lunes, 28 de septiembre de 2015

6657. ¡OTRA PINTA AL TIGRE!

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Otra pinta al tigre! 
Si es así en otros países es cosa que ignora López y salvo prueba en contrario, declara a México Campeón Mundial de la Hipocresía, de la apariencia, de lo políticamente correcto, de lo generalmente aceptado, de lo que se debe decir aunque no se piense eso, de ir con la corriente. Somos una sociedad camaleónica, comodona y complaciente.

Tal vez seamos así por nuestros antecedentes:

Por un lado, los indígenas, antes de la conquista, durante largos siglos sumisos a macanazos, aparentaban todo el tiempo con tal de no ser el siguiente pozole del cacique (receta tradicional, chéquelo por su cuenta), y cuando llegaron los españoles, aunque a los indios les parecieron de lo más delicados de trato (clausuraron la piedra de los sacrificios y no los incluían en su dieta), los desconcertó la enseñanza de la religión del amor a palos, así que mejor simulaban docilidad y obediencia (el “sí, patroncito”); aparentaron que se convertían y que sí, que Tonantzin, la mami de Quetzalcóatl, era la Guadalupana, mami de Jesucristo, total: con ir al Tepeyac y poder hacer lo suyo, que los gachupines creyeran lo que quisieran.

Por el otro, los españoles llegaron a México con doctorado en aparentar: 700 años bajo la autoridad de Roma, más 800 años de dominio árabe, algo les enseñaron sobre el arte de guardarse las propias ideas y convivir con sus invasores con las menores incomodidades; luego ya sin moros, descubrieron que sus propios reyes eran mucho más de temer que los califas: implantaron la más feroz intolerancia religiosa, obligaron a los no cristianos a convertirse, expulsaron a los que no le entraron y con la Inquisición los tuvieron a todos con el Jesús en la boca… 700 años. Con razón.

Ya avecindados acá los españoles, con las esposas tan lejos y las indígenas tan cerca, se desató un intercambio masivo de líquidos corporales, el mestizaje, del que resultó lo que constituye la mayoría de la población del país, heredera de mañas y virtudes de ambos lados; así, no nos debe extrañar que la hipocresía colectiva de los indígenas, más la de los españoles, haya dado un pueblo capaz de vivir entre mentiras y apariencias, nosotros, siempre atentos a complacer al que nos imponga algún respeto. De esto, la legendaria amabilidad mexicana que tanto agrada a los extranjeros que ni sospechan que traemos la música por dentro.

Así llevamos ya casi 500 añitos, no pasa nada, entre nosotros nos entendemos y distinguimos muy bien sin ofendernos, cuando otro nomás nos da por nuestro lado o nos miente para no molestarnos, porque para un pueblo con esta manía genética de aparentar, la verdad es una reverenda majadería (y hasta inventamos una palabra para reprobar semejante grosería de andar diciendo verdades: claridoso; y serlo es muy feo).

Hay un subproducto de todo esto: a fuerza de no querer ir a contracorriente y elevar la hipocresía así entendida, a calidad de virtud social necesaria para la convivencia pacífica, hay quien se apropia de la razón y la verdad, imponiendo a la mayoría su criterio; antes eran los del clero, el gobierno y los pertenecientes a las clases adineradas los que detentaban ese gratuito derecho (a veces algún maestro, algún intelectual, a veces).

Pero los tiempos cambian y las sociedades son dinámicas, aunque dentro del rango de su natural, que no verán nuestros ojos al pueblo alemán transformado en una comunidad de samba y fiesta; ni al francés, humilde; ni al argentino, sencillito. Pero, sí, los tiempos cambian y ahora en México, a causa del continuo meter la pata del gobierno durante los últimos 47 años, han surgido nuevos grupos que imponen su criterio, su verdad y su modo de ver las cosas a todo el país. Pasó el gobierno de autoritario a permisivo y dejar que todo se haga viejo, se vaya olvidando.

Entre esos grupos hay los que son oposicionistas a todo lo oficial (que no es lo mismo que opositores); otros que enarbolan su pobreza como indiscutible razón que les da la razón en lo que pidan (aunque ellos exigen, siempre están exigiendo); hay también aquellos cuya fuerza es su falta de fuerza, ser minoría, que exigen (claro), respeto, contar lo mismo que la mayoría y rechazan como infamia que el democrático principio de que la mayoría manda se les aplique a ellos (plantear hoy un referéndum nacional sobre la adopción de hijos por parte de parejas del mismo sexo, es para ellos una “trampa” legaloide, su derecho es su derecho, que ellos lograron imponerlo así, por vía, precisamente legaloide, aunque la verdad, la verdad, la mayoría de esas parejas no tienen el menor interés en adoptar chamacos).

Queda otro grupo que no tolera la menor contradicción: los que monopolizan el dolor, y por ello son dueños de la verdad y la justicia.

Es políticamente incorrectísimo mencionarlos, es un salto dentro de una cazuela de carnitas hirviendo, pero deben saber los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa que no tienen el monopolio del sufrimiento: en este país hay lagos de lágrimas y ríos de sangre de muchos a los que nadie atiende, tampoco los defensores de la causa de Ayotzinapa. Su pena es reconocida y respetada por cualquier bien nacido, pero estamos a la espera de verlos pidiendo cuentas a los que mandaron a sus hijos a Iguala.

Ayer los recibió el Presidente. Los atendió. Ofreció crear una fiscalía especial para buscar personas desaparecidas, dijeron que no, que ellos quieren una unidad especializada en lo de ellos… ¡ah!, bueno.  Ofreció otras cosas, todo rechazaron. Desconfían del gobierno (y por buenas razones), pero desconfían del laboratorio de Innsbruck, porque sus conclusiones no abonan la verdad predeterminada por ellos, confían sólo en lo que les dé la razón y mantenga siempre vivo el problema, porque de eso se trata, por eso exigen lo imposible, que se los regresen vivos… y nadie se atreve a contradecirlos ni a decirles que se están pasando de la raya y mucho menos, que cada día a menos gente le importa el tema, que lo correcto es darles la razón, total, ¡otra pinta al tigre!

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