jueves, 3 de marzo de 2016

7376. POQUITA FE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Edo., de Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Poquita fe.
Tío Beto se casó con tía Elvia. Él era un “ilustrador” muy talentoso (dibujante comercial) y  ella era aparte de guapa, más fértil que las riberas del Nilo (once nenes). Tío Beto era muy trabajador y buena persona, fiel y sin vicios, pero casi vuelve loca a la tía porque mentía cada vez que abría la boca. Sin que hiciera falta. En todo. Sin padecer algún síndrome, por el puro gusto. Nomás un ejemplo para que me entienda: jamás fumó delante de nadie, pero sí a escondidas, como chimenea: su ropa, su aliento, todo él olía a bacha; los dedos amarillentos de tanto humo; las paredes de su estudio rezumaban resina de nicotina… y siempre negó que fumaba. Casi sesentón murió tío Beto de un infarto modelo Torres Gemelas. Contaba la tía en el funeral, que la noche anterior le había dicho que se sentía mal, que le dolía el pecho, que llamara a un doctor y suspiraba cariacontecida: -“Pero… para saber que era la primera vez que decía la verdad, el pobrecito” –y sí, estaba difícil.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), presentó ayer su informe “Situación de Derechos Humanos en México”. En resumen, afirma que en el país hay “niveles críticos de impunidad y una atención inadecuada e insuficiente a las víctimas -de violaciones a sus derechos humanos- y a sus familiares”. James Cavallaro, presidente de la CIDH (que es parte de la Organización de Estados Americanos, OEA, instrumento del tío Sam para pilotear América Latina), declaró a la agencia española EFE que “(…) es necesario que el Gobierno de México reconozca la gravedad de la crisis de derechos humanos que enfrenta y no trate de minimizarla hablando de casos aislados”.

Por su parte, el gobierno de México, ayer también, mediante un comunicado conjunto de la Secretaría de Gobernación, la de Relaciones Exteriores y la de todos tan temida, PGR, dijo que no “comparte” lo que informó la CIDH, pues “(…) no refleja la situación general del país y parte de premisas y diagnósticos erróneos”.

¿Sabe qué?... vamos a darle la razón al gobierno, nomás por no discutir. Ok, ya, aceptado: no hay crisis de derechos humanos en México ni de impunidad ni de atención inadecuada a víctimas. Total, ¿qué gana el país con darle la razón a la CIDH?; ¿qué cambiaría si el gobierno dijera que está de acuerdo con su informe?

Cancelado el tema, ahora pasemos a otro, de semántica: ¿cómo quieren que le llamemos los nacionales y los extranjeros a lo que pasa en el país?... falta de respeto a los derechos humanos, no, ya quedamos, ¿cómo quieren que se le llame a las detenciones arbitrarias, a la falta de investigaciones, a la colusión de policías con delincuentes, a los levantones de civiles por parte de agentes de la ley, a los centros de detención ilegales, a las declaraciones a palos, a la extorsión, a la desaparición de personas, a la invención de pruebas, a la desaparición de expedientes, al encarcelamiento de inocentes?... ustedes digan, señores de la Segob-SRE-PGR, como quieran queremos.

Nuestro gobierno o nuestros gobiernos, porque a más del federal, hay 32 estatales y más de 2,400 municipales, tienen tres problemas:

El primero es de adaptación a la realidad: antes la verdad era lo que ellos decían y aunque nadie estuviera de acuerdo, así se quedaban las cosas con una única verdad oficial. En estos tiempos no sólo la sociedad ya es respondona sino que se reprodujeron como hongos en zapato de cartero las organizaciones civiles y no gubernamentales que no se sabe bien quién financia ni dirige, pero que no respetan las verdades oficiales de ningún político en funciones de autoridad y aparte, se ha globalizado la justicia y mediante la firma de acuerdos y pactos internacionales se acepta la injerencia extranjera en casi cualquier país (casi, porque los EUA se limpian con todo, empezando por la ONU).

El segundo es de incapacidad para distinguir entre la realidad real y la realidad contenida en los papeles. Es cierto y lo acepta la CIDH, que “el marco legal es muy bueno en México”… ¿y de qué nos sirve si las leyes son letra muerta? Ahí les platica a los familiares de los más de 24 mil desaparecidos, que según la ley eso no debió pasar nunca… ¿y?... ¡pasa!

El tercero es de credibilidad. No les creemos porque nos han mentido y nos mienten todo el tiempo, algunas veces por necesidad, otras por gusto. Si tuvieran razón en desmentir a la CIDH (y no es imposible que la tengan), eso no sirve de nada a la hora de lidiar cotidianamente con la espesa maleza de afirmaciones tramposas, medias verdades, estadísticas trucadas, boletines falsos, informes oficiales plagados de fantasías y reportes inventados. Si el discurso oficial se pareciera en algo a la realidad verdadera, entonces el país no tendría la inmensidad de pobres que tiene, los problemas de desempleo, los centenares de miles de mexicanos que huyeron del país rumbo a los EUA.

Si hubiera sido cierto lo que decía de la Madrid y lo que prometía Salinas de Gortari, no estaríamos en donde estamos, con la riqueza más concentrada que nunca, la pobreza más grande y en guerra, porque no se le olvide, estamos en guerra. Si don Fox no hubiera embaucado al país entero y sin el obsesivo Calderón, no habría Peña Nieto: sí,  sin el gran chasco azul, no hubiéramos visto la resurrección tricolor.

¿Cuándo se nos ha dicho la verdad?, nunca: en el pasado hasta el fin del siglo XIX,  por convicciones religiosas o filosóficas, por la realidad de un pueblo sumido en la ignorancia al que se podía no tomar en cuenta, en nombre de su redención, autoritaria o paternalista, como mejor le parezca. Durante el siglo XX, por convicción política y aparentemente, con genuina intención social pero, lástima, todo se pudrió en un caldo de intereses. Y ahora por pragmatismo, no por objetivos sociales, sino de grupo y para la élite, que eventualmente, si todo sale bien, puede ser que se beneficien las mayorías… es cosa nomás de terminar el remate de los bienes nacionales, aguantar un poquito más la pobreza y luego… ¡caramba, qué poquita fe!

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