martes, 24 de noviembre de 2015

6921. A VOLAR.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

A volar.
Ignora este López si en todas las familias sea igual, pero en la que a él le tocó ser amaestrado, la autoridad paterna estaba fuera de duda, absolutamente: el que mandaba era el papá, sin discusión… si la mamá estaba de acuerdo. También ignora su texto servidor si todas las mamás sean parecidas, pero con doña Yolanda, la jefa de administración y disciplina que a él le tocó, la cosa era fácil, porque ponía reglas para todo y muy claras… de duración desconocida. De esta manera, si presentaba uno solicitud formal para salir a jugar con los amigos, el papá -receptor de la solicitud-, contestaba: -Pregúntale a tu mamá si hoy puedes -porque dependía de varios factores, por ejemplo, la boleta de calificaciones; si el último catarro era “reciente” (unidad de tiempo indeterminada); si aún le duraba algún coraje (duración variable); o del clima, pues el “no” era rotundo si le parecía que podía llover, hacer frío, calor… o ninguna de las anteriores, pero “no”, era “no”. Agravios imborrables.

Tal vez por eso -el síndrome Yolanda- detesta el del teclado la manía nacional de hacer leyes y sus cambios, al menos los arbitrarios porque algunos se entiende que son francas mejorías a la vida del tenochca.

Toca turno (otra vez) a la legislación electoral… y se queda uno pensando en cómo serán las cosas en otros países, en si lo que acá llamamos democracia es democracia o un sucedáneo y hasta en que tal vez así sea la democracia, “mobile; qual piuma al vento, muta d'accento e di pensiero”, diría el duque.

Por supuesto las leyes son dinámicas, las costumbres lo son, las convicciones y circunstancias también. Si no fuera así, el órgano legislativo de los países desaparecería una vez terminado el cuerpo legal de cada uno, no tendría sentido sostener un poder inútil. Hay delitos que dejan de serlo, otros nuevos no previstos, o que se agravan o ponen de moda, además de los cambios de penas, que escabecharse a un salteador de caminos estaba muy bien visto en el siglo XIX y ahora ni a los asesinos seriales se manda al otro barrio; aparte de derechos no previstos (el voto de la mujer, por ejemplo), y tantas y tantas cosas más que justifican la permanente existencia de congresos y parlamentos dedicados a legislar.

Pero, en lo que respecta a leyes electorales parece que no es muy exagerado decir que los mexicanos nos estamos pasando de rosca.

No pretende el del teclado que siguiéramos con la ley electoral de don Porfirio Díaz, ni con la de 1917, y ya en esas, con ninguna de las que se hicieron durante el pricámbrico clásico y tardío, porque en esos tiempos las leyes que rigen nuestros comicios cambiaron en 1946 (para quitar la reelección sucesiva en los municipios); la de 1953 (cuando dieron el voto a la mujer), 1964, 1977, 1986 (cuando nos creció la Cámara de Diputados a los 500 becarios que ahora mantenemos); la de 1990 (cuando se creó el IFE), la de 1993 (que puso límite al gasto de campañas electorales); y la de 1996-1997 (cuando Salinas de Gortari tuvo que aflojar o le reventaba todo).

Sin contar la anterior a la Revolución, nueve leyes electorales, hasta 1997, y cada ley nueva obligó a cambios constitucionales, de procedimientos, de partidos, de delitos electorales, junto con los respectivos cambios en cada estado de la república, porque lo que hace la mano, hace la tras. No se crea que es tan fácil: es un berenjenal.

Pensaría uno que ya llegados al 2000, año del arribo de don Chente Balín al poder, la cosa pudo mitigarse, pero no, hubo nueva ley electoral en 2007-2008 (para poner reglas y cotas a la publicidad de las campañas) y otra en 2014.

Esa de 2014 desapareció el IFE -reencarnado en INE, con autoridad sobre todos los institutos electorales del país-; y modificó cosas que parecían imposibles: la reelección de senadores (por dos períodos seguidos), de diputados federales y locales (por cuatro periodos seguidos), la reelección de Ayuntamientos; y la paridad de género en las candidaturas (entre otras cosas). Fue una reforma por todo alto, con toda la barba, con 21 artículos transitorios, que modificó 30 artículos de la Constitución del país, las leyes generales de Instituciones y Procedimientos Electorales, de Partidos Políticos y la de Delitos Electorales; no dejaron títere con cabeza… y ya la quieren modificar.

La intención-necedad es del PRI. Los mal pensados comentaron que quieren cambiar la ley para frenar y si se puede impedir, que el Pejehová se siga haciendo propaganda, atenido a las normas que los partidos pusieron sin pensar en que el Pejeremías es más necio que todos ellos juntos y tiene más vidas (políticas) que un gato. Los tiene preocupadísimos. Sigue con que quiere ser Presidente.

Ayer nos hizo el desfachatado favor de confirmar lo cierto del chisme el diputado priísta Jorge Ramírez Marín, vicecoordinador de su fracción en la Cámara federal; declaró: “Si alguien dice ‘por López Obrador se modificó la ley’, tendrá razón, porque de no haber usurpado los 590 mil spots de su partido para hacerse campaña él, estaríamos hablando de una ley que sí funcionó. Él encontró una vuelta, hay que corregirla”. 

Ahora (gracias don Marín), sabemos que al Peje le van a hacer trampa desde la ley, volviendo ilegal lo legal, lo que ellos definieron como legal. Ellos pusieron las reglas y ahora que respetándolas, el Peje Redentor les está comiendo el mandado: se cambia la ley y sanseacabó.

Su temor al Pejegallo no es tanto por él (que ya bastante visto y quemadito está), sino a que están al tanto de que el peladaje, los proles, la inmensa mayoría, está trinando de rabia y son muy capaces de votar masivamente por él y con un diferencial amplio, tendrían que incurrir en la reedición de la elección de Salinas… porque el Peje no puede ganar la presidencia mas que pasando por encima del cadáver del tío Sam… que si ve mal las cosas con la suficiente anticipación (como ahorita, por ejemplo), se cansa de financiar un independiente, darles la vuelta y poner al que le venga en gana. Y entonces sí: todos a volar. 

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