viernes, 22 de enero de 2016

7173. SUFRIMIENTO EVITABLE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo., de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Sufrimiento evitable.
Seguro estoy de haberle contado hace mucho de aquella tía muy querida, señora simpática y bondadosa, que no leía periódicos ni oía noticieros (tiempos de la radio), porque decía que para penas, las que le fuera echando encima la vida, pero que no pensaba sufrir por desgracias que sucedían a gente que no conocía en lugares que ni sabía dónde quedaban. Sí, seguro que se lo conté.

Bueno, eran otros tiempos, ya muy lejanos, en los que era posible mantenerse dentro de una atmósfera familiar o comunal, ajeno a lo que le viniera la gana a cada quien. Por lo que sea, se nos ha complicado mucho la vida (se refiere a occidente el del teclado, que el lejano oriente para él es muy lejano, como otro planeta).

Se advierte también, que su texto servidor se refiere al modo de vida del sector urbano, y de él, a aquellos apenas arribita de estar muy amolados y de ahí hasta los ricos, sin llegar al nivel de los obscenamente millonarios, porque esos viven en su burbuja, ajenos a todo y todos; tampoco se refiere a la población rural, cuyos problemas (y alegrías), son otros.

Hay quien rastrea el origen del modo de vivir actual y concluye que la Segunda Guerra Mundial o el abandono del sentido religioso, el desarrollo industrial o el consumismo y hasta la tecnología, son lo que dio la vuelta de campana a las costumbres, el concepto de familia, la pérdida de respeto por lo que antes se respetaba, y son causa del general deseo de riqueza y prisa por enriquecerse, exceso de “stress”, preocupaciones “globales”, devoción por la ecología, extravío de referentes éticos; y, como resumen de ese tsunami de descalificaciones de las actuales generaciones y su modo de vivir sus vidas, se afirma que han perdido el sentido de la vida. ¡Vaya!

Sí se ha complicado la vida y sí es casi imposible sustraerse a la catarata de información de todo tipo que nos bombardea directa o indirectamente a todos; sí, y también el “stress” que soportan las actuales generaciones es mayor que las de antes. De acuerdo.

Pero no parece sostenible la descalificación llana que se hace del modo de ver y vivir sus vidas de la gente menuda y los adultos jóvenes de ahora. No.

Para empezar porque el “sentido religioso” de nosotros los de antes, de nada valió para impedir guerras (las peores guerras, que las bombas atómicas sobre poblaciones inermes, las echaron personas con sólidas creencias religiosas, no pocos de ellos practicantes sinceros de su fe); y nuestro sentido de la vida no fue obstáculo para barbajanadas misceláneas, como la esclavitud, el racismo o la misoginia.  

No está tan fácil descalificar el modo de vida de ahora,  no, porque el concepto de familia de antaño se asentaba en la arbitraria autoridad indiscutible del macho, la sumisión de la mujer y no raramente en el abuso; pero, la familia era más unida… bueno, cuando regresaban de la fábrica, de la mina, de la plantación, a medio mal comer algo y caer como fardos todos amontonados en un solo cuarto… sí, era más unida.

Además -a fuer de ser sinceros-, aceptemos que deseos de riqueza ha tenido la especie humana desde siempre o al menos desde Noé, que -dicen-, vendió a escondidas boletos para embarcarse en su arca -a precio de oro cuando empezaron los chubascos-; y algo ha de tener de cierto, porque después del Diluvio, él y su familia no hubieran repoblado el planeta (o seríamos todos retardados mentales profundos, con semejante mezcladero entre pura parentela).

Sí hay ahora un consumismo impúdico, cierto, pero es el mismo de siempre, nomás que antes eran muy pero muy pocos, los que podían consumir glotonamente (aristócratas, burgueses y luego grandes industriales), pues la inmensa mayoría de la población vivía con lo mínimo, explotada como esclavos, como siervos, como súbditos, y luego como trabajadores de una revolución industrial hecha a lomos de una masa obrera exprimida hasta la última gota. Ahora más gente puede comprar y aunque le parezca increíble, la pobreza ha disminuido en el planeta (sigue habiendo mucha, pero ni comparar con la de antes). No sé usted pero su texto servidor en lugar de escandalizarse, siente rebonito viendo a un chamula con su celular… ¡bendito sea Dios!, ya se van cerrando las brechas, pareciera que no, pero sí.

Además, la humanidad ha probado largamente su capacidad para corregir y mejorar las cosas; el consumismo que conocemos como sostén de un aparato industrial insaciable y un sistema económico que requiere crecimiento económico perpetuo, le van a dar risa a las generaciones futuras (en un ratito, en unos 200 ó 300 años, que en tiempo planetario es un parpadeo).

Así las cosas y declarando sin pudor el optimismo más reprobable, sostiene López que hay algo en lo que debemos machacar sin pausa para agilizar cuanto sea posible su evolución: los gobernantes son nuestros empleados, están al servicio de todos. No hemos avanzado poco, que venimos de reyes por voluntad de Dios, pasando por dictadores por su tiznada voluntad -y sus pistolas-, y ahora estamos ya plenamente en tiempos en que tienen que disimular sus barbaridades los gobernantes (que ya es algo).

No exijamos lo imposible, que esa es una frase idiota.

Exijamos lo posible y posible es que a tuitazos, “facebukazos”, periodicazos y como podamos, consigamos sujetar a los políticos y gobernantes a la decencia más elemental, que es respetar la ley, ellos, siempre y primero que todos, pues aunque el bien común parezca un sueño, también es posible y si no lo fuera, cuando menos para que se acabe la frivolidad del poder, el mal uso y hasta el robo de los caudales públicos.

Pero, si en nuestro país hay gobernantes reprobables (no todos, tampoco), es peor la plaga de  burócratas de alto nivel, elegidos por nadie, agazapados en sus oficinas de lujo, rapaces, soberbios, causantes, responsables y culpables imperdonables de lo que hoy padecen, al menos en México, millones de personas: inseguridad, pobreza inducida, falta de servicios de salud, educación deficiente y tanto sufrimiento evitable.

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