miércoles, 16 de marzo de 2016

7422. MUY SU GUSTO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Muy su gusto.
En la familia materno toluqueña de este menda, sin que se dijera, estaba prohibido, bajo pena de ostracismo, ir a la fiesta de cumpleaños del primo Pepe (cuando ya era adulto), porque siendo impresentable, sus amigos eran peores aunque sus amigas estaban estupendas. Cómo serían sus celebraciones que una vez, en broma, le reclamé que nunca me había invitado y me dijo: -No friegues, luego quién me aguanta la conciencia –así serían sus fiestas.

Antes de entrar en materia, espero que no sea usted el único terrícola que no vio la primera película “El Padrino”. ¿Recuerda la escena inicial?, sí, es una fiesta en casa del don (acuérdese de la música… tararara, rara, rara, rara raraaa…). ¿Sí?... qué gran película. Bueno, parte de su éxito fue que al público le atrajo asomarse a la vida y secretos de la mafia siciliana en Nueva York, sus crímenes y la sabiduría de su principal jefe (don Corleone, Marlon Brando, que hace tan bien su papel que acaba uno casi olvidando que era un delincuente de lo peorcito).

Bueno, pues gracias a la educación de pelada de barrio bajo de la Xóchitl Gálvez, se enteró el país de la fiesta de cumpleaños del Jefe Diego, el brillantísimo Fernández de Ceballos, que no fue Presidente de la república porque no quiso (después de barrer y trapear en el debate por televisión con los otros candidatos, don Zedillo y Cuauhtémoc Cárdenas, detuvo su campaña, simplemente se esfumó, detallazo inolvidable para don Salinas de Gortari).

Gracias a la barbajana Gálvez, que se puso a ‘subir’ la fiesta a internet  con ‘periscope’ (quién sabe qué sea eso), haciendo público lo privado y en casa ajena (para qué la invitan), se supo que acudió el suficiente número de capos, malandrines de alta escuela y delincuentes de cuello blanco, como para recordar la escena del “Padrino”, nomás que rascuache, que no es lo mismo una mansión en un bosque neoyorkino que una casa de rancho en Jerécuaro, Guanajuato y tampoco es lo mismo Tattaglia que Salinas de Gortari o Clemenza que el cardenal Beto Rivera.

Esto es meramente anecdótico, don Fernández tiene todo el derecho del mundo de celebrar su cumpleaños (75), con quien le dé la gana. Pero  qué cierto que es eso de que en la planta pent house del poder, todos se entienden… y se arreglan.

Don Fernández no tiene ya poder y si acaso conserva algo de la inmensa influencia que tuvo en tiempos ya idos (los sexenios de Salinas y Zedillo, éxtasis del Ardilla, como le decían porque no salía de Los Pinos). Pero la ventaneada fiesta por más gente decente que haya ido, adquirió el tinte de cónclave de malandrines, por el intenso tufo que despiden algunos de los que ahí estuvieron.

Empezando por ese don Diego: personaje estelar en el robo de la presidencia de parte de Salinas de Gortari (no olvidar que fue el defensor en la Cámara de Diputados federal, de la propuesta del priísta Ortiz Arana de quemar los paquetes de boletas electorales -que los historiadores hubieran podido consultar para verificar que Salinas de Gortari perdió la elección ante Cárdenas en 1988-, alegando don D que “(…) nadie podría beneficiarse con escudriñar papeles que nada dicen y menos significan, por lo que la bancada panista acepta que se destruyan esos míticos papeles y que esos cientos de toneladas de papel se procesen” (Legislatura LV, Diario de Debates, Número 24, 20 de diciembre de 1991)… y es otra cosa si luego resultó ser dueño de unos lotecitos en Punta Diamante, Acapulco (60 mil metros cuadrados, regalo de Ruiz Massieu, cuñado de Salinas de Gortari, dijeron las malas lenguas).

Ese don Diego, afamado ganador de pleitos al gobierno desde su curul de Senador o Diputado, con la complicidad del poder, como los 1,214 millones de pesos que le sacó de indemnización a la Secretaría de la Reforma Agraria, para una familia “amiga” de Antonio Lozano Gracia (Toño el Travieso; Lozano el Calacas), que don D puso en el gabinete de Zedillo como Procurador de Injusticias.

Ese don Diego que, en 1997, con Fernando Gómez Mont (siendo secretario de Gobernación de don Calderón), eran representantes legales del hospital Santa Mónica y la funeraria García López, respectivamente, donde falleció y donde fue el funeral  de un tal Antonio Flores Montes, que resultó ser Amado Carrillo Fuentes, (el Señor de los Cielos), cabeza del cártel de Juárez. Cosas de la vida, coincidencia tras coincidencia.

Ese don Diego, involucrado injustamente (es que la gente no sabe qué inventar), en la averiguación previa (PGR/SIEDO/UEIDCS/097/2004), integrada contra el cártel de Juárez en la que una cándida declaración de Vicente Carrillo Leyva, hijo del Señor de los Cielos, lo embarró. Cosa que se aclaró (¡hay un Dios!)

Ese don Diego, con sus invitados de lujo: Carlos Salinas de Gortari (la fiscalía descansa);  el doctor que jamás fue doctor, José Córdoba Montoya, el que se afilió al PRI en 1980 sin ser mexicano (detallito), personaje siniestro que se incrustó hasta arriba del poder político de México, apantallando nopalones porque es francés y decía que trabajó para Francois Mitterrand (que es medio mentira: era empleado de un grupo de asesores, nada más), pillo de altísima escuela, eso sí; Luis Carlos Ugalde, el que se acabó el prestigio del IFE que presidía, cuando la elección de Calderón en 2006; Carlos Slim, el benefactor de México que le entró a las privatizaciones de Salinas nomás por ayudar porque (en sus palabras), eran “ventas de garaje de fierros viejos” (como Telmex que pagó con lo que cobraba, porque sí pagó, pero es como comprar una casa y pagarla con lo que se vaya cobrando de renta… ¡Jesucristo-aplaca-tu-ira!); Felipe Calderón, el generalito, sin que nadie percibiera el aroma de sus cien mil muertos, los gritos que de allá de lejos llegaban de sus 26 mil desaparecidos, los lamentos de sus decenas de miles de desplazados,  los sollozos de los deudos de sus “daños colaterales”… pelillos a la mar: era la fiesta de don Diego, en su casa y fueron los que él quiso, con los que él está a gusto. Muy su gusto.

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