sábado, 16 de enero de 2016

7160. EL COMPROMISO DEL PADRE ENRIQUE MAZA.

Reporte Z

Por Rafael Gómar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

El compromiso del padre Enrique Maza.

Mi sacerdocio no ha consistido en decir rosarios, misas y confesar;  rara vez hice esas cosas. Mi apostolado era otro, como Jesús, el supremo sacerdote que se dedicó a recorrer Palestina hablando y tratando de convertir a los demás, denunciando a
quienes explotaban al pueblo”.
Padre Enrique Maza (1929-2015)


Un día antes de la víspera de la Navidad pasada murió el padre Enrique Maza, el último de los fundadores de la revista Proceso, poeta y escritor, el padre Maza fue un hombre de pensamiento libre. Nunca antes había oído hablar del padre Maza, a raíz de la lectura de algunos artículos en la prensa y en la revista Proceso me interesó indagar en el pensamiento de Maza.

Uno de los temas sobre los que el sacerdote jesuita escribió es el diablo, que para la Iglesia es un ser con personalidad propia, que es el pretexto perfecto para que los hombres renuncien a su responsabilidad histórica ante el problema del mal.

Sobra decir que Enrique Maza no era un sacerdote querido por la jerarquía eclesiástica, sus posiciones teológicas punzantes y su compromiso ético lo hacía un cura especial.

Tengo el propósito de leer las obras de Enrique Maza, e inducir a una reflexión sobre temas que para el sacerdote fueron importantes, pero especialmente porque el tema de la ética es un asunto de la mayor trascendencia en nuestro país, en donde la falta de compromiso ético es evidente en todos las actividades, pero marcadamente en la política en donde la corrupción ha profundizado y echado raíces.

En el libro El diablo, orígenes de un mito, el título nos dice mucho sobre la posición del padre Maza con relación al problema del mal. La posición de Maza es muy diferente a la posición de la Iglesia católica en este punto; la historia del mal no se puede atribuir a un ser mítico, “el diablo, los ángeles, el limbo, el purgatorio y todas esas cosas no son dogma de fe”, afirmaba Maza.

La Iglesia utilizó la figura del diablo para infundir temor, un método de proselitismo cuyas secuelas aún son visibles, la figura del demonio no sólo surtió efecto en los individuos, sino en pueblos enteros.

Maza denunció en sus escritos y en sus libros la censura clerical, la ley mordaza que se imponía a los sacerdotes y laicos desde las cúpulas del poder, había muchas razones para que Maza fuera repudiado o bien para que el viejo cura abandonara las filas de la institución que tanto criticó, pero se mantuvo en la Iglesia.

El triste fin de Maza fue antecedido por la terrible enfermedad del olvido, el alzhaimer, él mismo al conocer el diagnóstico de los médicos se despidió de sus amigos periodistas de Proceso y poco a poco la memoria se fue apagando.

Para Maza la muerte, otro de los temas que abordó en sus libros en base a las experiencias de la asistencia espiritual que brindó a los condenados a muerte como capellán en las cárceles de Cleveland y Kansas City,  fue una liberación: “Morir, como dice san Pablo, es una ganancia. Ya no es el agobio de la vida, sino la vida sin agobio”. En estos tiempos de nihilismo reflexionar sobre la obra de Enrique Maza puede dar luz para encontrar nuevos caminos.

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