lunes, 4 de enero de 2016

7097. GRACIAS.

Enviado por SINEMBARGO.
Desde México, D.F. Para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Enero 2, 2016 - 00:05 hrs.

Hay suficiente belleza en estar aquí y no en otra parte.
- Alberto Caeiro.

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Con el paso de los años ese decir gracias se ha convertido en parte fundamental de mi carácter. Foto: Pinterest.

Tengo una relación de amor-odio con mi madre, es decir una relación muy sana.

No es ironía, evitaré meterme en las honduras de las adoraciones y los rechazos hacia las madres, pero qué bendición oscilar entre la cercanía y la distancia con ellas pues sólo así podemos dar con el tesoro escondido de la identidad, de la individuación. Creo.

Hoy quiero compartir algo del capítulo amoroso. En mi destartalada identidad de neurótica en eterno conflicto hay un eje que me sostiene, acaso el único pilar entero que tengo, y se lo debo a  mi madre: ella me enseñó a decir gracias. Me enseñó a decir o a actuar un gracias con cada persona que fuera amable, que hiciera algo por mí, que me cediera el paso, el asiento en el camión o me dijera una frase cariñosa.

Con el paso de los años ese decir gracias se ha convertido en parte fundamental de mi carácter que es un dechado de oscuridades y miserias tejidas entre impaciencia, ímpetu peleonero y un humor del carajo, pero que tiene al menos esa luz.

Y digo gracias siempre, de inmediato o de forma desfasada, mando un presente o escribo un correo de agradecimiento, regalo un chocolate o un libro, llego con una caja de galletas o un paquete de chicles pero no puedo quedarme sin decir gracias cuando recibo algo de alguien. Simplemente no puedo.

Y escribo esto porque me fascinan los finales y principios de ciclo como a todos y porque contemplando los rituales de año nuevo desde las doce uvas para pedir los deseos hasta los calzones rojos para invocar el buen sexo y los escobazos en la puerta para ahuyentar la mala fortuna caí en cuenta de que mi liturgia personal consiste en rezar un rosario de gratitudes.

Poco me interesan ya los propósitos de año nuevo e incluso las listas de deseos pues cada vez me convenzo más de que no hay mayor comunión que entregarse a los misterios del destino cuando de mirar al futuro se trata. Pero el pasado está lleno de certezas, de eventos que ocurrieron y que si entonces hubiéramos sabido hacia dónde nos conducirían, probablemente los habríamos arruinado apresurándolos o tratando de evitarlos.

Así que anoche – escribo esto el primero del primero del año- repasé las cuentas de mi rosario y fueron tantas que si las doce uvas fueran para agradecer más que para desear, no me habrían alcanzado.

Y traté de ir lo más atrás en el tiempo para recordar con nitidez el primer gesto por el que sentí que tenía que agradecer con el alma. Acababa de cumplir cinco años y llevaba días suplicando para que me inscribieran a la escuela, era complicado porque no tenía los seis años reglamentarios que la Secretaría de Educación Pública pedía para iniciar la educación primaria. Acompañé a mi madre a hacer el trámite de inscripción, recuerdo que nos atendió una mujer de mirada dulce que de inmediato notó lo de la edad y cuando empezaba a explicarnos que tendría que esperar al siguiente ciclo escolar, solté el llanto. Me preguntó si lloraba porque no quería ir a la escuela, entre moqueos le expliqué que se trataba exactamente de lo contrario, entrar a la escuela era lo que más quería.  No preguntó más, le recibió los documentos a mi mamá y me guiñó el ojo diciéndome que me preparara porque en septiembre empezaría a cursar el primer año de primaria. Gracias, mujer amable; gracia para ti donde quiera que estés, gracia para mi madre.

Luego volví al año 2015. Vi y viví tantos gestos de generosidad que pienso en ellos como una avalancha imparable. Hermanos que te cuidan, gente que hace guardia por ti en la sala de espera de un hospital, amigos de años y amigos nuevos que te rescatan de las fauces de tu emocionalidad desbordada, desconocidos que reparten café afuera de la sala de Urgencias, fiestas y carcajadas que aún resuenan en el cuerpo, el amor que duerme en mi cama, este espacio para escribir, tantos abrazos, tantas miradas, tantas palabras.

“Siempre den las gracias” era la consigna de mi madre ¿sabría lo que estaba invocando? Decimos gratia, venustas e invocamos a la gracia de Venus. Decimos Gracia y decimos Venus, la belleza, la voluptuosidad, la alegría de vivir.

Gracias por el año que se fue y gracias a ustedes, siempre.

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