lunes, 8 de febrero de 2016

7251. PRIMERO LA GENTE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Primero la gente.   
Tía Amelia protagonizó uno de los pleitos matrimoniales más desagradables en la historia de la familia de este menda. Resulta que un lejano tío del que borrosamente guardaba recuerdo, tuvo a bien morir y quedó de heredera única, volviéndose de la noche a la mañana, inmensamente rica. Finiquitados los largos trámites para tomar posesión plena de esa enorme fortuna, acto seguido, la tía muy cortésmente explicó a su querido esposo, la conveniencia de cambiar su régimen matrimonial de bienes mancomunados a separados. Ardió Troya. Él se dio por ofendido, los hijos intervinieron, la familia entera opinó. Después de meses de pleitos dignos de la Arena Coliseo y de insultos estilo porras en un Chivas-América, ella pagó a unos abogados y lo consiguió por su cuenta. El día que se supo que ya estaban bajo bienes separados, su esposo la abandonó. Costó Dios y ayuda que regresara a vivir con ella. Bueno, pues después de tamaña aventura, a los pocos años, la defensa delantera de un camión de gas, despachó a la tía al otro barrio. Después del funeral y su novena de rosarios, fueron los hijos con el Notario para enterarse que su llorada mamá, en su más reciente testamento había nombrado heredero universal a… su marido. –“Así era Amelia -explicaban las más ancianitas de la familia-, muy berrinchuda”. A ver, explíqueme usted.

Cuando dentro de algunos siglos, historiadores y sociólogos, estudien la etapa mexicana que va de fines del siglo XX a principios del XXI, se van a sorprender y nos andamos arriesgando a que nuestro caso dé origen a una nueva ciencia social que podrá llamarse “historia histérica” o “sociología del cachondeo”, aunque puede ser que nada más dé para un ensayo titulado “Estulticia colectiva y pertinacia de masas, el caso mexicano”.

No lo recuerda nadie que tenga menos de 50 años viviendo en este nuestro risueño país, pero si algo costó trabajo conseguir fue el remedo de libertad de expresión que ahora tenemos. Remedo porque aún nos falta no poco para de verdad ejercerla a plenitud, aunque comparando con los tiempos del pricámbrico clásico, esto es jauja y por lo pronto, cualquiera que junte unos cuantos compatriotas puede hacer su marcha, mitin, manifestación, plantón o bloqueo, cuando y donde quiera, con equipo de sonido para vociferar insultos contra quien quiera y mantas en las que se puede proclamar lo que sea, desde “Hitler no debió de morir” a “¡Viva la muerte!”, pasando por “¡Zapata vive!”

Es lógica esta borrachera nacional de manifestaciones pues el país padeció una total falta de libertad de expresión y protesta cerca de cien años, de los 30 años del porfiriato hasta el inicio de los años 70 del siglo pasado. Se entiende.

Sin embargo, como que ya va siendo hora de que nos tomemos en serio las cosas pues a fuerza de abusar del derecho a expresarnos y quejarnos (derecho masivo al pataleo), hemos conseguido que pierdan toda eficacia marchas, plantones y huelgas de hambre, al igual que discursos encendidos, leperadas vociferadas, cartas abiertas en prensa y denuncias públicas. Ahora para llamar la atención de la autoridad y conseguir algo se requiere de una matazón (y no cualquier matanza, tampoco).

A eso hemos llegado por frivolizar los medios con que la sociedad le hace saber a sus gobernantes que algo resulta intolerable, por dejarnos mangonear por líderes zafios que manipulan a la gente sabiendo que nada distinto a sus carteras se modificará.

En un país como el nuestro, con los problemas que tenemos hoy por hoy, resulta que ayer hubo un “performance” contra las corridas de toros. ¿Tiene algo de malo?... no, nada, sólo es algo muy alejado de las prioridades de un país en que hay explotación de mujeres, trata de personas y niños pidiendo limosna en las calles, desaparecidos por millares, hambre, plagas injustificables si la autoridad hiciera las fumigaciones que sólo aparecen en la Cuenta Pública… y tantas cosas más; nada de lo cual hace tonto que los que se preocupan por las reses se manifiesten a su favor, no, pero sí ayuda a diluir la eficacia de las otras luchas que se dirigen al beneficio de los humanos… sacar a los animales de los circos puede ser una estupenda gesta, sí, pero da un poco qué pensar que antes no se luche por sacar inocentes de las cárceles; que se supervise con rigor extremo a tiendas de mascotas y zoológicos es muy correcto, sí, pero es un poco triste que antes no se revisen asilos de ancianos, casas hogar para bebés, correccionales en las que detenidos por años, niños y adolescentes se pudren acusados de tonterías, y cárceles que son infiernos de inhumanidad y abusos increíblemente infames.

Por supuesto el del teclado considera que debe impedirse el maltrato animal y castigarse al que incurra en ello, sí, eso no tiene discusión, y si eso incluye tauromaquia, charrería, carreras de caballos, peleas de gallos, espectáculos con delfines, que se prohíba ya y se acabe con este asunto que distrae y frivoliza la protesta pública.

La verdad es que para la mayoría de los activistas pro perro callejero, es una moda y entre los defensores de la naturaleza hay no pocos oportunistas, ecologistas de facebook, defensores de la naturaleza vía tuiter, manifestantes en carro de lujo, y sería muy interesante que se pudiera saber de cada uno de esos activistas, políticos y empresarios que promueven iniciativas de ley para evitar la extinción del ajolote, cuántos tienen inscrita en el seguro social a la trabajadora doméstica de sus casas (“criada” y “sirvienta” ahora son malas palabras).

Alegan que no se trata de conseguir una cosa y después de la otra, que se puede exigir todo junto sin demorar por siempre el cuidado de los animalitos… sí, sería bueno, pero no es y lo que sí sucede extrañamente, es que a veces, líderes y activistas pro sapo amarillo, de repente aparecen entre políticos, en cargos públicos, de proveedores o de vividores del erario vía contratos de asesorías perfectamente prescindibles. Disculpe usted pero mejor, primero la gente.

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