miércoles, 14 de octubre de 2015

6752. SABER, CONOCER Y APRENDER.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LOS OBISPOS DE LA DIÓCESIS DE ZAMORA
Parte 24

El obispo José Anaya, no era un portento de inteligencia, ni gozaba de gran presencia física, pues era de baja estatura, de voz queda y pausada y de movimientos rápidos, producto de su temperamento que lo impulsaba a enojarse rápido, pero que daba paso a su nobleza para contentarse y serenarse de inmediato.

Para algunas personas era opaco, tímido y poco emprendedor... Quienes hacen tales afirmaciones, no  han analizado del todo ni la real personalidad del Señor Anaya, ni mucho menos han conocido la obra realizada por él en la Diócesis, a través de los veinte años que la gobernó. Ciertamente su obra no fue hecha “con bombo y platillo”, o por sí mismo y directamente, pero sí a través de colaboradores de quienes tuvo la virtud y la ciencia de saber ayudarse. Los juicios exagerados, en mi opinión, se deben más bien a alguna dificultad personal que con el Señor Anaya tuvieron quienes los emiten.

Ciertamente, el Señor Anaya no fue una persona de mentalidad avanzada o muy abierta y a él, como a muchos otros Obispos, Sacerdotes y fieles, las reformas del Concilio Vaticano II lo tomaron en gran parte de sorpresa y le costó trabajo adaptar su mente y su acción a tales reformas. Sin embargo, a pesar de esos obstáculos, trató de poner en práctica mucho de lo que el Concilio le entregó a la Iglesia.

Al Señor Anaya le tocó una época difícil, de transición y de cambio en todos los órdenes, en especial en el orden eclesiástico y pastoral, y además se encontró en medio de dos corrientes que trataban de influir en su ánimo y en su gobierno y que en algunos casos, desgraciadamente, lograron intimidar para que al final no hiciera las cosas del todo bien: una parte del clero tradicionalista y apegado al pasado frente a un clero joven, deseoso del cambio y encandilado con la novedad y el deseo de terminar con todo lo viejo... Y sin embargo la Diócesis marchó hacia delante.

Por otra parte, nadie puede poner en duda su laboriosidad, su entrega al ministerio episcopal, su piedad, su desprendimiento y generosidad y su modestia. Su vida fue edificante y su actuar, a pesar de las enfermedades, fue constante en el servicio de la Iglesia Zamorana y sus diocesanos, lo que quizás constituya y sea una de sus mayores aportaciones a la Diócesis.

La obra de este Obispo, como señalábamos, no se caracterizó por lo espectacular y grandioso, pero sí por su constancia, profundidad y solidez. Baste recordar algunos de lo los renglones de ella, en la imposibilidad de recordarlos todos:

El Señor Anaya además de estar convencido y de exteriorizarlo, trabajó para que los Sacerdotes y el Seminario fueran realmente la parte medular y principal de la Diócesis, como se pudo ver en todo lo que, con relación a ellos,  realizó:

- El 9 de agosto se instituyó la fiesta del Cura de Ars como Patrono de los Párrocos, y fue gratificante para todos los pueblos de la Diócesis, ver, años con año, a sus Señores Curas, hermanados y entusiastas, preparando la celebración de aquella “su” fiesta y reuniéndose alrededor de su Obispo para festejar e implorar a su Santo Patrono. Ellos organizaban todo lo relacionado con esa fiesta: lugar, horarios, celebrantes, predicador, etc.

En agosto de 1953 aprobó los Estatutos de la Unión de Párrocos, como un instrumento eficaz de su ministerio.

El 24 de noviembre de 1958 emitió el Decreto con relación a los Auxilios Mutuos para los Sacerdotes, como un medio de ayuda y solución al problema económico sacerdotal.

El Señor Anaya fue un gran promotor, difusor y sembrador de algo que se ha olvidado: el espíritu misionero. Prueba de ello fue la organización o actividad constante de los Obras Pontificias Misionales y la significativa aportación y contribución de la Diócesis de Zamora al Seminario de Misiones Extranjeras (Misioneros de Guadalupe) en todos los órdenes, pero principalmente con la entrega generosa de seminaristas fundadores de ese Instituto: José Álvarez Herrera, Alejandro Ríos, Rodolfo Navarro,  Juan Gutiérrez, etc.

Abrió las puertas del Seminario, con generosidad, a Diócesis pobres y ayudó con varios Sacerdotes a Diócesis necesitadas de ellos.

Supo desprenderse de gente valiosa en la persona de seminaristas que pasaban a otros Seminarios. Por ejemplo, en  octubre de 1960, nueve seminaristas zamoranos fueron “regalados” a varios Seminarios de la República, necesitados de vocaciones.

En su tiempo se inició el Proceso de Beatificación del Sr. Castellanos, Sacerdote zamorano ejemplar, luego Obispo de Tabasco.

 Luchó por la renovación, y preparación del personal del Seminario y modernizó (aunque no del todo) los planes de estudio del mismo. Edificó el Seminario Mayor de Jacona y el Menor de Uruapan (aunque en relación con éste, debido a malos consejos y exceso de confianza, permitió, inconscientemente, varias fallas técnicas, jurídicas y de funcionalidad). Para ambos aportó gran parte de sus haberes, sobre todo para la construcción del primero.


Continuará.

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