martes, 29 de diciembre de 2015

7085. ¿CUAL DE LOS DOS AMANTES?

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

“Cuál de los dos amantes sufre más penas, el que se va o el que se queda, el que se va se va suspirando y el que se queda se queda llorando…”

Hace dos días que inicié mi última columna del 2015 con muy pocos avances, lo confieso, escribo en ella sobre un resumen de lo acontecido para mí y en mi entorno, no va mal, pero hace unos minutos cuando salí de mi changarro hacia mi casa, escuche esa canción que menciono arriba y me soltó una cascada de recuerdos, toda una historia y en verdad una historia de amor. Les contaré:

Ellos son o fueron Trina Y Carlos, los dos del mismo pueblo, ella durante algún tiempo que no recuerdo cuánto, apoyó a mi mamá en las labores de la casa y en la higiene de los bellos angelitos hijos de mis papás. Trina era muy cariñosa con todos y jugaba con nosotros, era fuerte y podía levantarnos en sus brazos y balancearnos en el aire, por cierto, una tarde en que mi papá había venido a Zamora, enfrente de nuestra casa había una carnicería y se reunían ahí con mucha frecuencia un grupo de amigos, señores todos arriba de los cuarenta, cuarenta y cinco años, siempre oían música ranchera y norteña disfrutando de unos caballitos de tequila Sauza Hornitos con sal, limón y para bajarlos, una cerveza Carta Blanca.

No faltaba la botana consistente en Carne Apache, bisteces o hígado encebollado, lo sé porque muchas veces mi tío me mandaba por esa botana a su casa. Eran épocas de valientes y el machismo en defensa del honor más que ahora obligaba a portar una pistola y si era calibre 45 con sus cuatro cargadores, mejor, eso demostraba quien las podía más, no todo el mundo de machos podía darse ese lujo; los que ya habían ido al norte, sí, pero los que no, pos no. Como quiera con buena o chafa pistola con los calores del alcohol hirviendo en las mentes, los dedos se acalambraban esperando que alguno de ellos iniciara “la cala”. Se calaba sacando la pistola, apuntar pal cielo, echar un grito y jalar el gatillo. Después de la primera “calada” cualquier otro u otros sacaban sus “tronadoras” y el cielo se llenaba de abejas de plomo que zumbaban al subir y sin que nadie supiera donde caían.

Adentro de la casa mientras mi mamá se bañaba a jicarazos de una tina de agua que se había calentado con el calentador ecológico solar (el sol) cerca de la barda, protegida por una sábana atada a los laureles rojo y blanco que adornaban esa área del patio, Trina jugaba con nosotros a unos metros de la puerta de entrada; todos los niños arriba de la cama saltaban de uno por uno a los brazos de Trina que los bajaba al piso y corrían de nuevo a esperar otro turno, juego de nunca acabar, podría decirse, pero a… Más tequila, más valor, más balazos, más torpeza y en esa torpeza un bragao empistolao sacó la pistola, gritó sin apuntar pa arriba y a escasos centímetros de sus pies soltó la andanada de tiros pegando en una de las piedras del empedrado de la calle, brotaron arenas pero la bala cobró, agujera la sábana  más fuerza y atraviesa la puerta de entrada a la casa, junto con el brazo de Trina, a pocos centímetros del niño que en ese momento saltó de la cama a sus brazos, sigue la abeja de plomo y traspasa la pared de 60 centímetros de ancho y llega con muy poca fuerza a la barda junto a mi madre, de tal manera que pega en esa pared y cae produciendo un ruido que mi mamá alcanza a oír. Casi simultáneamente se escucha el grito de dolor de Trina al sentir la quemadura mordiendo su carne. Por fortuna solamente fue una herida, no cabe duda que las armas las carga el diablo y las disparan los que las portan.

Carlos vivía al otro lado de la casa, era mi primo y consentido de mi papá. Siempre que se iba al norte se despedía de mi papá, duraba unos meses al otro lao, ganaba algunos dólares y regresaba a trabajar la tierra. Las parcelas de mi tío y de mi papá estaban juntas, así que cuando teníamos trabajo nos íbamos temprano, hacíamos nuestras labores, un baño en el río y nos regresábamos juntos a comer. Una ocasión, cansadísimos, me invitó una cerveza que hubiera sido la primera cerveza que yo tomaría en mi vida y justo cuando la acababan de destapar, llega mi papá y nos pregunta - ¿Qué hacen? -mi primo le dice – pos aquí tío una pa hacer hambre- está bien, y dirigiéndose a mí me dice- mire Mijo agarre la pala y vaya a terminar la zanja en la parcela- ¿Ahorita pa qué apá? – pa que le de hambre Mijo- me paré de la piedra donde estaba sentado, tire la cerveza y dije: yo ya traigo mucha hambre.

Los fines de semana veníamos al cine con los primos, tres películas por dos pesos no eran para despreciarse, algunas veces nomas veníamos con mi papá Carlos y yo. En una de esas ocasiones entramos al Cine Ocampo y vimos una película con Lucha Villa y Luis Aguilar, precisamente “Los dos amantes” y el fondo musical era esa canción, muy bonita, pero cuando la cantaron, Carlos ya no se pudo contener y soltó el llanto encubierto por la penumbra de la sala y el ruido de la música, quise preguntar qué pasaba, pero no me atreví y lo dejé que se desahogara.

Al terminar la función nos fuimos a la Nevería Pigalle, en la esquina de Morelos y Guerrero y ahí tomándose unas cervezas me contó que estaba enamorado de Trina pero que ella con el incidente del balazo prefirió irse del pueblo y que mi tío al saber del romance le había prohibido que la siguiera viendo puesto que a él lo acusaban de haber sido el gatillero frustrado.

Carlos habló con Trina y acordaron que él nuevamente se iría al Norte pero que regresando reiniciarían su noviazgo.

Carlos volvió del Norte y no volvimos tocar el tema, él dirigía el Equipo Sauceda de primera división y yo “la Segunda” en la Liga Zamorana y eso además de nuestro trabajo cotidiano nos ocupaba mucho tiempo. Eso sí, él empezó a tomar más que en otros tiempos, pero ya no platicaba. Salíamos juntos a trabajar, con un chiflido nos poníamos de acuerdo de casa a casa y emprendíamos la caminata hasta las parcelas y en uno de esos días nos pusimos de acuerdo para que en la tarde al terminar “la labor” nos fuéramos a Zamora para que nos hicieran los uniformes con que jugaríamos los dos equipos. Dicho y hecho, acabamos la chamba, un baño y vámonos, llegando a casa me pongo mi ropa “de dominguear” y le chiflo la contraseña, sale y me dice: Mira Fósforo no voy a ir, me voy a quedar a tomar unas caguamas con Arnulfo y mejor vete pá que no te deje el camión, les dices que les pongan los ribetes rojos a las camisetas y les das el “entre” con el dinero que llevas. Ni modo, el “Amarillo” ya estaba en la carretera y tuve que correr para alcanzarlo.

Al día siguiente, a eso de las cuatro y media de la madrugada mi papá me dice- levántate Mijo y ponte ropa para ir a Zamora- ¿qué pasó? -le pregunté- me dijo – es que Carlos se dio un balazo en una pierna- me vestí y salí de prisa pensando en las bromas que le haría por andar tomando caguamas.  Ya en la camioneta, subiendo la Calle Real sale de su casa Carlos Ávila y se sube junto a mí, yo quedé en medio y no les veía las caras cuando dijo el Sr. Ávila – ¡Hombre tan joven, 26 años, y morir así! ¡Chin! Ya no pude hablar, mi papá dijo que en una pierna y este dice que murió, aun no sabía que el tiro se lo dio en la femoral y se desangró de tal forma que solo alcanzo a llegar vivo hasta La Rinconada.

Lo velamos más del tiempo que se acostumbra esperando a su Padrino de bautismo porque como no era casado era pues un angelito, a las doce de la noche la caja crujía, goteaba un líquido y al darnos cuenta vimos que el cuerpo se inflaba y que el líquido despedía un fuerte olor. No llegaba el Padrino y tampoco vi a Trina. A esa hora, con linternas y lo que nos diera luz, nos encaminamos al panteón con un numeroso contingente, la gente del pueblo, los equipos de fut y muchos deportistas y gentes de otros pueblos. Casi a las dos de la madrugada terminamos de sepultarlo.  Y a Trina nadie la vio.

“Cuando dos almas se quieren, por más que se alejen, no se pueden nunca olvidar, por eso cuando yo muera. Cielito lindo, nunca me dejes de amar. Si vas al campo donde los muertos reposan ya, busca mi tumba y ahí la mía encontrarás, llévale flores muchas gardenias y un rosal, que sean violetas y nomeolvides y nada más”

Hay más de esta historia. Por hoy aquí le paro y les debo la columna que empecé el sábado.

Les deseo felicidad para este Año Nuevo y siempre. Recomiendo no esperar como viene el año, es mejor decidir que vamos a hacer en el nuevo año. ¡ÉXITO!!

Saludos a TODA mi familia y a TODOS mis amigos.

Rafael Ceja Alfaro.

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