lunes, 4 de enero de 2016

7098. GRANDES ESPUELAS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo., de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Grandes espuelas.
Inicia hoy la semana de calentamiento para iniciar ya a todo vapor, las labores del nuevo año, la próxima semana… Dios mediante.

Una parte de la población aún se encuentra en recuperación de los estragos físicos causados por la celebración del nacimiento del Niño Jesús y el fin del año-bienvenida del nuevo; de los estropicios económicos ya se irán recuperando a lo largo de los siguientes meses. No hay problema, es la rutina (¡ah! y los medios de comunicación hablarán de las colas en el Monte de Piedad y lo empinado de la “cuesta de enero” que, más apropiadamente, debería llamarse la cuesta del año; no pasa nada, también es rutina).

Esa rutina la podemos extender a lo que sucederá a lo largo de los próximos 12 meses, para volver al ceremonial de ¡fin de año!... básicamente no pasará nada (nada nuevo, lo que se dice “nuevo”).

No se trata de un acto de adivinación, sino del simple ejercicio de sumar los mismos elementos (todos nosotros, que constituimos el peladaje nacional); más los mismos actores (los que integran la clase política, el estrato gobernante, la élite económica); más los mismos actos (unos haciendo como que somos ciudadanos, otros haciendo como que tienen responsabilidad social y todos por su lado, cada quien para su santo). El resultado es previsible sin quebrarse la cabeza: haciendo lo mismo los mismos, no sale nada diferente.

No se trata de una actitud mamonamente pesimista (perdone el adverbio, pero el del teclado no encontró sustituto que describa en una palabra la actitud del intelectual-politólogo-analista diletante, que expresa su sabiduría vaticinando siempre y solamente, el empeoramiento y la catástrofe, responsabilidad del gobierno, la caída del precio del petróleo, la subida de la tasa de interés de la Fed, el terrorismo, la delincuencia organizada, los maestros y los curas -que no son lo que antes-, el consumo de comida chatarra y la plaga de sobrepeso, todo a costillas del “pueblo bueno”).

El caso es que lo seguro es que no saldrá nada diferente como saldo del 2016, y no, no es una predicción pesimista porque a pesar de los pesares las cosas mejorarán aunque sea poco (los diletantes esos que le dije, llaman a eso, “crecimiento inercial” -o “crecimiento diferencial”-, o sea muy chiquito, debiendo mejorar “mucho”… y puede ser que sí, se lo concedo a los catastrofistas, nada más que no existe el “mejorómetro”, para medir dónde deberíamos llegar, en lugar de llegar a donde lleguemos).

Mejorarán las cosas porque tantos millones de gente trabajando, aunque no sea en grado heroico, algo ayudan y porque el imperio internacional del capital, le guste o no (nos guste o no), a remolque nos lleva porque aquí estamos, en la frontera del mercado más importante del planeta, que si no fuera por eso, no sería extraño que estuviéramos como otros países cuyos nombres se reserva este López para no ofender a ninguno.

Sin embargo, no se interpreten estas afirmaciones como expresión de conformismo pues, por un lado se habrá de insistir cuanto sea posible en las ventajas de que cada uno hagamos lo propio siquiera un poco mejor cada día y con alguna dosis de civismo, así al principio sea homeopática; y por el otro, no se abandonará el marcaje personal y de zona sobre políticos y gobernantes para exhibir sin piedad sus metidas de pata, intencionales o no, a resultas de corrupción o simple estupidez, porque los actos y omisiones del gobernante tienen consecuencia mayúsculas en el bienestar de millones de personas y a veces de toda la nación.

Nuestros políticos y gobernantes -junto con la fauna nociva y rémoras que los acompañan-, se preocupan más por un catarro que por la ley y la ética, cierto, pero son cada vez menos inmunes a la prensa en todas sus modalidades (incluida estelarmente la digital), no porque la exhibición de sus barbaridades les dañe su de por sí maltrecha fama pública, sino porque los pone en riesgo cierto de pagar las que se comen, según su nivel, ya sea que los corra su patrón (para guardar las apariencias), pierdan su posible futuro como candidatos a algo, o se desprestigien ante  las entidades y gobiernos extranjeros, que les ponen las peras a 24; y de esto no se salva ni el Presidente de la república (“maximum inpunitus” de la nación): es el precio que pagan por haber abierto el país a tontas y a locas sin cuidar de la soberanía (a menos que usted piense que es soberano un país que firma convenios públicos como el Plan Mérida o el que da atribuciones a la OCDE para supervisar las licitaciones mayores del gobierno federal, específicamente las de la CFE y la construcción del nuevo aeropuerto). Algo bueno iba a salir de eso, aunque sea esto.

Así las cosas, es por eso la vorágine de escándalos que no han dado reposo a don Peña Nieto. Vienen de Londres, Nueva York y Washington las noticias que le sacan ojeras y le espantan el sueño (y lo de la Blanca Casa de la esposa del presidente, las casas de Videgaray y las demás propiedades que doña Aristegui destapó, hubieran sido nota muy pasajera sin la poderosa CNN tras la señora). Lo mismo con lo de Iguala y la desaparición de 43 estudiantes: en otros tiempos el asunto se hubiera “administrado” y sepultado pronto en el olvido, pero la militante iglesia de izquierda lo tomó a volapié y le metió prensa desde Europa… y se les pudrió en las manos el problema.

Todo esto permite un moderado optimismo: las cosas se van a tener que manejar cada vez mejor (o menos mal), por parte del gobierno. El imperio actuante ya impuso cambios de fondo en el país, desde la sustitución de las garantías individuales que se concedían al peladaje en la Constitución, por los derechos fundamentales, inherentes a la persona e inviolables; también los cambios en el modo de realizar los juicios, que los juicios orales y el sistema penal acusatorio adversarial ya hace posible una justicia realmente pronta.

Ahora empezaremos a ver que todo eso aterriza en los estados. Ya los gobernadores van a saber que a gran caballo, grandes espuelas.

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