miércoles, 9 de marzo de 2016

7390. LAS CIUDADES.

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Las distancias apartan las ciudades, las ciudades destruyen las costumbres”
De don José Alfredo. (Para variar, somos del equipo)

En aquellos cercanos años 60s, cercanos a los 50s, ya cursando mi secundaria en esta bella ciudad, regularmente nos regresábamos al pueblo los viernes en la tarde, pero algunas veces mi papá nos dejaba para que los sábados nos lleváramos la morralla para pagar los “cortes” de la fresa. Así como se los cuento, en un costalito cargábamos de 400 a 500 pesos que por una parte eran muy pesados y por otra, eran una buena lana, pero la ventaja era que en esos tiempos reinaba la seguridad, bueno, había Los Bandidos de Río Frío, según nos cuenta en su magnífico libro el escritor Manuel Payno. Pero estaban en Río Frío, ahora no.

Les cuento, salíamos por el empedrado de la calle Pino Suárez rumbo a La Estación y pasando los rieles caminábamos por un rumbo entre brecha y camino real, nosotros llevábamos caramelos Salvavidas (Si no tiene hoyo, no es Salvavidas) y unos dulces de leche que se llamaban Tehuanos. Caminando cantábamos y comíamos dulces hasta llegar al Vallado del Rey y si teníamos sed, con toda confianza nos echábamos un trago del agua que por él corría. ¡En serio!

En ese punto girábamos a la izquierda, por donde ahora se entra al Panteón Resurrección, pasando más adelante por atrás del Cerrito de Arena y en ese entonces pequeño pueblo de La Rinconada, ahí junto al panteón del pueblo. Siguiendo por ese camino llegábamos a donde ahora es la entrada al Relleno Sanitario y casi enseguida estaba El Pochote. Todo cambia, El Pochote de ahí era un árbol (No centro de rehabilitación) y muy cerca de él estaba una pequeña casucha habitada por una familia propietaria de una buena manada de chivas, el señor de la casa vestía un trajecito de charro muy gastado y algunos le decían “Pichacuas”, él sonreía.

Entre canciones, dulces y Salvavidas avanzábamos hacía el Camino Real pasando por la parte baja del ahora Rancho del Yaqui, lugar donde también se dice que el Zorro Plateado, Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor, (que quede en Don Miguel Hidalgo) hizo explotar una buena cantidad de pólvora para impresionar a su perseguidor Félix María Calleja, bueno, pues por ahí después de pasar por “La Puerta de los nopales”, “La Ocala”, “Las Carpas” y “El Establo” llegábamos a La Sauceda. Luego de saciar nuestra sed con unos jarritos de agua del cántaro nos “Echábamos” un partidito de fut bol en “La Majada”. El partidito en Zamora se le llamaba “Reta”, de “Retadora”, el equipo perdedor, salía.

Al recorrer esos campos la vida silvestre era muy alegre, dinámica, entusiasta; aves sobre los trigales mecidos por los suaves vientos, peces en arroyos de agua clara que tirándose “de panza” se podía disfrutar de su frescura, corrían las ardillas surgidas de cualquier parte, en si todo el panorama era una belleza. Lo curioso de todo este espectáculo es que para nosotros no revestía mayor importancia y no por falta de sensibilidad nuestra, sencillamente porque en ese entorno vivíamos, ese “era” nuestro hábitat y es su recuerdo el que mi mente embellece comparando con lo que ahora vivimos.

Como pueden ver era una aventura de cuando menos dos horas de camino contando los ratos que jugábamos en El Vallado que aún llega a La Sauceda con otra calidad de agua. 15 kilómetros, que es la distancia de Zamora al Pueblo, eran muy lejos y no se diga en tiempo de lluvias en que los caminos se ponían fangosos y los vehículos se “atascaban” y teníamos que esperar horas a que pasara alguien con camioneta o tractor que nos pudiera ayudar. Aun así, era día de fiesta con sol de domingo venir a Zamora.

También les cuento o les vuelvo a contar que desde muy pequeño me gusta una preciosa canción que es como el segundo himno nacional de ese bello país, canción que dice: “Si vas para Chile te ruego que pases por donde por donde vive mi amada. Es una casita muy linda y chiquita, que está en las faldas de un cerro enclavada. La adornan las palmas y cruza un estero. Al frente hay un sauce que llora y que llora porque yo la quiero. Si vas para Chile te ruego viajero le digas a ella que de amor me muero. El pueblito se llama Las Condes y está junto a los cerros y el cielo…” se las recomiendo, nos trae aromas de frescura, de preferencia con los 4 Hermanos Silva o con Los Huasos Quincheros.

Pues bien, ya regresé a mis caminatas matutinas “A lomo de camello” después de una temporada en que la Alta Presión me mando a la banca, las hago por La Calzada Norte, por ahí mismo donde salía hace cincuenta y tantos años al recorrido que arriba les narré y todo era despoblado, solo estaba, que yo recuerdo, la gasolinera de don Pedro Rocha, el Campo Moctezuma y el Panteón, no había más. Hoy viendo el complejo comercial que se construye por ese rumbo, noté lo que ya está y se va quedando en “la ceguera de taller”, de tanto ver, ya no se ve.

Para empezar ya no existen las vías, digo por si no se habían dado cuenta, y por ambos lados se han construido toda clase de edificios: para tienda departamental, tienda de conveniencia, restaurantes y comida rápida, talleres, refaccionarias, agencias de motos y autos, fraccionamientos residenciales y se siguen construyendo bodegas, empresas refresqueras, hoteleras y lo que sea necesario; el cacareado cuidado de las tierras de cultivo es “letra muerta” y “debemos aceptar” que todo es por la modernidad y el progreso de la región, que no debemos ser un pueblote, que debemos colocarnos de nuevo en las primeras ciudades del Lindo Michoacán y según se ve, se tiene que hacer a cualquier costo. El caso es que en este asunto ya la mancha urbana propiamente está absorbiendo a San Esteban, El Cerrito y La Rinconada. Y pensar que durante muchos años mi familia era de las primeras de la ciudad, digo, entrando por esta multicitada entrada norte, ya que vivimos frente a Maseca, ya no.

Por la parte sur sabemos dónde inicia el Municipio de Jacona porque hay un puente que así lo indica y los más veteranos hemos sabido que pasando el río, ahí donde está la Q L pero ya la conurbación acabó con la distancia.

Les hablé de Las Condes, el pueblito que está en las faldas de un cerro enclavado, que tantas veces lo imaginé al escuchar la sureña canción, así como vi al sauce que llora y que llora porque yo la quiero. Les puedo contar como mi imaginación llegaba hasta la casita muy blanca y bonita y más de mis recuerdos sobre esa tonada, pero resulta, como creo que ya les había contado alguna vez, que le pregunté a un amigo de por aquellos lares de mi pueblito de ensueño, Las Condes, y mi amigo me contesta casi con estas palabras: “Hombre Rafa, Las Condes es una de las ciudades más progresistas de mi país” algo así me dijo.

Sé que no hay nada nuevo en lo que les acabo de narrar, las ciudades crecen y las distancias entre ellas parecen más cortas, sin embargo, las personas se ven más distantes, más impersonales. Raramente hay saludo entre vecinos, más bien se viven enojos por pequeñeces, cuando por casualidad cruzamos la mirada con otra persona y saludamos, se nos ve como a bichos raros, hasta con desconfianza entre vecinos y hasta entre familias. ¿Por qué hemos perdido la sana costumbre del saludo de antaño?

 Pero, en fin, es el destino irremediable.
 “Las ciudades destruyen las costumbres”
Saludos a Toda mi Familia y a Todos mis Amigos.

Rafael Ceja Alfaro.

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