viernes, 18 de septiembre de 2015

6621. EL TIEMPO SE HA DETENIDO.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

El tiempo se ha detenido.
Las frases hechas, aparte de ordinarias, tienen el natural problema de que suelen usarse para lo que no fueron hechas. Natural problema pues quienes recurren a ellas lo hacen por una de tres razones: estupidez, pereza o desinterés; los estúpidos y holgazanes, no van a reflexionar en si viene o no al caso lo que dicen -aquellos, porque no pueden y estos, por abulia-; en tanto que los terceros, los desinteresados, sueltan lo que primero les viene a la mente por nomás salir del paso, esperando hacer el menor desfiguro posible.

El fallecimiento de Eraclio Zepeda Ramos, ayer en la madrugada, provocó como todo terremoto, muchas reacciones, entre ellas, una marejada de lugares comunes, la mayoría pronunciados por los que forman parte de la clase política (que ya aprenderá a detestar los modernos medios de instantánea comunicación masiva que llaman “redes”, cuando caigan en cuenta en la bárbara cantidad de públicas metidas de pata que se hubieran ahorrado si no existieran; hoy no es momento de comentar el presidencial dislate de llamar “ensayista” a don Eraclio, de esta, se salva); de cualquier manera, de entre esos lugares comunes, todos tediosos, resultaron particularmente molestos para este menda los de “irreparable pérdida” y sus variantes, muy especialmente la de “pérdida irreparable para México y la literatura”.

Por el principio empecemos: la muerte de Eraclio Zepeda duele real y únicamente a los suyos, su familia, sus amigos, a esos muchos (en el caso de don Eraclio, muchísimos), a esos sí les duele y ese dolor es sagrado: por eso imponen silencio, respeto y tristeza los funerales, no por el difunto que goza ya de un estado infinitamente mejor que el nuestro -sea o no cierto lo del Cielo como lo explicaba mi abuela Virgen-, sino por ver la pena que atribula a los que los que ya no tendrán con ellos la mirada, el gesto, la palabra de su ser querido.

Pero usar la palabra “pérdida” para referirse a la ausencia física de Eraclio Zepeda, decir que es una “pérdida” para la literatura y para México, son despropósitos, disparates: lo uno por sinsentido, lo otro por equívoco:

Hombres de la talla de Eraclio Zepeda jamás se pierden, el paso de los años y los siglos fortalece esos troncos y engrandece su fronda; mejor florecen y dan fruto en toda estación.

Y la obra de gente de esa calidad no pasa al olvido: sor Juana nos dice hoy a los hombres que somos necios, aunque tenga 320 años de muerto su cuerpo; Jorge Manrique a 536 años de su partida, nos advierte hoy, que es abalorio eso de que todo tiempo pasado fue mejor; y por Cervantes, ido hace casi cuatro siglos, sabemos que un viejo de La Mancha anduvo loco de amor por una tal Dulcinea, que de Toboso era. Hay obras que nunca se pierden y las de don Eraclio son de ese pelaje.

No faltará quien con razón, diga que un López no va a ser quien dé lustre a semejante persona. Cierto. Zoé Robledo, que es de los que sí piensan y bien, que dicen lo que se debe sin frases hechas, para el discurso que pronunció cuando el Senado otorgó a don Eraclio la presea Belisario Domínguez, citó algunas cosas dichas por algunos que usted va a reconocer, copio: “De Laco,

“Dice Octavio Paz: La primera y única vez que vi a Eraclio Zepeda me pareció una montaña. Si se reía, la casa temblaba; si se quedaba quieto, veía nubes sobre su cabeza. Es la quietud, no la inmovilidad. Un signo fuerte: la tierra áspera que esconde tesoros y dragones. El lugar donde viven los muertos y los vivos guerrean”. (¡Y para que don Paz alabara a otro escritor!).

“Dice Juan Rulfo: Quien lee a Eraclio Zepeda siente la ternura que él lleva en su corazón. Un hombre que expresa ternura, que sabe desarrollar y desenvolver y sobre todo expresar la ternura, tiene que crear ternura”.

“Dice Rosario Castellanos: En su literatura hay una conciencia vigilante que no quiere quedarse en las meras imágenes de las cosas, que quiere tocar raíces, que quiere colocar su testimonio en el sitio que le corresponde dentro del conjunto de datos que sobre Chiapas se han ido reuniendo”.

“Dice Emmanuel Carballo: Es un joven –bueno lo dijo en 1961- es un joven que ve con amor y solidaridad los problemas humanos. Sus cuentos además de arte son documentos”.

“Dice el argentino Mempo Giardinelli: “Sus cuentos hay que leerlos de pie”.

“Dice el peruano Bryce Echenique: Eraclio Zepeda, el mejor cuentacuentos, el más grande y generoso narrador oral que hay en el mundo y de ellos, de los narradores orales, es el reino de los cielos”.

Dice más cosas don Zoé; para los fines de este junta palabras, basta con lo citado para que quede claro: montaña… ternura… conciencia vigilante… arte… leerlo de pie… el más grande cuentacuentos del mundo… sí, de estos hay uno de vez en cuando, muy de vez en cuando y éste salió de Chiapas, raro estado que alumbra  genios paridores de genialidades. Raro estado.

Y esa montaña que Paz dijo que era Eraclio Zepeda, recibió en vida muchos premios y seguramente ahora los seguirá recibiendo; doctorados honoris causa de universidades recibió también, aunque se espera que por pudor y decencia, esa universidad que se abstuvo de hacerlo, siendo la que más obligación tenía, no haga ahora un ridículo post mortem… aunque son capaces.

Por todo esto es que al del teclado le molesta el uso de frases hechas en estas ocasiones, porque no todo fiambre es difunto y no todo difunto es gigante, don Eraclio lo es. Se entiende que no es mala la intención, se entiende que la ignorancia y la gripe no tengan cura, se entiende que la frivolidad impida hasta el buscar en otros, qué decir, como en Víctor Hugo: “… la muerte no es la noche, sino la luz; no es el final, sino el comienzo; no es la nada, sino la eternidad.


Así las cosas: bienvenida la orden del Presidente de la república de preparar y celebrar un homenaje adecuado a la escala de don Eraclio, quisieron llevarlo al Palacio de Bellas Artes ayer mismo, el respeto a los dolientes se impuso, prudencia debida. Ya después, que, igual, el tiempo se ha detenido.

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