia no está precedida por ningún testamento”.

“La democracia ha sido abandonada a sus instintos salvajes, creció privada de los ciudadanos paternos.” La igualdad es su norma: ella es la que inspira el derecho y la que va a darle sus reglas al juego político. A partir del momento en que “las clases inferiores pueden hacerse elegir, la igualdad inviste las relaciones sociales”. Pero, ¿Cómo lograr articulación entre la aspiración de ser libre y la obsesión igualitaria?  Todos tienen por la igualdad  una pasión ciega, como lo son todas las pasiones, y pueden despreciar la libertad. ¿Iguales?, ¿Cómo?, si hay pobres… la igualdad surge de la liquidación  de la barrera simbólica infranqueable que existía entre los hombres desde su nacimiento en la sociedad aristocrática. Todo sistema que se instituye sobre la desigualdad asigna a cada quien un lugar determinado y organiza la humanidad por castas. Los lugares están designados por la tradición, o el uso, y la desigualdad es aceptada como norma y vivida como costumbre. La sociedad democrática instaura lo contrario: autoriza la movilidad, iguala las condiciones  y modifica las relaciones, superior-inferior. Se tiene así el sentimiento de que los roles ya no están distribuidos desde la eternidad, y se instituye una “igualdad imaginaria a pesar de la desigualdad real de las condiciones”. La democracia modifica el lenguaje: el sentido pertenece a todos, y se instala un lenguaje común cuya cualidad primera es la comunicación, no los matices; por ello se empobrece la lengua.

La democracia triunfa cuando se instaura una revolución del alma que modifica el orden simbólico de las representaciones: los hombres aprenden a mirarse como iguales. Aumenta entonces esta preocupación por la diferencia, que se despierta frente al universalismo democrático, y crece el deseo de singularidad: “cuando las condiciones difieren poco… el orgullo se agarra de las miserias y las defiende fuertemente”. Por ello, vemos surgir la nausea comunitaria; por ello también, la publicidad canta lo diferente. Lo risible es que nadie se pregunta: si todo el mundo es diferente, ¿Quién es verdaderamente diferente? [11]

Será posible que vivamos en el error y que creamos que la máxima culminación del hombre y su vida social es la democracia. Que hayamos vivido en el error durante mucho tiempo, doscientos años, más o menos, que sea la democracia el sistema político más justo, pero que a la vez, sea una base de control político, económico y social, donde la competencia y el individualismo son elementos válidos en el juego social, que permita la supremacía de una minoría educada, informada, rica y por lo tanto poderosa. Creemos que la democracia es sinónimo de libertad y de felicidad y así nos la venden, y así la compramos, es decir, así la aceptamos.

El homo democraticus tiene por nombre “individuo”. Este ya no comprende las figuras impuestas por la tradición y las rechaza. En la iglesia, quiere una liturgia simplificada, que se concrete sobre los principales artículos de la fe; aprende el tuteo. El individuo democrático no es un heredero; “es hijo de sus obras” (self made man); debe ganarse la vida. Su nueva condición es la de homo laborans. Al ideal aristocrático de la gloria y la grandeza para algunos, lo sustituye el sueño de una prosperidad general y compartida. La pasión por el bienestar corrompe el principio espiritual del hombre y hace retroceder su participación ciudadana. Por eso, también, observamos la desafección en la vida pública. La relación social, que no es natural, se construye con clases que se arriman unas a otras en una relación de jerarquía y de dependencia. La promoción del individuo, que significa que todo se vale; de ahí el nihilismo creciente, el reino de lo relativo y de las opiniones que se igualan, en lugar de la idea que distingue…

Lo que obstaculiza a la democracia, en muchos países, son los masivos vestigios culturales que obedecen a los principios de épocas y edades antiguas. La democracia ya no tiene gran cosa que ver con el uso griego de la palabra de hace 25 siglos. Posiblemente sea un nombre en clave para una macrotendencia de la modernidad que es el individualismo y, más precisamente, el individualismo urbano. Cuando los hombres occidentales se definen hoy, despreocupadamente, como demócratas, no lo hacen porque pretendan cargar con la “cosa pública” cotidiana como los ciudadanos atenienses, sino porque consideran que la democracia es la forma de sociedad que les permite no pensar en la convivencia. La democracia seria el consenso político de los “insociables apolíticos”, según la fórmula de Kant. El individualismo moderno fue el triunfo del sujeto; ha llevado también a muchos individuos a aislarse de la sociedad. Cada vez más individuos fluyen por la corriente de la soledad; los individuos se consideran como los últimos de su género, conducen su vida como el usuario terminal; muchos por ejemplo, ya no tienen hijos. El envejecimiento de la sociedad no resulta tanto del control natal, pero este es un dato que no miente: los hombres consideran su vida privada como el último eslabón del género.

En todas partes los hombres se están convirtiendo en vacuidades, los escenarios de la cultura celebran las inconsecuencias, dándonos la imagen de un mundo insulso. En la literatura, tenemos discursos como “¿acaso la novela policiaca es el futuro de la novela?” tratamos de los light en la literatura, en el cine, en el pensamiento; escuchamos hablar de una filosofía light, de diarios light, que se transforman en una subcopia de la televisión, con mas imagen y menos graficas. En todos los casos se trata de no fatigar, de no pedir demasiado y de divertir. Frente a este desmoronamiento social se yergue seres solitarios y vacios, que se consideran como los últimos.

La democracia parece descomponerse desde dentro. Una puerta abierta hace dos siglos con la Ilustración, parece cerrarse. La trinidad compuesta por el sistema representativo, el Estado-providencia y una inmensa clase media, parece condenada; en su lugar se instala la democracia de opinión. La representación está siendo contestada por la resurgencia del populismo y el antielitismo. Las elites se han convertido en los chivos expiatorios de nuestra modernidad.[12]

El individuo es un ser pragmático, quiere todo fácil, inmediato, nos volvemos relativistas y existenciales. El individualismo nos convierte en individualistas, competitivos y por lo tanto, en seres solos, dejamos atrás nuestra naturaleza social y política. En este juego, todo se vale. Es una pelea “vale todo”, a muerte. Por eso, el automóvil, la radio, la televisión y el internet han triunfado en nuestra sociedad de la inmediatez; lo quiero todo y lo quiero ya. Más allá de un avance tecnológico, son parte de nuestra sociedad del confort y el conformismo. Lo privado, esta por arriba de lo público, cuando debería de ser al revés. La clase media es la más representativa de este mundo, de esta forma de vida, consumismo basado en el individualismo y la competitividad. Vale más, quien más tiene, no quien más sabe, o quien más participa de la vida pública. Solo se producen seres vacios, frustrados, solitarios, vanos y superfluos. Se persigue la felicidad basada en el materialismo, en la acumulación. Seres intrascendentes y pragmáticos, que degeneran en seres violentos, corruptos, abyectos y criminales. Todo se deja a la opinión, al yo creo, no se basa en el conocimiento real, a los datos duros, a la información. Es según Ikram Antaki una democracia de opinión solamente, que no exige pensar, que no exige trascender, solo consumir y gozar, hedonismo puro, de escuela cirenaica (conseguir y buscar el placer, sin importar si se afecta a un tercero).

La sociedad solo guardó, de la democracia tradicional, la representación; ya no sabe ni deliberar ni suscitar adhesiones. La democracia se auxilia del plebiscito y, cuando se habla de plebiscitos, es que la sociedad ya está lista para la democracia de opinión.

La democracia traía en su seno por lo menos una contradicción. Allá donde había presidencialismo, ocurría la elección de un monarca republicano. Un nuevo sistema se instala; frente a frente encontramos la figura del jefe político y de la opinión pública. El ciudadano desaparece de manera ostentosa, los cuerpos intermediarios decaen, llegamos al círculo vicioso de un sondeo por día. Los sondeos corresponden a los criterios de una sociedad hedonista e individualista. La tiranía de la opinión sobrevalora las relaciones instantáneas de la mayoría y el reino de la emoción colectiva. A pesar del aparato estadístico, los sondeos no atestiguan la sofisticación de la sociedad, sino que muestran su regresión hacia un funcionamiento primario. A fuerza de pretender encarnar la opinión, los sondeos condicionan la acción política y domestican.

La opinión es fluida, se traduce en reacciones instantáneas; ante esta situación, los hombres políticos pierden toda capacidad de juicio y limitan su reflexión a imaginar lo que se espera de ellos.

El Estado se había dotado de un aparato compuesto por jugadores sólidos y reglas que habían acabado por legitimarlo. En la vida social los actores sociales estaban frente a sus patrones privados o públicos, pero en la gestión del Estado se encontraban colaborando unos con otros: defensores de los asalariados en la empresa, administradores del Estado fuera de ella. Los sindicatos se habían vuelto unos seres híbridos: progresistas por un lado y conservadores por el otro. Esta ambivalencia de unos actores a la vez protestatarios y respetables ha fundado la vida política. Al transferir la administración aparente del sistema social a los actores sindicales, la política se exonero de algunas responsabilidades. La democracia social tiene códigos y rituales: la huelga está regida por hábitos; las grandes misas sociales eran momentos fundadores de la vida colectiva. Y, mientras más formal era el debate, menos grande era el riesgo social.

Pero el Estado albergaba en su seno muchas injusticias. Hoy, la sociedad se ha transformado en una maquina ciega prisionera de los corporativismos. ¿Cuál es la diferencia entre el concepto respetable de actor social y una corporación? El primero conserva, más allá de los intereses directos de sus mandantes, una visión de interés general; la segunda solo existe por una defensa egoísta de sus miembros. El primero está dispuesto a compromisos de largo plazo; la otra pelea en cualquier circunstancia. El primero tiene tropas numerosas, la segunda tiene efectivos más limitados y reiniciaciones explicitas, composiciones más radicales. Los actores sociales se consideran parte constitutiva de la sociedad, el Estado fue concebido al mismo tiempo que ellos; los corporativismos son su enemigo.

Las corporaciones no necesitan tropas numerosas; necesitan un instrumento de chantaje hacia la sociedad entera. La democracia social constituía el completo de la democracia representativa, mientras que el corporativismo es el completo de la democracia de opinión. Esta evolución parece ineluctable.[13]

La opinión pública, frente al jefe político, sin embargo, quien representa a la opinión pública son los medios masivos de comunicación, este poder fáctico, ya está por arriba del jefe político, en este caso Presidente de la República. La ciudadanía y las Instituciones decaen y los poderes fácticos se fortalecen.  Las encuestan se convierten en la nueva verdad, que está sobre la base de una sociedad hedonista e individualista, como lo señala la historiadora-escritora Ikram Antaki, no son los sondeos de opinión, sino simplemente eso, una opinión en la que se trata de basar todo, desde la venta de un yogurt, hasta una opción política, por supuesto que están sujetas al mercado, estas encuetas de opinión, esto es; se venden al mejor postor. Las elecciones son una cosa parecida, se condicionan y domestican, no olvidemos que las encuestas y estudios de opinión provienen de una teoría conductista. Toda la acción política se concreta a influir en la encuesta, no hay propuesta política. El sistema político mexicano se compone de poderes facticos, con base en los poderes constitucionales, a su servicio están; políticos, partidos políticos y sindicatos, con el objeto de controlar a la masa social. En un tiempo el corporativismo fue enemigo de la República, ahora los son los poderes fácticos.

Nuestra época ve un fenómeno de transformación parecido a aquel que engendro el capitalismo más violento. En lugar de los contratos colectivos, los salarios personalizados. La personalización de las relaciones rompe las solidaridades. Vemos una evolución desigual de los ingresos, de la educación, de la salud, etcétera. Y la psicología colectiva amplifica las frustraciones, como ayer las atenuaba. Pasamos de una sociedad vertical con la clase media como pivote, a una sociedad horizontal, con un centro inmenso y una periferia. Ya no se trata de estar up o down, sino in o out. ¿Cuáles son los valores comunes que pueden unir a la gente cuando dejan de funcionar los mitos unificadores? Los desordenes históricos van juntos. No hay democracia representativa sin democracia social, y no hay democracia social sin una clase media triunfadora: hoy las tres entidades decaen a la vez.

Vemos la instauración de un nuevo régimen político cuyos rasgos son su dominio de los medios y un contacto directo con la opinión, con la debilidad del armazón institucional. El Estado se ha vuelto rehén de la opinión, en lugar de ser su tutor. Vemos un paralelo entre la opinión, en lugar de su tutor. Vemos un paralelo entre la elección y el consumo, y un acercamiento entre la opinión y el mercado: emotividad, inestabilidad, incertidumbre son los rasgos de la democracia de opinión. Todo esto no basta para fundar el interés general; este y la democracia de opinión pueden ignorarse. ¿De dónde saldrá el interés colectivo? [14]

El neoliberalismo es una etapa del capitalismo más extremo, más depredador del ambiente ecológico, más explotador de la raza humana, con más ambición por acumular más capital.

Decíamos con anterioridad, que el capitalismo funciona dentro de la democracia, ya que la democracia exalta el individualismo, la competencia, el consumismo que conlleva a la división social. Y para que exista consumismo, necesita haber una clase media con poder económico. Se devalúan las instituciones y los poderes fácticos gana terreno, adquiriendo más poder político, las elecciones entran dentro del mercado, se compra y se vende el voto.

Dice Cicerón: “siempre ha habido, en nuestra ciudad, dos tipos de hombres; unos, los demócratas; otros, los aristócratas. A los que querían ser agradables a la masa se les llamaba demócratas; a los que querían aprobación de la gente sensata se les llamaba aristócratas”. Hoy, llamaríamos a los primeros demagogos y a los segundos demócratas; los demagogos acabaron con la vida de Cicerón.

La palabra demagogo, en un principio, significaba “jefe de pueblo”; en el siglo V toma el sentido desfavorable que tiene hoy y pierde su primer sentido. El mal que representa fue analizado por Tucídides y muchos otros autores, la similitud de sus quejas es lancinante. El principio de esta demagogia seria definido por Tucídides, cuando opuso la firmeza de Pericles no se dejaba llevar por la masa, no recurría a fuentes ilegitimas, jamás hablaba  para gustar; en cambio, usaba su autoridad para oponerse a las pasiones populares; él era “el primer ciudadano” que gobernaba a su pueblo.

La democracia, en su principio, favorece a la demagogia y alienta la alabanza. Las democracias se proclaman del pueblo y de sus meritos. Herodoto habla del peligro de la democracia, que viene del poder que tiene en ella unos oradores interesados, hábiles en la tarea de alabar. La democracia ateniense tuvo la experiencia de esos demagogos, cuyas ambiciones llevaba a acaparar las pasiones populares. Dice Tucídides: “los hombres buscaron el placer del pueblo, de el hicieron depender la conducta de los asuntos; resaltaron de ello errores importantes”. En Las Suplicantes, Eurípides dice que “la inferioridad de la democracia  consiste en la existencia de oradores que se dirigen al pueblo, parecen estar de acuerdo con él en todo; pero solo buscan su propio interés. Estos hacen hoy las delicias del pueblo y mañana harán su desgracia; para disimular sus culpas, calumnian”. A veces, la gente se dejaba llevar por “el placer de escuchar injurias, calumnias y burlas”; en las asambleas, los discursos buscaban gustar. La demagogia alentaba una tendencia ya natural, el placer del pueblo se volvió decisivo.

Los deseos del pueblo pueden tomar otras formas  en las democracias modernas; pero, como en la Antigüedad la masa esta movida por las mismas pasiones: la esperanza, la ira o la piedad. En la Constitución de Atenas, atribuida a Jenofonte, se concluye que no conviene dejar a todos el derecho de tomar la palabra y de participar en las deliberaciones. Herodoto muestra con qué facilidad el pueblo puede ser engañado por la elocuencia, pues “es más fácil engañar a muchos hombres que a uno solo”. Eurípides dice: “la masa es una cosa temible, cuando sus jefes son perversos”. Píndaro escribe: “Mientras más grande una masa, más ciego su corazón”. Y Aristófanes asimila la masa a los fenómenos naturales violentos y transitorios.[15]

El demagogo moderno es quien quiere agradar a la masa, a la multitud, en la Grecia antigua así se les llamaba a los demócratas. Demagogo quiere decir Jefe del pueblo, dice la autora que en el siglo V pierde este sentido y toma uno desfavorable. El que trata de buscar el aplauso fácil de la masa, en realidad busca su propio interés. El placer del pueblo se volvió decisivo, los estadistas en cambio, hablan sin la búsqueda del gusto de la masa, al contario, le hablan fuerte y sin recato. El demagogo habla a la masa y se basa en sus pasiones, la esperanza, la ira o la piedad.

Hoy es común considerar que el pueblo se opone a las guerras y atribuir estas a los intereses de los industriales en armamento o a los políticos; pero la experiencia histórica muestra la falsedad de esta aseveración: existe una exaltación comunicativa, un fenómeno que transforma una colectividad de gente sensata en una masa ciega y excesiva. En La República, Platón dice: “¿cual educación resistiría ante estas olas de elogios o de críticas?”, y habla de aquellos que, por asimilación ya no se atreven a creer en otros valores que los de la masa.

En nuestras democracias modernas, el pueblo jamás esta oficialmente reunido, pero la amplitud de las propagandas da una idea de que podría pasar cuando miles de personas se suman para gritar y actuar. El principio mismo de la democracia está siendo falseado, porque no hay una verdadera libertad de palabra cuando el pueblo solo quiere escuchar a aquellos que solo alaban sus deseos; “la verdadera de palabra esta exiliada fuera de la deliberación”, dice Demóstenes, en Las Filípicas; “ustedes se deleitan en escuchar a quienes los alaban con discursos que solo buscan gustarles”. ¿En qué consiste la alabanza? En prestar al pueblo toda suerte de meritos, engañar, acariciar la vanidad, elogiar, invocar el brillo del pasado. En Los arcanos, de Aristófanes, se escucha hablar de “la brillante Atenas” y con esa palabra “brillante”, obtienen lo que quieren, cuando solo es un calificativo propio para las sardinas”.

Esta forma de alabanza no es ni la más importante ni la más hipócrita. La más peligrosa consiste en hacer creer al pueblo que lo desea es posible. Se puede alabar al pueblo con cifras que parecen ser promesas, con hechos que procuran satisfacciones inmediatas, pero que comprometen el futuro. Alabar al pueblo es prometerle lo que desea e incluso dárselo; es la tentación más fuerte de un hombre político. La reacción razonable, según Tucídides, viene del temor: la masa vuelve a ser pueblo solo en tiempo de crisis. Contra esta tendencia, la única medicina es la existencia de unos jefes honestos y clarividentes, capaces de hacerse escuchar, como Pericles o Demóstenes. Plantón, Aristófanes, Eurípides, esperan del político la razón; Tucídides expone como toda la política ateniense se explica por la actitud que tuvieron los hombres de Estado hacia los deseos del pueblo, y establece un contraste entre Pericles y sus sucesores; este supo mantener al pueblo en las vías de la razón. Después, llegaron los que lo alabaron. Pericles, “en lugar de dejarse dirigir por la masa, la dirigía, no hablaba para gustarle, cada vez que veía a la gente caer en una insolencia loca, le hablaba con dureza”. Al ver que el pueblo se excitaba mucho, decidió no llamarlo más a las asambleas o a las reuniones, y tuvo que aguantar las iras del pueblo que esperaba demasiado de él. Nicias también se enfrentaba al deseo del pueblo.

Dice Demóstenes que los oradores no deben hablar “en el sentido de lo agradable sino buscando siempre lo mejor y, por su bien, oponerse a la voluntad de la gente, jamás buscar agradarles, sino siempre serles útil. Aquel que lo hace es un hombre de corazón y un buen ciudadano; no es este que, para comprenderles, sacrifica los intereses más grandes de la República”. Esta lección vale para toda la democracia. El papel del jefe consiste en corregir los impulsos populares. Si no tiene suficiente autoridad para poder oponerse a las tendencias del pueblo, se verá obligado a hablar en el sentido de su pasión. Más tarde los dirigentes de Atenas fueron iguales al pueblo, buscaron su placer, y de este hicieron depender la conducta del país. La actitud de los sucesores de Pericles consistió en seguir el sentido de los deseos populares. El demagogo Cleón era “el más violento de los ciudadanos y, de lejos, el más escuchado por el pueblo”, escribe Tucídides. Su política coincidía con la irracionalidad popular. Después de Cleón, vino Alcibíades. Tucídides hace decir a Pericles: “la culpa es de los malos organizadores de los discurso. La gente se deja convencer por la incoherencia y la irresponsabilidad, está dormida por el placer de escuchar; la confianza insolente de las ambiciones mal calculadas lleva al desastre”. Mientras más alabadores y más violentos, los demagogos son más aceptados. Orestes no teme al juicio de los dioses, sino al de una asamblea popular, donde la opinión más violenta acaba siempre por ganar. “porque cuando una palabra agradable se suma a un espíritu insensato para persuadir a la masa, es una gran desgracia para la ciudad”. El rey Menelao no se atreve a oponerse al deseo del pueblo: “recrudecía cada día más el salvajismo y la rabia en los espíritus”, escribe Tucídides. Aquello no tardo en perder a la ciudad; aparecieron las convulsiones que llevarían a Atenas a la guerra civil; la gente estaba en plena efervescencia. En este momento, Alcibíades, el hombre que había seguido a la masa cuando su propia ambición coincidió con los deseos populares, supo evitar la guerra.

Cicerón vivió, en el siglo I, la tentativa golpista de Catilina. Unos candidatos extremistas del partido popular, pero de origen noble, trataron de hacerse del poder. Cicerón, quien pertenecía al partido conservador aunque él era de origen popular, protesto contra estos aventureros. La conjura, de Catilina junto a todos aquellos que tenían algo que reprochar al orden establecido. Catilina subraya los abusos de la corrupción, a la vez que usaba la provocación seudoideológica de un aprendiz de dictador. No se trababa de reorganizar el Estado, sino de sustituir con otras personas a aquellas que ocupaban las pasiones del poder. La palabra libertad disimulaba aspiraciones mucho menos nobles; alrededor de Catilina se encontraban “los endeudados que no querían pagar. Eran hombres que,  pesar de sus considerables deudas, tenían propiedades aun más considerables; esperaban obtener de la paz; gente hundida en su pereza, o en la mala gestión de sus  asuntos, o en sus niñerías; por fin, los especialistas de todas las revoluciones unos no tienen barba, otros tienen una barba artísticamente recortada, toda la actividad de su vida se desarrolla en los festines que duran hasta la madrugada”. Cicerón busca la solución en la ley, en los expedientes jurídicos y morales; era un conservador que rechazaba la aventura y en este asunto sello su destino. Los reaccionarios lo despreciaban, los revolucionarios lo consideraban como su enemigo; él veía a los hombres transformarse en bestias feroces. El clima en Roma era deletéreo; la  República se moría.

El único remedio consistía en estimular, por medio de la palabra, la lucidez de los conciudadanos; gastar  energía aleccionando al pueblo; buscar con todos los recursos de la elocuencia como despertarlo. Demóstenes no cesa de reprochar al pueblo su inercia y su irreflexión, con la esperanza de sacarlo de ella. Los más fervientes amigos de un pueblo se reconocen en lo áspero de sus regaños: quieren ser sus educadores.

Hay que moderar los excesos de la democracia. Los verdaderos elogios de la democracia no insisten sobre la igualdad, sino sobre el principio de competición abierto a todos y sobre la ley del merito. La igualdad democracia se funda sobre el principio de justicia, y la reflexión le opone otra justicia  fundada sobre la diferencia y la proposición.[16]

La masa es manejada por sus pasiones y por los gobernantes, los demagogos se encargan de decir lo que el pueblo quiere escuchar. La promesa y la dadiva son propias de los políticos modernos. Solamente un líder capaz, con valor y determinación, es vacuna contra la demagogia, contra la masa exacerbada e ignorante. El papel del gobernante es corregir los impulsos de la masa, frenarlos y corregirlos, aun en contra de la masa misma. El problema real de la ciudadanía en México es que falta este tipo de gobernante capaz, un estadista.

ES TODO CUANTO
FRATERNALMENTE
ERNESTO REYES FLORES



[1] Antaki 2000, 145.
[2] Antaki 2000, 144.
[3] Antaki 2000, 144-145.
[4] Antaki 2000, 145.
[5] Antaki 2000, 146.
[6] Antaki 2000, 147.
[7] Antaki 2000, 148.
[8] Antaki 2000, 149.
[9] Antaki 2000, 150.
[10] Antaki 2000, 152-153.
[11] Antaki 2000, 154-155.
[12] Antaki 2000, 156-157.
[13] Antaki 2000, 157-158.
[14] Antaki 2000, 159.
[15] Antaki 2000, 159-160.
[16] Antaki 2000, 164, 165. 

4249. GABO, EL ENTRAÑABLE.

Por Jenaro Villamil.
Abril 18 de 2014 - 0:00
COLUMNAS. Villamil en SinEmbargo.
Enviado por SINEMBARGO. Para
Tenepal de CACCINI

Es inevitable que cada celebridad de la literatura lo consideremos como parte de nuestra familia, de nuestra intimidad, de nuestra vida. Pocos escritores como Gabriel García Márquez tuvieron para más de tres generaciones la extraordinaria capacidad de “entrar” en nuestra cotidianidad, al grado de considerarlo como un amigo, un confidente, un narrador que intuía nuestros secretos. Ahí radicó su talento de volverse entrañable.

Mi fascinación por García Márquez fue como la de miles de sus lectores: desde El Coronel no Tiene Quien le Escriba y más con Cien Años de Soledad, dejé de leer y releer la Biblia para meterme en la galaxia de la familia Buendía, en sus múltiples aventuras y desventuras, para encontrar en cada uno de sus relatos la construcción de un mundo trágico y gozoso.

Todos habitamos un Macondo hasta convertirla en nuestro Génesis y nuestro Apocalipsis. La capacidad literaria de García Márquez consistió en transformar nuestras aldeas individuales, oníricas y religiosas en un símbolo inagotable para de la realidad.  Sin la Biblia, Cien Años de Soledad sería inexplicable. Pero gracias a García Márquez los relatos bíblicos nos transformaron a todos en pueblos elegidos de nuestra historia, en patriarcas de nuestros paraísos perdidos.

Después del Premio Nobel de Literatura de 1982, García Márquez logró la hazaña de volver a sorprendernos con El Amor en los Tiempos del Cólera.  Y desde entonces ya sabíamos sus lectores que Gabo estaría para siempre en nuestro imaginario. Incluso, en su novela más “políticamente incorrecta”, Memorias de mis Putas Tristes, el colombiano logró agitar el debate sobre la pederastia y la literatura.  Muchos reaccionaron contra García Márquez como si fuera nuestro tío abuelo lúdico e incorrecto.

La mercadotecnia editorial llamó a su estilo “realismo mágico” para etiquetarlo en las clasificaciones occidentales. Y él siempre decía, entre sus amigos, que lo único que logró fue fusionar su fascinación por Joyce y Faulkner con su gran oficio periodístico. Fue lo que muchos hemos querido: un periodista más allá de los géneros y un fabulador extraordinario de la realidad que siempre supera la ficción.

“Nadie tenía mejor memoria que él”, me confió un día Carlos Monsiváis, otro memorioso inolvidable, que conoció y procuró a García Márquez, quien siempre se deslumbraba con el sentido de humor ácido y puntual del Gran Gato.

Gracias a Monsiváis y a ese generoso anfitrión que fue José María Pérez Gay y su fiel compañera Lilia Rosbach, conocí a García Márquez en una comida dominguera en los aciagos días posteriores a la crisis electoral de 2006.

García Márquez llegó con Mercedes, su inseparable compañera. Y era un devorador voraz, no sólo de comida, sino de chimes, intrigas y “conspiraciones” como a él le gustaba decir. Su interés por los sucesos en México, su Macondo adoptivo, era irrefrenable.

Leal hasta los últimos años al régimen de Fidel Castro, García Márquez procuró ser un intermediario más allá de lo literario con una revolución boicoteada por Estados Unidos y por sus propios errores.

Algunos justificaban la fascinación del Gabo por Fidel Castro como la atracción de todo literato por un personaje legendario en vida. García Márquez simplemente utilizó más allá de lo que muchos saben y conocen esa extraordinaria interlocución con el comandante para lograr abrir puertas en el Macondo isleño. Muchos le deberán a García Márquez esa extraordinaria generosidad frente a Cuba y el mundo.

García Márquez siempre consideró el periodismo como su oficio primario y a la literatura como su amor constante. Así lo confiaba en aquella comida dominguera en una casa de Coyoacán. “Podrá morir la literatura, pero nunca el periodismo. Menos en México”, atinó a decir en aquel encuentro.

Su imaginación y sus supersticiones tan fascinantes como su sentido del humor eran típicos de un Piscis, como le gustaba decir también. En Vivir para Contarla, su autobiografía, García Márquez rememoró que al ser publicado Crónica de una Muerte Anunciada, su madre lo leyó y le dijo: “una cosa que salió tan mal en la vida no puede salir bien en un libro”.

Ese fue el objetivo siempre de sus relatos. Recrear lo más trágico hasta convertirlo en un símbolo indeleble como en el rastro de nuestra sangre en la nieve. El amor en tiempos de Macondo no volverá a ser igual, gracias a que García Márquez nos enseñó que en todas nuestras historias está un mundo único e irrepetible.



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