lunes, 25 de enero de 2016

7188. ESTADO ANÉMICO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Estado anémico.
Había cosas de los grandes que no entendía este menda cuando niño. Una vez el primo Danielito (el pazguato con cerebro de ostión hervido), le pegó un trompón a un niño y la cosa se comentó semanas; en cambio, cuando Pepe (el más impresentable primo que tenerse pueda), en una posada descalabró a varios disque queriendo darle a la piñata (ya se lo conté antes), o cuando lo iba a buscar a su casa la policía: apenas se decía algo. Ya más grande entendí la razón: lo de Danielito era inesperado, casi increíble y lo de Pepe era normal, no llamaba la atención.

En el extranjero deben pensar que lo normal acá debe ser la más rigurosa de las decencias en la cosa pública y que por eso nos escandalizamos tanto cuando es detenido algún político o funcionario (hace una semana, el caso Moreira); y no, no es por eso sino por exactamente lo contrario.

En esta nuestra risueña patria la corrupción es parte del color local, del panorama tenochca, sabida práctica aceptada del poder, habitualmente impune, y cuando algún gallo de espolones cae preso lo que nos sorprende es precisamente la excepción a la regla, aunque sabiendo todos que de ninguna manera se trata de la aplicación de la ley, sino de conveniencia política, de algún pleito o venganza de otro más poderoso y en los casos en que la bronca es con el Presidente de la república, todo mexicano ya egresado del centro de desarrollo infantil, sabe que el detenido -culpable o inocente, eso es lo de menos-, se va a quedar en la cárcel un buen rato, cuando menos, lo que quede del sexenio de que se trate (a veces más).

En otras palabras: la gente se bebe las noticias de ese tipo, por morbo, por ver caído a uno de arriba, para tratar de adivinar la razón de su desgracia, sabiendo que los delitos que aduzca la autoridad no corresponden nunca a toda la verdad y a veces del todo inventados… ¡ah! y sabiendo también que saldrá libre, tarde (si su problema es con uno muy poderoso), o temprano, si nomás fue por conveniencia política del momento.

Otra cosa: todo tenochca en pleno uso de sus facultades mentales, sabe que el poderoso en problemas, aunque sea peor que el primo Pepe, lo acusarán de alguna babosada digna del primo Danielito; o de cosas terribles, que merecen siete hogueras, pero con expedientes como hechos por los Tres Chiflados, testigos inexistentes (o moribundos), y pruebas que se caen solas.

Es necesaria una aclaración: todo político de buen nivel en México sabe que aunque caiga en desgracia, el sistema ayuda… ¡oooh, sí! por eso no sueltan la lengua ni aunque se refinen 10 años tras las rejas, pues muchos saben que merecen 20 cadenas perpetuas, nueve fusilamientos y una semana encerrados en un cuarto con Donald Trump. En cambio, si mantienen el pico cerrado, seguirán con la esperanza viva de recuperar la libertad en cuanto le pegue la gana al que le pegó la gana fregarlos o de que no habrá obstáculo para el siguiente Presidente. –“¿No despepitó?;  bue… pues, que salga”.

La misma regla (George Orwell era un cándido), del silencio cómplice obligatorio aplica para los inocentes, porque a veces el enchiquerado de que se trate no es culpable de nada (al menos de lo que lo acusaron), y no dice ni media palabra de las que le sabe a sus ex jefes y compañeros, porque entonces, las pasa negras, no sale ni con aceite de ricino y hasta su vida peligra.

Nada de esto es nuevo. Es parte de nuestros usos y costumbres de la política. Se han cometido canalladas e infamias metiendo a la cárcel a gente del todo inocente como Jorge Díaz Serrano, Eugenio Méndez Docurro, Félix Barra García o los generales Tomás Ángeles Dauahare y Roberto Dawe González  (ni quien se acuerde de nada… ni modo, no hay espacio). A otros les han inventado delitos, como a Alfredo Ríos Camarena, Fausto Cantú Peña, Joaquín Hernández Galicia, Óscar Espinosa Villarreal o Dante Delgado Rannauro. Y a otros los detuvieron por naderías comparando con las que sí hicieron, como a Arturo Durazo Moreno; y también hay de los que han mantenido en la cárcel contra todo derecho, como el caso de la Ma’Baker Gordillo que aunque ya la hubieran sentenciado culpable, debería estar en su casa, como ordena la ley, por su edad y por lo que la acusaron, que tampoco merece que la consideren como a la Mataviejitas. La ley es clara y la señora debería seguir sus juicios sentada en su casa (el 6 de febrero cumple 71 años… ¿pues qué quiere don Peña Nieto?)

Una cruel verdad de siempre en nuestro país: no hay justicia para nadie que caiga en la cárcel. Si es parte de la raza no perteneciente a los estamentos del poder político o económico, para el tenochca estándar: si es pobre, sea inocente o culpable, ya se fregó, ahí se quedará hasta que alguien se aburra de verlo, porque no tiene dinero para abogados (ni sobornos); si tiene recursos, sea inocente o culpable, ya se fregó, porque saldrá, seguro que sí, pero con los bolsillos exprimidos y el alma estragada; y para los poderosos tampoco, porque nada los salva, sean inocentes o culpables, si otro más poderoso los quiere meter presos.
  
La desilusión manifiesta de cierta prensa por lo breve del encarcelamiento de Moreira obedece a que la película se acabó terminando los letreritos del principio. Lo que prometía ser un buen rato de chisme y morbo, se acabó antes de empezar. Ni modo: no lo detuvieron en México. Pero no desesperen, los renegridos yanquis andan con el hilo en la mano y quién quita después del 2018 nos obsequian con un sainete en cinemascope y gran reparto.

Sí debemos tener muy presente que nuestro principal problema como país es ése: la falta de derechos, ley y justicia, parejos siempre. Para enterarse no necesita usted demandar al Presidente de la república, no, nomás vaya a reclamar por el monto del recibo de la luz y ahí me cuenta cómo le va.

No el dólar, no el precio del petróleo, no el débil crecimiento económico, esto: la falta de derecho y ley igual para todos (delincuentes y poderosos incluidos), hace de México lo que somos: un Estado anémico.

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