domingo, 4 de octubre de 2015

6692. CELOS.


Enviado por SINEMBARGO.
Desde México, D. F., para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Octubre 3, 2015 - 00:14 Hrs.



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Fotografía de Adrian Mueller

Esto no es cierto. Esto no es cierto. Esto no es cierto.
Ni este espacio ni esta sangre ni este tiempo.
Este despeñadero debe ser un sueño.
@SritaKamikaze

Se siente la muerte.

Un tirón que jala desde el sexo y que sube más allá de la cordura. Los celos queman, acribillan los ojos, los riñones, el hígado, el corazón, extirpan el alma.

Las piezas no encajan, las palabras no calman, las mejillas arden, el estómago se contrae y, de repente, el amor deja de tener sentido.

Es el Hades que se abre a nuestros pies. Los celos son un viaje directo del paraíso al infierno que recorremos al morir luego de ser cambiados por otro o por otra y sin entender por qué mierdas hemos ido a parar ahí. ¿Por qué si antes éramos el motivo de respiración de ese objeto identitario que habíamos elegido para amar y, peor aún, que también nos había elegido para amarnos?

Lo diré más simple: ¿cómo es que alguna vez fui tu todo y ahora no soy nada porque mi lugar puede ocuparlo otra persona?

No exagero, quienes han experimentado el dolor de ser remplazados saben bien que equivale a un sufrimiento de muerte, ¿pero por qué duele tanto?

Dice Igor Caruso en La separación de los amantes: “La pérdida del objeto de identificación amenaza realmente a la propia identidad y esto constituye una vivencia de muerte”.

Los celos, porca miseria, son la factura impagable del amor.

Es que toda la belleza, todo lo bueno del mundo, toda la leche dulce que nos había hecho sentir completud y saciedad, un día desaparece y su ausencia nos deja fulminados.

Caruso habla de la separación amorosa como una fenomenología de la muerte que sólo se experimenta cuando al amar arriesgamos la vida, pero hay que admitir (y comprender) que no todos son capaces de amar así.

El hecho es que si la capacidad de entregarse en modo kamikaze proviene de una herida primaria maldita, de un abandono original nunca superado o de un desorden mental no es tema relevante cuando atravesamos el momento mítico, legendario, universalmente miserable, etílico y cantinero de tratar de reponernos de un golpe amoroso.

Así que a propósito del martirologio de los celos hoy quiero aventurarme a cuestionar lo siguiente: ¿por qué tendemos a aceptar como una verdad incuestionable –y convenientemente cómoda– que las personas celosas son las enfermas en la díada amorosa y que los que permanecen inmutables son los sanos y equilibrados?

Leyendo este fragmento de Edgar Morin en Les Stars, que se ha convertido en una de mis citas favoritas porque es inagotable, vuelvo a preguntarme si no estaremos equivocados en nuestro entendimiento de las categorías de locura y salud mental:

“En las sociedades burocratizadas y aburguesadas, es adulto quien se conforma con vivir menos para no tener que morir tanto. Empero, el secreto de la juventud es éste: vida quiere decir arriesgarse a la muerte; y furia de vivir quiere decir vivir la dificultad”

Quiero decir que si tenemos la certeza de que vamos a morir: ¿por qué hay más cordura en amar con reservas, en protegerse como estrategia para sobrevivir, en portar paraguas, candados, anestésicos, banditas, diques y pólizas de seguro que en dejarse atravesar por la realidad y permanecer desnudos para experimentar lo indescriptible de vivir?

Bien visto el discurso de “inmaduros” vs “maduros” que justifica esta conducta sensata resulta ramplón y torpe si le ponemos perspectiva el asunto y todos vemos lo mismo en el no tan lejano y común horizonte que nos espera: una tumba, una urna, una fosa común.

¿Servirá de algo llegar con el metabolismo menos desgastado, la dentadura más completa, aceptables niveles de colesterol y triglicéridos para yacer muertos eternamente que llegar en jirones pero sin habernos perdido de la experiencia real e insondable del amor con sus consabidos y mordaces celos?

No lo sé, francamente no lo sé.

Aunque hay algo que sí puedo afirmar por experiencia, nunca sentí celos por alguien a quien no amara desde el fondo del alma. No soy proclive a las relaciones light o pasajeras pero desde luego he tenido un par y me daba lo mismo si el sujeto en turno estaba sólo conmigo o se encamaba con una legión de amantes a mis espaldas. Pero el amor, ese abismo, ese deseo fijo, intransferible, doloroso y recurrente no tendría por qué ser muy distinto de los celos que provoca: abismales, intransferibles, punzantes.

¿Usted no ha sentido nunca eso?

Salga de su búnker, aunque sea para leer Otelo y enfermarse con él y odiar a Yago, obsesionarse con Desdémona y desquiciarse saltando del rol de presa al de cazador, de víctima a victimario… o, si tiene tamaña suerte, para enamorarse sin cobertura de protección total y replanteárselo todo: la lealtad, la cordura, el dolor, la identidad misma. Salga a morir un poco, incluso de celos, que ya lo dijo Edgar Morin: ahí, en atreverse a morir está el secreto de la juventud verdadera.

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