lunes, 15 de febrero de 2016

7285. REGRESAR A LA DECENCIA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Regresar a la decencia.
El papa Francisco, el sábado pasado, después de un apropiado discurso oficial ante las autoridades del país en Palacio Nacional, ya en la catedral metropolitana, se dirigió a la jerarquía católica, ahí representada por más de 165 obispos y el cardenal Rivera. Les dijo muchas cosas, muchas cosas terribles.

Fue un discurso comparable sólo al durísimo que le infligió a la poderosísima Curia Vaticana en Roma, el 22 de diciembre de 2014, cuando les metió la bronca más grave de que se tenga memoria en la iglesia y sin aspavientos le reprochó al equivalente a su gabinete de gobierno, cardenales y personajes de la crema y la nata de la Santa Sede que “(…) dejan a un lado todo lo que enseñan con severidad a los demás y empiezan a vivir una vida oculta y, a menudo, disoluta” (y disoluto, según el diccionario es licencioso, entregado a los vicios; y los sinónimos de disoluto son: depravado, crápula, impúdico, libertino, licencioso, relajado… eso les dijo).

Y así le fue a la jerarquía de acá. Ya en el párrafo 14 de su discurso del sábado en catedral, les pidió que “(…) no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales…”; pero la bomba de racimo la soltó en el párrafo 17:

“(…) No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías”.

No hay estridencia en el papa Francisco, pero usó el término preciso (“consorterías”) para describir sin defecto ni exceso la precisa situación del maridaje eclesial con una élite oficial y empresarial, corruptas.

De un tiempo acá, la generalidad de nuestros políticos, gobernantes, líderes sociales, jerarcas religiosos y la autoconsiderada intelectualidad (ya sabe, en todo hay excepciones, bla, bla, bla…), nos ha acostumbrado a diluidos discursos, pegotes de frases hechas, lugares comunes y hasta vulgaridades -chabacanerías para alegrar la galería-, verbosidades con que mal disimulan su disipación, falta de cultura y convicciones. Por eso gritan.

El Papa no grita, su discurso no tiene huecos, cuajado de contenido y conceptos que se hilvanan con la elegante sencillez de los que tienen algo que decir, un arsenal de sabiduría para hacerlo y su propia vida de respaldo y aval de sus palabras. Su hablar suave no resta fuerza a su palabra, la acentúa. Se esté o no de acuerdo, se crea o no en su fe religiosa, es una voz para escuchar y reflexionar, es fructuosa.

Por eso brinca estruendoso el término que usó, “consorterías”, por su significado, que seguramente desconocen algunos obispos y los de la élite rapaz que devora a México. Es por caridad cristiana que  habrán de explicárselos almas caritativas, para que se enteren de lo que les dijo en su cara su máxima autoridad.

El término no es muy usado en español, se originó desde la baja Edad Media en Italia para referirse a las camarillas (pandillas) de las familias de aristócratas y de notables, organizadas para conseguir y conservar sus privilegios, lícita o ilícitamente. Miguel Bakunin acuñó en 1873 la acepción moderna del término, en su obra “Estatismo y anarquía”, dice:

“(…) en los estratos superiores de la burguesía italiana -lo mismo que en los demás países- se ha formado junto con la unidad estatista la de la clase privilegiada de los explotadores del trabajo, que se desarrolla y adquiere proporciones más y más grandes. Esa clase lleva ahora, en Italia, el nombre de Consortería.

Esa consortería abarca toda la casta oficial, burocrática y militar, policial y judicial; la clase de los grandes propietarios, de industriales, de comerciantes y de banqueros; todos los abogados y toda la literatura oficial y oficiosa, así como el Parlamento entero cuya derecha disfruta, en el momento, de todas las ventajas de la administración, mientras que la izquierda aspira a la conquista de esa misma administración.

Así, pues, en Italia, como en todas partes, existe la clase política una e indivisible de los ladrones que roban al país en nombre del Estado y que lo llevaron, con el más grande provecho de este último, a un grado extremo de empobrecimiento y de desesperación”.

Fotografía de alta definición de Bakunin en 1873 del México actual.

El Papa no usa las palabras por usarlas y si usó “consorterías”, es porque él y la poderosa maquinaria intelectual que tiene a su servicio en la Secretaría de Estado y las congregaciones para los obispos y el clero, consideraron que era la adecuada. No está ahí por puntada de ningún intelectual a sueldo.

“Consorterías” dijo, sabiendo que les decía que no deben andar en arreglos bajo la mesa con la pandilla que carcome la cosa pública en México, porque lo dijo en México a la jerarquía de México. Que no deben perder el tiempo y energías en “los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías”.

Y se los dijo a todos juntos porque si fueran uno o tres los que andan en malos pasos, los corrige en privado y no exhibe a toda su jerarquía diciéndolo en público y con la prensa mundial difundiendo sus palabras. Así lo hizo porque sabe que no son pocos los que están coludidos con la consortería que es hoy la generalidad de la “clase política una e indivisible de los ladrones que roban al país en nombre del Estado y que lo llevaron, con el más grande provecho de este último, a un grado extremo de empobrecimiento y de desesperación”.

Por supuesto no es de esperar una conversión masiva de conchudos obispos (hay muy buenos y muy trabajadores, como en todo, ya sabe), ni de políticos venales (también hay excepciones, claro), pero este López cree en la fuerza de la palabra y con unos pocos que se tomen en serio lo que oyeron, con dos, con uno, de repente se lleva uno otra de esas sorpresas que da la historia y a nuestra vida pública veremos regresar la decencia.

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