jueves, 3 de septiembre de 2015

6560. UN ÁRBOL PARA DORMITAR.

Enviado por SINEMBARGO.
Desde México, D. F., para
Tenepal de CACCINI

Agosto 31, 2015 - 00:05 hrs.

Tres años de borrasca. Nos caminamos el país con el rostro cubierto por el polvo de la decepción, con el Cristo en la boca. No fueron suficientes 7 mil 611 millones de pesos en maquillaje –de acuerdo con el reporte de Fundar y Artículo 19–, sólo del Gobierno federal (publicidad oficial), sólo durante 2013.

La lección (no aprendida) es que al menos una parte de la verdad saldrá a flote tarde o temprano. Y te dará en la cara. Eso le ha pasado al gobierno de Enrique Peña Nieto.
No se quiso aceptar que la violencia merecía todo el esfuerzo del Estado, y no sólo una operación de maquillaje y manipulación de cifras (como se hizo en el Edomex). Se operó para sacar, de las portadas de los diarios y de la televisión, el contador de muertos –entre otras cosas–. Pero no pudieron sacar a los muertos de la calle. Resultado: si se revisan las preocupaciones del sector privado, expresadas en el reporte mensual que emiten los analistas del Banco de México, la inseguridad es el primer factor de riesgo para la economía. Diga lo que diga Luis Videgaray. Diga lo que diga Miguel Ángel Osorio Chong. Y esa percepción está en las calles, en la gente. No sólo entre los especialistas en economía.
Se hizo de lado la urgencia de hacer justicia a los más pobres. Todo lo contrario, hubo reparto para los más ricos: las reformas “de gran calado” que tanto presumieron el Presidente y su equipo, Jesús Zambrano (PRD) y Gustavo Madero (PAN), se concentraron en regalar la riqueza nacional (agua, energéticos, metales, bosques y ríos, tierra y mano de obra) y ahora se pagan las consecuencias. Unos dicen que el boquete de una mala estrategia es de 350 mil millones en la economía nacional; otros la calculan en 600 mil millones. Las reformas no trajeron bienestar y abrieron oportunidades sólo a unos cuantos; y en dos años, 2 millones de nuevos pobres se sumaron a los que ya existían.
El Gobierno ignoró que se venía arrastrando una crisis de derechos humanos, y los casos se multiplicaron. En estos tres años, los ataques a la población civil se volvieron más rudos, más brutales. Tlatlaya, Iguala, Ostula, Apatzingán: todos estos casos ponen sangre en las manos del Estado. Los periodistas y los medios sufrían un embate del crimen organizado y de los gobiernos, y lejos de que la administración Peña Nieto se comprometiera, los casos se volvieron más descarados, abiertos, incontenibles. Javier Duarte suma muertos, Roberto Borge encarcelados, mientras que Adrián Rubalcava, un político relacionado (según él) con Carlos Salinas de Gortari, se dio manga ancha, en medio de tanta impunidad, para denigrar y acosar a periodistas, medios… ¡e incluso a políticos del mismo partido del Presidente, el PRI!
Tres años de borrasca. Caminamos con el rostro cubierto por el polvo sucio de la decepción y la impunidad. La economía se hunde, la crisis de derechos humanos crece, la violencia no cede y la certeza de que estamos en manos de rufianes y corruptos se acentúa. Rufianes que se reparten el país desde el gobierno. Rufianes que saquean, desde los partidos y en plena crisis, las bolsas de los mexicanos.
Rufianes que reparten teles como pasteles –escribió la periodista Daniela Barragán en un reportaje publicado en SinEmbargo este fin de semana– en comunidades que no tienen, siquiera, pavimento.

***

Pero lo peor no está allá; está aquí. Lo peor de este país no está en ellos: está en nosotros.                                                                                                                                             
La pobreza nos aburre, y frente a los abusos nos escurre la baba. La corrupción nos da hambre de mediodía y si secuestran al vecino, o lo matan, o se llevan a su madre o a su padre o a su hijo, nos dan más ganas de ver televisión y votar por el PRI.
Un puñado de corruptos que se despierta temprano se apodera de México, mientras los demás nos levantamos cansados y tarde, babeando. Nos meten la mano en la bolsa para saquearnos, le meten mano a la alacena y al ahorro para la escuela de los hijos y vamos tan campantes al parque sin árboles a comer rebanadas de baba.
La ira por los casos más indignantes apenas dura lo que dura un capuchino light. Nos sentamos bajo el árbol adelantadamente cansados antes de marchar, y si llegan y talan el árbol y en la tala nos cortan una pierna, buscamos, a rastras, el árbol que está a un lado para dormitar.
Los mismos mexicanos que “acabamos” con un sistema inútil y corrompido de más de 70 años lo volvimos a instalar, apenas unos años después. Y qué. Seremos, si bien nos va, lageneración baba: Los que babearon mientras eran robados; los que babearon frente a la televisión mientas en la banqueta de enfrente mataban al vecino. Los que pasearon hijos en los parques de baba y aceptaron babas de democracia, progreso y bienestar mientras dormitaban, a baba tendida, bajo el árbol de la conformidad.


Periodista, escritor.

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