miércoles, 21 de octubre de 2015

6787. CALDO DE GALLINA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Caldo de gallina.
No pretende este su texto servidor ser la cazuela en que se cocina el mole que es la civilización contemporánea, ni que en su vida se concentre como en cubito de consomé de la Knorr Suiza, la experiencia total de la sociedad (al menos de la de occidente, que el oriente le sigue pareciendo otro planeta); lo que es más, el del teclado acepta de antemano que bien puede suceder que sea rigurosamente individual y por supuesto, subjetivo su modo de ver las cosas, su asombro ante lo que se ha impuesto hoy como modo aceptado de vivir la vida.

Vale aclarar dos cosas, la primera, que de ninguna manera sostiene López que cualquier tiempo pasado fue mejor, que eso lo escribió don Jorge Manrique en plena depresión por la muerte de su padre; aparte de que es insostenible (a menos que usted hubiera preferido vivir cuando no había antibióticos; cuando en lugar de descontarle el día por no ir a trabajar, lo azotaba el patrón o cuando Telmex era del gobierno; no, no todo tiempo pasado fue mejor); y la segunda, que entiende que existe un amplio sector cuyas condiciones de marginación, miseria y abandono, los conserva muy ajenos a las cuitas del peladaje urbano (sección media clase, antes clase media).

Empiezo con una pregunta: ¿cuándo sacamos a patadas a Dios de todo?, se entiende, no se haga: ¿cuándo empezó a ser ridículo hablar de Dios, de religión, de moral, de principios?

En lo muy personal considera este junta palabras que sacar a la religión del gobierno y la política fue una gran idea entre otras cosas porque es un poco difícil discutir nada con quien habla de parte de Dios, aparte de que la historia prueba la extraña habilidad de las religiones para propiciar regueros de sangre. Así estamos bien. Pero… como que se nos pasó la mano: empezamos sacando obispos de las oficinas del Presidente y acabamos haciendo de la moral una ligera prenda sobre medida.

De un mundo en que vivía uno preocupado por minucias que otorgaban pase directo al Infierno, pasamos a otro en que todo se vale si se respeta la muy ancha manga de no matar, no robar o no violar; de no comer carne en cuaresma a tener pornografía en la televisión de la casa; de la veneración idiota al himen a considerar idiota a la que llega virgen al matrimonio.

No se extraña el tiempo en que una falda apenas encima de la rodilla ponía en riesgo la buena fama de una mujer, pero es extraña la reacción que llegó a la tanga con las nalgas al aire. Qué pasó entre salir con el novio y un hermanito, con hora fija de regreso, a que lo decente sea avisar que se queda a dormir con el novio.

Antes de que nadie haga un pedido de leña verde pensando asar al del teclado, se apresura López a declarar bajo protesta de decir verdad que no desea, promueve, fomenta ni propone regresar a esos tiempos en que, justo es decirlo, se sufría por muchas tonterías tras la espesa cortina de costumbres que incluían graves injusticias, particularmente contra la mujer que era, en nombre de la decencia y los valores familiares, la taruga del macho de la especie.

Sólo es cosa de comentar que tal vez nos estamos pasando de rosca, porque no se ve cuál sea la ventaja de combinar feminismo con la más cruda pornografía de libre acceso; la protección a los animales y la indiferencia no por invisibles masas de miserables, sino por el anónimo niño que pide limosna en el crucero; la ecología como imperativo colectivo y la promoción del libre aborto. No, no se entiende.

No se puede negar la carga de hipocresía y mojigatería en las costumbres de otros tiempos no tan remotos, cuando un locutor de radio o televisión, podía perder el empleo si se le salía una grosería al aire, pero tampoco es muy claro que sea un avance que ahora puedan decir cualquier palabrota.

Y lo mismo con cosas que antes eran del todo mal vistas, como el método de obtención del dinero, porque llamar bandido al explotador de empleados, al constructor tramposo, al que defrauda al fisco o a un banco, es casi blasfemia, pues el dinero ha adquirido un novísimo carácter de indicador de éxito en la vida, sin que importe su procedencia, que dinero es dinero y le sobran los adjetivos.

Vistos aisladamente cada uno de esos aspectos de la vida cotidiana general actual, pueden parecer unos, triviales y otros, simplemente expresiones de una evolución ética cuyas premisas son diferentes a las antes acostumbradas, de acuerdo, pero no parece que sea muy cierto que hay una nueva moral, pues en cuanto se trata de famosos, políticos o gobernantes, se aplican los viejos criterios y se exige que sean veraces, cumplidores, leales, honestos, trabajadores, honorables, decentes y sin pecados de juventud ocultos. ¿En qué quedamos?

Si vamos a adoptar una moral de circunstancia, si “nadie es nadie para juzgar a nadie”, entonces aceptemos que eso mismo hagan quienes ocupan puestos de gobierno y no nos sorprenda que sus actos correspondan a lo que se considera permisible en la vida del individuo común, entre otras cosas que no se le cuestione al hombre de poder que “aproveche”, como aprovechan el empresario que contamina y el “outsorcero” que trampea la ley y despoja de prestaciones y derechos a comaladas de empleados y encima, es bien visto socialmente.

Pero los tachamos de frívolos, ignorantes, lujuriosos, viciosos o deshonestos, al tiempo que se defiende el derecho de cada quien a tener “su” moral; a tener como base literaria el TVynovelas, el Hola en el mejor caso; a vivir apegado sólo a los apotegmas: “el que no transa no avanza”, “cada quien para su santo” y “las leyes se hicieron para violarse”.

No parece muy justo racionalizar nuestros actos individuales evadiendo su dimensión moral, al tiempo que mantenemos vigentes los más rígidos criterios de siempre cuando de políticos y gobernantes se trata, porque eso es autoengañarse: las normas éticas son naturales y forman parte de lo que llamamos sentido común, que para la vida diaria y el funcionamiento de la sociedad es indispensable, como la gallina para el caldo de gallina.

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