sábado, 5 de diciembre de 2015

6976. UN CUENTO. PARA…

Tenepal de CACCINI

LA ÚLTIMA NAVIDAD

Cuando el teléfono sonó con cierta insistencia en aquélla casona habitada por don Jacinto, un ancianito cuya edad rebasaba ya las nueve décadas, éste se levantó del viejo sillón que también presentaba las huellas del tiempo, con penoso movimiento, pero con alegría en su corazón. Era sin duda, alguno de los cuatro hijos que le anunciaría su visita en la ya cercana época navideña; sin embargo, la tristeza se reflejó en sus ojos, cubiertos ya por la piel derrumbada por el tiempo. Tras repetidos tosidos, Jacinto balbuceó aquél tartamudeante “bueenooo”. Y Sí, era uno de sus hijos, Pablo, el mayor de los cuatro, para darle la triste noticia de que en ésta Navidad no estarían con él, por lo que no vería a su nuera Guillermina, ni a sus nietos: Juan y Raquel, a quienes anhelaba tener entre sus brazos.
Tras breve diálogo, don Jacinto apenas pudo sostenerse en pie, se dirigió a la cocina para tomar agua, tras darle un lento sorbo, el vaso resbaló de su mano y se estrelló, desprendiéndose de él mil añicos que hicieron brillar el piso con el múltiple destello de las mortecinas lámparas.
Lentamente se acercó a la ventana de la casona que se ubica en la parte alta de la colonia Nueva España, allá en la Villa de las Flores, Jacona, desde donde divisó con sus nublados ojos, la torre del templo de San Agustín, donde alegremente revoloteaba una parvada de palomas, como si quisieran huir del tañer de las campanas que anunciaban una más de las misas del largo día.
Lentamente levantó su cabeza para atrapar los olores escapados de la guayaba y del níspiro, de la lima, la naranja y el limón de las pequeñas huertas cercanas, las que se niegan a morir ante el embate del crecimiento urbano.

Más cerca de allí se encuentra el Seminario Mayor de la Diócesis de Zamora, pero asentado en Jacona, por la conocida calle  Javier Mina, donde contados seminaristas murmuran con temor sus pesares entre los fríos pasillos, donde el silencio sepulcral no es a causa de la disciplina insertada por los sacerdotes que lideran el lugar, sino por la ausencia de prospectos para ocupar el púlpito ataviados con largas túnicas, pues ya no existe la vocación sacerdotal, no obstante a la ausencia de empleo.
El frío viento otoñal golpeó su rostro y lo hizo reaccionar; presuroso cerró la puerta y se dirigía hacia su aposento cuando de nueva cuenta sonó el teléfono. Otra vez se llenó de esperanza y con leve sonrisa alcanzó a levantar el aparato antes de que terminara el último turno del sonido, que bloquearía la llamada.
¿Ssssiiiiii? –respondió-, una vez más penosamente. Era otro de sus hijos, Ricardo, el más chico, quien ni tardo ni perezoso le dio la mala noticia, en el sentido de que, tampoco vendría del norte con su familia para estar con él en Navidad. Tampoco vería a su nuera Carmela, ni a su nieto Daniel. Fue otra puñalada más para su corazón, pues ya tenía en la sala, junto al árbol navideño, los regalos que había adquirido para ellos.
Allí mismo se sentó, colocó los codos sobre sus piernas y en sus manos temblorosas  hizo descansar  las mejillas; no pudo evitar que sus lentes cayeran al piso, no sin antes rebotar en la sandalia del pie derecho.
Volteó su mirada hacia el teléfono, como si quisiera alejarlo, silenciarlo, que no volviera a sonar, pero en su sentimiento encontrado deseaba al mismo tiempo escucharlo repicar de nueva cuenta, para saber que alguno de sus otros dos hijos sí estarían con él para celebrar el fin de año; sin embargo, pensó: que si vendrían Raquel y Esperanza, de cualquier forma nada sería igual, porque no estarían todos.

Fue Esperanza la que hizo sonar el teléfono. Tras el esperado saludo, don  Jacinto le preguntó:
¿Tú tampoco vendrás para Navidad?

–“Así es papá, le contestó-,  lamentablemente no podré estar contigo, ya que el trabajo me lo impide en ésta ocasión. Recibe saludos de mi esposo Carlos y de tus nietos Jacinto y Esperanza.

El silencio volvió a reinar en la casa. Sólo el polvo se paseaba, paseado por el viento que levantaba las cortinas, azotándolas entre sí.
Don Jacinto había enviudado hacía ya doce años, estaba acostumbrado a atenderse él mismo, aún tenía fuerzas para ello, pero sentía como si éstas estuvieran a punto de abandonarlo; una vecina acudía periódicamente a casa para asearla y hacerle de comer.
Desde que murió su esposa, doña Mariquita –como le decían-, se dedicó a vivir con plenitud la presencia de sus hijos y a jugar con los nietos. Eran su adoración, el tiempo lo compartía con ellos hasta quedar rendidos todos. Él, se escondía entre las sombras de la oscuridad para llorar sus dolencias. Ya no era igual, había menguado ya la fortaleza aquella que lo caracterizó, cuando escalaba el emblemático cerro del Curutarán, seguido por la chiquillería, con quienes buscaba las pinturas rupestres, cubiertas con el criminal grafitis. Por el camino cortaban guamúchiles, esas vainas coloradas que se dan en ese lugar, desde que a un político se le ocurrió en campaña plantarlos, seguido por gente de convicción y otros por conveniencia.

          Le llegó el recuerdo aquél, cuando con sus hijos jugaban a “los patitos”, que consistía en arrojar piedras a ras del agua de la Presa Verduzco, y contaban los rebotes; el que lograba más era el que ganaba.

Ya solamente le queda saber si Raquel se desplazaría desde Estados Unidos para pasar el fin de año en Jacona, con él, en aquella casona fría, donde los ecos cambiaban de rincón continuamente; donde los duendecillos traviesos jugueteaban con las cosas de don Jacinto cambiándolas de lugar. Eso a él le gustaba, eran sus fieles compañeros en la recta final de su existencia.

Don Jacinto ya había experimentado dolencias en su pecho, a veces sentía que se ahogaba, que se le iba el aliento; el mareo lo acompañaba con algunas punzadas en el cerebro. Había tenido una vida sana, pero sentía que la hora de partir de éste mundo se aproximaba. Ese era su gran pesar, provocado por la ausencia de sus hijos en la que presentía que sería su última Navidad, tal vez su último año.
Por esa razón sentía mayor pesar por la ausencia de sus hijos. Esa noche no durmió pensando en ellos, escuchando el griterío de la chiquillada y más cuando les anunciaba bajar al centro de Jacona para saborear una rica paleta, o para comer cacahuates quemados, para comprar cascarones y estrellarlos en las cabecitas bañadas de confeti.
El sol apenas quería librar con sus rayos tenues el cerro de La Beata, cuando el teléfono sonó. Don Jacinto quería correr a contestar pero sus entumecidos pies se lo impidieron.
Cuando llegó al lugar donde se encontraba ya había dejado de gritar su desesperante riiiiin.

5
No había pasado un minuto cuando de nueva cuenta lanzó su peculiar sonido. Don Jacinto lo levantó escuchándose la voz de Raquel:

¿Papá? ¿Estás bien?

“Claro –contestó- para enseguida lanzar la indeseada pregunta:

“¿No me digas que tú tampoco podrás venir a pasar la Navidad conmigo?”

-No papá, para eso te llamé. Es que…

“Te comprendo hija” Susurró con voz muy baja, ahogado por la anunciada soledad”.

Tampoco vería a Cristina, ni al inquieto José Jacinto, el que le jalaba las barbas y se las quería cortar.

La conversación fue escasa. Don Jacinto sabía que su hija había sido abandonada por su esposo y que ella tenía que trabajar como hombre y como mujer, como papá y mamá a la vez. Por esa razón el dinero no abundaba en su hogar y tal vez no haya tenido para costear el viaje.
Sin embargo, don Jacinco no se conformó. Él presentía que ésta sería la última Navidad de su vida; su último fin de año, por lo que, de alguna manera tendría que hacerle para que sus hijos estuvieran con él y juntos, alegrar por última vez esa casona; la casa donde todos nacieron, desde donde corrían hacia la calle Isabel La Católica, o hacia el puente del Río Celio para llegar al centro, atraídos por el tañer de las campanas del templo de San Agustín, o las del Santuario de Nuestra Señora de La Esperanza. O cuando caminaban por la calle  Primero de Mayo, o por el Canal que trae el agua desde el manantial de El Bosque, de donde se desplazaban hasta la Presa de la Luz. Ya de regreso se venían por el Calicanto, apedreando ranas o lagartijas.
Él no quería por ningún motivo escuchar que las campanitas navideñas tuvieran un sonar triste, con el amar sabor de la soledad, por lo que se acostó adormir con una idea bien clavada que le hizo sonreír levemente.

Su presentimiento lo hizo fraguar algo con lo que tenía la certeza que ésta próxima Navidad no estaría solo; razón por la que se dirigió a una funeraria, donde lo ayudaron a similar su muerte. Para ese entonces era ya el 23 de diciembre. Por medio de esquelas se anunció el deceso y velatorio, que fue enviado con prontitud a través de los correos electrónicos a todos sus hijos, yerno y nueras.
Todos se desplazaron de inmediato con el remordimiento invadiendo todo su ser, al pensar que habían abandonado al viejo. Los llantos ahogados no se hicieron esperar. Quedaron de verse en el aeropuerto de Los Ángeles, California, para juntos dirigirse al de Guadalajara; y de allí hasta Jacona. Al llegar a la casa querían ganar el acceso, hasta se atropellaban en la puerta.
Era ya por la noche, en la casa no se veía gente; sin embargo, el mortecino olor a cirio la invadía; pero notaron que se trataba de atractivas velitas que reposaban derramando la cera, apostadas en la mesa, donde había comida y vino. Todos se miraron a los ojos, mientras los pequeños se escondían detrás de sus papás, como negándose a ver hacia la sala, donde supuestamente estaría la caja guardando los restos del papá, del abuelo, del suegro bonachón.
Cuando la incógnita aún no se despejaba de sus mentes, escucharon familiar toser que salía junto con la tímida figura de don Jacinto entre las cortinas de la puerta que conduce a la gran sala, quien lentamente se acercó a ellos para abrazarlos jubilosamente:
¿Acaso solamente la muerte volvería a reunirnos?
¡Jamás!
Sonrió don Jacinto, quien falleció en los primeros días de enero del año siguiente.

Por Arturo Ceja Arellano
Director de Comunicación Social
Ayuntamiento Municipal de Jacona 2015-2018
“Vivimos Juntos, Trabajemos Juntos”

Jacona, Mich., 3 de Diciembre de 2015.

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