jueves, 22 de octubre de 2015

6790. MEJOR HUÉRFANOS.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Mejor huérfanos.
Tendría unos doce años el del teclado, cuando sintió por primera vez en su vida lo que es la pena ajena (“pena” a la mexicana, vergüenza): estaba tía Amelia poniéndole una regañada wagneriana a su hija mayor, la espectacular Dalia (prodigio nutricional de 1.75 de estatura, cabellera castaña, ojos verdes como platos, llena toda ella de pronunciadas concavidades y convexidades… mareaba), por algo relacionado con que no estuvo rezando una semana en un retiro espiritual en Zapopan, sino en Puerto Vallarta con el novio, haciendo algo que se entendía era muy diferente. La prima, muy mortificada, aguantaba el broncón y nomás decía, “sí, mamita”, cuando de repente, su papá, tío Rubén, también le dijo algo y la Dalia se transformó en una fiera: -¡Tú-no-te-metas!, no te queda hacerle de papá ¡y-menos-ahorita! –ver al tío cerrar la boca y retirarse ligerito hizo que el entonces tierno López sintiera caliente la cara… ¡qué vergüenza!, pero eso se ganó el tío por borrachín, indolente y desobligado. Feo.

Ayer inició la discusión en la Suprema Corte sobre si se legaliza o no el sembrar, cultivar, cosechar, preparar, poseer y transportar marihuana, exclusivamente con fines de consumo lúdico y personal.

Decida lo que decida la Suprema, queda una pregunta por responder: ¿de cuándo acá el gobierno es nuestro papá?

O sea, una de dos: o el gobierno es el conjunto de empleados a los que los ciudadanos les pagamos (mucho), por hacer respetar las leyes; o el gobierno es nuestro papá, con autoridad para darnos órdenes y mangonearnos la vida.

En el primer caso, que los gobernantes sean nuestros empleados, el punto fino es que las leyes estén bien hechas y para eso pagamos (no los gobernantes, ellos no ponen un quinto), un carísimo aparato legislativo: 32 congresos locales y dos cámaras federales, que se supone saben qué quiere y que no quiere la gente, nuestras costumbres y aparte, que saben de derecho para no aprobar leyes que lo violen, por más que las quisiera la gente. Y para los que no respetan la ley, pagamos (nosotros, ellos no), un enorme aparato judicial carísimo, encargado de sancionar a sus infractores. No suena tan complicado… y es un galimatías.

En el segundo caso, que el gobierno sea nuestro papá y tenga autoridad sobre nosotros, podrá decidir qué nos autoriza leer (y escribir e informar), si nos da o no permiso de reunirnos, con quién podemos tener sexo, si podemos o no jugar, qué podemos comer, beber, fumar, inyectarnos, untarnos, inhalar, meternos y podrá escondernos el salero: es nuestro papá y por eso mismo, por ser el papá de todos, podrá hacernos o no caso (por ejemplo en las elecciones), castigarnos y nalguearnos (sin abusar)… ¡ah! y papá no rinde cuentas, papá sabe qué es bueno para sus chiquitines. ‘Tá bueno.

Se habrá fijado que al Presidente de la república le dicen “primer mandatario”… ¡épale! ¿a poco es nuestro empleado?... parece que sí; dicen los tratadistas: “el mandatario queda obligado por la aceptación del mandato, a representar al mandante en los actos jurídicos previstos en la ley, gestionar la cosa pública y responder de los daños y perjuicios que de no ejecutarlo, ocasione al mandante; en el caso de los gobernantes elegidos, el mandante es el electorado y el mandato es la ley; en los casos en que el mandatario no sea elegido, la ciudadanía es mandante por extensión y su mandato es la ley”. Muy interesante es que “mandato” se define como la “orden o precepto que el superior da a los súbditos”… o sea, el Presidente es súbdito… ¡vaya cosa!

Pero también se habrá fijado que en la práctica nuestros gobernantes actúan más como papás que como mandatarios, más como jefes que como empleados, como cuando nos dicen que no debemos jugar juegos de apuesta (“no, no, no, ¡fuchi!, niño, deje eso”), nos esconden el salero, le hacen la guerra al consumo de refrescos embotellados y botanas, o hacen obligatorio el uso del cinturón de seguridad en el auto; y por eso, porque son nuestro papá, nos imponen su campaña contra el tabaco y el consumo de drogas, limitando libertades individuales en nombre de velar por el bien común, induciendo el engaño de que a veces, el gobierno tiene obligación de imponerse sobre el libre albedrío, siendo que el bien común se cuida evitando que la conducta individual dañe a terceros y nada más, como es con el consumo de alcohol (o con multas espeluznantes si un menor de edad va sin cinturón en el coche, pero los adultos: muy dueños de desnucarse, es su vida y el gobierno no es quién).

Sin embargo, puede discutirse mucho acerca de la obligación de los gobernantes de hacer todo eso y hasta puede resultar de verdad muy conveniente, pero en ese caso habría que aceptar que es cierto que la gente no tenemos la capacidad de decidir y que ellos están obligados a hacerlo por nosotros que es el fundamento mentiroso del “fraude patriótico”, cuando se limpian con las elecciones porque la gente escogió mal y ellos nos van a salvar de nosotros mismos, porque para eso está el papá, ‘pa cuidar de los chiquillos… y es interesante que a tanta gente le parezca bien, no lo de que se limpien con nuestro voto (antes a lo bruto y hoy con “ingeniería” electoral), sino que papi-gobierno nos autorice con quién acostarnos y qué meternos por los orificios corporales.

Hay que advertir que sí es una gran mentira que la voz del pueblo es la voz de Dios y que no raras veces resulta que la gente pensamos raro, lo que hace prudente no andar poniendo a votación popular todos los asuntos. De acuerdo.

Pero lo que es difícil de tragar es que a ratos seamos como nenes que no pueden conducirse y a ratos, adultos que se las deben averiguar como puedan.

Pero si les parece bien, adelante: que el gobierno sea nuestro papá, nada más que sea un buen padre que mantiene a sus hijos y los cuida, los lleva a buenas escuelas y médicos, y se preocupa por dejarles un patrimonio; no como estos irresponsables depredadores del erario, mentirosos y desobligados. Porque así, francamente, mejor huérfanos.

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