domingo, 13 de marzo de 2016

7402. HACER MUY MAL EL BIEN Y MUY BIEN EL MAL.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Hacer muy mal el bien y muy bien el mal.
Tía Agustina era casi cursi y sólo decía cosas bonitas, porque acomodaran o no, ¡qué bonito es lo bonito!

Está de moda decir cosas bonitas, esas que difícilmente nadie rebate.

No me diga que no suena bien lo de “poner la otra mejilla”, aunque sea poco práctico y peor si se corre la voz. Igual que el sabio consejo de no hacer a otro lo que no nos gustaría que nos hicieran, mientras no le urja entrar al baño, claro. Y tampoco se va a oponer usted a que los valores de la democracia reinen sobre la faz de la Tierra o que los derechos humanos se respeten siempre y en todo lugar. A poco no.

Sostiene López que desde que se erradicó la religión (cualquier religión), de la vida pública, por muchas buenas y sólidas razones, se fueron borrando los límites entre lo correcto y lo indebido, pues la ética estaba incorporada a la moral religiosa y al jalarle a la cadena se fue todo revuelto al caño.

Supuestamente las virtudes cívicas y el respeto a la ley sustituirían satisfactoriamente los modelos de conducta individual y colectiva que imponía la enseñanza religiosa, lo que puede ser cierto y ha de serlo, a condición, claro, de que todo el peladaje tenga no sólo la misma educación sino la misma buena educación y para eso falta un poquito, unos cuantos siglos… puede que más.

De cualquier manera, no es recomendable (ni posible) regresar la autoridad sobre la sociedad civil, ni la cosa pública, a sacerdotes, pastores o representantes de ninguna religión, pues la gente que habla de parte de Dios suele ser poco flexible y no muy dada al diálogo con los que profesan creencias distintas o defienden puntos de vista diferentes de ellos, que tienen línea directa con el Creador (y así deben hacer, faltaba más, porque se supone que sí están convencidos de obrar por mandato divino… ¡híjole, qué horror!).

Sin embargo, el laicismo que resultó tan bueno para curar ciertos males, es muy deficiente para vacunar de otros.

No es que estemos peor que antes, cosa que repugna al sentido común, sino que estrenamos metidas de pata, a cambio del abandono de las de antes (que no era nada edificante que asaran en público al que llamaban hereje, por no decir que nomás por pensar distinto le tocaba hacerla de trompo de carne al pastor).

Un ejemplo nada tranquilizador de las flamantes metidas de pata al uso, es la prédica de que la ética es relativa y que moral es un árbol que da moras; la afirmación de que es bueno todo lo que no sea malo para otro, es la apología del individualismo más rascuache que cancela la trascendencia del acto humano, el sentido del deber, la gravedad de las omisiones y deja de lado que somos gregarios por naturaleza, destinados a querer o no, a vivir en sociedad, complementándonos, auxiliándonos y ayudándonos subsidiariamente por el sólo hecho de comportarnos como se decía antes: como gente decente.

Tampoco es cómodo que los diez mandamientos se hayan sustituido por decenas de principios y sentencias de sabios y santones, muchos inventados, todos políticamente correctos, unos muy ciertos, aunque guangos en su mayoría, junto con los cuatro novísimos evangelios: el del “Fitness”, el de la “Ecología y la Sacra Vida Animal”, el de la “Santa Riqueza” y por último, el de la “Redención por el Hedonismo”; acompañados por su correspondiente “Apocalipsis del Calentamiento Global”. Francamente, el Ripalda era menos complicado.

Se acompaña esta cacofonía de principios por una dogmática irrebatible que sostiene la perfección de la neo Santísima Trinidad: la democracia, los derechos humanos y las organizaciones no gubernamentales; que nadie se atreve a discutir porque son intocables, sagrado sostén del mapa sin norte en que se nos está convirtiendo la vida pública en México, discurso que se repite a contrapelo de la realidad, a la vista de nuestra anémica vida democrática, desfallecida en procesos electorales agotadores y tramposos, manipulada por partidos políticos que resultaron ser solamente la industria paraestatal más rentable de la nación; discurso inexplicable a la luz de la masiva violación a los derechos humanos que es la falta de aplicación universal y pareja de las leyes (aunque se dé la máxima publicidad a que a don Chapo ya le concedieron el amparo para que duerma plácidamente sus horas, en nombre de sus derechos humanos, ¡hágame el favor!); discurso cínico que cohonesta con ONG’s que en su mayoría representan intereses inconfesables, empañando la genuina labor de las organizaciones legítimas, que es precisamente lo que se propone el gobierno al tolerarlas a todas sin distingos: el desgaste por desprestigio.

El pavoroso caso de la increíble y triste historia de la cándida patria y el desalmado Trump, debería bastar para repensar la defensa a ultranza de la elección popular de gobernantes como expresión de la democracia, para ni mencionar a otros de acá que también fueron elegidos democráticamente, como don Duarte y otros gobernadores que son una pandilla de delincuentes; y también la obligada liberación de la inmensa mayoría de los malandrines que sí son malandrines, presos sin el debido proceso y sin que se les hayan respetado sus derechos humanos, nos debería hacer pensar en que tan seguros estamos de ir por el camino correcto, porque deberían sacarlos a casi todos de la cárcel.

Como suele pasar, pasamos por alto lo obvio: pronto llevaremos en el mundo 150 años sin grandes pensadores, no porque los filósofos sean garantía de nada sino porque al sacar a la religión (y a Dios que ni la debía) de la vida cotidiana, desechando a los filósofos por inútiles porque no producen y lo de ahora es incrementar infinitamente la producción, nos quedamos sin brújula y bajo los mandatos de la falsa intelectualidad constituida por los amos de la aritmética macro, los economistas, que no pidieron ese papel ni esperaban recibirlo, pero es el que mejor acomoda a los dueños y representantes del gran capital, que -piénsele-, dominan el arte de hacer muy mal el bien y muy bien el mal.

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