lunes, 11 de enero de 2016

7130. LA EMOCIÓN DE LA PRIMERA VEZ.



Enviado por SINEMBARGO.
Desde México, D.F. Para
Tenepal de CACCINI

Por Mónica Maristain.
Enero 9, 2016 - 00:00 hrs.


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Foto: Especial

Un libro puede ser un hecho físico, puede constituirse con aromas añejos y persistentes en una memoria que aun frágil nos puede hacer perder las llaves de la casa u olvidar el teléfono celular en un taxi, pero nunca desprendernos de esas emociones genuinas y primerizas que nos hicieron los adultos que hoy somos.

El libro primero vino a mí con una contundencia estremecedora. Ni siquiera sé si estrictamente fue el primer libro de mi vida, pero ahí se la lleva, entre esas lecturas virginales y emocionantes con las que aprendí a hacer de la lectura un acto tan habitual como respirar.

Soy hija de padres lectores, de esos que eran capaces de leer hasta las etiquetas de los frascos de mermeladas si no había en casa alguna revista.

Soy hija de un hogar pobre, fundado por un albañil y una empleada doméstica, que a edad muy joven comenzó a tener a sus hijos hasta completar el número de ocho, lo que en Argentina, mi país natal, da pretexto a la broma de ser comparados con una marca de anís muy famoso.

Mis padres murieron muy jóvenes, sin dejar ningún bien material que pudiéramos heredar, pero me inocularon la afición a la lectura y a la música de un modo que me hace sentir muchas veces como emisaria de una aventura impuesta y encomendada por ellos.

Me criaron en una casa pobre donde a menudo faltaba todo, incluso la comida, pero nunca faltaba algo que leer. Mi padre devoraba las revistas de cómic Intervalo y Tony, las dejaba a un costado y yo las tomaba primero para ver las imágenes y luego para ir juntando las letras una por una. A los cinco años, yo ya leía de corrido.

Éramos tan pobres que no podíamos comprar libros. Así que con mi padre recortábamos las tiras que venían todos los días en la contraportada del diario Crónica e íbamos completando la novela Papillon, del francés Henri Charrière.

No sé cómo Mujercitas y Las aventuras de Tom Sawyer llegaron a mí, cuando tendría no más de siete años, pero recuerdo con emoción los libros de tapa dura, color amarillo, que me cautivaron irremediablemente.

No soy aficionada a las cosas del pasado, pero creo que esos libros, así, con portada dura, una ilustración –no una foto- en la cubierta de color amarillo, no tendrían que haber desaparecido nunca.

Lo digo en el sentido de que es una sensación de que un niño no tendrá y no porque descrea del iPad, del e book o de las nuevas tecnologías aplicadas a la lectura. Sólo hablo de esas sensaciones físicas que también construyen el esqueleto emocional de una persona y que todos deberíamos experimentar alguna vez en la vida.

Pienso en todo esto porque Sexto Piso va a lanzar en las próximas semanas una edición de Las aventuras de Tom Saywer y dando un vistazo a las páginas de esa novela primordial, de formación, recordé a mi madre, sus ojos azules posados sobre alguna lectura, en paz consigo y con el mundo, disfrutando un momento de relajación de la mejor manera que sabía hacerlo: leyendo.

Recordé a mi padre, que falleció cuando tenía 45 años y era capaz de terminarse toda una colección de revistas en tres horas, leyéndola de punta a punta, incluidos los anuncios.

Pensé en esa niña que era yo, cuando me escondía debajo de la mesa, lejos del ruido que hacían mis hermanos pequeños para leer:

–¡Tom!

Silencio.

–¡Tom!

Silencio.

–¿Dónde se habrá metido ese chico? ¡Oye, Tooom!

Silencio.

La anciana se bajó los lentes y buscó en la habitación mirando por encima de ellos; después se los subió y miró por debajo. Muy pocas veces, o nunca, miraba a través de ellos por algo tan poco importante como un niño. Ésos eran sus mejores anteojos, el orgullo de su corazón, y estaban hechos para dar «estilo» más que para cumplir una función; podría haber mirado igualmente a través de un par de tapas de estufa.

Se quedó perpleja un momento, y después dijo, sin violencia pero lo bastante fuerte como para que la oyeran los muebles:

–Bueno, como te ponga la mano encima, te voy a…

No terminó la frase, pues se había agachado para explorar con la escoba debajo de la cama, de modo que necesitaba todo su aliento. No logró resucitar a nadie más que al gato.

–¡No sé dónde andará ese granuja!

Se acercó a la puerta, que estaba abierta, y miró al exterior, entre las tomateras y las plantas de estramonio que constituían el jardín. No se veía a Tom por ningún lado. Entonces elevó la voz, calculando un ángulo para que se la oyera desde lejos, y gritó:

–¡Oyeee, Tooom!

Y pensé también que como yo tampoco dejaré bienes materiales en herencia, compraré Las aventuras de Tom Sawyer para que algunos de mis sobrinos se esconda alguna vez debajo de una mesa y en memoria de su tía experimente esa emoción que constituye entre otras muchas cosas un escudo de familia.

Es editora, periodista y escritora.

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