martes, 9 de febrero de 2016

7257. QUE SIEMPRE NO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Que siempre no.
Antes (quién sabe ahora), decirle a alguien que no tenía palabra, era un insulto de alto octano. Uno era niño y oía a los grandes decir “Fulano no tiene palabra” y entendía que no estaban diciendo que era mudo, sino que era un mequetrefe.

Luego cuando ya mandaban al niño López a clases de catecismo (en aquellos años los niños podían ir solos a la iglesia), oía que “En un principio era el Verbo y el Verbo era Dios” (inicio del evangelio de San Juan), y el cura explicaba que en el libro original en griego, decía “logos”, “la palabra”, que la palabra era Dios y que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, o sea que la palabra, era Jesucristo. Así de importante era la palabra.

La vida pasa y repite uno las cosas sin mucho reflexionar, pero de que la palabra es importante, es. Por eso para cerrar un trato se pregunta “¿me das tu palabra?”; lo mismo que para verificar si algo es cierto, le dicen a uno “¿palabra?”. Y antes, romper la “palabra de matrimonio” (el compromiso de casarse), era delito, ahora ya no, aunque la florecita de la casa haya estado en Cancun una semana con el novio correlón.

Sigue siendo importante la palabra, sí señor, tanto, que un trato puramente verbal, sin nada firmado, vale igual que un contrato hecho con todas las formalidades (sorpréndase), y no es tan raro que en tribunales se castigue al que no cumplió lo que comprometió con su palabra (es un lío de testigos y declaraciones), pero el que prueba que le habían dado “palabra”, gana; claro que por si las dudas es mejor sacar firmitas, por si las dudas, ya ve que a veces se topa uno con gente que no tiene palabra.

Dicho lo cual, ahora comentemos que el trabajo, el oficio más importante de todas las actividades humanas es la política y los políticos son las personas más importantes para la sociedad. Sin política ni políticos, no hay gobierno y sin gobierno no se articula la colectividad y así, en el despelote perpetuo no hay nada, ni se hubieran organizado las partidas de cacería tras el mamut, ni se hubiera repartido la carne con alguna equidad. Esto es: sin políticos no hay sociedad, sin sociedad no hay nada, ni agricultura, ni medicina, ni conocimiento, ni enseñanza, ni derecho ni nada. Es por eso que no parece exagerada la afirmación de que el más noble de los oficios es la política.

Por supuesto esto se fue dando a lo largo de algunos milenios. Al principio trajo cortita a toda la tribu nomás el más bruto, el de la macana más grande, pero al paso del tiempo, eso se fue matizando y se fueron estableciendo costumbres, que se hicieron leyes, que pasaban de generación en generación nomás platicadas, hasta que se pudo escribir la palabra, lo que evitó discusiones de algunos que alegaban que en serio ya no se acordaban de algo.

Llega intacto el valor de la palabra hasta nuestros días, estos de tecnología y medicina celular, de la globalización de los derechos y las cortes internacionales. Y tan es así que los jefes de estado juran delante de la gente que se van a portar bien, no firman una escritura ante notario, no, lo dicen nomás y la sociedad espera que honren su palabra de portarse legalito y cuidar de todos.

No es exageración lo que decía aquél viejo político: la palabra es la principal herramienta del político. Bien vistas las cosas es indudablemente cierto.


Políticos y hombres de estado, líderes, personajes universales y locales, han pasado a la historia por sus palabras. Guillermo Prieto cambió la historia de México cuando salvó la vida de Juárez, al decir a los soldados que lo iban a ejecutar en Guadalajara: “¡Alto, los valientes no asesinan!”, cinco palabras y hubo Reforma y los franceses se largaron.

Piense en Martin Luther King: con un discurso (“I have a dream”), consiguió el inicio del fin de la segregación racial en los EUA; no necesitó ejércitos: habló. Así de poderosa la palabra.

Sobran ejemplos: Julio César y su “alea jacta est” (“la suerte está echada”), para arengar a su ejército al cruzar el Rubicón rumbo a Roma para derrocar al tirano. También Winston Churchill, ese gordito, venerado por la Gran Bretaña como su indiscutible salvador ante la embestida alemana en la Segunda Guerra Mundial, lo único que hacía era hablar y hablando le paró el alto a Hitler (el 4 de junio de 1940, ante la inminencia del desembarco de los alemanes en la isla, dijo por radio: “…defenderemos nuestra isla a cualquier precio: lucharemos en las playas, lucharemos en los lugares de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas… nosotros jamás nos rendiremos…”; y Hitler lo pensó, dijo que mejor al rato volvía y jamás invadió Inglaterra, porque sabía que si lo decía Winston, todos los británicos se la iban a rifar costara lo que costara. ¿Y qué hacía Gandhi?: hablar y hablando consiguió la independencia de su patria, la India. La fuerza de la palabra.

Claro que la palabra del político debe tener no sólo el respaldo de los hechos sino que primero, la gente sepa que su líder dice honestamente lo que piensa, que su palabra responde a sus convicciones y que, en segundo lugar, sí hace lo que dice.

Los yanquis sabían que Martin Luther King no iba a aflojar, que seguiría hasta el martirio en su pacífica lucha. Las legiones romanas sabían que al frente y sin arrugarse, estaría siempre Julio César y que no conocía la derrota. Los británicos sabían que Churchill siempre estaba a pecho abierto donde había más peligro en las batallas, que su patriotismo no conocía límite y ninguno iba a ser el primero en dar un paso atrás.

No parece que vaya a dejar de tener valor la palabra entre los humanos y sí, sin duda, es la principal herramienta (no arma, herramienta), de los políticos.

Al político la gente acaba perdonándole y la historia olvidando, todas sus flaquezas y errores (a King lo mujeriego, a César lo corrupto, a Churchill lo borrachín, a Gandhi su preferencia por las niñas de 13 años), todo, menos que rompa su palabra, que no tenga palabra, que diga, pues… fíjense que siempre no.

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