miércoles, 2 de marzo de 2016

7363. DIOS MEDIANTE.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Edo., de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Dios mediante.
Para platicar con tía Beatriz era importante tener el pañuelo a la mano, porque el que oyéndola no lloraba, estaba emocionalmente descompuesto, insensible como una piedra. Todo en ella era tragedia, El Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, era un carnaval brasileño frente a sus desgracias: su vida era un desfile de males, derrotas y penas. Su primer marido era más bueno que el pan y se le murió de una pulmonía fulminante al mes de casados (cualquier marido es bueno el primer mes); el segundo le salió más fuerte que un roble pero malo de espantar a Pinochet; la llenó de hijos (así decía, como si los hubiera ido llevando a su casa quién sabe de dónde), y lejos de abandonarla la hizo trabajar como mula para mantenerlo a él y al carro de hijos. Ella, que se sacrificó por sus hijos más que Juana de Arco por Francia, recibió en pago el abandono de todos, que se fueron casando y huyendo y otros nomás huyeron. El abuelo Armando, que la conocía desde cuando Porfirio Díaz era joven, decía: -Beatriz, de niñita, rompía sus muñecas para llorar, que es lo que le gusta –tenía razón.

Las noticias nacionales son un desfile esperpéntico: matazones, incendios, gobernadores pillos, alcaldes narcos; quiebra de las industrias del Estado, recortes de presupuesto; caída vertical del precio del petróleo, alza del dólar; epidemias, escases de medicamentos; funcionarios ineptos, policías delincuentes, delincuentes invencibles; desperdicio de alimentos, hambre; sequías, inundaciones; corrupción rampante, despilfarro del erario. El gobierno miente, la iglesia miente, el ejército miente, las procuradurías mienten, la prensa miente, la verdad es coto exclusivo de agrupaciones que mienten. Y el pueblo… el buen pueblo mexicano, ajeno del todo, víctima químicamente pura, la tía Beatriz colectiva.

Si las cosas son como parecen ser según las noticias que recibimos, entonces las generaciones futuras verán por primera vez en la historia universal la canonización por martirio de una nacionalidad… o estudios de sociología sobre el “síndrome colectivo de la fatalidad, la autovictimización de la sociedad; el caso mexicano, siglos XVI al XXI”.

Si por menos que eso en otras latitudes arde Troya y hacen de carne humana la estatua de Robespierre… ¿qué nos pasa?

Por lo pronto que no son las cosas tan negras y los medios de comunicación en esa lucha impía por televidentes, radioescuchas, lectores… y anunciantes, cargan las tintas (la nota roja sigue siendo la campeona de prensa en México: Alejandro González Iñárritu, el Negro, hace historia ganando al hilo su segundo premio Oscar como Mejor Director y un autoviudo que destazó con machete a su esposa y se la iba dando de comer a sus perros, le roba toda la atención del respetable. Marcador Corona: el Negro 19,125 lectores; el del machete, 645,327 y contando).

Eso por un lado y por el otro, que de alguna manera al tenochca simplex, a los que conformamos el peladaje nacional, se nos ha educado en la desgracia. Nacimos para que nos lleve el diablo, para que nos llueva sobre mojado, para macetas y no pasar del pasillo. Desde nuestra más tierna infancia se nos entrena para aguantar y aceptar el mal fario, desde los dichos populares: “¡pobre del pobre que al Cielo no va!, lo joden aquí y lo joden allá”.

Hasta nuestros más preclaros hombres ayudaron a afianzar en la mentalidad nacional la tragedia como parte del ser mexicano: nomás acuérdese del poema de López Velarde, el “Suave Patria”, en la parte que dice: “El niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo el diablo…”; pues si resulta que tener petróleo es un diabólico mal y lo más que pudo Dios fue escriturarnos un establo, ya nada tiene esperanza; igual  Octavio Paz, que se aventó la puntada de escribir el “Laberinto de la soledad”, para describir la esencia del mexicano sosteniendo que cargamos generación tras generación, con el hecho de ser “un pueblo surgido de una violación”; y así, si resulta de leer a don Octavio que nuestra “historia tiene la realidad atroz de una pesadilla” (Enrique Serna dixit), pues ya quedamos listos para ser apáticos y resignados, o sea: muy aguantadores. Y no escapó a ese fatalismo idiota ni el macho de machos, el hombre del espadón, el dictador de calzones de fierro colado, don Porfirio Díaz, quien acuñó la frase imbécil de: “Pobre de México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Sí, pobrecitos de nosotros. Ni llorar es bueno.

Y los del peladaje también contribuimos a esta psicología de la voluntad anémica. Sin escribir grandes novelas, sin hacer sólidas poesías, nomás repase mentalmente lo que nuestras canciones populares le meten en el cerebro al ciudadano de bigotito:

Para abrir boca, ese himno, el “Cucurrucucú paloma”: “Dicen que por las noches/ nomás se le iba en puro llorar/ dicen que no dormía, nomás se le iba en puro tomar… échame a mí la culpa de lo que pase” (o sea, chillón, borrachín y dejado). O esa oda a la imprudencia del “Qué manera de perder”: “Pero si yo ya sabía que todo esto pasaría/ ¿cómo diablos fui a caer?”, pues por bruto. Sin pasar por alto la fe en Dios como coartada a la falta de carácter de la infaltable canción de toda borrachera que se respete, “Paloma negra”: “Quiero ser libre/ vivir mi vida con quien yo quiera/ Dios dame fuerzas…”, o sea, depende de Dios, del Hado, del Destino, de la suerte, no de él, que nomás quiere y falta que Diosito le haga el milagro. Y por no dejar, acuérdese de que sólo usted se creyó el rey de todo el mundo, pero hoy su buena suerte la espalda le ha volteado.

Esa mentalidad, aunque se me enoje, es la mentalidad nacional cuyo origen es lo de menos, pero debemos sacudírnosla, porque este país así como está, es un gran país.

Y esa mentalidad explica que los sajones se inventen a Superman y nosotros al Chapulín Colorado, que hasta en eso se refleja el ánimo colectivo. Tenemos que cambiar y no educar a nuestros niños en la derrota como parte de la vida, sino como triunfadores, sí se puede… Dios mediante.

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