sábado, 19 de septiembre de 2015

6628. SABER, CONOCER Y APRENDER.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ
Ambientalista y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LOS OBISPOS DE LA DIÓCESIS DE ZAMORA
Dieciseisava parte

El Sr. Manuel Fulcheri Pietrasanta, el 21 de abril de 1922 fue designado Obispo de Zamora y el 25 de junio de ese mismo año llegaba a la estación del ferrocarril, donde fue recibido por más de diez mil personas que, de la ciudad y de muchas partes de la Diócesis, habían venido a darle la bienvenida a su nuevo Pastor.

No por simple inercia o mera costumbre, se puede o se debe hablar de las muchas y grandes virtudes de este cuarto Obispo de Zamora y de su recia y grande personalidad. Documentos y testimonios, orales y escritos, sin cuento eliminan y hacen  a un lado el peligro de esa inercia y de esa costumbre y nos dan una objetiva y clara visión de este preclaro varón.

El Padre Gabriel Méndez Plancarte, que mucho lo conoció y trato, de una bien lograda y corta pincelada, nos hace un magnífico retrato del Señor Fulcheri: “Buen Pastor con ojos de luz, que comprende y alumbra los senderos de las ovejas; manos de paz que, al tocar las heridas, no las enconan sino que las sanan; corazón de miel y oro... la miel áurea que fluía de su palabra serena y el oro, rubio y macizo, de su elocuencia sagrada”.

Verdadero Príncipe de la Iglesia, por su porte, sin arrogancia, entre los grandes y entre los humildes, en la iglesia, en la calle, en las reuniones de todo tipo;  por su dignidad y comportamiento en todas las circunstancias de su vida, aun en las más duras y apremiantes por las que tuvo que pasar. Desde la escuela lo apodaban “el correcto”.

Pastor, no de nombre o de título, sino en la íntegra realidad de su Sacerdocio y de su Episcopado: amó a Cristo y amó a las almas que se le encomendaron, no con palabras vanas y huecas, sino con hechos. Por eso,  de su amor a Dios, nacieron su intensa piedad, su limpieza de costumbres,  su serenidad, su prudencia,  su humildad, su optimismo, su alegría, su amor a la verdad y la armonía de su vida;  de su amor a los demás nacieron su caridad, sobre todo hacia los más pobres y necesitados, su bondad, su franqueza respetuosa, su repulsa a la intriga y a la mentira, su respeto a todo mundo (hasta el extremo de jamás hablar mal de nadie ni de permitir que otros lo hicieran delante de él), su innegable y fina cortesía y su buen gobierno.

Hombre de paz, de una paz no sólo en su escudo, sino de una paz que llevaba en el alma y que irremediablemente trasmitía a quienes lo rodeaban; una paz que no era de ninguna manera el fruto del estoicismo, sino el de su profundo cristianismo y el compendio de las demás virtudes que anidaban en él. Su vocación por la paz, su apuesta por ella se ven reflejadas a través de todas sus actuaciones, tanto como gobernante de una Diócesis como negociador en los diversos y serios conflictos político-religiosos en los que tuvo que intervenir.

La serenidad y el dominio de sí mismo fueron los principales frutos de la paz que lo inundaba.

Baste recordar, entre otras cosas, lo sucedido al otro Padre Méndez Plancarte, Alfonso: siendo seminarista aún, le tocó ser el “familiar” (así se le llamaba al seminarista que acompañaba al Señor Obispo durante el día para ayudarlo y atender a diversos menesteres) del Señor Fulcheri. A la hora de la comida, en la que había otros comensales, Alfonso derramó por accidente casi toda la fuente de sopa sobre el Señor Fulcheri... quien se limitó solamente a levantar los brazos para que el camarero le limpiase la sotana y regalarle a su “familiar” una discreta sonrisa, continuando su plática con sus acompañantes, como si nada hubiese sucedido.

O bien, aquella ocasión en que, yendo a Nueva York para embarcarse a Europa, en San Luis Missouri se descarriló el tren y el Señor Fulcheri, después de salir, serena y dignamente, por una de las ventanillas del vagón volcado y sin preocuparse de sus golpes y pequeñas heridas, atendió y ayudó a los demás heridos del descarrilamiento.

Finalmente, cuando fue arrojado literalmente de su casa por los esbirros del Gobierno en Cuernavaca o fue insultado, en Zamora, por un grupo de socialistas--- cosa rara en ese tiempo en Zamora--, el Señor Fulcheri ni se inmutó, ni reclamó, ni respondió...

Sin duda alguna, como él lo afirmaba, el Seminario fue para el Señor Fulcheri, la pupila de sus ojos. Desde su llegada a Zamora, se preocupó por reorganizar esa Institución, escogiendo para su Dirección y docencia a Sacerdotes capaces y aptos para ello y enviando al Colegio Píolatino de Roma a varios Seminaristas para que viniesen luego a trasmitir sus conocimientos a los seminaristas.

El Señor Fulcheri acompañó en espíritu al Seminario y sufrió con él en todas sus penalidades: su traslado forzoso a Mixcoac al venirse la persecución callista; su reorganización, de nuevo en Zamora, en Aquiles Serán, la reapertura de los Auxiliares de Cojumatlán, Cotija, Yurécuaro y Purépero; su supresión en 1935, cuando la incautación de edificios dedicados a las escuelas y seminarios al tener que esconderse en sacristías y casas particulares. Pero el Señor Fulcheri no cejó: “...el Seminario no se acabará” y, para ello, lo consagró al Sagrado Corazón de Jesús.


Continuará

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