martes, 12 de enero de 2016

7139. ¿POR QUÉ NO LO MATARON?

Enviado por SINEMBARGO.
Desde México, D.F. Para
Tenepal de CACCINI

Por Jorge Zepeda Patterson.
Enero 10, 2016 - 00:00 hrs.

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Del otro lado, es evidente que entregar a “El Chapo” a los tribunales y a las leyes de Estados Unidos es una señal de impotencia de la justicia mexicana para sancionar a su enemigo público número uno. Foto: Cuartoscuro

Muchos creían que el Chapo nunca volvería a fugarse, entre otras razones porque se asumía que en cuanto lo localizaran sería ejecutado. Y ciertamente durante el operativo de este fin de semana en Los Mochis sobraron posibilidades de pretextar un enfrentamiento a balazos y un desenlace mortal. De hecho, en la persecución previa uno de los elementos de la Marina resultó herido en la refriega en la que murieron cinco guardaespaldas del Chapo. Una balacera más en la que hubiera caído Joaquín Guzmán habría sido perfectamente “justificable”. Algo como lo que sucedió con Nacho Coronel en Guadalajara o Arturo Beltrán Leyva en Cuernavaca; en ambos casos los capos fueron acribillados.

Si el Chapo hubiera muerto durante el operativo el gobierno se habría evitado el riesgo de una tercera fuga y algo casi tan importante: sepultar los secretos que sólo él conoce luego de más de veinte años al frente del cartel que ha gozado, se afirma, de la protección de las más altas autoridades.

Paréntesis: Las estadísticas inducen a dar por buena la versión de que en algunos pasajes de la guerra en contra del narco, las autoridades optaron por concentrar la atención y el fuego en contra del cártel “malo”, los zetas, y hacer la vista gorda ante cartel “bueno”, el de Sinaloa. Bajo la tesis de que la violencia en una región resulta de la disputa entre bandas rivales, se habría llegado a la conclusión de que la única manera de “pacificar” una plaza era entregándola al control de un solo cártel, preferiblemente el del Chapo, menos proclive a las extorsiones y secuestros. De ser cierta esta versión, Joaquín Guzmán tendría información de negociaciones al más alto nivel con los gobiernos estatales y federal.

Capturarlo vivo es un primer acierto. Ningún cadáver se parecería tanto a el Chapo como la imagen de ese hombre en estado de trance, con camiseta de tirantes enlodada y bigotito a la Pedro Infante que las autoridades divulgaron horas después de la aprehensión. Junto con el de Peña Nieto y el del Chicharito Hernández, debe ser el rostro más fácil de identificar por todos los mexicanos. La presentación de un cadáver, en cambio, por más fotos y estudios de ADN con los que viniera acompañado, simplemente habría creado el rumor de un arreglo para dejar escapar vivo al personaje y permitirle desaparecer en el anonimato. Joaquín Guzmán habría engrosado la lista de las leyendas como Elvis o el propio Heriberto Lazcano, el Lazca.

En el dilema de entregarlo vivo o entregarlo muerto, las autoridades resolvieron correctamente. Pero ahora se les viene encima una polémica aún más compleja: extraditarlo o no extraditarlo. El gobierno estadounidense presentó con anticipación los recursos legales para solicitar el traslado del sinaloense y la Secretaría de Relaciones Exteriores examina la pertinencia y la validez de estas solicitudes. Pero no nos engañemos, la decisión de fondo no será jurídica sino política.

Los argumentos políticos en uno y otro sentido (extraditarlo o no) son igualmente válidos. La mera posibilidad de que el Chapo vuelva a fugarse es tan catastrófica para la imagen del gobierno mexicano, que muchos consideran preferible entregarlo ahora mismo y olvidarse del asunto. Por lo demás, así se conjugaría el otro gran riesgo que en que incurren las prisiones en nuestro país; permitir que los capos sigan operando desde sus celdas.

Del otro lado, es evidente que entregarlo a los tribunales y a las leyes de Estados Unidos es una señal de impotencia de la justicia mexicana para sancionar a su enemigo público número uno. El Estado mexicano abdica a favor de otro Estado en señal de reconocimiento de su propia debilidad. El grueso de los crímenes del Chapo fueron en agravio de mexicanos, pero pagaría por los que habría cometido en contra de estadounidenses. En suma, el gobierno de Peña Nieto se encuentra en una encrucijada, y hasta el momento de cerrar esta columna aún no resolvía como afrontarla.

Addendum. El viernes pasado Miguel Ángel Osorio Chong era el hombre más feliz del reino, o por lo menos del gabinete. Durante estos meses se había dicho que el secretario de Gobernación difícilmente podía ser considerado un aspirante a la presidencia en 2018 debido a que políticamente cargaba con la responsabilidad de la fuga de el Chapo, el peor revés del sexenio. La recaptura del capo no esfuma el pecado original, pero ciertamente lo atenúa sensiblemente. Y si consideramos que su principal rival, Luis Videgaray, secretario de Hacienda, se las está viendo negras con las perspectivas económicas, el optimismo de Osorio no es del todo infundado. No al menos en las redes sociales en los que ya se hace una comparación involuntaria: “detengan al dólar, no al Chapo”.


 Es periodista y escritor.

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