domingo, 8 de noviembre de 2015

6855. LOS BUENOS TIEMPOS.

Reporte Z

Por Rafael Gómar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Los buenos tiempos.

Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936).
Escritor británico.


Comparados con los tiempos actuales, los viejos tiempos eran maravillosos. A las nuevas generaciones les ha tocado vivir tiempos difíciles, más complicados que a los que nos tocó nacer en la década de los años cincuenta, sesenta. Seguramente es la etapa de la vida, la infancia, la que nos permite experimentar la vida desde la inocencia. Todo es nuevo y maravilloso.

Había algo mágico en las noches de mi infancia, la calle del ex mesón donde pasé esa parte de mi vida se mantenía en penumbras, unos cuantos postes tenían lámparas y en las casas me parecía que no había demasiada luz. Sin duda era la inocencia la que me hacía ver el mundo por primera vez.

Los sábados y domingos, muy temprano, antes de salir el sol, llegaban los comerciantes y comenzaban a preparar la vendimia. A veces me sentaba en la gruesa pared de adobón a escuchar cómo negociaban comerciantes y marchantes.

En los días de lluvia, las calles sobre la colina se convertían en arroyos con múltiples corrientes que arrastraban los barcos de papel que fabricábamos con hojas de libretas o papel periódico. Y en el verano íbamos al río que cruzábamos saltando de piedra en piedra, o chapoteando con los pies.

Jugar a las canicas, o a lanzar el trompo, o jugar a las escondidas, o juegos que ahora son desconocidos para los niños, era algo que podíamos hacer siempre. Si teníamos sed podíamos beber agua potable en cualquier llave pública. Por las noches los vecinos platicaban sentados en círculo, a veces hasta que el velador nos decía que ya iban a dar las doce.

Los sábados la pasába en el seminario de los combonianos desde las 8 de la mañana, nos daban de desayunar birote con chocolate o arroz de leche, después de alguna plática pasaban una película de santos, nos daban de comer una torta y agua fresca y después de la misa cada uno volvía a su casa.

La casa de mi tía Angelita había sido mesón hace muchos años, tenía un amplio jardín con un pozo no muy profundo que ya no tenía agua, ahí me escondía a veces que quería estar solo.  Al lado del jardín estaba la cocina que era también el comedor, un cuarto de tiliches y en el fondo de la casa estaba el baño y luego había una puerta grande de madera detrás de la cual estaba el corral con árboles frutales como granados, guayabos, duraznos, higos; en las noches procurábamos no ir al baño por miedo de cruzar el jardín que a esa hora parecía lleno de presencias desconocidas, alguna vez salí despavorido del baño al escuchar como una fuerza desconocida daba grandes golpes estremeciendo la puerta del corral.

A veces íbamos al rancho de unos primos, en ese tiempo no había muchas casas, pero sí había muchas vacas y toda clase de animales, cerdos, gallinas, gallos, conejos, como una granja; siempre volvíamos del rancho de los primos cargados de elotes, jícamas, sandías, frijol, maíz, que generosamente nos compartían y todavía lo hacen cuando los visitamos.

Esa es la otra parte maravillosa de la historia, las personas que poblaron mi infancia, mi Nina que murió de viejita con su vestido negro de bolitas blancas y su chal, y su cabellos blancos, sus ojos profundos y amables,  su presencia silenciosa y buena. Mi hermano menor que murió cuando apenas comenzaba a vivir y correr por la vieja casona, mi abue con su rostro moreno, curtido por el sol, mis tías y mis vecinos y algunos personajes como El Amor, un loco que vivía enamorando a toda mujer que se cruzara en su camino con palabras arrancadas de viejos libros de poesía.

Ésos fueron buenos tiempos, los tiempos de la primera infancia, cuando comenzamos a descubrir el mundo, por primera vez a la luz de la inocencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribe un comentario sobre esta entrada: