domingo, 28 de febrero de 2016

7354. LA BELLEZA DE PERDER.

Enviado por SINEMBARGO.
Desde la Cd. de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Febrero 27, 2016 - 00:02 hrs.


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Pero E no perdía, ganaba la certeza de su identidad sexual.
Foto: Alberto Alcocer. / @beco / b3co.com

En la narrativa contemporánea sólo hay algo peor que ser el malo de la película: ser el perdedor.

La categoría de perdedor es más ruin que casi cualquiera en nuestra lista de indeseables: incluso más baja que la de puta, homosexual, extranjero o hereje.

Y creo que es peor porque es transversal y universal, es un discurso que, no importa la etapa de la vida en la que estemos, resuena y se repite una y otra vez para recordarnos que perder es malo, letal, depresivo, tanático. Una calamidad asociada a la muerte, pues.

No sé de qué está hecho el deseo animal de ganar y no tengo nada contra eso, entiendo que es parte del paquete con el que venimos los seres humanos. Lo que nunca me ha gustado es ese adoctrinamiento que nos deja turulatos cuando vamos descubriendo que vivir y construir una identidad se trata de procesos tan complejos para los que catalogarse como ganador o perdedor no sirve de nada.

Es escandalosa la esquizofrenia que provocan los mensajes opuestos del dogma productivo y el dogma religioso: nunca pierdas para que ganes el éxito pero sé humilde para ganarte el cielo. Ándate emborrachando, como decía mi tía Eva.

Cuántas generaciones de destartalados vamos a seguir escindiendo en medio de estas dos exigencias absurdas.

Tan divertido que es perder, tan liberador que es correr una carrera por puro gusto y no para ganar una medalla, tantas enseñanzas que se pueden cosechar cuando nos colocamos lejos del primer lugar. Tan del culo que se siente que te rechacen en una apuesta amorosa —lo sé, lo sé, lo sé— pero tanto y tan profundo que es el aprendizaje que viene con ello.

Mi amigo E que es guapo, atlético y homosexual y que lo asumió desde niño, contaba una de las anécdotas más gozosas que he escuchado. A los siete años su padre lo inscribió en un equipo de fútbol soccer pues era bueno para correr a gran velocidad y resistía largas distancias sin problema. Le compraron su uniforme de Pumita y lo llevaron a Ciudad Universitaria para que aprovechara su talento nato como corredor en una cancha de fútbol.

Que si no haces algo grande antes de los treinta, bailaste, fuiste, estás arruinado.

Son muchas y sospechosamente parecidas las historias de gente rondando esa edad que, por alguna razón —me aventuro a apuntar hacia el paralizante terror al fracaso— no despegan. Pero si eran los primeros en la clase, pero si son talentosos para lo que sea, pero si de pequeños lo ganaban todo… digo yo que con semejantes mensajes taladrándoles la identidad, cómo van a enfrentar el hecho de que tal vez pierdan o se equivoquen, de que no les salga a la primera el intento de construirse a sí mismos.

Cómo van a atreverse a defraudar las expectativas de ganador que el mundo tiene sobre ellos.

No, nadie quiere jugar con el juguete roto porque aprendemos que no es bonito, en cambio aprendemos a desear el nuevo, el completo y deslumbrante. Pero es que poco nos dicen que un juguete roto puede enseñarnos de qué está hecho, cómo funciona, qué lleva por dentro y lo fascinante que puede ser la experiencia de asomarse a ello.

Vuelvo a la historia de E, ahí lo tienen el día del entrenamiento, colocado como carrilero y portando su flamante playera Pumita; ahí tienen también a su padre sentado en primera fila, orgulloso de su pequeño defensa lateral y listo con la cámara fotográfica de las que hacían clic (eran los años ochenta) para documentar el evento. Pues he aquí que empieza el juego y mi amigo se queda congelado, quietecito, no va por la pelota, no se mueve, sólo mira a los demás niños correr de un lado para otro. Su padre enloquece, vocifera, entra a la cancha y arrastra a su hijo tras la pelota. Y mi amigo, nada, no se mueve. Lo que pasaba, me cuenta con un brillo de gozo y deliciosa satisfacción en el rostro, es que me quedaba embelesado mirando a los otros niños, todos me gustaban, me parecían hermosos.

Claro que le llamaron perdedor y le dieron pocas oportunidades antes de echarlo del equipo. Pero E no perdía, ganaba la certeza de su identidad sexual y se ahorraba un vía crucis de sufrimientos y confusiones sabiendo desde entonces que le gustaban los hombres.

Y aquí me tienen a mí con mi diatriba porque creo en el poder de las palabras, porque podríamos elegir nombrar de una manera distinta las experiencias vitales. Ese “rotundo fracaso” para empezar, tendría que ser plural, porque son incontables las veces que las cosas no salen bien en la vida, y su sonoridad tendría que ser música interior, no un estrépito que provoque vergüenza en quien lo vive y miradas reprobatorias de quienes lo atestiguan.

Con los años he comprendido que perder es cosa normal, divertida y hasta benéfica porque sólo las pérdidas convocan nuestra entereza, nuestra capacidad de reconstruirnos. Y pienso que sería bueno escuchar eso más seguido.

A propósito del tema, y ya para cerrar la bocota, les recomiendo desde el fondo de mi ternura y fragilidad adolescente la novela El Club de los Perdedores de Lorena Amkie (Destino, 2015). La lectura de ese libro fue la génesis de esta columna, su historia me llevó al recuerdo —pero no desde la cabeza, sino desde el pecho— de mis catorce años cuando necesitaba que alguien dijera que perder es normal, que ser diferentes es lo que alimenta la llama interior de la identidad.

Lo dice Lorena Amkie en su novela y me lo digo ahora: perder está bien, perder trae ganancias infinitas.

Tomen eso, fanáticos del yerto discurso del éxito y el fracaso.

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