miércoles, 27 de enero de 2016

7201. AHÍ VIENE EL PAPA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Ahí viene el Papa.
Tal vez así sea todo el género humano, pero al del teclado le consta nada más de aquí: a los mexicanos nos cuesta mucho la sinceridad, se nos da muy bien decir lo que suponemos quiere oír el otro, lo que creemos cae bien, lo que cuando menos, no nos haga quedar mal -como claridosos-, y hay casos en los que se entiende, porque es un crimen decirle a la orgullosa mamá que su bebé parece sapo, pero fuera de esos lances de obligada caridad cristiana, en nuestra querida patria, en general, decir lo que se piensa está muy mal visto. México es un santuario de lo políticamente correcto.

Dicho queda para que conste que asume el riesgo este su texto servidor, de ser vilipendiado, injuriado, denostado y menospreciado por sostener que no siendo para nada cierto que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, hay casos en los que sí son actores de una irresponsabilidad colectiva que permite a unos cuantos cínicos, ineptos, ladrones, mentirosos, vividores (podría seguir y seguir), acaparar el gobierno y disfrutar abusivamente de todas las ventajas que da el poder, presumiendo sus privilegios, pavoneándose entre los aplausos de sus similares y las alabanzas pagadas de la prensa del corazón y las revistas de “sociedad”. Eso sí, quejándonos todos.

Se apresura López a matizar lo anterior, porque ya se anda poniendo usted el saco: poco puede hacer una persona para oponerse eficazmente a un mal gobernante; absolutamente cierto. Pero menos puede un mal gobernante contra una mayoría pensante y actuante… y armada con sus millones de celulares.

Empecemos por el principio (y si no es el principio, es lo que se me ocurre): si en algo está de acuerdo casi toda la gente hoy, es en que los políticos son una birria, los partidos políticos una basca y el gobierno una mugre.

Esa opinión generalizada no acepta matices y aunque no es una verdad absoluta se mete en ese saco a los no tan pocos que forman parte de lo que llamamos política y son gente valiosa y hasta muy valiosa.

Tampoco podemos desacreditar la desilusión del tenochca promedio, justificada a la vista de la irresponsable frivolidad de la casta gobernante, el exhibicionista lujo en que viven, la descarada corrupción que permea en todo estamento oficial, y la increíble cantidad de miserables, pobres, pobretones y gente de clase media que mal disimula su condición de penuria vergonzante. Pero por encima de todo, lo que más abona al desencanto y la rabia, es que ya es inocultable que nos escamotearon la democracia.

La desilusión por la democracia ha dejado a todo un país en la atonía cívica. Ante la amenaza de un electorado que aprendió pronto a sufragar y por lo del 2000, creyó real la posibilidad de tomar el control de la cosa pública, los políticos (a la cabeza los priístas con el entusiasta apoyo de perredistas, sabandijas varias y los ilusos de recta intención -y ceguera incurable-, que nunca faltan), maniobraron con la habilidad de la experiencia, primero, manteniendo la antigua estructura que los sostenía (y así no se desmontó nada del mediatizador poder sindical, de la falsa clase empresarial -porque no son empresarios los que se enriquecen a la sombra del poder y el privilegio indebido-, por ejemplo); segundo, desacreditando sistemáticamente a los que llegaron al poder y tercero, descarrilando el proyecto democrático, pudriendo como ellos saben hacer, los institutos ciudadanos cuyo principal peligro es que son ajenos a su control, empezando por el IFE, legislando para acotarlos y ponerlos a su servicio, pasando el país de régimen de partido único a partidocracia. Y la ciudadanía perdió la fe en todo. Claro.

Mientras todo eso pasaba en nuestro país, en el mundo, ya sin Muro de Berlín, sin ruido, con paciencia, el poder económico internacional (lo que podemos llamar el imperio, sin identificarlo con una sola nación, que son 8 lo más 10), impusieron los mandamientos de la ley de su riqueza: el mercado manda, el gobierno debe sujetarse a las leyes de la economía; el libre mercado como nueva religión, dogmática que sólo locos y románticos irremediables pone en duda. Y así, ahora, a los gobiernos los gobiernan las entidades financieras internacionales: el Banco Central Europeo, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional. Los políticos perdieron el poder, el gobierno no gobierna.

Eso ya llegó a México y la fétida fermentación de nuestra vida política, molesta al imperio mundial del capital porque la ineficiencia oficial estorba sus proyectos, no es rentable, los pobres no son negocio. Por eso las presiones a que se le somete al actual gobierno federal.

El imperio espera la reacción de una ciudadanía dispuesta a participar, organizarse y conseguir el cambio a mejor… y nada… no saben que acá la gente ya no espera nada de sus autoridades.

Y nuestros políticos que bien saben que nunca falta un exaltado, mantienen la anestesia social con la demagogia más elemental (ya ni los mentirosos son de calidad), el gasto masivo en propaganda, los actos de populismo más rascuache (montan a caballo y bicicleta, inauguran todo, ponen pistas de patinaje en hielo en un país en que jamás se ha patinado en hielo, pagan tuiteros que aparentan inmediata respuesta a la ciudadanía; si viene el Papa se portan como fervientes católicos; si el Dalai lama, hacen fiesta; si la Selección gana un partido aparecen de uniforme… de asco), y también aparentan tener sentido social, concediendo todo no por respeto a las personas, sino para mediatizar al colectivo más activo: aborto, matrimonio del mismo sexo, adopción de hijos por esas parejas, discurso ecológico, derechos de los animales, pro feminismo chatarra (los sueldos siguen diferenciados)… conceden todo lo que no se acerque a sus intereses, lo que no amenace a la clase propietaria, sus jefes.

Bueno, pues no. Han llegado hasta donde los hemos dejado.

Los políticos suelen ser asustadizos y les da horror ser exhibidos… ¡vaya! pues desde las redes sociales en este momento tan propicio, digo… ahí viene el Papa.

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