martes, 29 de septiembre de 2015

6672. RECOGER VARAS.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Recoger varas.
Debe haber muchas descripciones muy sabias de lo que es la persona de personalidad equilibrada, el adulto sensato, maduro, sin desórdenes emocionales, con respeto propio y por los demás, que acepta sus errores, establece relaciones afectivas duraderas, es tolerante, comprensivo, productivo, generoso, optimista, emprendedor, esforzado, prudente, justo, fiel, moderado, responsable, con sentido del humor y bueno para bailar… o sea, para describir a un tipo raro; debe haber tratados.

Como este menda sospecha desde  su ignorancia, que los psicólogos se han inventado a ese súper humano inexistente para tener clientela, aplica otros criterios a la hora de tratar con sus congéneres para saber si alguien es simplemente normal. Uno que a este López estándar le parece muy confiable es que sepa mentir. Se oye mal, pero no falla.

La premisa es que todos los seres humanos normales decimos mentiras. Eso de que la verdad es la reina de la Creación, es mentira: la verdad puede ser traición, bajeza, indiscreción o mal gusto. La cosa es que el cerebro normal de la gente común y corriente, de la mayoría, distingue perfectamente bien, sin necesidad de un proceso de razonamiento consciente, cuándo mentir y cuándo no. Cuándo es obligado decir la verdad y cuándo es una reverenda tontería soltar la sopa. Se pueden causar tragedias mintiendo y diciendo la verdad, también;  nadie en sus cabales necesita explicaciones (y no se le olvide que a veces callando, se miente).

Por supuesto está perdido el que miente siempre, igual que quien siempre dice la verdad (nada más un detalle: el que siempre dice la verdad, se queda primero sin amigos), pero la gente normal evita decir mentiras, que es muy distinto a no decirlas, y sabe que está obligado a decir la verdad en materia grave y en cosas serias, porque si el jefe o la esposa le pierden la confianza, más le vale buscarse otra  chamba y un abogado. Pero tan la verdad no es exigible en ciertos casos, que las leyes no permiten interrogar en contra de alguien a su cónyuge, parientes directos y amigos ciertos (compadres), porque se entiende que mentirán y no se les puede acusar de encubrimiento.

De esta manera, sabiendo que los políticos y gobernantes no son de piedra ni llegan de Marte, ¿de dónde sale la peregrina idea de que no pueden mentir, que no deben mentir? Política, gobierno y mentira, van de la mano, siempre ha sido, siempre será. Por eso es del todo falsa la aspiración a la total “transparencia”. Siempre que oiga usted a un político decir que nunca miente, está mintiendo; siempre que le diga que sus actos serán “transparentes”, póngase en guardia.

Lo que importa es que en primer lugar, el político, el hombre de poder y gobierno, tenga la cabeza en su lugar, que no sea un mitomaníaco, y por tanto, sepa mentir, como arriba esbozamos a brochazos.

Winston Churchill, cuando Hitler estaba pensando seriamente en invadir Inglaterra, aparte de no decir que estaban de dar lástima su ejército y su armamento, mintió como vendedor de autos usados y amenazó a la Alemania nazi con que enfrentarían todo el poderío británico… ¿poderío?, bien sabía que no tenían ni el parque suficiente; sí, pero tenía que mentir. Otro ejemplo son los servicios de inteligencia de todos los países: son indispensables y funcionan a fuerza de engañar (y cuando otro país les atrapa uno de sus espías, mienten y niegan que lo sea, a fuerza).

El gobernante debe mentir a veces, pero importa dejar claro que se justifica éticamente ese mentir sólo dentro de un claramente delimitado campo de las cuestiones de Estado (no todo lo del Estado, porque su materia de trabajo es esa y entonces mentirían en todo), por ejemplo, en cuestiones que ponen en riesgo la seguridad nacional ante amenazas internas o externas (o qué le parecería que nuestro Presidente contestara cándidamente en una conferencia de prensa que efectivamente, la delincuencia organizada tiene el control de tales y cuales regiones del país: ¿a quién le ayudaría, de qué serviría?... y de eso saldrían males).

El mismo Churchill ponía límites a esas cosas en las que el hombre de Estado actúa justificadamente contra la ética del común de las personas; más o menos dice que para no hacerse bolas lo primero era jamás permitirse actuar así en nada que fuera de su interés o beneficio personal o familiar. En nada.

Dejando de lado los regímenes totalitarios que en el mundo han pretendido controlar la realidad con propaganda masiva, en México hace ya años que se ha ido generalizando la mentira como método de trabajo del político y del gobernante: no era así antes, aunque en nuestra risueña patria el poder siempre ha mentido un poquito más de la cuenta. Nomás poquito.

Los políticos expertos, gradúan cuidadosamente el uso de su cuota de mentiras. Saben que su principal herramienta de trabajo es su palabra y ¡ay de aquél político cuya su palabra pierde valor!

La llegada al poder de políticos bisoños, explica en parte esta epidemia de mentiras oficiales. Por su inexperiencia se equivocan de más y mienten para mitigar las consecuencias, lo que les hace creer que ahora sus mentiras tienen un efecto casi mágico sobre la realidad, pues pocos o nadie los contradicen y creen que manipulan eficazmente la economía, la salud pública, la inseguridad y la política; acaban creyendo que la verdad la hacen al hablar pues, al menos, es lo que se publica y consideran que eso es el registro histórico de sus hechos. Se equivocan: mienten de más y acaban mintiendo por el puro gusto.

El peor escenario es cuando hasta los políticos que no están en el poder mienten por sistema. Hoy en México, tenemos una clase política constituida por mentirosos, salvo excepciones muy respetables. La razón es simple: la clase propietaria y el gran capital nacional y extranjero, los que pueden meterlos en cintura, son sus socios y los usan, a cambio de tolerar sus metidas de pata, en lo que acaban de conseguir sus intereses.


Es tiempo de echar cuetes, ya vendrá el tiempo de recoger varas.

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