viernes, 29 de enero de 2016

7208. CRIANZA Y MADRE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Crianza y madre.
Tía Carmen enviudó después de 54 años de matrimonio. Molestaba a no pocas señoras de la familia (estamos hablando de la rama materno-toluqueña), que dijera cosas como “la mujer casada tiene cabeza, la de su marido”, o “casa en que mandan dos, no manda nadie”; sí, molestaba mucho. Una de sus hijas, ya grandes los dos, ya enterrada toda esa generación, me contó que la mañana del día de su boda, su mamá le dijo: -“Tú deja a tu marido decidir todo, que lo que salga bien, te conviene y lo que salga mal, se lo refriegas en la cara… tú, déjalo mandar” -mañosa la tía.

Los que componemos el peladaje nacional traemos en nuestra genética la aceptación de que el gobierno es todopoderoso, supremo mandón, autoridad primera y última en todo. Nuestra historia abona a eso. Antes de la conquista porque no había ni la posibilidad de oponerse a lo que decidiera el del penacho más grande, so riesgo de acabar en el pozole del día siguiente. Durante la colonia porque sólo se cambió de penacho a corona, con un Virrey que tenía clarísimo que su principal deber era mantener intacta la autoridad.

Ya en el siglo XIX, obedeciendo por generaciones, se nos acabó por hacer costumbre: el pueblo llano ni chistó cuando le llegó el rumor de que ya éramos país independiente (lo que fuera que eso significara para un otomí, un zoque, un purépecha, un pajarero de Autlán o un mecapalero de Toluca). Tampoco dijo ni pío la raza cuando oyó que ya teníamos emperador (Iturbide), y alzaron los hombros (a lo mejor ni eso), cuando el chisme fue que ya no había emperador, que ahora había presidente (y ni se las olieron de la rifa de balazos entre centralistas y federalistas; católicos y masones; yorkinos y escoceses).

Por eso se ponían arcos triunfales para recibir al que llegara a mandar, de Santana a Huerta, de Maximiliano a Díaz: daba igual, era el nuevo patrón y con él se cuadraban todos (con las excepciones que siempre hay, pero que son eso, excepciones).

Por lo mismo el largo régimen de don Porfirio no fue una permanente lucha contra un pueblo levantisco, con ansias de libertad y democracia, sino un prolongado periodo en el que la inmensa mayoría, miserables incluidos, se dieron por bien servidos por la paz que a balazos y ahorcados se impuso, con aislados grupos de indios que sí le dieron lata (y así les fue: mayas a Durango; tarahumaras a Yucatán; y que el clima los exterminara).

Nuestra Revolución no escapa a esto. El llamado a las armas de Madero tuvo menos convocatoria que una invitación a oír la 5ª de Beethoven interpretada por una orquesta de maracas. La verdad es que fue un pleito de los que financiaron el asunto con soldados que hacían leva de pobretones y campesinos (nomás recuerde la función de “los Dorados” de Villa). En la capital del país hubo muchedumbres para recibir a don Panchito, sí, pero ya sabiendo que don Porfirio había tomado las de Villadiego y que no iba a haber descalabrados. Las mismas muchedumbres que recibieron a Carranza, a Obregón… a todos.

Antes de que terminara la bola, esa guerra que no fue Revolución sino rebatiña por el poder, se hizo la Constitución de 1917, sin que se enterara prácticamente nadie en el país.

Ya terminada la temporada de balazos, México quedó bajo la autoridad de lo que luego se llamó PRI, régimen que no consultó nunca a nadie del pueblo para ninguna de sus decisiones (y así, a las chuecas y las derechas, tuvimos los únicos 40 años rescatables de nuestra historia).

Durante la colonia y buena parte del siglo XIX, se decía que las decisiones sólo las podía tomar “la gente de razón”. Luego, por temporadas, se fueron imponiendo sin mucho alegar, unos cuántos ricos y militarotes, y uno que otro que pensaba, al servicio de esos y a veces tratando de influirlos, a veces; en todo caso, siempre “los de arriba”, pero jamás los que somos del peladaje, porque además, la verdad, la verdad, no hubiera sido lo más prudente, con tanta ignorancia y con un país por armar y consolidar.

Por supuesto esos pocos que mandaban no andaban viendo cómo perjudicar a la mayoría, no, pero sí cómo, sin poner en riesgo sus privilegios e imponiendo su modo de ver las cosas, procurar el progreso y también (ya que andaban en esas), que la masa saliera de la miserable vida que vivía.

Así se tomaron decisiones muy acertadas: abolir la esclavitud, hacer laico al país, otorgar garantías individuales, implantar el registro civil, la creación del Banco de México, el Seguro Social, el Infonavit, los tribunales del trabajo; y otras que siendo discutible su acierto, se adoptaron con las mejores intenciones: el reparto de tierras, la expropiación petrolera, la nacionalización de las empresas que generaban la energía eléctrica, la producción de fertilizantes y un etcétera nada breve… pero sin democracia, eso sí que no, y por eso, cuando de golpe nos la regalaron (no la conquistamos ni fue una gesta, fue la inmensa presión internacional), no la supimos cuidar, ni sabemos.

Nuestra realidad hoy es que por un lado hay un grupo acostumbrado a gozar de privilegios ajenos del todo a los de a pie; y por el otro, una ciudadanía que espera todo del gobierno, de la autoridad. Y la suma arroja que el gobierno es responsable hasta de lo que no es responsable, ahora mismo, por ejemplo, la paridad del peso con el dólar… pinche gobierno (y no tiene nada que ver).

Hay rebeldes, claro, pero pocos que buscan la consolidación de un régimen de justicia y democracia, progreso y equidad. La rebeldía de nuestras mayorías consiste en insultar a la autoridad, recriminarle sus corruptelas (ansiando participar en ellas sin decirlo), refregarle en la cara al gobierno lo que hace mal, sin siquiera plantearse participar o hacerlo en su lugar.

En el fondo lo que no hemos aprendido en México es a criar políticos (con “i”, de crianza), ni a hacer política, y sin ellos, sin ella, nada se vertebra. Y no es fácil porque la buena política, la verdadera (lo dice Julio Anguita), es como el buen vino y necesita tiempo, tonel, crianza y madre.

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