jueves, 14 de enero de 2016

7149. CON TODO Y CAPIROTE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo. De Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Con todo y capirote.
En el berenjenal genealógico del zoológico familiar de este menda, todos “los grandes” sabían cómo era el matrimonio que formaban tía Concha y tío Manolo: un teatro. Son de esas cosas de las que se enteraba uno después, ya siendo de “los grandes”. Lo que se veía por fuera -aparte de que no tuvieron hijos-, era que la tía Concha tenía su casa impecable, que atendía a cuerpo de rey a su esposo y que él le correspondía siendo un caballero todo corrección y cortesía con ella, sí pero él sabía que era cornudo múltiple y ella sabía que el eterno secretario de su esposo (el tío era abogado), lo que tomaba de su marido no era el dictado. Decía tía Victoria (ya sabe cuál, la que tuvo en su vida más camas que la cadena Sheraton y sabía las historias de todo mundo), que así se habían acomodado los dos, pero que a nadie engañaban con su puesta en escena del hogar ideal. Bueno, cada quien su vida.

El espectáculo que ofrecen cotidianamente nuestros políticos desde hace digamos unos… 85 años (no es cosa de exagerar), recuerda al del teclado el matrimonio teatral de esos tíos.

Nuestros personajes públicos, en especial los que forman parte del gobierno en alguno de sus poderes y niveles (salvo las honrosas excepciones bla, bla, bla…), desempeñan el papel que les toca representar y se sujetan al guión, unos porque creen que la gente les cree y otros, a sabiendas de que es para el consumo exclusivo de la clase que ellos mismos integran, la política. Los primeros, los que sí piensan que el tenochca estándar se traga el cuento, son aprendices o ingenuos (variante tierna de la tontería); los otros, los que saben qué piensa la gente y perciben el estado de ánimo de la masa, son gente curtida que sabe muy bien cómo se juega el juego y que se deben respetar sus reglas impúdicamente, sin temer al ridículo, si no se quiere pasar al desempleo, a las filas de los perseguidos o peor aún, a las huestes del Pejeremías. Los primeros sin darse cuenta están en mayor riesgo, pues se atreven a más en su inconsciencia; los segundos saben cuándo aflojar, disminuir el volumen, bajar la cabeza y hasta cumplir, sabedores de que para entrar a la jaula de los leones primero se les alimenta hasta la indigestión.

En nuestro risueño país, de la matanza de Huitzilac al año 2000, todos los políticos tenían muy claro que el candidato a la presidencia de la república sería el que el grupo de turno en el poder, decidiera, según informara el Presidente del caso, por conducto de quien le pegara la gana. Y nadie chistaba.

No era, en rigor, como se dice, un “dedazo” del Presidente que por poderoso que fuera en esos tiempos del pricámbrico clásico, sólo era la opinión más importante pero pedía pareceres, sondeaban tendencias, evaluaba la circunstancia y decidía en un acuerdo tácito con los que representaran efectivamente una cuota real del poder político en el país.

Así las cosas, una vez “destapado” el candidato, todos sabían que era “el bueno” y toda la gente daba por descontado que ganaría las elecciones fuera el que fuera el resultado de la votación… pero igual se hacía campaña electoral, se celebraban mítines y marchas de apoyo, se pronunciaban encendidos discursos y se pedía el voto popular para preservar el régimen de la Revolución (y no importaba que no hubiera candidato opositor, como fue el caso de la campaña de José López Portillo, que compitió solito y con el voto de su mamá ganaba, pero su campaña fue una vorágine de giras, saliva y dinero). Y toda la clase política hacía de comparsa, muy seriecitos, eso sí, que al que le ganara la risa le tocaba estarse en la banca seis años seguidos, mínimo.

Las diferencias que se observan de un sexenio a otro, de un gobierno a otro, dependen de los actores, de los políticos, pues hay quienes representan muy bien su rol, con dignidad y muchas tablas, consiguiendo soberbias representaciones y hasta emocionar al respetable, en tanto otros, hacen sainetes, comedias, farsas, entremeses, monólogos, óperas bufas y hasta dramas (caso paradigmático: Salinas de Gortari que terminó su periodo en medio de un vendaval de desgracias que ni Hamlet).

Lo mismo sucede con el resto del ceremonial político nacional. Tomas de posesión, entrega de cargos, celebración de fiestas patrias, gritos de independencia, giras, mítines, inauguraciones de obras, entregas de apoyos, gallarda presencia en actos protocolarios, caminatas con cara de preocupación entre escombros por desgracias naturales… todo forma parte de los rituales del poder celebrados por los políticos para los políticos que dicen en el escenario sus parlamentos y corren a las butacas a aplaudirse como jubiloso público (en la campaña de un muy conocido político que fue Gobernador de su estado, el del teclado presenció el momento en que al final de un mitin un lambiscón despistado le dijo que había “prendido” a la gente y el candidato, correoso y experto, le contestó: -Nomás faltaba que no, si para eso los traemos y les pagamos, nomás faltaba que no –rigurosamente cierto).

Lo risible del drama de los políticos actuales es que no se dan cuenta que siguen los usos, modos, modas y costumbres impuestas por razones comprensibles en su momento, por el otrora poderoso régimen, todos son ya variantes del PRI.

La realidad de México es que la mayoría de la gente no presta atención y le importa un pito lo que hacen los políticos (a condición de que sus metidas de pata no le peguen la panza al espinazo). Esta es nuestra realidad y por eso se mantiene en pie esto que llamamos país: el pueblo va por su lado y se rasca con sus uñas como mejor puede, esperando nada más que los gobernantes estorben y perjudiquen lo menos posible; la clase política va a su aire y por su lado; los ricos… los ricos ganan aquí y guardan afuera.

Si le parece exagerado nomás haga favor de buscar un ciudadano que haya leído completo un informe de gobierno de un Presidente o Gobernador, con uno que encuentre este menda hace un acto de contrición público, con todo y capirote.

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