jueves, 4 de febrero de 2016

7243. MAMÁ, YO QUIERO SABER…





Enviado por SINEMBARGO.
Desde la Ciudad de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Sandra Lorenzano.
Enero 31, 2016 - 00:00 hrs.

“…de dónde son los cantantes…”
Para lxs queridxs amigxs de Casa de las Américas

Ella tiene un vestido verde ajustadísimo que brilla bajo los reflectores. Canta un poco, dice algunos chistes, sonríe, coquetea con el público. Ellos suben al escenario, le ponen algún billete en el escote, y le dan un casto y respetuoso beso en la mejilla. De pronto ella se detiene. Un hombre joven no le ha dado un billete, como los demás, sino que le ha puesto una moneda en la mano. Ella se queda callada –silencio total a su alrededor-, mira la moneda, lo mira a él que está ya sentándose junto a sus amigos, frente a un par de botellas de ron, se saca del escote uno de los billetes que le han dado, y se lo tira sobre la mesa.

“Toma: para tu guagua”, le dice.

Ella –la que sabe distinguir muy bien las propinas de las limosnas- se llama Margot y es una de las estrellas del cabaret Las Vegas (Infanta, calle 25 y 27) que tiene los mejores shows de travestis de La Habana. El mismo que aparece en Tres tristes tigres, la novela de Cabrera Infante. A pesar de que apenas es martes, el salón está lleno. Hay muchos chicos jóvenes, algunos hombres mayores, casi todos cubanos. La tensión sexual y el cachondeo iluminan los cuerpos, como sucede en cualquier lugar del mundo. ¿Prostitución? Sí, sin duda; pero no hace falta venir al cabaret para verla. Ése es un tema denso, preocupante y urgente tanto en hombres como en mujeres, en todo Cuba. Pero en Las Vegas el ambiente no es ni más ni menos sórdido que en Londres o en Buenos Aires. Una mezcla envolvente de Almodóvar y “periodo especial”, de hormonas y Severo Sarduy (¿Cómo no recordarlo, a él, a Reinaldo Arenas y a tantos otros?).

La política de tolerancia del gobierno busca contrarrestar décadas de represión a los homosexuales. Pian, pianito, claro. Hablar de las políticas públicas en este sentido merecería otro artículo: el trabajo del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba (CENESEX) encabezado por Mariela Castro, y la discusión que dan algunos sobre esa “institucionalización” de la disidencia (el término “educación sexual” tiene memoria y levanta ámpulas), la apertura a la diversidad en ciertos sectores sociales, las críticas escuchadas e incorporadas lentamente…

El jueves pasado se anunciaron los ganadores del premio Casa de las Américas. En ensayo, el galardón fue para el trabajo de un ecuatoriano sobre literatura queer (“De las cenizas al texto. Literaturas andinas de las disidencias sexuales en el siglo XX”, de Diego Falconí Trávez). En teatro, para una obra sobre amor entre mujeres escrita por una cubana (“Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta”, de Legna Rodríguez Iglesias). Son pequeños signos.

La Academia Irlandesa de Cine eligió la película “Viva”, dirigida por Paddy Breathnach y producida por Benicio del Toro, para competir por el Oscar a la mejor película extranjera. Fue filmada en Cuba, con actores cubanos (Luis Alberto García y Jorge Perugorría) y cuenta la vida de un peluquero de 18 años que se trasviste para cumplir su sueño de ser artista. Por su parte, “Vestido de novia”, un drama de Marilyn Solaya que aborda la transexualidad, fue elegido por el ICAIC para representar a Cuba en los premios Goya. El tema está instalado en el debate.

Por supuesto, nadie en su sano juicio canta victoria aún sobre la apertura total del gobierno con respecto a estos temas, pero es innegable que hay cambios.
A veces, cuando miramos la paja en el ojo ajeno, se nos olvidan datos tan aterradores como que México ocupa el segundo lugar mundial en crímenes por homofobia (http://www.sinembargo.mx/17-05-2014/994214).

Tengo que reconocer que regresé de Cuba con una doble sensación. He ido varias otras veces y siempre me pasa algo similar. Aunque sé que me faltan muchísimos elementos para elaborar un verdadero análisis, me gustaría compartir con ustedes algo -aún fragmentario e incompleto- sobre lo que he podido pensar y sentir a partir de los días que pasé allí.

Por un lado, aparece la tristeza. El panorama es complejo, duro, y muy difícil para la mayor parte de los cubanos: desabastecimiento (“El día se me va en buscar comida”, me cuenta una profesora universitaria. El jabón o el papel higiénico, por ejemplo, son casi imposibles de conseguir), diferencias sociales cada vez más marcadas y evidentes, el error de la doble moneda, la sensación de aislamiento, el mercado negro, la migración de los más jóvenes…

A mi comentario, una amiga me responde: “En Guatemala o Haití hay gente a la que le lleva no un día sino toda la vida encontrar comida”. Tiene razón. Es en el marco de lo que sucede en otros países de América Latina y el Caribe, en el cual debemos pensar Cuba. Por no hablar de algo mucho más cercano como los 53.3 millones de mexicanos que viven en condiciones de pobreza (45.5 por ciento de la población), 11.5 millones de los cuales lo hacen en “pobreza extrema”, o de los 27 millones que sufren pobreza alimentaria en nuestro país (23.3 por ciento de la población http://thp.org.mx/mas-informacion/datos-de-hambre-y-pobreza/).

Touché! Ahora soy yo la que cometí el error de ver antes la paja en el ojo ajeno… De todos modos, da tristeza, y hay un cierto desencanto que permea la vida de los cubanos. Quizás porque todos le pedimos más a la revolución. Mucho más.

Ese desencanto ha sido maravillosa y dolorosamente retratado por Mirta Yáñez en Sangra por la herida (La Habana, Ediciones Unión, 2010). Qué importante sería que se leyera fuera de la isla esta excepcional novela escrita por una autora tan prestigiosa y al mismo tiempo tan marginal como Mirta Yáñez (La Habana, 1947); una autora que vivió todo el proceso revolucionario, primero con esperanzas y compromiso, luego con críticas serias, pero que nunca quiso irse de Cuba (como tampoco lo quieren las más jóvenes e igualmente potentes Wendy Guerra o Ena Lucía Portela, entre otras).

Dije que regresé con una doble sensación: tristeza, y al mismo tiempo habiendo reforzado la admiración profunda que siento hacia los cubanos: Cuba tiene 0 por ciento de desnutrición infantil (datos de UNICEF); asimismo tiene la tasa de analfabetismo más baja y la tasa de escolarización más alta de América Latina (datos de UNESCO), el sistema de salud es universal, gratuito y accesible a todos los ciudadanos, los servicios como agua y luz son prácticamente gratuitos. Éstos y otros datos similares obtenidos a pesar del brutal bloqueo al que aún hoy deben enfrentarse, son conocidos y aplaudidos, sin duda.

Creo que los cambios actuales buscan lograr una mayor apertura al mundo sin sacrificar ninguno de los logros conseguidos durante los más cincuenta y seis años de revolución, pero buscando mayor inclusión, mayor igualdad, mayor libertad. ¿Será posible? ¿O el capitalismo salvaje entrará con toda su crueldad a agudizar las diferencias, a favorecer a unos pocos, a intentar convencer de que la felicidad se compra por kilo en cualquier centro comercial?

La dedicatoria que abre la novela de Mirta Yáñez es desgarradora: “A los amigos que dejaron de pintar, de tocar el piano, de hacer teatro, de escribir un poema, de soñar sus sueños, por las razones que fuesen”.

Ojalá que el proceso que se está dando en Cuba logre que nadie nunca ya deje “de soñar sus sueños”. Ojalá que nadie en ninguno nuestros países tenga que dejar de soñar sus sueños, que nadie muera por soñarlos.

Un joven amigo teatrero me decía con orgullo un poquito burlón: “Si pudimos sobrevivir al hambre del periodo especial, podemos sobrevivir a todo”. Y algo de eso hay.

Prácticamente toda la gente con la que charlé, los más críticos y los más fieles al gobierno, desde los taxistas hasta los académicos, pasando por músicos, escritores y cocineros de hotel, me daban respuestas parecidas. Los cubanos se tienen confianza, tal vez más a sí mismos que a sus autoridades; y lo muestra la frase que, con pocas diferencias, se repetía ante mi pregunta sobre cómo veían el futuro: “Hay que esperar, pero no va a ser tan fácil destruir lo que hemos construido”.

Sumo a estas líneas, mi profundo agradecimiento. Siempre he pensado que los cubanos son los seres más generosos del mundo; dan y comparten hasta lo que no tienen. He traído conmigo el corazón rebosante de cariño, de ideas, de imágenes y de anécdotas conmovedoras. Atesoraré todo ello con los recuerdos más entrañables de mi vida.

Vuelvo al gesto de Margot –“Toma: para tu guagua”- para pensar que, a pesar de la complejísima realidad de la mayor de las Antillas, lo más importante es esa dignidad que nace de la conciencia ética. No es poca cosa.

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