domingo, 27 de septiembre de 2015

6649. COMO MÉXICO SÍ HAY DOS.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Como México sí hay dos.
¡El mundo se va a acabar!... esto que ha pasado es increíble; la masa tenochca, estupefacta, acepta que ahora sí, ya en nada se puede creer… “¡ay, mis hijos!”, grita desgreñada la Patria (la señora de toga blanca de la portada de los libros de texto gratuitos).

Antes de comentarle la nueva mala nueva, un brevísimo repaso de las decepciones que los del peladaje venimos aguantando en este valle de lágrimas:

Para no ir muy atrás, la Revolución: nos costó un millón de muertos (dicen, pero ni los contaron), nomás por gusto a las matazones, porque el dictador se largó en mayo de 1911 y acá nos quedamos balaceándonos hasta 1929 cuando menos (aunque siguió habiendo lío hasta casi 1940); pero no importaba, era el precio del bienestar de la nación… y un siglo después, tenemos un pobrerío como nunca tuvimos, nuestros campesinos dan grima y otra vez domina todo una élite diminuta. No hay derecho.

Aprovechando que se matoteaba todo mundo contra todo mundo, en 1926, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, nos echamos una guerra religiosa, de católicos contra católicos, cosa que le podrá parecer curiosa a historiadores extranjeros pero a nosotros nos resulta de lo más normal, guerra que terminó 250 mil muertos después, cuando entre  jefazos se pusieron de acuerdo en una derrota mutua, primer empate bélico en la historia: unos, los católicos que aventó al ruedo el clero, según ellos para defender su fe, porque quedaron en un limbo legal en el que ni existían y los otros, los católicos que eran gobierno, porque aceptaron que la jerarquía eclesiástica se bailara el zapateado en la ley. Tomada de pelo general.

Pero, igual, de esa Revolución, surgió un régimen liderado por el gran partido, el  Revolucionario Institucional, garante de las aspiraciones del pueblo, entusiasta custodio de los ideales de la Reforma, leal a los principios de Madero… pero nos salió “mobile qual piuma al vento” y cambió de ideología, principios y estatutos como de entrenadores las Chivas; y encima, jamás respetó el sacratísimo dogma de “sufragio efectivo no reelección”, lema de toda papelería oficial, leyenda al pie de la firma de cualquier funcionario: ni la burla nos perdonaban. Pero estaba bien, que le siguieran, era el precio de la estabilidad, la seguridad, el progreso, la paz y el respeto a la ley… y ya ve cómo andamos. No se puede confiar.

Luego a cubetadas de saliva los echó Fox del poder, cosa dolorosísima para todo priísta auténtico, porque no es lo mismo perder un pleito contra King Kong que contra el Chespirito, pero estuvo bien, sin balazos aunque con quejidos, a la Patria le entró la democracia, ahora sí tocaríamos los dinteles de la Gloria… y luego, don Chente salió vano, inútil e inhábil… y apoyó a don peña Nieto y de esa manera al PRI en su retorno a Los Pinos: jamás ha estado tan desprestigiada la política, los partidos, los gobernantes… y en nuestras las elecciones creen sólo los muy verdes y los extranjeros (recién llegados).

También hay cosas como aquello que nos enseñaban en la escuela de que México era el cuerno de la abundancia y ahora los políticos sin que les gane la risa (y los que saben con tono de fastidio por nuestra ignorancia), nos dan amplias explicaciones y razones que explican la miseria de medio país, la pobreza del 80%... pero ¿y el cuerno?, ¿y la abundancia?... por andar creyendo.

Otra cosa que se nos esfumó fue el petróleo y que íbamos a tener que aprender a administrar la abundancia (López Portillo “dixit”): se nos pudrió el oro negro y el orgullo tenochca por la expropiación petrolera ahora es vergüenza colectiva mientras casi rogamos a las empresas privadas que por favor, por favorcito, regresen ya, que entren a las subastas de campos petrolíferos, que no lo volvemos a hacer: fue un arrebato, disculpen ustedes las molestias, saquen ustedes el petróleo, pero ¡ya!, y… bueno, ahí lo que sea su voluntad, diosito se los pague.

Nos quedaban otras ilusiones: nuestra gastronomía era una de ellas, nuestra cocina era de las mejores del mundo, un mole negro de Oaxaca, un queso relleno yucateco o unas quesadillas de huitlacoche, provocaban desmayos de placer en París… sí, pero cada vez comemos más pizzas, hamburguesas, “sushi”, “chop suey”, y es la hora que en el mundo no hay cadenas de taquerías de suadero y tripa ni de tortas ahogadas, y el tepache no parece que vaya a desplazar pronto a la Coca Cola.

Otro dogma nacional del que antes nadie dudaba, es la familia, la bonita familia mexicana, y ya ve, ahora resulta que está muy mal visto decir que las familias tienen mamá y papá, ni eso nos queda, porque ya tampoco está tan fácil dejar que los niños sean monaguillos o “boy scouts”, que también ahí pasan cosas. ¿En qué podemos creer?

¿En qué?, en la Morenita del Tepeyac, sí, pero el mero abad de la basílica de Guadalupe, el fétido monseñor Guillermo Schulenburg, en nombre de “evitar que disminuya la credibilidad de la iglesia”, declaró en 1996 a la revista italiana “30 Giorni”, que no era cierto lo de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, que Juan Diego ni había existido. ¡Jesucristo-aplaca-tu-ira!, hasta los masones mexicanos se enfurecieron.

Así, en medio de este vendaval de desilusiones, sin decirlo en voz alta, los mexicanos nos considerábamos campeonísimos de algo que no íbamos a presumir, pero de lo que estábamos seguros nadie nos ganaba: la corrupción, vista como síntoma indudable de rapidez mental, de habilidad para salir de apuros (chistes hacíamos y hacemos), creyéndonos capaces de convencer a la Estatua de la Libertad de aceptarnos mordida… ¿sí?, pues tampoco:

El país al que en secreto envidiamos y admiramos en todo y por todo, Alemania, con su fábrica insignia, la Volkswagen, resultó primerísimo lugar mundial y de toda la historia de occidente. Claro que su corrupción es de alta tecnología con un “software” que detecta que le están revisando al motor la emisión de gases contaminantes y lo ajusta para engañar a los aparatos medidores… ¡chin!, como México sí hay dos.

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