jueves, 8 de octubre de 2015

6718. DEL VICIO, VIRTUD.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Del vicio, virtud.
Ya se lo he comentado: peculiar tirando a pésimo fue el matrimonio de los abuelos maternos de este menda. Casados 57 años, no se hablaron los últimos 50… bueno, sí se daban los buenos días y las buenas noches, al salir o regresar a sus recámaras, y él daba las gracias cuando le servían la sopa y poco más, pero conversar o mostrar que se estaba al tanto que existía el otro, no, nada. Ya viuda la abuela, le pregunté cómo había sido posible que vivieran así, y me respondió con dos palabras: -“Nos acostumbramos”.

Le parece a este López que a los mexicanos se nos ha hecho costumbre esto de tener gobernantes un poco, digamos, peculiares, al menos algo alejados de lo generalmente aceptable en los países lógicos del planeta y pensando en a qué atribuirlo, encuentra que una posible explicación sean las erróneas enseñanzas recibidas, particularmente sobre los llamados pecados capitales y las virtudes (para evadir el cliché de achacar a “la educación” el problema, pues siendo esto cierto, es tan dilatado el campo que invita a la inacción).

Aunque no es preciso, aplica al colectivo tenochca que somos una sociedad descarriada (y no es preciso porque es fuerza haber estado antes encarrilados y eso es de muy difícil probanza a la luz de las lecciones que da nuestra historia), pero, seamos caritativos con nosotros mismos y digámoslo así: nos hemos descarriado, estamos más descarriados que antes.

No es ninguna originalidad de este junta palabras, ya desde el siglo XII Maimónides escribió su “Guía de descarriados” (o “perplejos” como parece ser más correcta la traducción), aunque con el limitado propósito de conciliar fe y razón (a Aristóteles con su religión); y en pleno siglo XX, el ilustre chihuahuense, José Fuentes Mares, escribió su “Nueva guía de descarriados”, de mayor alcance y profundidad, así sea más terrena, dedicada a ponderar los placeres de la buena mesa por sobre los demás, en la que hace consideraciones sobre la incorrecta práctica de virtudes que se nos fomenta y el equivocado enfoque contra los pecados capitales que tantos males acarrea a la especie, extremos ambos a los que atribuye el del teclado el despelote nacional. Es pues la obra de Fuentes Mares la que inspira algunas desordenadas reflexiones a su texto servidor que ya redactará si da el talento y hay tiempo, el tratado que requiere la redención mexicana y tal vez hasta de la especie.

Atendamos primero, lo más urgente: la conducta extraviada de la mayoría de nuestros políticos y gobernantes, quienes dedican infructuosamente sus vidas a mejorar las nuestras, resultando que sólo se benefician a ellos mismos sin rastro de escrúpulo aunque se digan asombrados por tan inesperado resultado.

Empecemos aceptando que la corrupción es la verruga más fea del rostro de la política nacional: aceptado. Se han derramado hectolitros de saliva predicando contra ella, se hacen leyes y reglamentos, se auditan oficinas de gobierno, se presentan denuncias, se asignan penas de cárcel que sólo Matusalén podrá cumplir y ahora, aparte de lo que tienen, nuestros funcionarios harán públicos sus conflictos de interés y sus declaraciones fiscales… y la gente, impávida, sabedora de que nada cambiará. Cinco siglos de corrupción nos contemplan.

Salta a la vista que no se ha intentado poner remedios verdaderos que lo serán si coinciden con las tendencias de la naturaleza humana en general y la mexicana en particular. Lo más obvio es que predicar la virtud a nuestros políticos es tan inútil como explicar a una familia esquimal las virtudes de los baños de sol o intentar que un orangután prefiera el chile en nogada a una corteza de árbol.

Lo que ha de hacerse es fomentarles algunos vicios, moderando así los supuestos beneficios de las correspondientes virtudes.

Empecemos nuestra noble labor enseñándoles las ventajas de la pereza por encima de los riesgos a la salud propios de la laboriosidad. Esto, aunque su activismo no sea laboriosidad de virtuoso labriego o inspirado artista, sino un desaforado estar constantemente en acción (y los políticos salvo excepciones notables, nada bueno hacen), lo que se puede combatir mostrándoles las ventajas de la pereza, advirtiendo de inmediato que eso exige reforzar simultáneamente la práctica de la lujuria pues la pereza es madre de todos los vicios y habrá que alejarlos cuando menos de los que dañan a la nación (asegurándonos de que se alejen de la castidad que tantos malos humores provoca entre sus seguidores, causa indudable de algunas guerras, ahí repase por su cuenta la historia de algunos papas). La lujuria es remedio infalible sabido como es, que un par de estupendas nalgas distrae a un santo y vuelve loco a un sabio, con la ventaja de que en estos tiempos no declararán la guerra a nadie por los favores de una descendiente de Eva, Troya no arderá otra vez.

Parte importantísima del fomento a la pereza es hacerlos no empezar labores sino hasta que el Observatorio Nacional esté a punto de anunciar las doce del día, pues de alguna manera hay que disminuirles las horas-pifia (otro humanista mexicano, don Jorge Ibargüengoitia, anotó que “los efectos de madrugar son de muchas índoles, pero todos ellos corrosivos de la personalidad”, cosa muy cierta, que explica que nada noble ni elegante se haga al despuntar el alba, hora de ordeñar vacas, barrer calles y ejecutar reos, no de bodas ni funciones de ópera).

De lo más importante es que esta acción antimadrugadores, sea acompañada del fomento de la gula, pues cabe el riesgo de que sin sueño, trabajen de noche y nos las hagan peores, pero si nos aseguramos que estén en sus oficinas, digamos, después de almorzar -cerca de las dos de la tarde y hasta las cuatro-, para de ahí irse a despachar un piscolabis e irse después a cenar como Dios manda -bien acompañados, ¡la lujuria!-, no dormirán sino hasta llegado casi el amanecer, para empezar su día yendo al vapor para recuperar en lo posible la forma humana.

No tienen remedio, entonces que hagan del vicio, virtud.

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