miércoles, 16 de marzo de 2016

7421. REGRESO AL PASADO.

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI
         
“Si vas al campo donde los muertos reposan ya, busca mi tumba que ahí solita la encontraras”

Hoy regresé a ese tranquilo lugar donde no se oyen gritos, solo el viento y se oye muy suave, sin embargo, se escuchan lejanos, muy lejanos murmullos y siento como voltean a mirarme cientos de ojos que expresan nostalgia sin llanto, secos ya hace muchos años, secas sus cuencas inexpresivas, vistas por mi imaginación.

“La belleza y la muerte son dos cosas profundas,
Con tal parte de sombra y de azul que diríase
dos hermanas terribles a la par que fecundas,
con el mismo secreto, con idéntico enigma”.

-Víctor Hugo-

Rumores de otros mundos, al menos de otros tiempos, que expresan anécdotas, mensajes y hasta consejos que una vez, hace mucho, no fueron rumores, fueron palabras, expresiones firmes. Ahora con solo mirar sus moradas se proyectan en mi mente historias completas como aquella en que llega Benjamín: “Rafaelito, ¿Cuánto vale tu perro?” – ya sabes Benja que no lo vendo- “Te pregunto porque anoche lo mataron de un balazo en la cabeza y se los voy a cobrar” – Mira Benja, mi perro Golondrino vale la vida de ese que lo mató, ¿Quién fue? – “No te lo voy a decir” y veo su foto con el secreto de quien fue, secreto que se llevó a su tumba que la tienen abrigada por un portal y con algunas flores marchitas, del pasado Día de Muertos.

“Hay cementerios solos
Tumbas llenas de huesos sin sonidos,
El corazón pasando un túnel
Oscuro, oscuro, oscuro,
Como un naufragio hacia adentro nos morimos,
Como ahogarnos en el corazón,
Como irnos cayendo desde la piel del alma”

-Pablo Neruda-

No puedo precisar si mi espíritu iba en mi o junto a mi cuando llegué al par de tumbas cuyos habitantes, vecinos ahora, siendo rivales en vida, siguen sin hablarse. Cosas de la vida que sin intención los sepultaron muy juntos. Faustino mi tío, muy chambeador y gustoso. Les trabajó a las obras del pueblo como si fueran propias. Una de ellas, el Jardín de niños se construyó con recursos estatales y cuando vino el personal de la SEP para documentar la obra y debía firmar un responsable de los valores; Consideré mi deber firmar, pero me dice Faustino “Perate pendejo baboso (Frase muy de la familia tanto en el enojo como en el cariño) a ti si te pueden hacer valer esos papeles, ¿A mí que me quitan?”

Memo mi hermano, el otro inquilino, al igual, muy trabajador y gustoso, ingenioso y hábil con la baraja; estuvo un tiempo corto en el seminario y él supo cómo, introdujo una baraja con la que se distraían por las tardes con los otros propensos a curas y se echaban “unas manitas” de póker que le permitían estrenar zapatos de fut bol, balones y traer dinero, pero con eso de que de la tierra al sol no hay nada oculto, un dedo flamígero lo “flamigeó” y fue reincorporado a la vida civil en calidad de “A ver cómo le haces”. Muy libre vivió mi hermano y así mismo se despidió de este terrenal nivel.

Que mal estuvo eso, ya me sentía hermano de un obispo.

Mi espíritu y yo nos detuvimos largo rato en el área más sensible para mí. Hoy y como hace más de 44 años, mi papá está justamente a un lado de la puerta de entrada del recinto y una tumba más atrás descansan los restos de mi mamá. Estar ahí, junto a esas moradas al estar poniendo las flores que trajo mi espíritu, se me vienen como cascada todos los momentos vividos con ellos, todos, los agradables y los tristes, fueron muchos momentos bonitos, los únicos tristes fueron sus enfermedades y el último de sus vidas.

“Déjame reposar,
Aflojar los músculos del corazón
Y poner a dormitar el alma
Para poder hablar,
Para poder recordar estos días,
Los más largos del tiempo”

-Jaime Sabines-

Hasta aquellos momentos en que todavía necesitaba que mi mamá me peinara y me amarrara las agujetas, como la primera vez que vine a estudiar a Zamora cuando las lágrimas y los escurrimientos nasales no me permitían ponerme los calcetines y ella tuvo que hacerlo diciéndome que serían cinco días por semana, que estaría con mi Abuela Ramona y que el estudio y que el futuro y que iba a ser ingeniero. Pues quizá, pero en ese momento necesitaba conocimientos hidráulicos para encauzar los torrentes que brotaban de mis ojos y mi nariz. Para mí, valió la pena.

Una de cientos de anécdotas.

La jineteada de becerros la hacíamos por puro deporte tanto mis hermanos como mis primos, en eso era bueno Memo mi Carnal, era flaco y bien que se agarraba del pretal. Pero lo que en ese momento recordé fueron las veces que mi papá me montó en un potrillo que no era muy “bruto” pero que brincaba con mucha alegría, misma que causaba que yo cayera en el terreno barbechado porque se sabe que en la tierra suelta los animales brincan menos, sería el sereno, las tres o cuatro veces que me montó las mismas que me baje a escupir. Codos y rodillas raspados, un brazo torcido, la cara sucia de tierra, pero el orgullo entero para volverme a subir, como ibas a llorar ¡Los hombres no lloran! Cuando menos no por eso.

Cuando entran los niños llorando a nuestro negocio, les digo: “No llore Mijo, espérese a que se case”. Ya saben, en ese tiempo los hombres muy hombres, las mujeres muy mujeres y ahora, como salga, eso sí, bien sanos.

Claro que recordé muchos otros momentos y recargue mis pilas con la energía de aquellas sus consejeras palabras, mi alegre niñez y dinámica juventud, otro día volveré.

Caminé entre las tumbas del Bisabuelo Guillermo, los abuelos Gregorio y Emilia, los tíos Chava, José, Bernardo, don Jesús Méndez y en el lado de enfrente visité otros antiguos conocidos y desde luego la tumba de Carlos viendo que el próximo septiembre ya cumple cincuenta años de su partida.

¿Cuántas personas que por su precaria salud ya deberían estar aquí, aún andan vagando y llevando el alma casi muerta?

¿Cuántos de los que aquí yacen truncaron el retoño de una vida promisoria?

Como dicen que dijo Ana María Rabatté: “Nunca visites panteones, ni llenes tumbas de flores, llena de amor corazones, en vida hermano, en vida” nada más que en este comentario no estoy totalmente de acuerdo, a mí me gusta regresar al panteón de mi pueblo cunado me siento bajo de pilas, ya saben, cuando de pronto te llegan las nostalgias y sientes que todo se traba y tu mundo no avanza.

Regreso y tan solo al ver las tumbas, sobre todo las de mis papás me siento con la fuerza y vitalidad para cumplir compromisos que con ellos en forma seria y en broma, a veces, fuimos “amarrando”.

En fin, cada quien, pero los panteones, cementerios, mausoleos, sepulcros, tumbas, criptas y sepulturas siempre nos ofrecen el entorno para reflexionar sobre los viajes por la vida, sobre todo por éste que resulta ser el nuestro, antes de decir “la última y nos vamos”.
Creo que por hoy está bien.

¡Ya mero está el primer tomo de “A lomo de camello”!

Rafael Ceja Alfaro.

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