lunes, 14 de septiembre de 2015

6605. ENCHÍLAME OTRA.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Enchílame otra.
La Nena, Licha y Cleta eran tres hermanas solteronas, del lado materno-toluqueño del berenjenal genealógico de este menda, dedicadas a administrar centavo a centavo lo que heredaron de su “papacito”, que vivieron siempre juntas en la casa en que nacieron y de la cual -de una en una-, salieron al tener su acta de defunción debidamente requisitada (la más pollita murió de 92). Estas tres viejitas tenían obsesión por la alcurnia y tenían una bonita colección de legajos, cédulas reales, papeluchos y títulos, con que probaban que su parentela paterna era de duques, marqueses y condes, y del lado de su mamá -que había muerto en “olor de santidad”-, era una colección de obispos y cardenales suficiente para armar un concilio. Hacía mucho difuntas, se enteró este menda que todo era cuento, el papá se había hecho rico con cantinas y burdeles y la mamá se dedicaba a la usura. Ni modo que lo contaran. 

Estamos ya en pleno mes patrio. Nuestra historia oficial es un amasijo de medias verdades y mentiras que resulta muy desagradable porque no hace falta andar con tanto cuento. Ayer mismo se celebró otra vez lo de los Niños Héroes… culto a la derrota y a las mentiras oficiales: ¿niños?... dos: Vicente Suárez (tenía 14 años con 5 meses), y Francisco Márquez (casi 14 años); los demás, no: Fernando Montes de Oca (18 años con 4 meses);  Juan de la Barrera (19 años con 3 meses); Juan Escutia (20 años y medio; que era soldado regular, no cadete); y Agustín Melgar (casi 18)… y no se le olvide que en aquellos años, a los 15 de edad, ya le andaban buscando esposa a los muchachos, ya podían, la gente se moría muy pronto, y urgía poblar el país; pero, en fin… nuestros niños héroes.

Curiosamente nadie se atreve a recordar que esa gesta del Castillo de Chapultepec, defendido por “niños”, es parte de la guerra en que nos derrotaron los EUA y nos costó (con la autorización de nuestro dignísimo Congreso, de los Tratados de Guadalupe Hidalgo), la pérdida del 55% del territorio, más de 2’100,000 km². Nuestros diputados aprobaron la venta por 15 millones de dólares de más de medio México, el 13 de mayo de 1848 (se aprobó por cincuenta y un votos contra treinta y cinco); el Senado lo aprobó el 21 de mayo, por treinta y tres votos contra cuatro. El argumento era que no se podía sostener la guerra… pues sí, es cierto, no se podía, pero entonces se dice: -¡Ande! Róbese usted lo que quiera, por la fuerza de las armas… -pero no, vendimos… vergüenza.

De cualquier modo, ahora se ha puesto de moda escribir y comentar en los medios masivos de comunicación, todo lo que es mentira de nuestra historia oficial, y junto con ello, hay una visible y notoria campaña de desprestigio de nuestros gobernantes (que dan motivo sobrado), y del país, ya de refilón. Parece que hemos regresado a los pleitos del siglo XIX entre conservadores y liberales (y ya empezó una campaña para lavarle la cara a don Porfirio Díaz, regresar a México sus restos y reconocerle que fue un héroe… bueno, que lo regresen, nomás se aguantan a la hora que amanezca con pintas y cubierto de desechos orgánicos sólidos, mierda).

De independencia y soberanía ya nos va quedando cada vez menos: la economía nacional la manejan el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM); el gobierno yanqui, oficialmente, certifica nuestro combate a las drogas; en nuestros procesos electorales no es rara la presencia de “observadores internacionales”; las agencias del tío Sam relacionadas con tareas de seguridad, inteligencia y administración de drogas, tienen autorización para entrar al país, hacer su trabajo y portar armas (!); organizaciones no gubernamentales extranjeras y agencias oficiales de otros países, supervisan la vigencia de los derechos humanos en México (caso más reciente: la Organización de Estados Americanos -OEA-, donde mandan los EUA, a través de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -CIDH-, creó el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes -GIDI-, que así nomás, porque ellos son de fiar y nuestras autoridades no (por definición ambas cosas), echó por tierra toda la profusa investigación oficial de lo de Iguala.

Y ahora ya empezó algo más serio (y grave), a propuesta de Daniel Gershenson y Arturo Arango Durán: la creación en México de una Comisión Internacional Contra la Impunidad en México (CICIM), similar a la de Guatemala, dejando la tarea de limpiar de corrupción al país a una comisión de extranjeros, pagados por el extranjero, que sin interés ni relación ninguna con México, hagan un buen barrido y un buen fregado. Suena Bien. Suena muy bien. Nada más que en Guatemala, antes de saber si es cierto que su presidente Otto Pérez Molina le metió mano al dinero de las aduanas de su país, antes de ser declarado culpable en un juicio, ya fue depuesto y está en la cárcel… no chille si acá nos tiran presidentes acusados de cosas de las que luego resultan inocentes. No se queje si el tío Sam dispone a través de su oficinita de servicio doméstico, la OEA, que se quiten y pongan presidentes de México…

Desde el sexenio de Miguel de la Madrid empezó este abrir descaradamente la puerta del país. Está bien, la circunstancia obligaba. Luego don Salinas de Gortari al firmar el TLC (que trajo inmensos beneficios económicos a México, eso no se puede negar), nos permitió saborear lo que son los yanquis cumpliendo compromisos: todo lo que les molestaba del TLC, no lo cumplieron, así, por sus pistolas.

La esperanza es que los procesos históricos y sociales, no son procesos industriales en los que irremediablemente se obtiene el mismo producto como una materia prima pasando por una máquina. La historia se hace con gente y son varios los factores que los señores allende el Bravo no toman en cuenta por ingenuos y a veces bobos, por lo pronto la tasa de natalidad del chicano allá en su territorio, y luego, que acá los queremos igualito que ellos a nosotros. Están bien correspondidos. Meterse a poner orden en México no es de enchílame otra.

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