domingo, 13 de septiembre de 2015

6600. TONTOS, CIEGOS, DUEÑOS DEL MUNDO.



Enviado por SINEMBARGO.
Desde México, D. F., para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Septiembre 12, 2015 - 00:01hrs.

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Imagen tomada de la red

No es que la felicidad sea vulgar, pero casi.

Al menos la de estos tiempos, quiero decir. La felicidad asociada a los logros.

Justo ahora hay una mujer frente a  mí tomando champaña en una minúscula y alargada copa que contrasta de un modo esperpéntico con la sudadera rosa que lleva encima, el bolso animal print que simula la piel de un cheeta, las manos regordetas coronadas por unas uñas deslumbrantes gracias a la piedra swarovski que se ha colocado en cada una. Diez piedras brillantes en las manos. Ah, el discreto encanto de los secretos de belleza femeninos.

Cada piedra querrá decir algo importante para ella.  Supongo.

Y si se le desprende una representará una pérdida importante. Supongo.

Los viajes ilustran, es verdad. Iluminan sobre las maravillas del mundo, de otros países, de otras razas. Pero también echan luz sobre lo universal de nuestras prácticas más ridículas y torpes.

Siempre que salgo de México regreso con la misma conclusión: la tercera guerra mundial ya ocurrió, se llama sociedad de consumo; la verdadera globalización es la transversalidad de las clases sociales. La clase media en Occidente, por ejemplo, no se diferencia mucho en conductas, expresiones, hábitos y preferencias de compra; los íconos de identidad son muy parecidos.

Gritamos, manoteamos, compramos algún souvenir, nos quejamos del clima, comemos y bebemos como si estuviéramos en competencia. Todo normal, somos animales de costumbres fuera de nuestro hábitat y hay que aprovechar para descarriarnos de la rutina. Vale.

Pero lo que no logro entender, es la absurda compulsión por las fotos y las selfies que parecen haber llegado para reemplazar el sentido de la vista y para mutilar la capacidad de experimentar la belleza.

Ahora me explico.

Supongamos que usted arriba a un paisaje descojonante. La visión de una cordillera montañosa que le rompe todas las imágenes registradas hasta ahora en su cerebro, o supongamos que le toca presenciar una aurora boreal. O que, por fin, a sus cuarenta años, puede pararse frente a la pintura que más anheló conocer desde que era adolescente; o que ahí, delante de usted, está ni más ni menos que el Taj Mahal o las pirámides de Egipto, o los osos polares o un tigre blanco.

Yo qué sé. Escoja una situación o diseñe la que le más se le antoje.

Ya tenemos su evento extraordinario.

Ahora bien, esto es importante: recordemos que usted fue dotado de un maravilloso par de órganos que le permiten mirar. ¡Usted puede ver con sus propios ojos y moverlos a placer: izquierda, derecha, más arriba, más abajo, fijarlos en un punto, cerrarlos y volver a abrirlos en cuestión de nanosegundos y experimentar cambios de luz!

Usted puede observar, contemplar, y lo mejor: quedarse con eso que miró guardado en su interior. Para siempre.

Conservar la imagen hasta el último día de su vida. Y será única, los filtros y acabados de su memoria jamás serán igualados por los de nadie, por ningún software ni App gratuita para retocar fotos.

Usted ha visto.

Y usted ha sentido algo, acaso le ocurra el milagro de no tener una palabra para definir eso que siente. Acaso le vengan asociaciones absurdas como nombrar a su emoción con un color o con ritmo o con un nombre, acaso le ocurra una experiencia mística y tenga ganas de llorar porque sí, porque la vida es tan cortita, porque sus ojos han visto eso y alguien a quien usted ama no ha podido verlo, porque alguien a quien usted ama está ahí mismo, a unos cuantos centímetros tomándole de la mano; porque la existencia es un privilegio y un misterio, porque la hermosura duele.

Usted ha experimentado la belleza.

Voy a seguir, ténganme paciencia, con una serie de preguntas pertinentes.

¿Por qué insospechado motivo, razonamiento o endemoniada posesión, usted o yo creeríamos que a esa imagen de belleza le viene bien pararnos frente a ella con nuestra gorra de hinchas del equipo de futbol, nuestros shorts de niño explorador tardío o esas cómodas sandalias tan ergonómicas como feas y tomar una foto para aparecer nosotros en primer plano y que allá atrás, en algún lejano ángulo, se adivine lo extraordinario cubierto por nuestra ordinaria y obvia presencia?

Digo. Está de pensarse.

Tengo otras preguntitas nomás.

¿Vamos a los lugares para experimentar en carne y hueso esas vivencias extraordinarias o para tomar fotos?

¿Ser y estar es tomarse la foto?

¿Si no hay foto, la experiencia no existió?

¿Qué estrecha narrativa del mundo es la que nos contamos si eliminamos la parte expansiva de esos viajes y todo se reduce a yo en mi foto tomada con mi teléfono móvil mientras estuve aquí, allá, acullá o en el culo del planeta?

Atravesar las antípodas y no seguir viendo más allá de nuestra nariz. Te alabamos, señor.

La mujer del swarovski y bolso animal print le ha pedido a su amiga que le tome una foto delante de La noche estrellada de Vincent van Gogh.

Ese cielo palpitante, desbordado de tal belleza violenta, de tanta locura y de tanto sufrimiento ha quedado atrás del rostro regordete de la mujer que, en un gesto caricaturesco para emular sorpresa, desorbita los ojos y se coloca las manos sobre la boca abierta para que en la foto del recuerdo luzcan bien y en primer plano sus uñas con piedras brillantes.

¿Quién velará por la belleza si seguimos bajo el dominio del imperio de la felicidad y los logros?
No, no es que la felicidad sea vulgar, pero casi.


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