lunes, 18 de enero de 2016

7162. ¡LÁSTIMA, MARGARITO!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo., de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Lástima, Margarito!
Contaba la abuela Elena, la de Autlán de la Grana, Jalisco, muchas anécdotas de un tío abuelo de ella, Margarito, tipo bragado, sin escuela que apenas sabía escribir su nombre, que brillaba de inteligente y fue alcalde del pueblo, allá a principios del siglo pasado. Una de esas historias era de cuando un vecino fue a denunciar a su esposa por adúltera (porque en aquellos lejanos años, era asunto penal y se pagaba con cárcel para los involucrados), diciendo que lo había hecho cornudo muchas veces, cosa muy cierta y muy sabida por todo mundo, pero decía la abuela, el tío Margarito lo despachó de muy mal modo: -¡Mire nomás qué sorpresa!, desvergonzado: eso lo debió arreglar con el primero que le puso los cuernos, no ahora que tengo que meterla a ella y medio pueblo a la cárcel, sáquese de aquí, que me andan dando ganas de enchiquerarlo a usted, por lenón -justicia pronta y expedita.

Parece ser que este año no habrá escases de escándalos políticos, sin dejar de destacar que de un tiempo acá, concretamente, en este sexenio de don Peña Nieto, la mayoría de nuestros follones políticos se ventilan desde el extranjero. Por algo será.

La detención en España de Humberto Moreira, ex Gobernador de Coahuila y ex dirigente nacional del PRI, da para un buen rato de noticias, comentarios de expertos y disfrute de los enemigos de temporal del PRI, del gobierno y de Peña Nieto (enemigos de temporal porque ya ve, luego firman pactos y andan muy amigables).

El pasado día 15 llegó a Madrid don Humberto y lo apañaron. Su gente en México difundió de inmediato que era un asunto migratorio, que llevaba encima 500 dólares más de lo permitido, que traía un chicle pegado en la suela de un zapato, que se aclararía en horas su situación, que todo estaba en orden… el cinismo involuntario de los acostumbrados a mal usar el poder: era insostenible la mentira por ser los hechos en otro país, desde donde en poco, aclararon que lo había detenido la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de España, por delitos muy serios: lavado de dinero y malversación de fondos públicos.

En México, el ministerio público más frágil de nervios, por esas acusaciones contra un personaje de la política nacional de este calibre, bosteza mirándose las uñas, sabedor que esos gallos son intocables. Pero en el extranjero un político mexicano es exactamente como cualquier otro ser humano y su influencia es la misma que la del acento prosódico en la caída del imperio romano de occidente: cero.

Lo que más debe preocupar a don Moreira es que el asunto empezó en los EUA, los españoles como sea, son medio parientes y no es raro que por esas tierras de la madrastra patria se escuche fuerte y clara la voz del señor al que Francisco de Quevedo, hace más de 400 años (en 1603), le dedicó el afamado poema “Poderoso caballero es don dinero”; pero no es el caso, esto empezó en un juzgado de Texas (estado yanqui en donde nos quieren muchísimo a los tenochcas, viera usted), en el que reposan las confesiones incriminatorias de algunos exfuncionarios y socios de él, de cuando fue Gobernador de Coahuila. Una concretamente es la peor, la de un empresario de nombre Rolando González Treviño, que el 3 de abril del año pasado, firmó su acuerdo de admisión de culpabilidad detallando el modo como Moreira desvió recursos del erario de Coahuila (y les pasan estas cosas por soberbios y sobrados, por creerse de verdad intocables, porque sólo así se entiende que roben aquí y lleven allá lo mal habido, sabiendo que los yanquis para esas cosas son finos y les encanta arrastrar de los pelos a nuestros políticos); total: el empresario ese firmó, pagó su fianza y para el 25 de junio del año pasado, salió libre: ya tenían lo que querían, pruebas contra Moreira.

Los detalles de qué hizo don Moreira ahí léalos en la prensa, son muy aburridos y todos los que integramos el peladaje nacional lo resumimos en una palabra: robar (sea cual sea la modalidad o término jurídico, es eso, robar, tomar lo ajeno).

Lo interesante es que esas confesiones obtenidas en el juzgado texano sostienen que de los miles de millones de pesos que obtuvo de créditos el gobierno de Coahuila, don Moreira usó una parte para financiar campañas políticas de candidatos a gobernadores del PRI… y para la campaña de Peña Nieto.

Si es o no cierto, se verá dentro de mucho, pero lo que debe tener a Peña Nieto peinándose con dosis masivas de gel extra firme, es que no es difícil que al fin de su periodo presidencial lo acusen (el expediente estará hoy desarmado, pero las piezas están ahí, listas), y lo cite un juez yanqui a declarar por delitos que en los EUA son vigas en ojo ajeno (porque allá también hacen las suyas, nomás acuérdese de la elección de Bush jr., y antes, de la de Kennedy, inmenso cochinero… mafia incluida).

Pero el del teclado va por otro lado: Moreira no pudo hacer esas travesuras solito, contó con la complicidad activa y pasiva, de la mayoría de la clase política de su estado y de no pocos de la federación. Su Congreso aprobó sus cuentas públicas, sus secretarios guardaron silencio, todos encubrieron lo que todos sabían.

Eso es lo que interesa tengamos claro: los pésimos gobernantes que a veces hay en este país, son posibles por lo que somos: una sociedad permisiva y una clase política habituada a lo criminal, criminalizada. Ha pasado antes, pasa hoy, en todos los niveles. Ni siquiera al escándalo tenemos derecho, el escándalo es indignación y asombro, sorpresa: no podemos llamarnos sorprendidos ni indignados: todos lo sabemos, todos lo tapamos, en mayor o menor medida. Por eso hay tanto bellaco. No se enoje, es la verdad.

Seguro esté usted que dentro en unos pocos años, si llega tan lejos esto, no pasará de ser otro escándalo más, porque a fin de cuentas Peña Nieto no es manco y dispone ahora de todos los elementos del poder para preparar la más sólida defensa. El prestigio es lo que ya no arregla ni bailando en Chalma todo lo que le queda del sexenio. ¡Lástima, Margarito!

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