martes, 2 de febrero de 2016

7228. CAMARÓN QUE SE DUERME…

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Camarón que se duerme…
Tía Marieta fue una “tía de cariño” de este menda, amiga de la abuela Virgen (la de los siete embarazos), quien era su paño de lágrimas, porque todo mundo sabía que su vida era un desastre: el marido, un burócrata de medio pelo, borrachín y desobligado; un hijo que trabajaba “fuera”, pero estaba “dentro” de Lecumberri, sentenciado por fraude; a la hija de en medio, la dejó con dos hijos un señor con el que estaba disque casada (él sí estaba), y se regresó a vivir con sus papás con todo e hijos, sin siquiera fingir que buscaba trabajo, siempre en bata y de mal humor; la otra hija, la mayor, tenía un turno muy raro en la universidad (de 10 de la noche a cuatro de la mañana), y si no estaba dormida, fumaba marihuana a escondidas, en el baño, la azotea, la cocina, la sala y el comedor, la casa entera apestaba; tenía otro hijo que no daba problemas, pero tenía años de no hablar ni salir de su recámara. Siendo así su vida, este menda la vio berrear como nunca contándole a la abuela que su esposo le había dicho a última hora, que cancelara la fiesta y la misa por sus bodas de plata, que ella había organizado y que si no lo hacía, igual él no iba: -¡Vamos a bailar en la boca de la gente! –inconsolable por semejante babosada.

Por alguna razón de no difícil comprensión, cierta prensa nacional no minoritaria, dedica buena parte de sus espacios informativos a propalar escándalos de corrupción y de cualquier otro tipo, incluidos asuntos familiares y hasta de intimidad (muy impropiamente, sostiene López, sin pretender tener la razón), si involucran a políticos, funcionarios públicos y famosos en general.

Esta cultura del petardo puede entenderse como una manera de intentar conseguir que aquellos que se dedican al gobierno y la política, moderen sus malos hábitos, en beneficio de la sociedad; y cuando lo que se ventila son asuntos de artistas y encueratrices, actores y galancetes, ya no se entiende tanto, a menos que esa prensa se haya propuesto una cruzada moral (su moral), asumiendo el papel de pastores de la sociedad mexicana. Vaya usted a saber.

Debe advertirse que por supuesto la generalidad de las personas dan por cierto todo lo que se publica, en primer lugar “porque la política es una cochinada” y en segundo, porque el mundo de los artistas “es una porquería”; sin que sean del todo ciertas ninguna de esas afirmaciones… y sin que realmente pase nada por nada de lo que se publica, por grave que sea. Y ese es el punto: se ha cauterizado la opinión pública en México (o eso parece).

De esta manera, es muy difícil imaginar que los expertos que trabajan para los políticos no se hayan dado cuenta de la ventaja enorme de los constantes mini escándalos (el caso de la #LadyProfeco, que insultó a unos meseros y le costó el puesto a su papá Humberto Benítez Treviño; el señor Korenfeld, director de Conagua, despedido porque salió el video de él con su familia usando un helicóptero oficial; la escandalera por la tonta foto del hijo de un Coordinador regional del Infonavit, trepado en un Porsche que dijo le había regalado su papá, que renunció al cargo; la Casa Blanca de la esposa del Presidente, la de don Videgaray, la erróneamente atribuida a Osorio Chong, las propiedades falsamente atribuidas a familiares de políticos en el extranjero; la detención a lo tarugo en España de  Moreira)… si no pasó gran cosa con los sólidos escándalos del Pejeremías, ¿por qué ahora sí iba a pasar?

Como una droga que exige dosis cada vez mayores para dejar sentir sus efectos, en México a fuerza de tronar cuetes diario en los medios de comunicación, ya no nos hacen brincar más que con bombas y eso hasta que se asiente el polvito, porque nos han anestesiado la capacidad de indignación, visto que nada nunca tiene consecuencias reales y palpables: el escándalo político que en otros países haría caer gobiernos enteros, acá dura unos cuantos días en la opinión colectiva y se desvanece sin mayores secuelas para los que hayan sido exhibidos sin piedad, que no raramente siguen o regresan a la arena pública muy quitados de la pena (nomás acuérdese del fétido asunto de los videos de don Bejarano, el Señor de las Ligas, y ahí anda tan campante, en la política, como siempre); y el asunto más cochambroso de artistillas que en otras latitudes culminaría con severos procesos judiciales y la definitiva desaparición del mundo del espectáculo de sus protagonistas, acá se olvida y hasta produce una cierta fama mórbida que arranca aplausos extraños al público cuando les presentan a aquella que hace poco vieron en la televisión tras la reja de prácticas del juzgado (haga memoria del espantoso caso de la señora Gloria Trevi en el que hasta un bebé de ella murió… y ni rastro queda de eso entre sus seguidores, que no son pocos).

Los que saben de estas cosas están conscientes de la imposibilidad de mantener a la gente sin límite de tiempo riendo, aplaudiendo, gritando, rabiando o asustada. Los mejores cómicos hacen pausas, saben que la gente físicamente se cansa; los mejores actores dramáticos, también: no hay auditorio que llore dos horas seguidas.

Sobra decir que no es responsabilidad de la opinión pública que tengan consecuencias reales los escándalos. Es a la autoridad a la que corresponde aplicar las leyes, no a la gente común. Si resulta calumnia un escándalo, el calumniador debería ser condenado conforme al código penal y esto debería ser de oficio, no por denuncia del que sufrió el desprestigio; pero al revés, si es cierto lo publicado, el exhibido delincuente no debería poder escapar al brazo de la ley. Como nada de eso pasa sino cuando se trata de una venganza política de alguien más poderoso o de una canallada de un particular adinerado que quiere cobrar afrentas, la gente se conforma con comentar la cosa… y no mucho.

Esa moda de escandalizar sin tregua ha conseguido que básicamente, los políticos se hayan vuelto más cínicos que nunca, lo que para ellos entraña un peligro, que se confíen y camarón que se duerme…

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